Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

lunes, 8 de octubre de 2018

RESEÑA: Tiempo de espera. Crónicas de los Cazalet.

TIEMPO DE ESPERA
CRÓNICAS DE LOS CAZALET.

Título: El tiempo de espera. Crónicas de los Cazalet.

Autor: Elizabeth Jane Howard (Londres 1923 - Suffolk 2014) escribió quince novelas que recibieron una extraordinaria acogida del público y crítica. Los cinco volúmenes de Crónica de los Cazalet, convertidos ya en un hito inexcusable dentro de las letras inglesas, fueron adaptados con gran éxito a la radio y la televisión por la BBC. La publicación del primer volumen de la saga, Los años ligeros, puso la piedra de toque de lo que se convertiría en un inmediato clásico contemporáneo y en la novela-río más importante escrita en Gran Bretaña desde Una danza para la música del tiempo, de Anthony Powell. En el año 2002, su autora fue nombrada Comandante de la Orden del Imperio Británico.

Editorial: Siruela.

Idioma: inglés.

Traductora: Cecilia Montolío.

Sinopsis: estamos en 1939, Hitler acaba de invadir Polonia y los primeros nubarrones de la guerra van ensombreciendo la vida de los Cazalet: en su residencia de Sussex hay que cegar la luz de las ventanas, la escasez de alimentos empieza a hacerse notar y las exigencias del esfuerzo bélico obligan a los miembros de la familia a enfrentar complicadas decisiones. Algunos hombres - los ancianos, los lisiados - tienen que resignarse a ver como los demás son llamados a luchar por su país; otros, en cambio, solo querrían regresar intactos a casa tras el infierno de Dunquerque. Pero son las mujeres quienes, en suelo inglés, ocupan en realidad la escena con una fuerza y un estoicismo sin fisuras durante los primeros compases de la contienda. Y los más jóvenes, vitalistas y ocupados en conquistar esa libertad de acción que confunden con ser adulto, olvidan demasiado deprisa que, de haber un paraíso, se encuentra en los años que ellos, y todo el continente europeo, están dejando atrás definitivamente.

Su lectura me ha parecido: interesante, amena, entretenida, ligeramente más oscura que su anterior entrega, más feminista, con ritmo, inconfundiblemente british...Pocas veces sucede en el mundo de la cultura, y en este caso en el del cine, que en un mismo año se estrenen dos películas que, desde dos perspectivas muy diferentes entre si, narren el mismo acontecimiento histórico. Por un lado, Dunquerke, dirigida por el popular director británico Christopher Nolan y estrenada en el verano de 2017.  Un film que narra, desde la perspectiva de los soldados, aviadores y civiles lo acontecido durante la batalla y la  traumática evacuación de las tropas inglesas en la playa de esta localidad al norte de Francia. Y por otro lado, la no menos magnífica El instante más oscuro, del también británico Joe Wright, cuya trama gira entorno al personaje del primer ministro británico Winston Churchill durante los días en los que el acontecimiento tuvo lugar  y las decisiones políticas al respecto. Dos películas, dos directores, dos miradas alejadas (una en el campo de batalla y la otra al otro lado del Canal de la Mancha) que se complementan a la perfección y que enriquecen, audiovisualmente hablando, la aproximación a un episodio histórico como lo fue lo acontecido en Dunquerke entre el 26 de mayo y el 4 de junio de 1940. Es más, estoy convencida de que sin estas películas, muchos seguirían sin saber lo que sucedió y sin que les sonase siquiera. Respecto a esta coincidencia temática, existen mil y un teorías. Hay quien opina que es pura casualidad, otros se decantan por pensar que la batalla acontecida durante la II Guerra Mundial merecía ser abordada cinematográficamente (aunque su aniversario no coincidiese con una fecha tan redonda) y los más originales han querido ver en ambas películas una feroz crítica al Brexit. Sea como fuese, lo que está claro es que la II Guerra Mundial, en especial desde la perspectiva británica, está volviendo con fuerza al panorama cultural, algo de lo que no se libra el mundo del libro. Ejemplo de ello es, por supuesto, la traducción por primera vez al español de LA SAGA (así en mayúsculas) inglesa por excelencia que narró el devenir del Reino Unido durante esos años, unos años marcados por una guerra que cambió para siempre a sus habitantes. Tras la ligereza de esos años previos a la contienda ahora, Elisabeth Jane Howard nos presenta Tiempo de espera: tiempo de no retorno.


La historia de como este volumen llegó a mis manos es muy fácil, de hecho, lo recuerdo prácticamente como si hubiese sucedido ayer. Sin embargo, Tiempo de espera no reposaría sobre uno de los estantes de mi librería de no  haber sido por su primera entrega, Los años ligeros. Jamás había oído hablar de la saga, y mucho menos de su autora, Elisabeth Jane Howard, hasta que un día, por casualidades de la vida, me topé con dicho libro en una concurrida librería de mi ciudad. Su portada, su autora, su sinopsis, esa aura tan british que desprende la novela y que en el fondo tanto me gusta. Sin pensármelo dos veces decidí hacerme con un ejemplar y gracias a Siruela, éste me llegó en el momento más oportuno. Durante aquel verano, el de 2017, Los años ligeros fue una de mis lecturas escogidas, y sin duda, una de las más recordadas posteriormente. En pocas palabras, estaba deseando continuar con la saga (la cual se compone de cinco libros en total) y aunque sabía que la editorial tenía pensado continuar publicandola y traduciendola, los meses se me hacían eternos, esperando noticias al respecto. Fue entonces cuando, sin pensarlo siquiera, pues como es normal, con el tiempo mis ansias de segunda parte se fueron diluyendo poco a poco, conocí la gran noticia. Siruela sacaría en marzo de 2018 Tiempo de espera, continuación de Los años ligeros. Las alegría y las ganas de tenerlo entre mis manos se apoderaron por unos segundos de mi. Además, tanto el diseño de portada (muy parecido con el que apostaron en Los años ligeros) en el que aparece una panorámica de lo que parece ser la playa de Brighton en todo su explendor, así como el volumen de la novela (ligeramente más extensa), convirtieron a éste en uno de mis libros más esperados. Lo sorprendente de esta historia fue que, de nuevo por sorpresa, Tiempo de espera llegó al buzón sin previo aviso, dentro de un paquete, sin haberlo solicitado previamente (algo que no suele suceder muy a menudo) y en perfectas condiciones. Desde entonces y hasta el momento de su correspondiente lectura veraniega estuvo esperando pacientemente a ser elegido, a convertirse en mi nuevo compañero de aventuras y desventuras, según el cristal con el que se mire. Actualmente, y tras este nuevo reencuentro entre novela y lectora, cruzo los dedos para poder viajar de nuevo a la Inglaterra de los años 40 de la mano de Confusión, tercer volumen de la saga que Siruela publicará próximamente.


