Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

jueves, 13 de diciembre de 2018

RESEÑA: Marthilda.

MATHILDA
Título: Mathilda.

Autora: Mary W. Shelley (1797-1851) narradora, escritora, ensayista y biógrafa británica. Hija de del filósofo político William Godwin y de la teórica feminista Mery Wollstonecraft, frecuentó los más selectos ámbitos culturales y literarios de la mano de su esposo el poeta Percy Bysshe Shelley. Su obra más importante sin duda, fue Frankenstein, nacida tras una apuesta entre Lord Byron, John William Polidori, Percy Shelley y la propia Mary durante las vacaciones del año 1816 en una mansión Cerca de Ginebra. Tras el fallecimiento de su esposo, se dedicó en cuerpo y en alma a la educación de su único hijo y a forjar su carrera como escritora, sin embargo, la última década de su vida estuvo dominada por enfermedades provablemente asociadas al tumor cerebral que acabaría con ella en el año 1851. Además de Frankenstein, Mary Shelley es autora de Mathilda, El útlimo Hombre o Falkner entre otros.


Editorial: Cátedra.

Idioma: inglés.

Traductor: Juan Antonio Molina Foix.

Sinopsis: Mathilda es un relato sin duda marcadamente biográfico, que cuenta el lado oscuro de la historia de la propia escritora, fiel a la teoría romántica de que el mejor modo fe expresar las pasiones es experimentándolas. Novela melancólica por antonomasia (lluvia, desesperación, sueños, muerte, pasiones, soledad en un brezal yermo) Mathilda explora la naturaleza del pesar, el poder del amor, la destrucción como consecuencia de desafiar a la naturaleza, el perverso poder del deseo. Eclipsada por Frankenstein, Mathilda tuvo que esperar ciento cuarenta años para ver la luz.

Su lectura me ha parecido: muy intensa, romántica (literariamente hablando por supuesto), apasionada, triste, terriblemente melancólica, devastadora, perturbadora a más no poder... Los monstruos existen. Y lo que es peor, nadie puede darles esquinazo, obviar su presencia o escapar apresuradamente de sus garras. Metafóricos o de carne y hueso, los monstruos habitan en todas partes, nos acompañan en nuestro día a día, en ese trayecto en autobús, en esa conversación de primera hora de la mañana, en ese paseo nocturno, en esa sala de espera en la consulta del médico, en ese momento en el que creemos estar a salvo de ellos, incluso en la soledad más abrumadora, ahí, escondidos tras las cortinas, acechan expectantes. Unos dejan cicatrices en la piel, otros por el contrario logran las más profundas, capaces de pinchar las arterias y vaciarlas de vitalidad. Los hay incansables, incombustibles, insaciables... Que aparecen cuando menos te los esperas y reptan por tus piernas hasta llegar al cerebro donde, una vez allí, comienzan a machacar  con fuerza las pocas zonas en las que todavía aún reside una pizca de cordura. Y como no, también están los que no admiten espera y te devoran nada más fijar sus ojos en ti. Rápida, instantánea, la más dolorosa que existe. Una autentica muerte en vida. En la literatura son muchos los monstruos, pero también los de la vida real, cuya brutalidad y maquiavelismo superan a toda clase de ficción. Es muy difícil, por no decir imposible, no toparse con alguno. Cerrar los ojos, respirar hondo y hacer como si nada no es la mejor de las soluciones, pues los monstruos no tienen porque ser entes materiales. Lo abstracto en ocasiones da más miedo que lo tangible, que lo que podemos oler, saborear o ver con nuestros propios ojos. En ocasiones no los vemos venir, o simplemente les restamos importancia. Sin embargo, cuando sobrevuelan nuestras cabezas, a punto de aplastarnos, entonces es cuando sentimos el nudo en el estómago y el tembleque en las piernas. Los monstruos existen. Y si no, que se lo pregunten a Mary Shelley. Autora de uno de los libros más sobrecogedores de todos los tiempos cuya icónica criatura ha acabado por enterrarla. Ironías del destino, la pobre Mary, cuyo carácter atormentado definió la totalidad de su producción literaria, siempre vivió rodeada de monstruos. Afortunadamente, y gracias a Cátedra, hoy podemos disfrutar de su talento más allá de Frankenstein, de Shelley, de Lord Byron, de Polidori... En definitiva, más allá de todos aquellos hombres. Mathilda: la esencia del romanticismo hecha novela.


Como no podía ser de otra manera, la primera vez que tuve contacto con la gran Mary Shelley fue gracias a Frankenstein. Sé que es un tópico, pero por desgracia es el único, pues, yo por lo menos no conozco a nadie que no se haya iniciado en la literatura de esta autora británica a través de otra novela que no haya sido Frankenstein. Aunque sinceramente, y estoy convencida de que no soy la única, el medio que me acercó a aquella historia, extraordinariamente adelantada a su tiempo y espacio, fue sin duda el cine. Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que vi Jovencito Frankenstein de Mel Brooks. Tan loca, tan desternillante, tan disparatada, tan icónica... Amé a Igor (interpretado por un sobresaliente Marty Feldman) y encontré interesante la construcción que Gene Wilder le dio a el famoso doctor Frankenstein, oscilando entre el surrealismo y lo perverso. Luego vino El espíritu de la colmena, donde la monstruosa criatura hace acto de presencia y tiene un papel muy importante en el desarrollo de la trama. Y por supuesto, tras estas películas (y a falta de ver la de versión de 1932, en la que Boris Karloff ofrece la interpretación más universal de la famosa criatura) vino la lectura del libro. Una tarea que comencé con cierto respeto hacia la historia y a su propia autora, pues por aquel entonces descubrí que Mary Shelley la había escrito con 18 años de edad (¡qué estoy haciendo con mi vida por dios!), pero que a medida que fui adentrándome en sus páginas comprendí por qué ésta había pasado a la historia. No es una novela de terror, al menos del terror que hoy en día nos asustaría, tampoco de misterio exactamente, Frankenstein fue a mis ojos una novela de ciencia ficción pura y dura, de carácter especulativo, en la que se ponen en práctica ciertos postulados científicos, en la que la filosofía de la época tiene cabida y en la que podemos encontrar algunos elementos del  romanticismo, movimiento literario que favoreció la escritura y aparición de esta novela. Un libro que arroja muchas reflexiones, así como infinidad de interpretaciones, cada cual más distinta de la anterior. Pero dejemos de hablar de Frankenstein, pues Mary Shelley, a pesar de que muchos la consideran autora de una sola obra (tal y como le sucedería a Emily Brontë unas décadas más tarde), tiene la suerte de haber escrito en vida más obras de las que todas y todos pensamos, cuya repercusión por desgracia no fue tan sonada. Una de ellas fue Mathilda, una breve novela que en el momento en el que conocí la noticia de que Cátedra iba a reeditarla, en ese preciso instante, decidí que tenía que ser mía. Una vez en mis manos comencé, como siempre que me enfrento a un libro de Cátedra, a leer el apartado crítico (esa introducción tan necesaria y que con el tiempo se ha convertido en uno de los sellos de identidad de la editorial), y tras él la novela propiamente dicha. A pesar del patinazo de Juan Antonio Molina Foix, en quien ha recaído la edición del presente libro, con una fotografía (tema que señalé en un hilo de twitter), la novela me permitió conocer a una Mary Shelley nueva, distinta y a mi juicio, siempre subjetivo, más interesante.


Antes de adentrarnos en la reseña propiamente dicha, permitidme una sugerencia. Mathilda, en su conjunto, no se entiende sin la correspondiente biografía de la autora, es decir, de la propia Mary Shelley. Esto no significa que os tenéis que informar sobre la vida de la autora o buscar algún libro al respecto para entender esta novela, que los hay y muy buenos además, de hecho, podéis leer Mathilda sin problemas en ese sentido. No obstante, y desde la experiencia, os aconsejo que le echéis un vistazo a páginas web (y no sólo la Wikipedia), que perdáis el tiempo viendo algún documental de YouTube al respecto, que leáis algún artículo (mejor si es académico) sobre Mary Shelley, incluso podéis indagar en la filmografía y dedicar una tarde de domingo a ver alguna película. La más reciente es totalmente recomendable (y si sois fans de Elle Fanning todavía más), sin embargo, la cinta sólo muestra una parte, muy importante eso sí, pero muy reducida de su vida (y como no, relacionada en parte con la creación y escritura de Frankenstein). Si me hacéis caso, la experiencia lectora será extraordinariamente enriquecedora. Dicho esto, y sin abandonar lo mencionado, comenzaremos diciendo que Mathilda presenta una lectura pausada, pasional y apasionada al mismo tiempo, desgarradora por momentos y rica en calidad literaria. En Mathilda el lector se topa con una belleza en lo que al estilo se refiere. Éste es un texto plagado de metáforas y de comparaciones que llegan a rozar la sinestesia. Eso añadido a la construcción de unos entornos tan hermosos como terroríficos, pues la naturaleza mezclada con ciertos fenómenos naturales (la lluvia, el viento, la niebla...) pueden otorgarle un encanto peculiar y provocar escalofríos a la vez, consigue realizar el sueño de todo lector: que éste acabe trasladándose de pronto a aquellos parajes semihabitados y agrestes de la Escocia más rural. Y lo mejor de todo, que éste no quiera regresar en mucho tiempo. Cada palabra, cada frase, cada diálogo (no hay muchos, pero los pocos que hay son para enmarcar) se asemejan a flechas que, disparadas con un arco, acaban impactando en la barriga, que no en el corazón, consiguiendo esa típica punzada que sólo ocurre cuando el lector se pone en el lugar del personaje, sea real o ficticio. Lejos de inundar de pena o lástima, Mathilda invade la atmósfera de una calma viciada, llena de humo a pesar de transcurrir la mayor parte de la trama en espacios totalmente abiertos, claustrofóbica, agobiante.  Al fin y al cabo, lo que Mary Shelley pretende contarnos va más allá de las peripecias de una protagonista huérfana de madre, sino un conglomerado de reflexiones que desempolvan tabúes y una revelación narrativa a la altura de las mejores novelas de terror. A grandes rasgos Mathilda narra la historia de una hija, de un padre y de las circunstancias que rodean esa relación. En ocasiones, lo simple resulta lo más complejo y viceversa, mantra que parece cumplirse con creces en la presente novela. De esta autora británica te esperas todo, incluso lo imposible, como esa profunda tristeza que sufre la protagonista ante la falta de una figura materna, esos flashbacks (tan modernos en su momento) como confirmación  a esa máxima que asegura que el pasado siempre fue mejor, esas insinuaciones o referencias a un posible incesto (sinónimo de escándalo)... Es difícil, por no decir imposible, no ver en Mathilda una especie de alter ego de la propia Mary Shelley. Muestra de ello podrían ser esa abrumadora idolatración a una madre muerta, el busco cambio de humor de su padre (que de atento y cariñoso pasa a convertirse en un ser arisco y huraño) o la acumulación de desgracias relacionadas siempre con personas a las que llegó a amar (su marido, su hermanastra o sus propios hijos). No debemos olvidar que Mary Shelley escribe esta novela tras el fallecimiento de Claire y William, sus primeros vástagos, dato que en cierto modo vendría a confirmar una de las teorías más extendidas: que Mathilda fue el resultado literario de un duelo, de un intento por superar el dolor ante la muerte de las criaturas, de sus criaturas, tan humanas y frágiles como el monstruo de Frankenstein. Sea como sea, lo que está claro es que esta novela encierra muchas sorpresas, incluyendo esa narración, esa voz de mujer que el lector, pasmado, escucha desde un lugar tan oscuro, tan tétrico, tan espeluznante... Bajo una capa de tierra y rodeada de silencio.