Centrándonos en la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Tiempo de espera presenta una lectura ligera y relajada. En cuanto el lector se sumerge en ella, es inevitable no sentirse invadido por el aroma del mar de Sussex y por ese sofisticado sello británico que a tantos fans cautiva, incluida a una servidora. Sin embargo, algo ha cambiado de un tiempo a esta parte. El mar de Sussex, cuyas olas llegan hasta la mismísima y pintoresca Brighton, está más embravecido de lo habitual, y ese ambiente inocente y chic de la primera entrega parece desaparecer paulatinamente. Los nubarrones llegan a Inglaterra y a la vida de la familia Cazalet, de cuyas aventuras y desventuras pudimos ser testigos en Los años ligeros. Si la primera entrega finalizaba con el discurso de Chamberlain de 1938 tras la conferencia de Múnich y con esa calma tensa ante lo que pudiera suceder, Tiempo de espera arranca un año más tarde y de la forma más contundente posible, con la invasión de Polonia por parte de los Nazis. De nada sirve recrearse en el verano pasado, cuyo recuerdo perdura a lo largo de esta segunda parte como símbolo de lo añorado pero también de lo que nunca volverá. Poco importan las fiestas, las meriendas en el campo, los baños en la playa, los largos paseos, las travesuras infantiles...En definitiva, los años previos al desastre al que pronto se vería abocado el país. Esas potentes primeras quince páginas marcan de alguna manera un punto de inflexión en la saga, tornándose ligeramente más oscura en comparación con la anterior. Si bien es cierto que Howard no deja ni un momento de lado ese toque que hace de esta novela más británica que la reina Isabel II, la autora parece querer alejarse de lo que ya sabíamos y continuar hacia adelante, al compás del devenir de los acontecimientos históricos. En Los años ligeros conocimos a todos sus personajes, de hecho, podríamos afirmar que el primer volumen de la saga podría constituir un esquema en si mismo. Un retablo de relaciones amorosas, filiales y familiares perfecto para poner al lector en situación. Al contrario que Tiempo de espera, que actuaría como vehículo para el verdadero desarrollo de los Cazalet. Nuevo contexto, nueva situación, nuevas ideas...Las cuales impactan en la vida de todos ellos y a las que tendrán que hacer frente en mayor o menor medida. Esta claro que la guerra es el tema al rededor del que gira toda la trama de la novela, aunque sería injusto negar la importancia de las diferencias generacionales, más visibles que nunca a medida que se acerca el conflicto. Los mayores desearían arrimar el hombro por su país aún sabiendo que dicha tarea no les corresponde y los más jóvenes se dividen entre los que están dispuestos a arriesgar su vida en suelo francés y los que por el contrario abogan por el pacifismo evitando a toda costa ser reclutados. Y a diferencia de la anterior novela, es en esta donde las mujeres por fin ejercen el peso que les corresponde. Aprovechando la coyuntura histórica, Howard decide proveer a sus personajes femeninos de esa iniciativa y ese empuje poco vistos en Los años ligeros. La guerra fuerza a ello, a que sus verdaderos caracteres, sueños y ambiciones salgan a la luz. Es entonces cuando ellas, sin pensarlo, los toman entre sus manos, con la certeza de no soltarlos nunca. A pesar de este giro en la construcción de los personajes, seguimos leyendo descripciones de la vida cotidiana de la época, detalles meramente anecdóticos (pero con su buena dosis de crítica) encuadrados dentro de la mejor novela costumbrista, en este caso, ambientada en los años cuarenta del siglo XX. Las batallas importan, pero éstas se diluyen, dejando que todo el protagonismo recaiga en cada uno de sus personajes. Lo coral abruma, al igual que la insana sensación de incertidumbre ante lo que pueda suceder en el próximo capítulo, y una vez finalizada su lectura, en el siguiente volumen.


El año que curse el tercer año de la carrera asistí a una de las conferencias más esperadas, la del escritor castellonense Santiago Posteguillo, famoso por sus novelas históricas ambientadas en la Antigua Roma. No tenía pensado ir, ni siquiera sabía que ésta iba a tener lugar, pero una compañera me puso al día y decidí cambiar mis planes de aquella tarde para poder acudir a la sonada charla. A grandes rasgos, y desde la máxima de las humildades y un humor un tanto peculiar, Posteguillo nos habló de la importancia del proceso de documentación a la hora de enfrentarse a una novela y no morir en el intento. La sala estaba abarrotada de alumnos en su mayoría, aunque en las últimas filas pude divisar los rostros de algunas profesoras y profesores de departamentos tan cercanos entre si como Prehistoria y Arqueología. A excepción de una profesora de Contemporánea que acudió a titulo personal, sin duda motivada por las novelas de Posteguillo, ni rastro de otros docentes de los departamentos de Antigua, Medieval, Moderna y Contemporánea. Al contemplar tan desolador panorama entendí inmediatamente por qué no habían acudido a la conferencia, y es que según parece, las novelas históricas no están bien vistas entre el ambiente académico, y mucho menos en una facultad como la de historia. Yo, que durante todo ese tiempo me habían repetido una y otra vez que la novela histórica no era la mejor lectura para entender un tema concreto de la historia, me revelé contra un criterio que creía injustificado. A veces pienso que los profesores nos decían eso porque nos creían ignorantes, incapaces de discernir entre lo verídico y la mentira, cuando lo cierto es que del instituto y de casa en algunos casos accedemos con una base de conocimientos bastante aceptable. Claro que ni Los Pilares de la Tierra es la panacea del arte gótico, ni las novelas de Posteguillo la biblia sobre la vida cotidiana en Cartago o una de las últimas de Ildefonso Falcones un tratado sobre la situación de los gitanos en la Sevilla del siglo XVIII. Pero, queridas lectoras y lectores, éstas y otras muchas lecturas de estas características constituyen la razón por la que muchos estudiantes de Segundo de Bachillerato deciden estudiar Historia. Es obvio que no son el vivo reflejo de la época en la que estas novelas se ambientan, de lo contrario, sus escritoras y escritores no se habrían forrado. Como también puedo comprar el argumento de que las relaciones entre los personajes son propias del siglo XXI (aún me acuerdo de las apasionadas y explícitas escenas de sexo de Los Pilares de la Tierra o ese lenguaje poco barroco de aquella novela que leí sobre la princesa de Éboli allá por los años de la picor). Pero no me negarás que, como novelas que son, merecen toda la atención por parte de las y los intelectuales de la historia. Las novelas históricas no reflejarán la realidad del Siglo I Antes de Cristo, del 1492 o de 1812; pero si representan el pensamiento del XXI. Solo hay que detenerse en los pequeños detalles, al por qué de la ambientación escogida, al por qué de esos personajes, al por qué del tratamiento de por citar un ejemplo, las huelgas, el nacionalismo o la corrupción. ¿Alguien se ha preguntado por qué en las novelas históricas, en su mayoría, abunda la presencia de mujeres empoderadas? Los puristas te dirán que es un error, que la autora o autor está incurriendo en un anacronismo tan grande como una falla. ¿Y no será que existe una preocupación por el tema? ¿Y si la respuesta se encuentra a nuestro alrededor? ¿Y si estamos siendo un tanto tiquismiquis con este tema cuando deberíamos lanzarnos a estudiar cómo se percibe X época de la historia desde la mirada del siglo XXI? Novelas como la que hoy reseñamos nos entretienen, pero también nos meten de lleno en la historia, llenando de curiosidad a sus lectores, lectores que, puede que en un futuro no tan lejano, quieran saber más y seguir cultivando su saber en una carrera como la de Historia o desde otras disciplinas. Por ello, os insto a que no dejéis de leer novelas históricas. ¿Y si alguien os disuade en vuestro empeño? No os preocupéis, aún queda esperanza entre las generaciones más jóvenes. O si la paciencia no es vuestro fuerte, podéis soltarle toda esta parrafada. Tiempo de espera: una historia de incertidumbre, despedidas, cambios, solidaridad, renovación, lucha...Una novela que no os podéis perder.

Frases o párrafos favoritos:

"Alguien había apagado la radio y, a pesar de que el salón estaba lleno de gente, reinaba un silencio absoluto, un silencio en el que Polly sentía, y casi oía, los latidos de su corazón. Mientras nadie hablase, mientras nadie se moviese, la paz no habría llegado aún a su fin..."

Película/Canción: el 22 de Junio del año 2001 la BBC estrenó el primer episodio de la adaptación de la saga escrita por Elisabeth Jane Howard. Aquí os adjunto los primeros segundos de éste, con la intención de que, tras leeros los libros, le deis una oportunidad a la serie.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Siruela

martes, 2 de octubre de 2018

RESEÑA: Ubú Rey.

UBÚ REY

Título: Ubú Rey.