Una de las palabras que he empleado para describir la lectura de esta novela ha sido "nostalgia" y la verdad no puede ser más acertada. La ciencia parece confirmarlo, existen muchas personas que, por los motivos que sean, creen que en años o en épocas pasadas estaban mejor, eran más felices, con un nivel de vida más alto incluso. Aunque si bien es cierto que la nostalgia, llevada al extremo, puede constituir a la larga algún problema psicológico grave, no estamos ante ninguna patología, enfermedad o síndrome de complicada pronunciación, simplemente ante una realidad más antigua de lo que creemos. El romanticismo sin ir más lejos, movimiento intelectual, artístico y literario especialmente al que se adscribieron autores como Friedrich Schiller, Goethe, Víctor Hugo, John Keats, Gustavo Adolfo Bécquer, Rosalía de Castro, José de Espronceda, Lord Byron, Anne Radcliffe, Mathew Lewis, Giacomo Leopardi, Aleksandr Pushkin y por supuesto, la propia Mary Shelley; contribuyó en gran medida a difundir esta premisa. Este movimiento se opuso drásticamente al capitalismo expansionista de carácter industrial y al racionalismo ilustrado, encontrando en el pasado el sentido a sus premisas y postulados. La naturaleza (cuanto más desordenada mejor), los mitos grecolatinos (recordemos los cuadros de Lawrence Alma Tadema) y los paisajes medievales (castillos, iglesias o monasterios en ruinas especialmente) formaban parte de su imaginario, de su ideal de belleza, de lo mejor que le había pasado al ser humano, de ese idealizado microcosmos preindustrial, antes de que las máquinas, el humo y el proletariado irrumpiesen arrasando con todo. La búsqueda constante de la originalidad como protesta ante la mercantilización de la figura del artista, además de otorgarle una aura cuasi mítica, en un claro intento de retroceder siglos atrás, cuando el escritor escribía por inspiración y no por encargo. La libertad frente a las cadenas. El aire fresco frente a la deprimente oficina. La belleza frente a lo racional. Una mirada idealizada a un pasado que en el fondo nunca existió pero que asentó las bases de un fenómeno nuevo: el culto a la nostalgia. Ahora volvamos al presente. Sí, a nuestra cotidianeidad, a nuestro mudo súper conectado, ese en el que poco a poco estamos perdiendo la capacidad de entablar una conversación mirándonos a los ojos, ese en el que el teléfono móvil se ha convertido en una extensión de nuestra propia mano, ese en el que las redes sociales están siempre ahí para recibirnos con los brazos abiertos, ese en el que la inmediatez ha conseguido domesticar todos los aspectos de la vida. Un mundo de locos, sin duda, pero en el que también hay lugar para la nostalgia. Facebook nos lo recuerda todos los días gracias a su famoso algoritmo, capaz de rescatar momentos del pasado en los que nuestra popularidad (regida única y exclusivamente por la dictadura del like) estaba por las nubes, o eso es lo que quieren hacernos creer. En ese momento nos invade, como es normal, la nostalgia, tal vez desmedida, al estilo de los románticos, al estilo de Mary Shelley en Mathilda, nublándonos la vista, impidiéndonos reconocer que, en realidad, la tecnología ha vuelto a ganar la partida. La nostalgia es humana, común, todos deseamos volver a ciertos episodios de nuestro pasado para revivirlos una y otra vez. El problema viene cuando ésta te la sirven en bandeja de oro, acompañada de imágenes y sonidos incluso, para después desaparecer hasta dentro de un año, dos o tal vez nunca. El oro se convierte entonces en escarcha, en nieve, tan fría como el peor de los inviernos. Por eso, y ante esta nueva realidad que nos devora, es bueno recuperar estas obras y leerlas con calma, justo lo que no hacemos, para darnos cuenta de lo equivocados que estábamos al creer que los emojis, esas divertidas y aparentemente inocentes caritas del WhatsApp, evidencian nuestros sentimientos o nuestros estados de ánimo. ¿Existe un emoji nostálgico? Haced la prueba, buscarlo, seguro que no os pondréis de acuerdo en cuál es el que mejor la representa. La complejidad está muriendo, y con ella la profundidad, en beneficio de lo simple, de lo concreto, de lo que es capaz de aglutinar. Menos mal que tenemos a Mary Shelley para librarnos de esa imposición. Mathilda: una historia de tristezas, abatimiento, muerte, riesgo, pasión, tormentos, escalofríos... El insoportable dolor de la nostalgia.

Frases o párrafos favoritos:

"Mi mente se ensanchaba gracias a su conversación: era como un renacimiento para mí, me sentía invadida por todo el frescor y la vida de un ser nuevo. Desde su llegada era como si, desde un lugar angosto de la tierra, me hubieran transportado a un universo donde la inteligencia y la imaginación no conocían límites."

Película/Canción: sinceramente, se debería considerar muy en serio la posibilidad de adaptar Mathilda al lenguaje cinematográfico, que no al seriéfilo, para asistir a un interesante maridaje entre imagen y texto. Mientras esperamos a que dicho acontecimiento se produzca, os adjunto el tráiler de Mary Shelley, estrenada este mismo año, dirigida por Haifaa al-Mansour (directora de la sobresaliente La bicicleta verde) y protagonizada por una Elle Fanning en estado de gracia. Sin duda, una buena aproximación, aunque con matices, a la figura de una de las grandes autoras de todos los tiempos.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Cátedra 

miércoles, 5 de diciembre de 2018

RESEÑA: Armados de locura.

ARMADOS DE LOCURA

Título: Armados de locura.

Autora: Mary Butts (Dorset, Reino Unido 1890 - Penzance, Reino Unido, 1937). Pacifista, bisexual, precursora del ecologismo, vivió en Inglaterra, Italia y Francia, lugares en los que entró en contacto con los principales intelectuales y artistas de su tiempo. T. S. Eliot, Erza Pound, Ford Maddox, May Sinclair, Jean Cocteau, Virginia Woolf y el ocultista Aleister Crowley, de quien fue colaboradora. Su obra, que incluye novelas, ensayos, poemas, diarios y relatos con un marcado carácter experimental, cayó en el olvido tras su muerte en 1937, hasta que en los años 80 y 90 del pasado siglo volvió a ser reeditada y estudiada, adquiriendo la consideración de autora de culto del modernismo inglés.


Editorial: Hermida Editores.

Idioma: inglés.

Traductor: José Luis Piquero.

Sinopsis: Scylla Taverner, su hermano Félix y su amigo Ross se han retirado a la propiedad de los Taverner en la costa suroeste de Inglaterra, donde intentan descubrir "un nuevo valor, una forma diferente de aprehender todo". Son interrumpidos en esta tarea por la llegada de su primo Picus y su fiel amigo Clarence, quienes traten consigo un objeto que creen que podría ser el Santo Grial, que acaba de descubrirse en su finca junto con algunos erizos muertos. Mientras se debate la procedencia del Grial, el objeto se utiliza como cenicero, vaso de whisky y soda y un medio de vergüenza, ya que desaparece en una habitación y aparece en otra. El objetivo principal de la novela es el personaje estadounidense llamado Craston, que desea a Scylla, quien trata de desentrañar los enredados enlaces sexuales de los Taverners en la finca. La novela se aproxima a su final con una buena dosis de intriga que transcurre entre el frenesí y el delirio.

Su lectura me ha parecido: caótica, extravagante, experimental, con toques de humor muy surrealistas, misteriosa, deliciosamente irónica, demasiado breve... A estas alturas no se que pensar. Empiezo a creer en la terrible idea de que existía de verdad un objetivo, una obsesión, un complot consistente en borrar de la historia todo nombre de mujer que hubiese aportado algo a la humanidad. Desde los grandes logros hasta los más pequeños, no importaba, la fobia respecto al trabajo femenino, ese miedo a que los hombres viesen cuestionada su posición de superioridad en todos los ámbitos de la sociedad, adquiría tintes cada vez más oscuros. Ocultación, destrucción, quema, asesinato, encarcelamiento, maltrato, persecución... Lo han intentado todo, hasta imponer un sepulcral silencio sobre las bocas de cientos de mujeres, para que nuestras palabras no tuviesen cabida en una sociedad férreamente patriarcal, vaciando de los libros de texto, a excepción de las figuras femeninas de turno, de una serie de mujeres que cambiaron el mundo con su ejemplo. ¿El motivo? Evitar que las niñas y adolescentes pudiesen tomar como referentes a dichos personajes femeninos. ¿Qué mejor forma de desmoralizar o confundir que el inundar sus temarios de nombres masculinos? Ellos serían sus referentes, sus modelos a seguir, solamente ellos, sin más opciones. ¡Cuánto daño hizo la ignorancia! ¡Cuántas mujeres han crecido sin conocer las inspiradoras opiniones procedentes de políticas, científicas, empresarias, escritoras, pintoras, actrices o médicas por ejemplo! Desgraciadamente demasiadas. Por eso la labor que desde hace unos años parece que están llevando a cabo mayoritariamente las pequeñas editoriales, que poco a poco comienzan a poblar nuestras estanterías con títulos escritos por mujeres de las que a penas teníamos noticias, es impagable. Una de ellas, Hermida Editores, a pesar de tener aún un catálogo mayoritariamente masculino, en los últimos años se ha afanado por editar libros cuyas autoras merecen un estudio y una especial atención por parte de las comunidades intelectuales y educativas. De hecho, Bary Butts, de quien hablaremos largo y tendido en el cuarto párrafo, es el ejemplo perfecto de lo comentado al principio de esta reseña, el de una autora cuya obra cayó "misteriosamente" en el olvido. Armados de locura: sofisticación y surrealismo con un marcado carácter experimental.



La historia de como Armados de locura llegó primero a mis manos para más tarde reposar en uno de los estantes de mi librería particular tiene un origen muy claro, concreto y relacionado con una de las causas que más he defendido a lo largo de todos estos años: el feminismo. El entrar en una carrera donde solamente en el último curso de carrera cursé una asignatura destinada específicamente a explicar la historia en clave de género (totalmente parcial y muy mal enfocada por cierto) me sirvió para darme cuenta del poco interés que existe desde algunos ámbitos académicos por el tema. El carácter rotatorio de ésta, junto con el poco tiempo que se destinaba a ella (duraba solamente un cuatrimestre), reflejaban un desinterés mayúsculo, así como una idea errónea de lo que significaban los estudios de género. A partir de ese momento, aunque antes ya había comenzado a inundar mi biblioteca de escritoras de todos los géneros, comencé a tomarme más en serio el tema. Si quería ser una persona a corde con mis ideas, feministas por cierto, debía empaparme de infinidad de autoras y de sus escritos. Quería conocer la historia de las mujeres, su posición, su voz, su opinión al respecto de los temas que tanto han acaparado las conversaciones y discursos de los hombres, y nadie iba a disuadirme en mi empeño. En ese viaje que abarca prácticamente los cinco continentes, literariamente hablando claro, descubrí escritoras singulares, con fuerza, originales, pragmáticas, libres, más o menos conservadoras en sus planteamientos, potentes, versátiles con la pluma, descriptivas, que van directas al grano, maestras de la poesía, del relato, del microrelato, de la novela, del ensayo o del teatro. Fue tal la variedad que encontré a mi paso que sentí que iba por buen camino. A eso hay que añadirle el hecho de que, al compás de mis investigaciones, descubrimientos y autoformación en la materia, muchas editoriales parecieron captar el mensaje que la sociedad estaba lanzando desde todos los rincones. De la noche a la mañana, literalmente, las librerías se inundaron de textos feministas, además de un sinfín de traducciones de obras escritas por mujeres que hasta ese momento nunca habían visto la luz en este país. Un hecho que, en un alarde de sinceridad, os diré que me hizo muy feliz. De este modo conocí a escritoras como Luisa Carnés, Barbara Pym, Emmy Hennings o Daphne du Maurier entre otras muchas (pues la lista de nombres es tremendamente larga). La figura de Mary Butts comenzó a destacar por encima de las nombradas en el momento en el que tomé su libro, Armados de locura, para iniciar un viaje nocturno al interior de sus páginas. Una travesía, plagada de olas y corrientes marinas que finalmente condujeron a buen puerto.


En lo que respecta a la crítica propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Armados de locura presenta una de las lecturas más rápidas del año, mucho más que otros libros escritos con ese objetivo, el de desaparecer en cuestión de días de las manos del lector. Por fortuna, la novelette (me siento incapaz de referirme a ella como una novela) de Mary Butts es algo más que un best seller de la época, pues dudo mucho que los libros para las masas de entonces contuviesen el carácter extravagante y experimental de Armados de locura. Lo sublime, en el sentido romántico de la palabra, sobrevuela permanentemente sus páginas, algo que apreciamos por ejemplo en las descripciones paisajísticas y en la construcción de los personajes que protagonizan esta historia. Esta claro, y si no que alguien me corrija, que por la época en la que escribió la novela (principios de siglo XX) Butts bebió en gran medida de dos influencias culturales muy interesantes. Por un lado, de las teorías de Freud (no hay duda de que el lector puede respirar cierta aproximación por parte de la autora a las más conocidas del inventor del psicoanálisis), y por otro a lo oculto, a lo misterioso, sin llegar a caer en ese tenebrismo tan explotado por la literatura. De hecho, si nos atenemos a su biografía, es posible que Butts quisiese intencionadamente huir de ello, que Armados de locura, así como el resto de su producción literaria se situasen lejos de las influencias míticas y religiosas de las que fue discípula durante unos años de su vida junto bajo las enseñanzas del mago Alister Crowley (del que hablaremos largo y tenido más adelante). Fuese como fuese, el caso es que Mary Butts tuvo claro que la literatura era el medio perfecto para experimentar, modelar y jugar con las palabras y de paso con el lector, algo que consigue, y con creces, en la presente novela. El caos es el protagonista absoluto en Armados de locura, de principio a fin, desde la primera hasta la última página. Es más, sigo sorprendida por el hecho de que desde Hermida Editores hayan conseguido elaborar una breve sinopsis del libro, pues, a mi juicio, la trama en si es harto compleja y extraña. Plagada de personajes (arquetipos de su época), de giros inesperados, de la presencia de elementos completamente inusuales y de tramas sin cerrar (agujeros que el lector sorprendentemente asume y acepta sin ningún problema); Armados de locura podría definirse como un pasatiempo rápido, trepidante, pero al mismo tiempo inmortal en la memoria de quien se adentra en su historia. Si el enredo y las relaciones amorosas constituyen una parte importante de ésta, el supuesto "Santo Grial" (objeto sagrado que adquiere todo tipo de usos y sufre todo tipo de hilarantes maltratos) no sólo nos da pistas de ese carácter espiritual que ha acompañado a la autora durante tantos años, sino que se erige como símbolo de lo caduco, de una religión cuyos años de esplendor pasaron hace mucho tiempo a mejor vida, hasta el punto de que en el interior de su objeto más sagrado, como es la copa que Jesús empleó en la Última Cena, ahora reposan las cenizas de los puros y el amargor de una bebida mucho más espirituosa. En este libro todo es extravagante, lujoso, pero decadente, como los inolvidables escenarios del Gran Gatsby, con la única diferencia de que Armados de locura transcurre en la Inglaterra eduardiana y en un entorno realmente anómalo, más típico de las novelas victorianas, con la presencia de un bosque (donde tienen lugar las escenas más interesantes del texto) cercano a una imponente mansión. Por no hablar de la afilada ironía que asoma, expectante, página tras página. Era británica, así que lo podemos considerar como marca de la casa. Una vez puse punto y final a su lectura, no me quedó del todo claro su mensaje, ni su reflexión (demasiados cabos sueltos), ni su intencionalidad, en otras palabras, lo que la autora pretendía conseguir con su historia. A pesar de todo, eran muchas las posibilidades: ¿mezcla de tradiciones literarias? ¿Vanguardismo? ¿Un intento por escapar a los convencionalismos de su época? ¿El disfrute por el disfrute? ¿Dejar a cuadros al lector? ¿O simplemente nada, absolutamente nada, que el lector discurriese por una trama y para evadirse, no pensar? Tras leer Armados de locura, lo único que se me ocurre decir es que caben todas y cada una de las posibilidades. ¿No es fantástico?