Autor: Alfred Jarry (Laval, 1873-París 1907). Dramaturgo, poeta y novelista francés conocido por sus hilarantes obras de teatro y su estilo de vida disoluto y excéntrico. Hijo de un acomodado negociante de telas, Jarry se presentó tres veces al concurso de acceso a École Normale Supériure pero suspendió. Ingresó entonces en La Sorbona para cursar estudios de literatura pero no logró licenciarse. Obtuvo pronto el éxito literario con sus poemas en verso y prosa original. A los veinte años publicó su primera obra. Poco después murió su madre, y a los dos años su padre, quien le dejó una cuantiosa herencia, lo cual, sumado a su prematuro éxito, le permitió llevar una existencia despreocupada durante buena parte de su vida. De 1894 a 1895 dirige junto con Remy Gourmont la lujosa revista satírica Ymagier. Pero tras una riña con Gourmont decide fundar su propia revista, Perhindérion, de la que solo se publican dos números. Posteriormente trabaja para el director Lugné-Poe que le confía la programación de la temporada del Têâtre de l´Ouvre, en París, lugar en el que se estrenará en 1896 Ubú Rey, su obra más conocida. Una vez lapidada su fortuna, Jarry abandonará su lujoso piso en el Boulevard Saint-Germain e irá cambiando de domicilio constantemente, alternando sus estancias en un modesto apartamento en Rue de la Cassette, en el distrito IV de París, con sus temporadas en las casas de amigos como el pintor Henri Rousseau o el compositor Claude Terrasse. Acosado por los acreedores y completamente arruinado, muere de una meningitis tuberculosa en 1907. Además de Ubú Rey, a Jarry le debemos óperas bufas, espectáculos de cabaret, su novela Le Surmâle, su obra por entregas La Dragonne y la invención de pseudociencia Patafísica (la ciencia de las soluciones imaginarias) y de cuya influencia bebieron artistas como Marcel Duchamp o Joan Miró entre otros.


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: Francés.

Traductor: Wenceslao-Carlos Lozano.

Sinopsis: situada ficticiamente en Polonia - lo que equivale a decir "en ninguna parte" o "en todas" - Ubú Rey, obra bufa, sátira implacable y guiñolesca válida para todo tiempo y lugar, se ha convertido por derecho propio en uno de los grandes clásicos de la literatura. Con la creación del personaje de Ubú, Alfres Jarry dio forma genialmente al emblema del ser humano egoísta, mediocre, despreciable y mezquino que suele abundar en las fangosas aguas del poder y pulular en ellas siempre atento a su medro y a su perturbación, sin importar quien caiga en su camino.

Su lectura me ha parecido: desternillante, perturbadora, terrorífica, marciana, alucinante, disparatada, con muchos momentos en los que lloras de la risa, soez, directa, sin filtros, poderosamente reflexiva...Queridas lectoras y lectores, lo voy a decir sin rodeos, hoy nos encontramos ante una brillante locura. Es más, me hace muchísima ilusión poderos hablar de esta obra de teatro por motivos más que obvios.  Dicen que el texto forma parte de un ciclo de obras menores, cuya primera versión su autor escribió a la temprana  a edad de quince años, según él, inspirándose en sus profesores del instituto de Rennes. Dicen, desde el ámbito académico, que éste constituye una burla y parodia de la obra Macbeth de William Shakespeare. Dicen, para más inri, que el que su personaje principal luzca en la panza el dibujo de una espiral (algo puramente subjetivo y relacionado con el ámbito del atrezzo, pero no por ello menos importante) simboliza el sumum del egocentrismo. Dicen también que su estreno sobre las tablas fue un autentico escandalo en la capital francesa. Dicen las crónicas que se tuvo que interrumpir la representación al menos en dos ocasiones debido a los abucheos de una parte del público por un lado y a los vítores de los vanguardistas por otro. Dicen que un tal William Yeats, que resultó ser una de las figuras claves en el renacimiento literario de Irlanda durante los primeros años de siglo XX y merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1923, escribió en sus memorias a propósito de la noche del estreno: "Después de nosotros, El Dios Salvaje." Dicen, además que Alfred Jarry, su autor, a quien el impacto de la obra le pilló desprevenido, comenzó a comportarse como el protagonista, llegando incluso a portar un revolver que solía disparar cuando se encontraba bajo los efectos de la absenta (arma que, casualidades de la vida, acabó siendo adquirida años más tarde por Pablo Picasso). Y por último, y más importante, dicen que este texto fue el precursor de movimientos artísticos tan importantes como el surrealismo, el dadaísmo y por supuesto del teatro del absurdo. Dicho esto (y tras haber invadido Polonia de nuevo y, ¡mierdra! cagarme por enésima vez en mi moco verde) os presento Ubú Rey: la comedia que mejor refleja, a su manera, lo grotesco del poder.


La historia de como este ejemplar de Ubú Rey llegó a mis manos es bastante reciente. Sin embargo, no escuché hablar de la obra hasta que, durante una fría tarde de enero del año 2012, el profesor de teatro nos comunicó que íbamos a representarla en junio. Nadie sabía nada, ni siquiera conocíamos a quien la escribió allá por la última década del siglo XIX, incluso hubo quien exclamó al combrobar que la primera palabra que se pronunciaba en la obra era, sin filtro alguno, "mierdra" (es decir, "mierda"). Todo nos sonaba tan extraño, pero a la vez tan excitante. De creer que nos subiríamos a las tablas con algo más convencional, llamémoslo Shakespeare o García Lorca (sí, es uno de mis sueños interpretativos que me aún me quedan por cumplir), a meternos en un registro a caballo entre lo brutal (llegando a lo gutural la mayor parte del tiempo) y lo excepcional (pues dentro de ese aparente sinsentido, se escondía un mensaje tan atronador como atemporal). A las pocas semanas, y tras leer el texto doscientas mil veces, se repartieron los papeles. Junto con otras tres estupendas compañeras, a una servidora le tocó dar vida a Madre Ubú o Tía Ubú dependiendo de las traducciones. Al principio fue todo júbilo, era mi primer papel principal y estaba exultante, no cabía en mi de gozo. Pero al cabo de unos cuantos días bajé a la tierra y empecé a temblar. Dar vida a un personaje como Tía Ubú (aunque en mi corazón siempre será Madre Ubú) fue de lo más difícil que he hecho a nivel interpretativo. Gracias a ese personaje descubrí una versión de mi misma que me repugnaba por un lado pero que por otro me proporcionó las mayores carcajadas de mi vida. Aprendí a andar espatarrada, a chillar, a alargar las frases, a exagerar mis movimientos, a adquirir posiciones que en la vida real corresponderían a una edad más avanzada a la mía, a abrir los ojos como platos, a jalear, a dejar salir mi lado más bruto, a ver en mi personaje el vivo reflejo de la fauna que muchas veces se prodiga por los platós de televisión, a ser más sibilina, egoísta, pragmática, más echada para adelante...En definitiva, a ser más valiente sobre el escenario. Si el personaje de Tía Ubú existiese en la vida real (aunque estoy convencida de que sí ) no querría juntarme con ella ni con el ambiente que la acompaña. Pero de lo que estoy segura es que, gracias a su fuerza y maldad, conseguí esa seguridad que tanto necesitaba, ya no sólo en la actuación, sino en mi día a día. Había veces que caminaba con la intención de comerme el mundo y me lo comía, literalmente. Y si encima a eso le añades la ilusión de ese primer año de universidad y esos compañeros que actuaron conmigo (no os olvido chicos) la experiencia fue totalmente intensa. Pasaron las semanas, los meses, los años y Ubú Rey siguió estando ahí. Incluso había veces que sin querer en mi cabeza lo evocaba, sobre todo al contemplar algunas noticias y escándalos en los medios de comunicación. Hasta que un día, sin previo aviso, Ubú Rey volvió a mi vida en forma de libro, el libro que a continuación reseñaré y que de seguro me acompañará toda la vida.


Tras un segundo párrafo plagado de nostalgia, pasaremos a comentar por qué tenéis que leer y ver, si tenéis la oportunidad, una representación de Ubú Rey. En primer lugar, ésta no es una obra de teatro corriente y al uso. De hecho, creo que es uno de los pocos textos teatrales que más me ha sorprendido durante la lectura y con los que más he disfrutado, ya no sólo por su lenguaje (el cual conocía de sobra) sino por las diferentes traducciones que existen al respecto. En la presente, elaborada (ironías del destino) por Wenceslao Carlos-Lozano, encontramos una traducción que desconocía de Ubú Rey, en la que Madre Ubú es Tía Ubú y la expresión "¡Por mi chápiro verde!" es sustituida por "¡Por mi moco verde!". No digo que lo del moco verde (la cual causó sensación cuando hice alusión a ella en Instagram) tenga su gracia, de hecho, provoca que el lector y el espectador sienta más asco y vea al protagonista más hilarante aún. Pero ¿qué queréis que os diga? Con mi chápiro verde soy más feliz que una perdiz, aunque nos costase lo suyo averiguar el significado de la palabra en su momento. Salvo ese pequeño comentario, totalmente subjetivo, sobre la traducción, el resto no puede ser más extraordinario. Que una obra de teatro arranque literalmente con un "¡mierdra!" no puede ir a peor, sino ir a más, y eso es justo lo que sucede en Ubú Rey. La obra de Alfred Jarry pone en escena la rocambolesca y estremecedora historia de un desequilibrado mental, narcisista, egocéntrico (de ahí la espiral de su atuendo más clásico), grosero y brutal Tío Ubú, quien, instigado por su mujer (la manipuladora, avariciosa, inteligente e igual de maleducada Tía Ubú) invade Polonia, derroca a su rey (quien comparte nombre con nuestro querido traductor), destierra a sus descendientes y gobierna en el reino con mano de hierro y sangre, mucha sangre. Pero tranquilos, no estamos ante una obra de teatro de alto contenido violento (aunque si bien es cierto que se han subido a las tablas propuestas ligeramente más explícitas en ese sentido) sino ante algo menos ofensivo, más caricaturesco, más cercano al teatro de marionetas, pero igual de polémico. El lenguaje empleado por Jarry (tan ingenioso como soez), la construcción de Tío Ubú (quien merece capítulos y capítulos de reflexión) y su puesta en escena (la cual se adelantó unas décadas al surrealismo y al teatro del absurdo) pusieron el nombre de su autor en el centro del candelero social de la época. Hasta entonces nadie se había atrevido a reflexionar sobre temas tan espinosos como la corrupción, el abuso de poder, el sin sentido de la violencia o la decadencia de la nobleza (la cual ya empezaba a manifestar síntomas de debilidad por aquel entonces) desde una mirada totalmente disparatada y plagada de sin sentidos bien hilados y coherentes en la mente del espectador. Los personajes en Ubú Rey no son personas ni seres humanos normales,  sino que se comportan como autenticas bestias sacadas de cualquier zoológico. En ella, los personajes actúan las veces, metafóricamente claro, de leones, gacelas, gusanos, sanguijuelas, serpientes, flamencos, lobos, monos, cotorras...En definitiva un lado animal que Jarry conoce muy bien y que parece fusionarse a la perfección con la idiosincrasia de los personajes, como si de una segunda piel se tratase. ¿Y que me decís de Polonia? Ese país en el que transcurre la obra y que bien podría también pasar en cualquier otro lugar. A parte del cachondeo más evidente (pues Polonia se disolvió y se refundó muchas veces a lo largo de su historia), Polonia se convierte en símbolo de que cualquier estado es susceptible de padecer el mismo destino, de esa anarquía, de esa extrema subida de impuestos, de esas masacres, en definitiva, de estar gobernada por alguien como Tío Ubú. Por último, y antes de pasar a la pertinente reflexión final, solo me queda deciros que por favor leáis primero la obra, y si por casualidad ésta se representa en vuestra ciudad, que corráis a comprar una entrada. Le estaréis haciendo un favor a los que viven del teatro, pero también a vosotros mismos, pues esas risas que Ubú Rey produce son realmente terapéuticas.


Efectivamente. Sé lo que estáis pensando. No es casualidad que a lo largo de la reseña haya resaltado el hecho de que, en la versión más clásica de la obra, Tío Ubú lleve dibujada en su oronda panza una espiral (símbolo del egocentrismo más absoluto). Como tampoco lo es el que haya decidido adjuntar la enésima caricatura de Donald Trump de las muchas que pululan por internet desde el día que conocimos la noticia de que se iba a convertir en el Presidente de los Estados Unidos. No, no es un acto inocente ni improvisado, aunque he de confesaros que el toparme con este dibujo, en el que se compara a Trump con Tío Ubú, si que no me lo esperaba. Una fortuita casualidad que me ha reafirmado aún más en hablaros del tema que ya tenía pensado tratar en este último párrafo. Queridas lectoras y lectores, es un hecho, estamos rodeados de Tíos Ubús. En la calle, en el supermercado, en el transporte público, en el trabajo, en nuestro propio hogar...Tal vez no nos lo hayamos planteado antes, pero, es muy posible que el compañero con el que compartáis café a medio día, el que se sienta a vuestro lado en el metro o incluso la persona con la que compartís vida bajo un mismo techo; escondan en el fondo una personalidad muy parecida a la de Tío Ubú. ¿Pero sabéis qué es lo peor de todo? Que hemos dejado que tipos así escalen los puestos de poder, llegando en ocasiones hasta la cima, o lo que es lo mismo, a convertirse en jefes de gobierno, presidentes de entidades financieras, dueños de importantes empresas y demás representantes de los diferentes ámbitos de la sociedad. Aunque sinceramente, lo que más duele es comprobar como en la mayoría de los casos los hemos aupado los propios ciudadanos. Los motivos nunca los entenderé, hay quien los vota por cachondeo, por falta de perspectivas, porque les dicen lo que en ese momento quieren oír, por morbo...Pero también porque a ciertos poderes les interesa tenerlo en un cargo de máxima responsabilidad. ¿Qué es mejor? ¿Tener a un idealista con fuertes convicciones o a un egocéntrico, narcisista y que se comporta como un niño para así manipularlo, cual marioneta, al antojo de quien más le convenga? Es posible que con esta descripción se os haya venido inmediatamente a la cabeza la imagen de Donald Trump desatado en uno de sus numerosos mítines. Pero también, las de otros Tíos Ubús, como por ejemplo Silvio Berlusconi en Italia o Jesús Gil (cuya lista de cargos da miedo enumerar teniendo en cuenta la personalidad del susodicho). Y voy a decir más, con Ubú Rey, Alfred Jarry se anticipó unas décadas a lo que sucedería en Europa durante la primera mitad del siglo XX. Una Europa en la que empezaron a brotar las figuras de una serie de dictadores cuyas formas de actuar y ejercer el poder no distaban mucho de las de Tío Ubú en el trono de Polonia. Da miedo pensar que ha sido el conjunto de la sociedad la que ha otorgado el máximo poder a personajes tan grotescos, tan parecidos al Tío Ubú que Alfred Jarry imaginó gruñir y gritar "¡mierdra!". Sin dejar de lado este tema, me llama poderosamente la atención que, en el caso de las mujeres con cargos de gran responsabilidad no nos topemos con una Tía Ubú. La explicación parece simple, a las mujeres se nos ha educado para no destacar, para no fanfarronear, para ser fieles, para no alardear delante de la gente, para estar calladas y dejar que los hombres hablen por nosotras. La gran mujer detrás de un gran hombre (algunos de ellos grandes de verdad) que, en el caso de Ubú Rey, tiende a ser sibilina y manipuladora, todo un tópico que trata de dar respuesta a por qué las mujeres no deben ejercer el poder ocupando puestos importantes. Ubú Rey es una obra de teatro machista, y lo digo con total sinceridad y a pesar del cariño que le tengo a este texto, hija de su época y de la mentalidad patriarcal de finales de siglo XIX principios del XX. Y vista desde el presente, podemos sacar dos cosas en claro. La primera, que los Tíos Ubús existen, y algunos de ellos son los responsables de dirigir nuestras vidas, algo que debería hacernos reflexionar. Y segundo, que el machismo de la obra nos despierta y nos puede ayudar a cambiar la situación. Moraleja: menos Tíos Ubús en el poder y más mujeres en las altas esferas desprovistas de los tópicos de Madre Ubú. Ubú Rey: una historia de ambiciones desmedidas, gruñidos, tacos, golpes de estado, monarquías en decadencia, tiranos con panza, subordinados inútiles...Una obra de teatro visionaria.