Lo convencional, lo misterioso, lo divino, lo extravagante, lo alocado y lo elegante. Todo eso está en Armados de locura, una novela tan extraña como envolvente, capaz de generarte sentimientos encontrados y que sueltes alguna que otra risilla nerviosa. Pocos críticos, a pesar de esos clamorosos defectos de trama (intencionados o no, nunca lo sabremos), califican a Mary Butts como una autora mediocre, sino todo lo contrario, señalándola como una de las más originales de su tiempo. Sin embargo, si revisamos de nuevo la breve nota biográfica adjuntada en una de las solapas de la presente edición, comprobamos lo que muchos ya temíamos, y es que hasta la década de los 80 del pasado siglo la comunidad intelectual desconocía su existencia. A partir de ahí, el interés en Inglaterra hacia esta autora de principios de siglo XX fue tremendo, lo que propició una edición comentada y revisada de sus textos más célebres hasta ese momento guardados en el fondo de un cajón, cogiendo polvo, esperando que alguien se acordase de ellos. ¿Qué pasó entonces con Mary Butts? ¿Por qué su producción literaria cayó prácticamente en el olvido tras su muerte en 1937? La respuesta es obvia: era mujer. No obstante y si nos atenemos a su vida, el lector más curioso descubre entonces que Mary Butts fue algo más que una mujer con talento para la literatura, fue toda una pionera. En primer lugar del ecologismo. Una rápida búsqueda en internet nos aclara que Butts fue una firme defensora de la naturaleza, un activismo que le llevó a encabezar una protesta (con panfletos y pancartas incluidas) en la campiña inglesa contra la caza y de aviso a los excursionistas para que no se tropezasen con algunas de las trampas que los cazadores solían utilizar para atrapar a sus presas. En segundo lugar, del pacifismo era otro de sus pilares como intelectual, el cual compartió en gran medida con el que fuera su marido el poeta John Rodker. El contexto previo a la Primera Guerra Mundial acrecentó su posicionamiento político así como su convencimiento de que las guerras sólo traían hambre, destrucción y la muerte de miles de inocentes. En tercer lugar la naturalidad con la que llevó su bisexualidad. Desde la universidad, donde vivió su primer despertar sexual junto a una compañera de clase, hasta el fin de sus días mantuvo su condición sin a penas esconderla y disfrutando de ella siempre que se le presentaba la oportunidad. Y en cuarto y último lugar su relación con la magia, en concreto, con el ocultista Alister Crowley, uno de los magos más importantes de principios de siglo XX, fundador de la filosofía religiosa de Thelema y autor del famoso El libro de la ley (donde se exponen los fundamentos más importantes y la historia de Thelema). Un personaje cuya leyenda negra ha sobrevolado gran parte de su biografía y del que la propia Butts acabó distanciándose. A modo de recapitulación, podríamos decir que Mary Butts fue una escritora bisexual, pacifista, ecologista y que en su pasado coqueteó con la magia negra de Crowley, por tanto bruja. Justo lo que no se esperaba de una mujer de su época. Es posible que todos estos factores hicieron que su figura y libros fuesen injustamente ocultados por la comunidad intelectual de su tiempo. Seguramente pensaron que nada bueno contendrían esos textos firmados por Butts, y estoy convencida de que muchos ni siquiera los leyeron, que emitieron veredicto sin pararse a valorar si la obra merecía o no reconocimiento al menos para una segunda impresión. Justo lo que sigue pasando a día de hoy respecto a las mujeres que quieren mostrar sus habilidades artísticas o intelectuales. Los prejuicios, los estereotipos y sobre todo, el paternalismo ahogan los discursos femeninos dentro de ámbitos tradicionalmente masculinos. Tal vez si hubiésemos tenido más presente a la figura de Mary Butts desde el principio, desde el momento en el que publicó su primera novela, las cosas posiblemente hubiesen sido distintas. Armados de locura: una historia de amor, enredos, engaños, locuras, frivolidades, religión, fiesta...Una novela que sabe a whisky y suena al son del mejor Foxtrot.

Frases o párrafos favoritos:

Scylla comprendió que Craston ya había tenido suficiente y se sentía sofocado y solo. Clarence regresó agónicamente por el camino doble del bosque, por ser el más recto. Ross se retiró a su cuarto y Craston se aferró fuertemente a un pensamiento: "Todos necesitamos salir de aquí por una temporada."


Película/Canción: como no podía ser de otra forma y en vistas de que no hay una adaptación a la vista, he decidido adjuntaros la pieza de Foxtrot que me ha acompañado durante la redacción de la reseña. Se me van los pies cada vez que la escucho.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Hermida Editores

jueves, 29 de noviembre de 2018

RESEÑA: La novena hora.

LA NOVENA HORA

Título: La novena hora.

Autora: Alice McDermott (Brooklyn, Nueva York, 1953). Es profesora de Humanidades en la Universidad John Hopkins y una de las autoras literarias más prestigiosas de su país. Ha publicado ocho novelas: A Bigamist´s Daughter (1982), Aquella noche (1987, finalista del National Book Award y del Pulitzer), En bodas y entierros (1992, finalista del premio Pulitzer), Un hombre con encanto (1998, ganadora del National Book Award), Child of My Herart (2002), After this (2006, finalista del premio Pulitzer), Alguien (2013; Libros del Asteroide, 2015) y La novena hora (2017; Libros del Asteroide, 2018).


Editorial: Libros del Asteroide.

Idioma: inglés.

Traductor: Carlos Manzano.

Sinopsis: en una oscura tarde de invierno, en Brooklyn de principios de siglo XX, un joven inmigrante irlandés que acaba de ser despedido convence a su mujer, que está a punto de dar a luz, para que salga a hacer la compra. Una vez solo en el apartamento, abre el gas y se suicida. La hermana St. Savoir, una monja de un convento cercano, será quien ayude a Annie, la pobre viuda, a rehacer su vida. Annie trabajará durante muchos años como planchadora en la lavandería del convento. Su hija Sally, la verdadera protagonista de la historia, se criará entre pilas de ropa blanca y el siseo constante de la plancha, pero, llegado el momento, deberá elegir su propia camino en la vida.

Su lectura me ha parecido: amable, elegante, precisa, humana, potente en cuanto a su inicio, redentora, femenina en el buen sentido de la palabra... No me gustan las monjas. Bien, ya está, ya lo he soltado. El por qué es muy simple. Producto literario o audiovisual sobre todo en el que aparece el personaje de una monja o varias de ellas, siempre consigue darme repelús. Tal vez la literatura y el cine de terror hayan tenido mucho que ver en esta imagen tan espeluznante de estas mujeres casadas con Dios. Sin embargo, no hay que irse a los estereotipos para encontrar otros ejemplos de monjas perversas y malvadas. Redactando el esquema de la presente reseña se me vino a la cabeza el recuerdo de Philomena, la magnífica película británica de 2013 protagonizada por una siempre impecable Judi Dench y que desde aquí recomiendo encarecidamente que veáis. Una cinta cuya trama principal gira entorno a la investigación que emprenden la protagonista y un periodista en busca del paradero del hijo de ésta, dado ilegalmente en adopción en un convento de monjas en Irlanda. Tras su correspondiente visualización, y con un cabreo de tres pares de narices, ya no volví a ver a estas mujeres de la misma manera, y menos tras los numerosos casos de bebés robados que han ido brotando en España producidos durante la dictadura franquista y las primeras décadas de la democracia hasta llegar a los años 80. En nombre de la moralidad se han cometido y se siguen cometiendo cientos de barbaridades en todo el mundo, y muchas veces, por parte de quienes deberían atender a otros problemas guiados precisamente por la religión que profesan. Afortunadamente, en el libro del que hoy os hablo, no nos encontramos con esa clase de monjas, que, aunque tienen sus defectos, consiguen desproveer al lector de todos esos prejuicios con sus acciones de carácter social en el empobrecido Brooklyn de principios de siglo XX. La novena hora: el retrato de la invisibilidad femenina


La historia de como La novena hora llegó a mis manos es bien sorprendente, pues, la verdad sea dicha, no se me había pasado por la cabeza acercarme a una lectura de estas características. Sin embargo, las circunstancias anímicas por las que estaba atravesando aquellos días hicieron que finalmente me decantase por esta novela de Alice McDermott. Para seros sincera, y al contrario de otras ocasiones, debería haber empezado este párrafo sincerándome, y es que en vez de contaros la historia de como La novena hora entró en mi vida, lo que en realidad vengo a narraros es la historia de lo que sucedió después, de cómo fui capaz de acercarme a su lectura hasta pasados unos meses. No os voy a engañar, las pasadas vacaciones veraniegas no fueron las mejores, ni las más memorables, ni las más excitantes de mi vida. El por qué prefiero guardármelo para mi misma, pero lo que si me gustaría compartir con todos vosotros es el hecho de que, muchas tardes de agosto las pasaba leyendo, cociéndome en mi habitación, pero leyendo. Puede sonar aburrido, es posible, pero era la forma que encontré de aislarme y de evadirme un poco, en definitiva, de pensar en otra cosa que no fuera en el hecho de que durante el mes de agosto no me iba a mover a penas de la ciudad. Pero claro, el aislamiento continuado nunca es bueno, tantas horas dándole vueltas a la cabeza al final acaba por quemar literalmente la mente. Uno de aquellos días exploté, me levanté, cogí la bicicleta y me fui a dar una vuelta. Jamás me había ido tan lejos como aquella vez, y eso que acostumbro siempre que puedo a pedalear por la ciudad. En mi mochila, dos libros, uno de ellos La novena hora. No sé por qué motivo me los llevé. Supongo que buscaba romper ligeramente con la monotonía en la que se había convertido agosto. Leer en otro lugar, respirando aire poco viciado, tal vez acompañado de un helado de frutos del bosque. El caso es que cuando las piernas dijeron basta, me encontré a la altura de uno de los parques más grandes de mi ciudad. ¿Sería aquel el lugar que tanto buscaba? ¿Sería capaz, como ya he hecho en otras ocasiones, de sentarme en el césped a leer un libro? No podía estar más equivocada. En el momento en el que me situé, dejé los libros a un lado y me puse a observar. Hacía tanto tiempo que no me detenía a mirar a mi alrededor que casi me hecho a llorar, una costumbre tan importante en un escritor y que creía haber perdido. Después de aquel episodio me costó bastante acercarme a ciertos libros, entre los que se encontraba La novena hora. Anímicamente necesitaba cosas que me removiesen un poco por dentro, que me diesen miedo, que me provocasen suspense y angustia, cuya trama me hiciese viajar a lugares más exóticos y poco conocidos. Algo que por supuesto creía que no cumplía la novela de McDermott. La situación siguió así hasta que un buen día de otoño, de forma totalmente inesperada, lo saqué de su perpetuo hueco en la estantería y lo posé en mi mesita de noche, privilegiado lugar cargado de significado. Su lectura me llevó un par de semanas, semanas que se tradujeron en pequeños instantes de placer junto a una historia más interesante de lo que hubiese imaginado.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que La novena hora (título claramente inspirado en la biblia) presenta una lectura pulcra, psicológica y sobre todo elegante. A lo largo de la novela el lector tiene la sensación de estar ante una novela que, a pesar de ese potente inicio del que hablaremos más adelante, invita a la serenidad, a la tranquilidad y a la certeza de que va a adentrarte en un viaje hacia el corazón del alma humana. Y si a eso le añadimos una estructura que, en lugar de trazar una línea recta con un principio y un fin muy marcados, abraza momentos concretos de lo que se está narrando, la cosa se pone más interesante desde el plano crítico. En otras palabras, McDermott tira del lenguaje seriéfilo para presentarnos episodios temáticos, creando el efecto de un recuerdo, pequeñas capsulas en las que se aborda una situación, se plantea un problema, se habla de un personaje en concreto y que parecen concluir con un punto y seguido. Este recurso no sólo evidencia las ganas que tiene la autora de que su novela se adapte, especialmente a la televisión, sino también un habilidoso manejo de las técnicas literarias aplicadas al mundo del audiovisual. Porque la imagen y la palabra confluyen, y cuando se consigue desde una delicadeza y la pasión, suelen salir como resultado obras que merecen nuestra atención como lectores y espectadores. La novena hora, como hemos comentado al principio, no puede empezar mejor. Brooklyn, principios de siglo XX, un inmigrante irlandés llega a su apartamento alicaído, lo acaban de despedir, una vez allí convence a su mujer Annie (visiblemente embarazada) para que salga a hacer la compra y sólo cuando tiene la certeza de que no hay nadie en casa se suicida. A su vuelta, Annie se encuentra de la noche a la mañana sola y sin recursos, teniendo que hacer frente a una complicada maternidad. Es entonces cuando entra en acción la hermana St. Saviour, quien le ayuda ofreciéndole cobijo y trabajo en la lavandería de convento del barrio. Creo que lo he comentado en más de una ocasión pero aquí tengo que repetirlo de nuevo. No hay cosa que más me guste de un libro que un inicio fuerte, tremendo, ya sea dramático, inquietante. sincero, perturbador, terrorífico...La cuestión es que impacte en el lector para que éste continúe la lectura con la cabeza llena de preguntas, deseando saber qué es lo que ocurrirá en las siguientes páginas. Y en este caso, usando el suicidio para activar la trama, McDermott me conquistó de inmediato. Después, la historia se torna más humana, más pequeña, un microcosmos construido al rededor de Annie, las monjas y su hija Sally (la protagonista de la novela). Es en este punto donde se abordan los principales temas del libro: la soledad, el abandono, los dilemas morales, la necesidad de empezar de cero, el aprendizaje, el lado humano de la religión, la caridad, la pobreza, la lucha por salir de ella... Además de toparnos con una de las representaciones femeninas más peculiares de la literatura. Desde esa madre que trata de rehacer su vida en secreto, hasta esa hija con ganas de conocer la realidad más allá de los muros del convento, pasando por la psicología de cada una de las monjas (excelentes personajes secundarios por cierto) y las mujeres que acuden a ellas por los inesperados golpes que les da la vida. En ese sentido sólo me queda aplaudir la construcción de ese coro femenino, de ese reparto que enriquece y salva a la novela de caer en sentimentalismos y un exceso de azúcar. Mención a parte merece el narrador empleado, consistente en una tercera persona particularmente interesante, pues quien nos cuenta la historia son los descendientes de Sally. Este hecho, además de hacernos un spoiler como una catedral de grande, Muchos definirán a La novena hora como una historia de monjas y enfermos, lo cual a priori puede disuadir al lector, de hecho, reconozco que no es el mejor tema y que esta novela precisamente no es parta todos los gustos. Sin embargo, y aunque la novela de McDermott no ha acabado por convertirse en una de mis imprescindibles, recomiendo leerla. Pues, ni las monjas son tan buenas (toda persona tiene muchos prismas), ni la historia tan edulcorada como parece y la paradoja que tiene lugar en las últimas páginas de la novela conduce a más de una pertinente reflexión.



Más allá de los temas mencionados en el párrafo anterior, La novena hora rinde un merecido homenaje al trabajo invisible. Algo que en la literatura, al menos en lo que he leído hasta ahora, no había encontrado por ninguna parte. Fijaos su tremenda invisibilidad que su presencia en novelas no es tenido en cuenta o simplemente la autora o autor no se detiene sobre ello, sobre lo que durante siglos ha existido y muy pocas veces se ha dado voz. Sobre los hombros, a la espalda, en la cabeza, soportando un peso descomunal, sintiendo las piernas quebrarse, hasta llegar a rozar el suelo con las rodillas para luego levantarse de nuevo, como si no hubiese pasado nada, como si aquello fuese lo más natural, cotidiano, asumido. En la novela y en la vida real este trabajo invisible lo ejercen por supuesto las mujeres. Una carga que tiene sus múltiples vertientes, desde la física hasta la mental, pasando por esa huella que la educación deja, esa que dice que por ser mujer debes estar en todo, atender a todo el mundo y cumplir con el cometido sin rechistar. En La novena hora, las monjas así como las sucesivas mujeres que irrumpen constantemente o de forma esporádica en cada capítulo se entregan a estas labores. Las primeras a la caridad, a la ayuda de los enfermos y de aquellas personas que se encuentren en situación precaria, un trabajo que como institución religiosa es lógico que lleven a cabo, pero que en la novela comprobamos como se invisibiliza, pues a pesar de su esfuerzo, pocas veces se les reconoce o se agradece su labor. Las segundas, como no podía ser de otra forma, a sus roles de amas de casa, sin duda, el trabajo más invisible y precario de los que existen. Y si pensamos en aquella época, principios de siglo XX, la situación a la que tenían que hacer frente estas mujeres era de órdago. Es cierto que en esos años el ser ama de casa estaba bien visto, mejor que si una mujer trabajaba fuera de casa, pero, la sociedad patriarcal era más férrea si cabe, hasta el punto de que las mujeres estaban totalmente desamparadas en el caso de que existiesen malos tratos en el hogar, una separación conyugal o una maternidad sin una figura masculina. Las mujeres de entonces simplemente cumplían ese rol para el que fueron educadas y no tenían la culpa de que la sociedad todavía les viese como perpetuos ángeles del hogar. Actualmente, y a pesar de que hemos avanzado mucho (las mujeres han podido por fin salir de la esfera privada y conquistar, poco a poco, su presencia en otros ámbitos de la sociedad), todavía existe el trabajo invisible. Mujeres que tras la larga jornada laboral tienen que ocuparse de las tareas de la casa y del cuidado de los hijos mientras el hombre sigue sin asumir esas responsabilidades. Mujeres que, habiendo tomado la decisión de ser amas de casa, no ven reconocido su trabajo. Mujeres que sufren las consecuencias de lo invisible, de la pasividad. Un grito desesperado en medio de un mar de soledad. Si algo nos ha enseñado el feminismo es a perseguir la igualdad, y eso pasa, primero, porque los hombres se den cuenta de que tienen responsabilidad, obligaciones y que éstas no deberían estar sujetas o condicionadas por los roles de género. Y segundo, porque se reconozca este trabajo, inexistente o sin valor para muchos ciegos o simplemente esclavos del patriarcado. La novena hora: una historia de superación, pobreza, labor en la sombra, precariedad, moral, inmoralidad, paradojas que hielan al lector...Una novela de mujeres trabajadoras bajo el pesado manto de la invisibilidad.

Frases o párrafos favoritos:

"Nos asombró pensar en lo mucho que pasaba silenciado en aquella época, lo mucho que, según consideraban, estaba en juego."

Película/Canción: a pesar de que aún o hay noticias de una posible adaptación al cine o a la televisión de La novena hora, os adjunto la brevísima pieza de BSO que me ha acompañado, entre otras, a lo largo de la redacción de esta reseña. Insisto de nuevo, tenéis que ver Philomena, aunque sea por disfrutar de Judi Dench y Steve Coogan.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide

viernes, 23 de noviembre de 2018

RESEÑA: El fantasma de la Ópera.

EL FANTASMA DE LA ÓPERA

Título: El fantasma de la Ópera.

Autor: Gaston Leroux (1868-1927). Periodista y prolífico escritor. Alcanzó uno de sus mayores éxitos en los campos de la novela de terror y de misterio. Entre sus obras más famosas, además de El fantasma de la Ópera - conocida en todo el mundo gracias a sus numerosas versiones para el cine y el escenario -, cabe mencionar El misterio del cuarto amarillo, en donde se narra la historia de un crimen en una habitación a la que es imposible entrar y de la que es imposible salir. Como reportero, Leroux viajó a Suecia, Finlandia, Inglaterra, Egipto, Corea, Marruecos y a Rusia; donde cubrió las primeras etapas de la revolución bolchevique.


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: francés.

Traductor: Mauro Armiño.

Sinopsis: el edificio de la Ópera de París parece estar embrujado: en medio de una representación, la gran araña que prende sobre el patio de butacas se viene abajo; otro día, uno de los maquinistas aparece ahorcado en un sótano. Se extiende el rumor de que un ser de apariencia monstruosa a quien algunos parecen haber visto fugazmente es el causante de todos estos inquietantes sucesos... Novela de misterio, de amor, de aventuras y de golpes insospechados, El fantasma de la Ópera es una de las obras más célebres y logradas de su autor, Gaston Leroux.