Frases o párrafos favoritos:

"TÍO UBÚ: ¡Mierdra!
TÍA UBÚ:  Muy bonito, Tío Ubú, menudo golfante está usted hecho.
TÍO UBÚ: ¡A que le rompo la crisma Tía Ubú!
TÍA UBÚ: No es a mí, Tío Ubú, sino a otro al que habría que asesinar.

Película/Canción: aunque existen infinidad de compañías que han representado Ubú Rey sobre las tablas, esta vez me he decantado por algo distinto. En el año 2003 se estrenó en Polonia una interesante adaptación cinematográfica de la obra que, bajo el título Ubu Król, se mostraba una versión grotesca del país inmediatamente después de la caída del comunismo.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

miércoles, 26 de septiembre de 2018

RESEÑA: Ira de los dioses.

LA IRA DE LOS DIOSES

Título: Ira de los dioses. Tres relatos de sacrificios y mitología.

Autora y autores: Carmen Romero, Luis Carbajales y Jaume Vicent.

Editorial: Pulpture.

Idioma: castellano.

Sinopsis: el volumen se compone de tres historias independientes y conclusivas que están hiladas entre sí por un tema común: los dioses. Tres relatos que nos hablan de vidas truncadas por la presencia de seres, cultos o entidades que se creían mitológicos; florituras de la mente de tiempos pasados, proyecciones de la imaginación que se daban por extintas o inexistentes...pero que, por desgracia o fortuna, son muy reales. El primer relato nos habla de un pequeño pueblo influido por la presencia de algo que dormita entre ruinas desde la época romana. En el segundo, un luchador profesional de los bajos fondos se ve acosado por una maldición de unas remotas islas orientales. Y, el tercero, una investigación científica conducirá a los protagonistas a una misteriosa aldea aislada durante años de la civilización.

Su lectura me ha parecido: interesante, diferente, original, extraordinariamente breve, veloz, algo desigual en cuanto al enfoque de los relatos, curiosa...Desde hace un tiempo en algunas tertulias literarias, presentaciones de libros, clubs de lectura, programas de televisión o incluso por parte de las escritoras/es se ha destacado un hecho: el que en España no exista una tradición literaria hacia géneros tan concretos como la ciencia ficción. Si en el mundo anglosajón (Inglaterra y Estados Unidos especialmente) han contribuido a su evolución y popularización desde el siglo XIX hasta nuestros días, pasando por la llamada edad dorada del género (comprendida en los años 50 y 60 del pasado siglo) en este país parece que aún cuesta encontrar textos de ciencia ficción patrios. Algo que contrasta, en gran medida, con el auge que por otro lado, han experimentado géneros hermanos como el terror o la fantasía en España. Laura Gallego retomó con rotundidad el camino trazado con anterioridad gracias a sus libros enmarcados dentro de lo fantástico y el ámbito juvenil (llegando a encandilar y marcar a toda una generación de lectores en este país) un camino que siguieron, con unos años de diferencia, autoras y autores como Maite Carranza, Antonio Martín Morales, David Lozano y en la actualidad los dúos literarios Iria Parente y Selene Pétalos o Geòrgia Costa y Fer Alcalá (más conocidos por los lectores como Costa Alcalá) entre otros muchos. Y en lo que respecta al terror también encontramos un nutrido grupo de plumas adiestradas en el género. Desde las talentosas Elia Barceló y Pilar Pedraza, pasando por Emilio Bueso, Eduardo Vaquerizo, Cristina Fernández Cubas o Victoria Álvarez (una de las más recientes). La ciencia ficción, lo fantástico y el terror suelen ir juntos o de la mano, de hecho, no son pocos los festivales literarios en los que se aglutinan estos tres géneros, algunos como el Celsius (celebrado en la ciudad asturiana de Avilés), capaces de atraer tanto a autores, incluso de talla internacional, de los respectivos géneros, así como a un público prácticamente entregado a ellos. Es un hecho, la cultura Geek está en auge, y en España, aunque poco a poco, parece que se está incentivando la creación literaria orientada hacia estos géneros tan desprestigiados en el pasado. Una generación de escritoras y escritores viene pisando fuerte, ejemplo de ello son las numerosas antologías que han ido apareciendo a lo largo de los dos últimos años, antologías como la que hoy tengo el placer de reseñar. Ira de los dioses: la mitología y la fantasía desde tres sugerentes miradas.


La historia de como este libro irrumpió en mi vida es bastante sorprendente, inesperada. De hecho, no entraba dentro de mis planes por aquel entonces en leerme un libro de estas características. Pero sucedió, y la respuesta al por qué es sencilla a la par que interesante: porque quería leer textos de temática fantástica escritos por autoras o autores españoles. Sí, parece una locura, y sí, me estoy saliendo bastante de mi área de confort, compuesta por clásicos de los siglos XIX y XX (especialmente los de temática más realista ambientados en Estados Unidos, Inglaterra, Francia o España), literatura más contemporánea (algo del siglo XXI siempre cae), mis adorados ensayos feministas (de cualquier época histórica) y mis distopías (feministas, futuristas, especulativas, políticas...Cualquiera me vale). Pero, y en esto os tengo que ser sincera, desde que me leí, por pura curiosidad, hace unos años El Hobbit de Tolkien, mis ojos sólo se han posado en literatura fantástica terrorífica (cuya historia y relación con este género ya he explicado mil veces). Cuando he leído fantasía pura y dura me cuesta mucho adentrarme en la historia, empatizar con sus personajes y amoldarme a un mundo que, aunque me lo pueda imaginar (pues de imaginación ando bastante sobrada) no consigue atraparme por completo. Además, y aquí seguro que más de una o uno va a querer matarme, no he sido una lectora asidua de por ejemplo la saga de Harry Potter o los libros de Laura Gallego, y eso que soy de la generación que disfrutó en el cine una por una todas las adaptaciones de las historias de niño mago (con bastante entusiasmo por cierto) y que vio como a su alrededor los libros de la autora valenciana se popularizaban enormemente. Pero entonces, en parte con mi descubrimiento del terror hace unos años, me di cuenta de que lo que me atrapaba de esas historias no era el componente fantástico siempre asociado a estas historias, sino el como puede verse alterada una realidad, unos valores, unas leyes o incluso la cotidianeidad del día a día de pronto y las consecuencias que esto tiene sobre los protagonistas. En resumidas cuentas, que los personajes lo pasasen mal a costa de esa alteración fortuita e inesperada. Fue entonces, mientras me empapaba de todo ello, cuando apareció ante mis ojos, como si de una señal divina se tratase, Ira de los dioses. Llevaba un tiempo leyendo literatura de estas características, pero siempre anglosajona, y creerme cuando os digo que por aquel entonces necesitaba abrir mis horizontes al respecto. No podía ser que en España no existiesen escritoras y escritores versados en estas lides, así que Ira de los dioses me vino a confirmar lo que yo ya sospechaba: que si que habían pero no ha sido hasta ahora cuando se han empezado a popularizar o visibilizar. Llámenlo moda literaria, tardío reconocimiento o necesidad imperiosa, el caso es que aquel pequeño volumen podía satisfacer las necesidades lectoras que necesitaba cubrir cuanto antes. El ejemplar llegó estando fuera de casa, concretamente en Londres, junto con los Cuentos de hadas norteamericanos de L. Frank Baum. Y aunque no fue hasta el verano cuando por fin me hice el ánimo, no desperdicié ni uno de los minutos que compartí con su lectura.


Antes de adentrarnos en la reseña propiamente dicha, es importante comentar que al tratarse de un volumen de relatos y a pesar de su brevedad, es posible que algunos aspectos a comentar se queden en el tintero. No me culpéis por ello, siempre es difícil reseñar un libro de estas características, por muy cortas que sean las historias escogidas. Una vez dicho esto, empezaremos por el principio, por la lectura, ese primer contacto que el lector establece con cualquier libro, que en este caso me ha sorprendido bastante. Si bien es cierto que no todos los relatos me han gustado, es reseñable destacar que la carta de presentación que Pulpture realiza respecto a este libro (fino en su extensión, con una tipografía bastante aceptable, una portada entre lo vintage y lo sugerente y la posibilidad de llevártelo a todos lados dado su pequeño tamaño) lo convierte en un dulce demasiado irresistible, incluso para lectores no tan aficionados a este género. ¿Qué historias encierra Ira de los dioses? Pues como su nombre indica, el libro aborda tres relatos genuinos, con personalidad, muy diferentes en cuanto a estilo empleado, pero con dos poderosos nexos en común. El primero de ellos, la mitología. Cada relato se empapa de una cultura mitológica concreta. Desde la postura más conservadora, hasta la menos convencional. Desde una historia en la que la mitología romana es clave, hasta un relato donde fuerzas oscuras procedentes de la polinesia más exótica actúan como un personaje más, pasando por el típico descubrimiento de una civilización al margen de la sociedad y de todo avance tecnológico actual (aunque con un sorprendente y nada convencional desenlace). Y el segundo, y más importante aún, la propia ira divina. Los tres textos que componen esta breve antología parten de la realidad, ya esté ambientada en la Segunda República española española o en pleno siglo XXI, de una cotidianeidad que se ve alterada por la irrupción de seres mitológicos, perturbando de este modo a los protagonistas, los cuales tendrán que hacer frente a la situación desde su propia condición. Este segundo punto de encuentro entre las tres historias puede ser muy manido, tal vez típico, pero si tenemos en cuenta las diferentes perspectivas de los relatos, al lector se le olvidan todos esos clichés y prejuicio, dejándose llevar por cada uno de ellos. ¿Cuál de los tres me ha gustado más? Voy a mojarme: el El grito de la tierra de Carmen Romero. Lamadme convencional, pero, ¿qué queréis que os diga? La mitología romana me chifla. Y si a eso le añades una historia ambientada en la España rural durante la II República (con un regusto similar a El laberinto del Fauno) Carmen Romero ya me tiene conquistada. ¿Y el que menos? Lo diré sin rodeos: La carne de los malditos de Luis Carbajales. No digo que la trama no esté bien ni que el planteamiento no sea original, pues la mitología oriental tiene su punto, pero sinceramente creo que no me ha convencido del todo. En cuanto a Ritos paganos, escrito por Jaume Vicent, me ha gustado en general pero en comparación, el de Romero ha sido el que más me ha hecho reflexionar y conectar con la historia. A modo de recapitulación concluiremos diciendo que, primero, Ira de los dioses es una lectura para nada prescindible, segundo, que demuestra el talento patrio en lo que a fantasía se refiere, y tercero, que podéis llevárosla y leerla en cualquier parte. A no ser que una criatura divina y ajena a este mundo os lo impida. 


En este último párrafo, dedicado principalmente a la reflexión, me gustaría haceros partícipes de una idea que me ronda por la cabeza desde que finalicé la lectura de Ira de los dioses. Somos muchos los que creemos que la influencia de la religión está desapareciendo poco a poco de nuestra sociedad. De hecho ha caído en picado el número de personas que se consideran creyentes o que practican los ritos propios de, por citar un ejemplo, la religión católica. Sin embargo, estaréis conmigo en que todavía sigue muy presente en nuestro día a día. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, las creencias, las leyendas, las supersticiones y la fuerte herencia de la religión engloba muchos aspectos que, aunque pasen desapercibidos, tienen su importancia. ¿Quien no se ha tragado u oído frases tipo "cruzarse con un gato negro es sinónimo de los peores augurios", "abrir un paraguas bajo techo trae mal fario" o "romper un espejo equivale a siete años de mala suerte"? Estas son algunas de las más comunes, pero indagando un poco por internet, una servidora se sorprende de la cantidad de dichos y actos que aún tienen peso en la actualidad. Tocar madera para contrarrestar la desgracia, pisar en primer lugar con el pie izquierdo al levantarse de la cama aboca a un humor de perros durante toda la jornada, que una mirada prolongada equivalga a un mal de ojo, que el novio vea a la novia vestida como tal antes de la ceremonia no puede deparar nada bueno, el santiguarse de forma instintiva cada vez que vamos a emprender un reto que nos asusta, el encontrar un trébol de cuatro hojas como sumum de la buena suerte, el pensar que por habernos puesto alguna prenda de ropa al revés nos van a hacer un regalo o creer que pisar una mierda, sea del animal que sea, nos proporcionará éxito en nuestros próximos proyectos. Muchos los conocemos de oídas, y es posible que alguna o alguno de los que ahora está leyendo estas líneas se reconozca en los ejemplos antes mencionados. Es así. Lo que sucede es que la mayoría de la sociedad desconoce su origen, el por qué de estas supersticiones, que no es otro que en lo mítico, en esas poblaciones ancestrales regidas por una mitología determinada, en esas aldeas de la Edad Media tan controladas por la religión católica, en esas cenas al rededor del fuego donde los más ancianos narraban las historias de heroínas o héroes míticos, en esas personas a las que el poder les inculcó el temor más irracional posible. Puede sonar un poco extraño, pues pocas son las veces en las que pensamos en estos temas. Cuando alguien estornuda, pronunciamos automáticamente la palabra "Jesús", sin pensar en que, por ejemplo, en el pasado decir esa palabra tras un estornudo servía como medida de protección para que el demonio no poseyese al enfermo. Leyendo Ira de los dioses me he dado cuenta de como la sociedad, a pesar de que poco a poco va olvidando su propio origen, en cuanto algo se tuerce, enseguida se pone a rezar o recurre a toda clase de creencias para justificar mala suerte. Incluso hay quien recurre a ellos como solución a sus problemas, instintivamente, sin pensar. Y es que cada superstición pertenece a una mitología que a su vez se engloba en una religión determinada. La superstición y las creencias no van a desaparecer, eso esta claro, pero es importante rastrear su origen para saber de donde venimos, y en ocasiones, a donde nos dirigimos como seres humanos. Ira de los dioses: tres relatos de fantasía, dioses, criaturas fantásticas, ritos, leyendas, acontecimientos que escapan a toda lógica...Tres relatos mitológicamente genuinos.

Frases o párrafos favoritos: 

"La melodía del mendigo era su compañera constante. Parecía burlarse de sus propios sentidos. Pero aquella noche sucedió algo distinto: la música ya no era un recuerdo enquistado en su cabeza, sino que había tomado posesión de sus oídos. La escuchaba como si el mendigo la estuviera tocando en la puerta de su casa."