Su lectura me ha parecido: fascinante, inmersiva, extraordinariamente trágica, plagada de misterio y de giros argumentales, mejor de lo que me esperaba en un primer momento... En un mundo tan volcado en las nuevas tecnologías, pero sobretodo, en la era de la inmediatez, es realmente complicado, por no decir cada vez más difícil, que un libro, así sin más, consiga pasar a la historia de la literatura y trascender a la cultura popular contemporánea. Para conseguirlo hay muchos métodos. Uno de los más comunes, que la editorial haga todo el trabajo y monte una espectacular campaña de publicidad que consiga que estés en todos los lados, que todos los periódicos del país se peleen por una entrevista, que las librerías se froten los dedos con tu presencia en las respectivas presentaciones, que te quieran en las ferias del libro para que les hables de tu última creación literaria. ¡Qué más da si el libro es malo! La gente acabará hablando de ti pasados muchos años, lo cual significaría que el objetivo se ha cumplido con creces. Pero cuando una novela pasa de verdad a la historia es con las adaptaciones cinematográficas, ya sean excelentes, mediocres, superproducciones o de bajo presupuesto. Si hay intención y el público acompaña, entonces el libro será inmortal, aunque siempre existirá el riesgo de que los lectores no se interesen por el formato escrito y prefieran ver esa misma historia en imágenes proyectadas sobre una pantalla de cine. Es un riesgo que se debe correr. Aunque sin duda, si además le añades a la cinta en cuestión una serie de números musicales, el mensaje de la novela puede llegar más incluso que las propias palabras. ¿A quién no le gusta una buena canción? ¿Quién no ha disfrutado de un buen musical ya sea sobre las tablas o en el cine? ¿Acaso no son algunas de sus letras parte de nuestra historia? Que se me vengan a la memoria sólo conozco dos libros que han visto infinidad de adaptaciones cinematográficas convencionales, sus versiones musicales sobre las tablas, y por supuesto, dichas versiones cantadas filmadas y estrenadas en el cine. Ambas novelas escritas por dos autores del XIX, ambos casualmente franceses pero con estilos y preocupaciones bien diferentes. Uno es Los Miserables de Victor Hugo, el otro, el libro que hoy tengo el placer de reseñar. El fantasma de la Ópera: una historia de celos entre bambalinas.


El primer contacto que tuve con esta historia fue en mi infancia gracias a la lectura de una adaptación literaria. No recuerdo exactamente en qué curso de primaria me encontraba, pero si mi memoria no falla, creo que fue un préstamo de la biblioteca del colegio. Esa que tenía los libros guardados tras unas férreas vitrinas, esa a la que los miércoles (o los martes no recuerdo bien) íbamos y cotilleábamos sus tesoros durante unos segundos, esa que a la vez durante un tiempo fue también el comedor, esa que cuando me encontraba en primero de bachiller se rehabilitó en otra estancia, devolviéndole la importancia y la dignidad que un espacio así merecía. Ahí forjé el primer contacto con la historia de Leroux, aunque la verdad no debió de entusiasmarme mucho en ese momento pues, a pesar de recordar el libro en cuestión, soy incapaz de evocar lo que sentí al leerlo. Años más tarde, ya en el instituto, entré en contacto con la versión musical a través de la última adaptación cinematográfica de El fantasma de la Ópera del año 2004. Una cinta que en su momento me dejó completamente fascinada, ya no sólo por la escenografía y la espectacularidad con que se había rodado la película, también por las canciones que se cantaban a lo largo del film. Ni os imagináis la de veces que escuché ese órgano espectral, protagonista indiscutible del principal tema del musical. Esa mezcla entre ópera y rock me cautivó, hasta el punto de ver reforzado mi amor por este género cinematográfico, en el que pasas de la sonrisa, a la mueca de tristeza y a la euforia en cuestión  de escenas. Pasaron los años, y aunque siguió el recuerdo de dicha película en mi memoria, nunca me dio por adentrarme en la novela que inspiró todo aquello hasta hace relativamente poco. El fantasma de la Ópera, como no podía ser de otra manera, fue uno de los títulos que comenzó a reeditarse a lo largo del presente 2018. ¿El motivo? Su fama, una popularidad que le ha llevado a posicionarse entre los clásicos dentro de la literatura de misterio-terror y a inspirar a muchos escritores de ambos géneros. Por no decir que siempre viene bien rescatar una obra de estas características, cuyo mensaje va más allá de esa revisión de La Bella y la Bestia o de El jorobado de Notre Dame que tantos críticos literarios han creído ver en sus páginas. Por eso, y porque me moría de ganas por saber si la versión original se parecía a la musical, decidí darle una oportunidad, algo que de la mano de Alianza Editorial conseguí. ¿El resultado? un paulatino oscurecimiento de la trama que me tuvo totalmente enganchada.


Centrándonos en el apartado más crítico, comenzaremos diciendo que El fantasma de la Ópera presenta una lectura extraordinariamente ágil a pesar de estar plagada de descripciones y diálogos. Pero sin duda, y esto tengo que destacarlo sí o sí, es la original forma en la que Leroux ha querido contarnos la historia. Desde una consistente tercera persona y a partir de los dichos, rumores, relatos, informes que los personajes ofrecen directa o indirectamente sobre lo que está pasando en la Ópera de París, que no es otra cosa que los fenómenos paranormales relacionados con un supuesto fantasma. Este es uno de los mayores aciertos de la novela, ya que a Leroux se permite el lujo de jugar con el lector y controlar su nivel de intriga a su antojo, el cual se va acrecentando a medida que avanza la trama. Otra de las características que debe ser al menos mencionada es el paulatino oscurecimiento de la historia conforme nos vamos acercando al final de ésta. Antes de que alguien pregunte, debo aclarar que El fantasma de la Ópera no da miedo, supongo que en la época en la que se publicó si que daría, pero en pleno siglo XXI los recursos que el autor emplea para provocar ese efecto han quedado muy desfasados. Eso si, no voy a negar que, como ocurre con cualquier otro clásico del género, provoca cierta inquietud, incomodidad y mucha reflexión. En resumen, que oscuridad en la trama no significa que el lector lo vaya a pasar mal, de hecho, hoy en día esta novela encajaría mejor en el género policíaco con tintes de misterio, aunque canónicamente se le defina como una novela de terror. Si existe una palabra que defina a El fantasma de la Ópera, como ya he apuntado al principio de esta reseña, es la de "inmersiva". Se dice que una novela es inmersiva cuando ésta consigue transportarte, en este caso a al teatro de la Ópera de París en algún momento de finales del XIX, y situarte medio de la trama, como un testigo, invisible, pero constantemente presente y con privilegiadas vistas. Pero ahí no acaba la cosa, pues la novela de Leroux va más allá al ofrecer al lector la posibilidad de sentir el tacto del telón, la humedad de la guarida, el calor de las lámparas, aspirar el olor de la cera de una vela derritiéndose...Es tal la sinestesia que el lector no puede evitar abrumarse. En lo que respecta a los personajes tengo muchos sentimientos encontrados. Si en la película Raoul y Christine me parecieron maravillosos, en la novela no me gustaron nada. Él demasiado plano, demasiado caballeroso, demasiado estúpido. Ella muy dubitativa, muy influenciable, poco clara con lo que de verdad quiere. Estos son algunos de los peligros de haber disfrutado de la versión cinematográfica antes que de el libro en cuestión. En cambio, el libro me ha hecho amar más a Erik (sí, el fantasma tiene nombre y es una persona de carne y hueso; esto no es ningún spoiler). En la novela, junto con el personaje de Persa (tan enigmático y bien construido) aparece como un genio atormentado que no duda en recurrir a estrategias de dudosa moralidad para lograr su objetivo, que no es otro que ser correspondido por Christine. Erik es un personaje al que odias o amas, como tantos otros a lo largo de la literatura. En mi caso odio su comportamiento y lo que representa pero por el contrario admiro su construcción, y eso es mérito solamente del autor. En otro orden de cosas, cabe mencionar que El fantasma de la Ópera, a pesar de partir de una idea tan sugerente como original, tiene algunos agujeros en la trama. Son mínimos, pero esos cabos sueltos consiguen despistar al lector más analítico. Sin embargo, si eres un lector que lo que pretende es disfrutar y dejarse llevar, es posible que ni te percates de su existencia. Por último, un pequeño apunte. Creo que las versiones cinematográficas, en especial las musicales, le han hecho un flaco favor a la novela. En éstas, a falta de ver alguna en blanco y negro, nos presentan una trama seria pero ligera, lanzando el mensaje de que El fantasma de la Ópera es una novela de segunda, cuando en realidad tiene más calidad y profundidad de la que aparenta. Vale que no está a la altura, literariamente hablando, de otras novelas de la época, es más, posiblemente el libro de Leroux fuese más un best seller. Pero no podemos negarle la trascendencia, su lectura disfrutable, la oscuridad de su trama y lo más importante, la creación de un icono literario capaz de colarse y aposentarse en nuestra imaginería popular. ¿Quién a estas alturas no asocia una máscara blanca de inspiración veneciana con el famoso fantasma?