Película/Canción: en vistas de que ninguno de estos relatos ha despertado, al menos de momento, el interés de alguna directora o director de cine, os adjunto la pieza que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña. Épica y con cierto halo de misterio, como las historias que componen Ira de los dioses.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Pulpture.

martes, 18 de septiembre de 2018

RESEÑA: Picnic en Hanging Rock.

PICNIC EN HANGING ROCK

Título: Picnic en Hanging Rock.

Autora: Joan Lindsay (St. Kilda West 1896- Melbourne 1984). Era descendiente de una familia Boyd, puede que la más famosa y prolífica dinastía artística de Australia. De 1916 a 1919 estudió pintura en la National Gallery School de Melbourne, e incluso llegó a exponer como pintora. Se casó con Daryl Lindsay, vástago de una importante familia de artistas y escritores ingleses, el día de San Valentín de 1922, en Londres. Día que, precisamente, sería el elegido por Joan Lindsay para situar los hechos de su novela más célebre, Picnic en Hanging Rock. El matrimonio se instaló en Australia, donde ella se dedicaría a la pintura, hasta que, tras la Gran Depresión, Daryl fue contratado como director de la National Gallery de Victoria. En 1956, fue nombrado caballero del Imperio Británico. Aunque la primera novela de Joan, Through Darkest Pondelayo, una sátira sobre los turistas ingleses, fue publicada en 1936, no sería hasta el año 1962 cuando viera la luz su primera obra reseñable, Time Without Clocks, un texto de fuerte contenido autobiográfico en el que retrató sus primeros años de casada. El autentico éxito le llegaría, no obstante, con Picnic en Hanging Rock (1967), que automáticamente le reportó fama mundial, y que se convertiría por derecho propio en una de las más reseñables novelas de culto de la literatura australiana. Parte del éxito de la novela se basó en que la autora nunca desveló si lo narrado fue un hecho real o no. La extraordinaria repercusión de la obra persiguió a Lindsay hasta el día de su muerte, y constituyó un antes y un después en la historia de la literatura australiana del siglo XX. Joan Lindsay murió por causas naturales en Melbourne a los 88 años.

Editorial: Impedimenta.

Idioma: inglés.

Traductora: Pilar Adón.

Sinopsis: Febrero de 1900. Un grupo de alumnas del selecto colegio Appleyard para señoritas se dispone a celebrar un picnic el día de San Valentín. Lo que empieza siendo una inocente comida campestre se torna en tragedia cuando tres niñas y una profesora desaparecen misteriosamente entre los recovecos de Hanging Rock, un imponente conjunto de rocas rodeado de la salvaje y asfixiante vegetación australiana. La única chica que logra regresar, presa de la histeria, no recuerda nada de lo sucedido.

Su lectura me ha parecido: inquietante, bella, fresca, envolvente, misteriosa, capaz de mantenerte en vilo desde la primera hasta la última página, ¿verídica tal vez?...La mañana no podía empezar de mejor manera, un picnic en la naturaleza siempre apetece, y más cuando el frío da un pequeño respiro en el crudo invierno. No tardamos en llegar al lugar, su belleza corta la respiración, hasta el punto de querer sumergirte y descubrir hasta el último de sus secretos. Es imposible no aburrirse entre claro y claro del luminoso bosque. Un divertido juego de cartas, una agradable conversación, una lectura con mucho fundamento, un chiste espontáneo, unas risas como respuesta, una canción amena, un dibujo improvisado sobre las piedras...Y si el sueño llega sin previo aviso, cualquier lugar a la sombra las milenarias rocas puede convertirse en el mejor dormitorio. El aire puro entra por los pulmones, oxigenándolos, liberando toda compostura y rectitud, tan propias de la disciplina del día a día. En las faldas del Moncayo las nuevas tecnologías no tienen cabida ¿Quién necesita mirar la última actualización del WhatsApp o subir una foto a Instagram cuando puede disfrutar contemplando el paisaje? ¿Qué podía salir mal en un día tan idílico como aquel?  Pero entonces, un grito, el cielo se oscurece, algo se rompe en la perfecta estampa invernal. Dicen que unas compañeras y una profesora han desaparecido, el pánico y la confusión se apodera de las presentes. Ya no hay juegos de cartas, ni cotilleos, ni lecturas, ni chistes, ni risas que los correspondan. Las leyendas de las ninfas que habitaron el lugar dejaron de tener sentido, a menos que sus rostros, demacrados por alguna maldición, estuviesen detrás del misterio. Nadie sabe qué hacer, salvo esperar hasta que la angustia venza y no quede más remedio que marcharse y comunicar lo sucedido. En el momento de la partida, muchas echamos la mirada hacia atrás preguntándonos cómo había podido suceder, si lo estábamos pasando en grande, si hasta habíamos conseguido olvidar el colegio y a sus odiosas monjas. Mientras el autobús se alejaba serpenteando, el Moncayo se alzaba majestuoso, escondiendo su frío corazón de piedra, sepultando las voces de cuatro mujeres para siempre. Aquello sucedió el catorce de febrero de 2018, ciento dieciocho años después de que en las inmediaciones de Hanging Rock, tres alumnas y una profesora desaparecieran sin dejar rastro durante un picnic el día de San Valentín de 1900. ¿Verdad? ¿Ficción? ¿Cuál de las dos historias ocurrió de verdad? A todo eso juega la autora del libro que hoy tengo el placer de reseñar, a todo eso juega una servidora que, desde la humildad, ha querido actualizar a la par que homenajear a una de las mejores lecturas del verano. Picnic en Hanging Rock: una desaparición, un internado de inspiración victoriana y una terrible maldición.


La historia de como Picnic en Hanging Rock llegó a mis manos es realmente sencilla. Pero si quiero ser honesta con vosotros, debería comenzar este relato, verídico esta vez, describiendo como, desde hace un tiempo, mis gustos lectores han experimentado un gran cambio. Como he comentado en más de una ocasión, el género fantástico fue durante mucho tiempo uno de los grandes olvidados entre mis lecturas habituales. Si bien es cierto que a los cuentos infantiles, en los que se entremezclaba la realidad con elementos o personajes típicos de la literatura fantástica, les tenía verdadero aprecio, ninguna historia más adulta de estas características lograba cautivarme. Por no decir que alguna vez menosprecié el género en público, sin cortarme ni un pelo. La cosa cambió cuando descubrí que había mundo más allá de las historias de hadas buenas, orcos perversos o reinos gobernados por criaturas sobrenaturales. Un mundo que, por otro lado, me inquietaba, me resultaba apasionante y provocaba mil y un preguntas en una mente tan curiosa como la mía. Estoy hablando del terror, sí, de ese género tan venerado, en cuyo seno acoge a algunas obras cumbre de la literatura universal, tan temido por la mitad de los lectores, tan venerado por la otra mitad y con unas características más versátiles de lo que aparenta. Gracias al descubrimiento del terror de la mano de uno de los grandes maestros (aún sigo sorprendida ante el estremecimiento que sentí al leer Corazón delator de Edgar Allan Poe), fui poco a poco ampliando mis lecturas al respecto. A este paulatino descubrimiento del género ayudó que, de la noche a la mañana, muchas editoriales de este país comenzasen a editar novela de terror, especialmente de inspiración gótica, victoriana o neovictoriana, como si no hubiese un mañana. Los fantasmas, las casas encantadas, los espigados acantilados, los cementerios y demás tópicos del género volvieron a estar de actualidad y a despertar el interés de la crítica y de los lectores a partes iguales. Fue durante esa etapa de aprendizaje, en la cual me encuentro actualmente, cuando llegó a mis oídos la historia de Hanging Rock de la mano de Impedimenta y de algunas reseñas colgadas en internet. Hasta ese momento, había leído mayoritariamente novelas o cuentos del género  siempre ambientados en Reino Unido o Estados Unidos, así que en cuanto descubrí que su autora era australiana e indagué sobre el lugar en el que se desarrollaba la acción no me lo pensé dos veces. Pensé que sería interesante y podía enriquecerme aún más como lectora. El libro llegó a mis manos a mediados de julio y durante el mes de agosto se convirtió en una de las lecturas del verano, por no decir que en una de mis imprescindibles.