Si lo analizamos fríamente, el la lectora y el lector común pueden llegar perfectamente a la conclusión de que El fantasma de la Ópera es la novela de la envidia y una apología de los celos en toda regla. Unos celos que matan, que desangran, que enloquecen, que desgastan, de los que pudren a quien los padece. Es tal el poder que éstos tienen sobre el protagonista que, lejos de caer en lo ridículo, provocan verdadero terror. Una sensación de asfixia constante que, y aunque no nos caiga bien Christine, estemos constantemente padeciendo por ella, queriendo que se salve, que no caiga en sus manos, que se libere de sus garras enfundadas en unos elegantes guantes negros. Hay quien dirá que juzgar a una novela con los ojos del siglo XXI, y encima desde una perspectiva de género, está fuera de lugar. Que no sirve para nada, que no aporta nada nuevo y que lo único que puede traer es enfrentamiento, partidismo y desinformación. Yo les contesto a todos y todas las que opinan de este modo lo siguiente: que acudan a la historia, al pasado, al momento en el que dicha obra se creo para encontrar la razón de estos análisis. En el caso de El fantasma de la Ópera, publicada en 1910, nos encontramos en las primeras décadas de siglo XX. Unos años en los que se produjo una transición, en los que se empezó a intuir ciertos cambios en ámbitos como la política, la economía, la sociedad o la cultura. Pero que sin embargo, se resistía a abandonar ciertos patrones que durante todo el siglo XIX habían permanecido inamovibles, inquebrantables. Uno de ellos, como no, era la estructura patriarcal. Un modelo en donde el hombre abrazaba el ámbito público y la mujer el privado (la casa y los hijos), y a pesar de su todavía sólida base, ésta había comenzado a resquebrajarse, ya que durante el siglo XIX fueron muchas las reivindicaciones de carácter feminista las que comenzaron a socavar los cimientos del patriarcado. El movimiento obrero y una mayor educación de las mujeres de clase alta favorecieron la aparición del sufragismo, de las ideas de emancipación femenina, de igualdad, de libertad, del planteamiento del divorcio en los países donde estaba prohibido, de la lucha por el acceso a las mujeres a ámbitos de mayor poder... Sin embargo, el poder del patriarcado ahogaba cada una de aquellas reivindicaciones usando, entre otros métodos, la educación. Enseñando que los hombres tenían que ser firmes, decididos, con autoridad, y a las mujeres dulces, frágiles, sumisas. Ejemplo de estos marcados roles de género los encontramos en El fantasma de la Ópera. Mientras Christine es una mujer maleable, sensible y exageradamente inocente, Erik es frío, autoritario y manipulador. Por eso, no nos sorprende que en la novela haga uso de su educación varonil para tratar de conquistar a Christine, y de que cuanto se percata de que no es correspondido, desarrolle unos celos que le hagan cometer toda clase de barbaridades con tal de conseguir el cariño de su amada. En se sentido lo podríamos extrapolar perfectamente a la actualidad, a un contexto en el que, a pesar de haber avanzado muchísimo en cuestiones de igualdad, los celos, ese amor mal entendido, siguen causando violencia y muerte sobre las mujeres. Tras esta breve reflexión, al lector le debería quedarle claro un par de cosas. La primera, que Gaston Leroux era un hombre de su tiempo y por tanto no se le puede pedir mucho mas. La segunda, que las lecturas cuanto más críticas mejor, así es como mejor se aprende de nuestro pasado y de la actualidad de paso. La cuarta, que no podemos hablar por tanto de una novela romántica al menos sana. La quinta, que es posible analizar un clásico desde una perspectiva de género sin que ello signifique censura o la prohibición de su lectura. De hecho, hay que leerlos. Sólo así es como llegamos a este tipo de conclusiones. El recomendarlo o no posteriormente ya es cosa de cada uno. El fantasma de la Ópera: una historia de envidias, tramoyas, espectáculo, misterio, venganza, mucha acción, dramaturgia... Un homenaje al teatro y a, literalmente en este caso, embrujo.

Frases o párrafos favoritos:

"Si el fantasma iba al palco, deberían verle, porque llevaba un frac negro y una calavera."

Película/Canción: a pesar de que existen infinidad de adaptaciones desde el año 1916, es mi obligación destacar la última adaptación, la de 2004. Dirigida por Joel Schumacher y protagonizada por Gerald Butler (sí, es él, el Leónidas de 300) y Emmy Rossum, posee uno de los mejores números musicales de la historia del cine. ¡No me digáis que esas notas del principio no os ponen los pelos de punta! Aquí os lo dejo para que lo disfrutéis.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

martes, 20 de noviembre de 2018

RESEÑA: Hombres.

HOMBRES
Título: Hombres.

Autora:
Angelika Schrobsdroff (Friburgo 1927). Emigró a Sofía en 1939 con su madre y regresó a Alemania en 1947. Se casó con el cineasta Claude Lanzmann, director de Shoah, en 1971, con quien se mudó a Isrrael en 1983, tras más de una década entre París y Munich. Hoy en día, convertida en una autora mítica, sobretodo gracias a Tú no eres como otras Madres (libro que se ha convertido en todo un éxito de ventas en Alemania y que se ha traducido a lenguas como el inglés, el francés o el castellano entre otras), Schrobsdroff vive en Berlín. Es autora de diez novelas y dos libros de cuentos que han marcado la narrativa alemana de la segunda mitad del siglo XX, como Hombres (su primera novela: el escándalo que produjo su publicación la hizo inmediatamente conocida), Die Reise nach Sofía (publicada con un prólogo de Simone de Beauvoir), Die kurze Stunde zwischen Tag und Nacht o Jerusalem war immer eine schwere Adresse. 


Editorial: Errata Naturae.

Idioma: alemán.

Traductor: Joaquín de Aguilera Gamoneda.

Sinopsis: la autora narra en Hombres la educación sentimental de una hermosa joven que alcanza su madurez entregada ala furia de vivir, sobrevivir y revivir. Eveline Clausen, la turbadora protagonista de esta novela, es hija de padre alemán y madre judía, y su infancia se desarrolla en pleno ascenso del nazismo. No es sólo un personaje "construido" con partes de la vida de la propia autora y de otras mujeres a las que conoció en su juventud, sino toda una figura de carne y hueso. Una verdadera mujer que pierde su candidez, su inocencia, y se lanza a vivir ávida e intensamente, sin ninguna preocupación moral, para ahuyentar todos esos miedos que la acechan desde muy niña. Los hombres, los distintos hombres que pasan por su vida (este libro es un perfecto estudio de los muchos tipos de ellos), son tan sólo el medio para evadirse de la dura realidad, de la persecución y el hambre. Estos hombres, que siempre ocupan una posición de poder (y lo ejercen), van convirtiéndose, gradualmente, en el único universo de Eveline; les pide amor, pasión y las posibilidad de huir (de su madre, de sus propios deseos, tristezas y necesidades), aunque casi todos ellos, víctimas también del egocentrismo de la joven, le resultan decepcionantes.

Su lectura me ha parecido: amena, fresca, embriagadora, interesante en su contenido, algo extensa para mi gusto, incapaz de superar a su novela más célebre... La vida es un misterio. Una frase tan manida como real. Objeto de campañas de marketing, publicidad así como de una suerte de lema (no sé hasta que punto motivador) impreso en tazas, libretas y demás artilugios que cualquiera puede adquirir en un Alehop o en la página de Mister Wonderfull. Si nos atenemos, sólo y exclusivamente, al ámbito literario, comprobamos casi al instante como esas cuatro palabras se transforman, caen bajo el poder de algún hechizo y nos devuelven un prisma, una cara, uno de esos tótems inmortales que la literatura y sus discípulos van a seguir explotando hasta el fin del mundo. Para cualquier escritora/or la vida, o en otras palabras, las experiencias que cada uno atesora en sus recuerdos, conforma el principal elemento de inspiración para cualquier texto, ya sea novela, ensayo o teatro y abarcando todos los subgéneros posibles. Al basarse en ella, o inspirarse que no es lo mismo, la autora/or camina por un hilo de alambre que separa dos realidades posibles. Arriba, la gloria, el reconocimiento, el que el público vea más allá de las notas autobiográficas. Abajo, el morbo, que por un lado beneficia en cuanto ventas, pero que sin duda acaba condenando a quien escribe a un sambenito perpetuo a cada paso que da en el mundo del libro. No es este el caso de la novela que hoy tengo el placer de reseñar y presentaros, cuya composición no deja lugar a dudas, al igual que su intención, ajena a toda provocación (a pesar de que en su momento parece ser que su publicación supuso un escándalo en Alemania) y a cualquier atisbo de duda. Eso si, hay que reconocer que para Angelika Schrobsdroff su propio y peculiar árbol genealógico le ha servido para asentar una robusta carrera literaria. Empezando por su madre (a quién conocimos en su novela más aclamada) acabando por su padre y en medio, los múltiples recuerdos que desde niña ha ido guardando pacientemente hasta poder plasmarlos (en parte seguramente) en esta novela. Hombres: un tratado sobre el amor, el desamor, el engaño, los deseos y las relaciones íntimas en tiempos realmente revueltos.


La historia de como Hombres llegó a mis manos es bien sencilla, de hecho, llegó acompañado de las memorias de Edna O´Brien, una de mis autoras favoritas. Pero mentiría si no dijera que la última novela traducida y publicada (que no escrita) de Angelika Schrobsdroff no hubiese tenido cabida en mi universo lector de no haber sido por su madre. ¿Madre? ¿Qué madre? Los que estéis más puestos en las novedades editoriales habréis captado la ironía de la frase, porque es gracias a la madre que la parió (a Angelika Schrobsdroff claro), una mujer llamada Else Krischner, por quien hoy muchos lectores hemos querido adentrarnos en Hombres. Y es que Else no es otra que la protagonista de Tú no eres como otras madres. Un libro bárbaro, aclamado por el público y la crítica, cuya publicación supuso un punto de inflexión en los géneros que la prensa usó para definirla y catalogarla. ¿Era una novela? Sí. ¿Una biografía? Absolutamente. ¿Una autobiografía? Por supuesto. ¿Unas memorias con aires a tiempos pasados? También. Fueron muchos los factores (entre los que destacaría el estilo de Schrobsdroff, la ausencia de capítulos y la construcción de esa icónica protagonista) que hicieron de Tú no eres como otras madres el libro del año, y por extensión de la década. Fuimos muchos los lectores que caímos rendidos ante Else Krischner y Angelika Schrobsdroff, conscientes de que estábamos inmersos en una historia tan universal como única. Schrobsdroff había hecho de su propia madre un monumento, un manual, un tratado de la primera mitad del siglo XX desde una impecable perspectiva de género. Con ese recuerdo todavía palpitante en mi memoria, y en cuanto tuve noticia de que Errata Naturae y Periférica iban a unir de nuevo sus fuerzas para sacar adelante la edición de una nueva novela de Schrobsdroff, esperé ansiosa el momento en el que se conocieran más detalles. El día llegó más pronto que tarde, Hombres era su título y el diseño de su portada no podía ser más evocador (tanto que en ocasiones recordaba al que se empleó en Tú no eres como otras madres). Indagando un poco sobre él descubrí para mi asombro que no estábamos ante la nueva y esperada novela de Schrobsdroff, sino frente a una obra anterior, en concreto su primera novela. A pesar de que un cierto escepticismo empezó a nublar mi entendimiento, decidí finalmente darle una oportunidad. Estaba escrito por Schrobsdroff, autora de Tú no eres como otras madres, ¿qué podía salir mal? El resultado de su lectura, tras unos largos y pesados meses de mayo, me dejó con muchas preguntas, algo en teoría bueno, pero también con la sensación de haber leído una obra menor, igualmente ambiciosa, pero sin estar a la altura de la eclosión tanto estilística como emocional que supuso escribir sobre su madre.
  

Centrándonos en la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Hombres presenta una lectura sencilla, entretenida, ligera, en la que su autora trata siempre de mantener una relación amigable con el lector. La idea de que la lectura ágil resta valor literario a una obra determinada es completamente falsa, al menos en esta novela no se cumple, ya que cada capítulo da paso a momentos de lucidez narrativa que si bien no son barrocos, si que consiguen que el lector permanezca pegado al papel, capítulo a capítulo, párrafo tras párrafo. No hace falta escribir como si estuviéramos en el XIX para que un libro sea considerado literatura de altura. Cada época histórica tiene sus modas y sus códigos, y como siempre, a veces es mejor la sencillez que cientos y cientos de páginas plagadas de tecnicismos. En Hombres nos topamos con una Schrobsdroff generosa, más abierta, que ha sido capaz de desnudarse biográfica y emocionalmente ante los lectores de medio mundo, por lo que la prosa por momentos parece adquirir un tono más vitalista y menos cronológico (tan importante en Tú no eres como otras madres). Se nota que esta novela, su primera novela, la escribió con una libertad pasmosa y que abruma a medida que el lector va dejando atrás un capítulo tras otro. Hombres no es más que la historia sentimental (y no sólo sentimental) de la propia autora. Sus idas y venidas, sus múltiples relaciones amorosas, sus escarceos, sus noches de fiesta y glamour, sus estancias en villas de lujo, sus desgarradores paseos por las calles arrasadas por la guerra, sus peleas, sus inseguridades, su complicada relación con su madre, sus deseos de evadirse de la desgracia, su egocentrismo crónico y sus decepciones entre otras muchas historias. A priori y tras haber leído la sinopsis, el lector espera toparse con una novela de aprendizaje de manual. Pero Schrobsdroff es más astuta (literariamente hablando) como para dejarse llevar por lo convencional, por una trama universal que en antaño ya había sido explotada por numerosos autores. Hombres presenta a una protagonista muy poco convencional, alejada de esa imagen de mujer apocada, tímida y estudiosa que acaba aprendiendo de la vida. Eveline Clausen (protagonista y alter ego de la autora) es diferente. Sus numerosas caras sorprenden al lector, dejando claro que Eveline es una joven con ideas muy claras, decidida e independiente a la hora de opinar o de tomar sus propias decisiones. Ante esta protagonista, es inevitable no preguntarse ¿qué hace de Hombres una novela de aprendizaje si su protagonista parece saber como funciona el mundo y la vida? Schrobsdroff responde a esa pregunta por medio de los errores que comete Eveline, consecuencia de su forma de ser y de su intento por desprenderse de sus propios fantasmas. El ser humano, por muy espabilado que sea, no es perfecto y Eveline aprenderá esa lección a base de golpes y más golpes. Una vez dicho esto, sólo me queda por apuntar dos cuestiones para mi importantes. La primera de ellas tiene que ver con la propia recepción de Hombres en el momento de su publicación en la Alemania (recordemos que partida en dos) de los años sesenta. Sinceramente, al principio no entendía el por qué de la polémica, no encontraba explicación alguna. Sin embargo y tras analizarlo detenidamente, es posible que la sociedad alemana no estuviese todavía preparada para que una mujer les hablase de su historial amoroso de forma tan transparente, y más allá de eso, que a los propios alemanes les costase todavía recordar los desastres de la II Guerra Mundial y en particular del Nazismo. Algo que aparece constantemente descrito en el libro y que supone uno de los numerosos fantasmas de los que la protagonista parece huir. ¿No les ocurriría lo mismo a los alemanes en aquellos años? ¿Es entonces Eveline Clausen la viva imagen de un pueblo recuperándose poco a poco de sus heridas más profundas? ¿O por el contrario el recuerdo de lo que aún muchos quieren olvidar? La segunda cuestión a tratar es más personal, pues, y a pesar de que Hombres es una novela que como lectora he disfrutado, siento que le falta algo, no sé, llámalo madurez, recorrido o una buena idea. Pero lo que está claro es que la sombra de Tú no eres como otras madres es alargada, demasiado alargada. Hay que tener en cuenta que Hombres es su primera novela, por lo que, aunque podamos atisbar el estilo que empleará en su obra más importante, no está a la altura de la novela que le ha hecho mundialmente famosa. Eso si, Hombres constituye la continuación perfecta de Tú no eres como otras madres, una suerte de segunda parte menos talentosa pero igual de disfrutable.


En el apartado más reflexivo, he querido dejar para el final el propio eje de la novela, el motor al rededor del que giran todas las tramas y subtramas. Pues al fin y al cabo es el tema más importante y que más reflexiones me ha suscitado tras su lectura. Como ya hemos comentado a lo largo de la reseña, Hombres es algo más que una novela de carácter autobiográfico donde la autora habla de cada una de las relaciones amorosas que ha tenido a lo largo de los años. Hombres es también un tratado, sí, lo he dicho bien, una especie de estudio (novelado eso si y con abundancia de diálogos) de los diferentes tipos de hombres que existían a mediados de siglo XX. Sus comportamientos, sus palabras, sus pensamientos, sus ideologías, sus profesiones, sus formas de ver el mundo y a las propias mujeres, sus miedos, sus inseguridades, sus constantes contradicciones...Un análisis psicológico tan exhaustivo e interesante que, no sé hasta que punto intencionadamente, busca mostrar toda esa paleta de gamas, texturas y colores al lector. ¿El motivo? ¿Tal vez para que nos demos cuenta de lo poco que hemos cambiado en cuanto a roles de género se refiere? ¿O para apreciar los diferentes modelos de masculinidad? Ambas respuestas cobran sentido y lógica una vez te adentras en la lectura de esta novela. El repertorio es tan brillante como perturbador. Desde el primer amor, al marido buenazo, pasando por la imponente figura paterna, la de sus propios hermanos varones y el hombre tóxico, manipulador y vago que la hiere especialmente con más dureza. Todos y cada uno de ellos están perfectamente caracterizados, de hecho, da la sensación de que Schrobsdroff ha llevado consigo una suerte de diario íntimo durante los años en los que mantuvo todas aquellas relaciones. Cada detalle, cada aspecto, cada palabra...Todo esta plasmado en Hombres, hasta el punto de que cada capítulo lleva por título frases tan evidentes como: "El capitán de corbeta", "Los hermanos", "El seductor", "El esposo" y así hasta un total de ocho capítulos. En ocasiones la historia provee al lector de libros únicos, que nos hablan del pasado con total sinceridad, sin censuras, y por supuesto, sin esconder los tabúes del momento. Es precisamente en esto último donde reside la grandeza de este libro, pues hasta nos relata las secuelas que dichas relaciones, amatorias o no, han dejado tanto en su cabeza como en su propio cuerpo. A decir verdad, si algo evidencia Hombres es lo que ya apuntábamos al principio de este párrafo, el hecho de que la masculinidad (así como los diferentes modelos de hombre) sigue siendo la misma que a mediados de los años cincuenta del pasado siglo. Si bien se ha avanzado, pues hoy en día existen muchos hombres que abanderan la causa feminista y practican dicho feminismo en su día a día, todavía existen hombres que se niegan a bajarse de su pedestal de macho alfa. Hombres que se niegan a aceptar sus errores, que no lloran, que no soportan que una mujer les supere intelectualmente, en definitiva, que no dudan en usar todas y cada una de las herramientas que la estructura patriarcal les proporciona para ejercer su poder. Ante esta cruda realidad, es importante, y lo repetiré las veces que haga falta, en lo que al mundo del libro se refiere, que las editoriales sigan apostando por textos de este tipo. Que aunque no denuncian la situación de forma explicitica, si que muestran los horrores de una relación donde los roles de género se mantienen inquebrantables y en las que exista un cambio, un "romper con lo establecido". O al menos una protagonista tan imperfecta como Evelina Clausen. Y si el libro en cuestión está ambientado en el pasado, mejor, no hay nada mejor que aprender de nuestros propios errores para poder enmendarlos en la actualidad. Hombres: una historia de amor, celos, independencia, manipulación, traumas, diversión, egoísmo, huida hacia adelante... Una novela que nos descubre a una Angelika Schrobsdroff más joven, más vitalista, más entregada al peso de sus propios recuerdos.

Frases o párrafos favoritos:

       "—Seguro que tienes muchas amigas —continuó. Yo ya conocía esta frase y la odiaba. Todas las personas mayores se creen obligadas a utilizarla en sus conversaciones con las chicas jóvenes.

       —No —respondí—. No tengo ninguna amiga."

Película/Canción: a la espera de que alguien de la industria cinematográfica aprecie el potencial que tiene la literatura de Angelika Schrobsdroff para ser llevada a la gran pantalla de la forma más fiel posible, os adjunto una pieza procedente de uno de los grandes musicales del celuloide. No sé si es la mejor canción, pero me ha acompañado a lo largo de la redacción de la presente reseña y creo que posee un cierto regusto a aquella época, a aquellos oscuros años, a la lúgubre y animada noche berlinesa.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Errata Naturae
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