Centrándonos en la reseña propiamente dicha comenzaremos diciendo que Picnic en Hanging Rock presenta una de las lecturas más adictivas que he experimentado en mucho tiempo. Y eso que la premisa de trama, la cual hemos desgranado al principio de la reseña, no tiene en un principio mucho misterio. ¿Cuántas novelas o relatos se han escrito sobre la desaparición de personas en el bosque, en el campo, en parajes de ensueño? Muchísimas, demasiadas tal vez, y la mayoría de ellas han acabado derivando hacia el género policíaco. No obstante, lo que hace especial a la novela de Lindsay es que el lector que se adentra en sus páginas no se encuentra ante la canónica historia de detectives y delincuentes o asesinos a los que dar caza, sino ante algo más complejo, más siniestro. Gracias a una ambientación de ensueño, de la que al principio nos enamoramos y de la que después sentimos verdadera asfixia, y por supuesto, a un manejo magistral del suspense, la autora arma una historia tan sugerente que el lector se siente incapaz de abandonar su lectura. Con Picnic en Hanging Rock, Lindsay crea un público adicto y que no parará hasta llegar al final de esta historia. Y lo mejor de todo es que lo consigue sin recurrir, como si hacen otras autoras y autores, a elementos explícitos y bastante forzados típicos del propio suspense. Unas mínimas y sutiles pinceladas bastan para que se metiese y se siga metiendo a legiones de lectores en el bolsillo. Todo eso está muy bien pero, ¿Qué fue lo que de verdad desató la locura por esta novela? ¿Qué es lo que ha provocado que cada año muchos curiosos viajen hasta Australia y visiten las montañas de Hanging Rock? ¿Qué mantiene fascinados a los lectores de medio mundo desde el momento de su publicación hasta nuestros días? La respuesta es sencilla: su excepcional ambigüedad, y es que su autora jamás reveló si lo que se narra en la novela ocurrió de verdad o simplemente es pura invención. Ese doble misterio fue suficiente para que por un lado la novela trascendiese de lo popular, y por otro, para que Lindsay ganase mucho dinero gracias al éxito entre los lectores. Pero más allá de cuestiones de marketing, pues cabe la posibilidad de que todo se redujese a una estrategia editorial pura y dura, lo que está claro es que Picnic en Hanging Rock es algo más que un best seller de la época, sino un ejemplo de agudeza, destreza y originalidad literaria. Ese excelente equilibrio entre realidad y ficción nos empuja a una historia que, por muy extraño que parezca, no va del misterio de la desaparición en si, sino de lo que ésta provoca en el internado de señoritas al que pertenecen las tres alumnas y la profesora extraviadas. Lindsay no esclarece el enigma, sino que se limita a explicarlo y a narrarnos las consecuencias, el cataclismo al que tienen que hacer frente alumnas, profesoras, la directora y los trabajadores del lugar. En esta novela no hay, bajo mi punto de vista, un personaje que sobresalga sobre otro, a pesar del empaque de Herster Appleyard (directora del internado), convirtiendo a Picnic en Hanging Rock en una novela coral en la que las distintas voces se entremezclan, acentuando todavía más la sensación de asfixia. ¿Y qué pasa con el final? ¿Qué sucede? ¿Consiguen volver las tres chicas y la profesora sanas y salvas? No está en mi mano responder a todas esas preguntas, si tanta curiosidad os ha despertado esta reseña, sólo tenéis que hacerme caso, salir de casa, acudir a vuestra librería o biblioteca más cercana y haceros con un ejemplar. No os arrepentiréis, os lo aseguro.  


Como acostumbro a hacer en mis reseñas, lo mejor me lo dejo para el final, y es que si un libro no insta a la curiosidad, no reactiva la imaginación o no provoca preguntas en el lector ¿de qué sirve entonces este último párrafo? Lo suprimiría y punto. Pero como soy una optimista empedernida, siempre trato de sacarle el máximo partido a las lecturas. De todo se puede aprender, incluso de las bazofias literarias o de esas novelas cuyo final nos ha indignado. Afortunadamente, no es el caso del libro que acabamos de reseñar, pues si de algo debe estar orgullosa Joan Lindsay es de haber provocado miles de teorías relacionadas con la novela y el paradero de sus cuatro personajes desaparecidos. Cada cual más disparatada y original que la anterior. Desgraciadamente no vengo a formular una hipótesis al respecto, sino a hablaros de la palabra "cambio". Si realizamos una rápida búsqueda en internet comprobamos enseguida las diferentes connotaciones que atesora este término. Cambio de día, cambio de año, cambio de planes, cambio de hora, cambio de decisiones, cambio de parecer, cambio de ropa, cambio de costumbres, cambio de pensamiento, cambio de destino, cambio de vida...Desde las más anecdóticas hasta las más trascendentales, pero todas unidas por un nexo común, el de desprenderse de lo que nos ha acompañado durante tanto tiempo a todos los niveles y sustituirlo por algo nuevo. Es entonces cuando la incertidumbre y las dudas aparecen de improviso, obligándonos a contestar a preguntas del tipo: "¿será lo mejor?", "¿estoy obrando correctamente?", "¿no estoy arriesgándome demasiado?", "¿qué me deparará todo esto?", "¿y si fracaso?" "¿y si no consigo lo que pretendo?". Los cambios asustan, es normal, y al principio todos nos resistimos a él. Nos hemos acostumbrado tanto a un patrón determinado que cuando tenemos que subir el siguiente escalón o nos sacan de la zona de confort entramos en crisis. Algo así sucede en Picnic en Hanging Rock, siendo éste uno de los temas centrales de la novela. Todo en ella gira al rededor del cambio y son muchos los elementos que nos dan pistas. No es casualidad que la autora haya decidido ambientar la novela en el año 1900 (toda una declaración de intenciones) como tampoco la fecha escogida, el catorce de febrero. En primer lugar, 1900 marca un interesante punto de inflexión, pues al tiempo que simboliza el fin de una era de esplendor marcada por la expansión imperialista fundamentalmente, también representa el inicio de otra más convulsa, más mortífera, menos pacífica. Todos sabemos los acontecimientos que marcaron el siglo XX, por eso, respecto al XIX, se produce un notorio cambio a nivel mundial. En 1900, la gente aún desconocía los próximos conflictos y atrocidades a los que el mundo se iba a tener que enfrentar, pero si apreciaron la evolución a la que invitaba la entrada en el nuevo siglo. Seguidamente, en la novela el día de San Valentín adquiere una dimensión distinta. Se acabó el romanticismo y los estándares tradicionales tan repetidos hasta el momento. La tragedia de Hanging Rock provoca una pérdida de inocencia brutal entre las protagonistas, sobre todo entre las alumnas, preludio de lo que estaba por venir en las próximas décadas de siglo XX. Tampoco es producto del azar la inspiración neo-victoriana del libro. Son muchos aspectos los que nos trasladan al XIX: la dualidad entre belleza y terror respecto al paisaje, el carácter británico de su directora, la superstición o la constitución del propio internado (que nada tiene que envidiar a las típicas mansiones tétricas de la época victoriana). En ese sentido Appleyard se erige como una especie de último bastión de una época que toca a su fin, como un anacronismo dentro de una normalidad a punto de quebrarse. Solo ante la noticia de la desaparición, los pilares que antes soportaban con dignidad todo síntoma de cambio empiezan a quebrarse. La maldición se cierne sobre Appleyard cual novela victoriana se tratase, los gritos de cambio comienzan a devorar todo lo aprendido, ni siquiera la estricta educación impartida ni la artificial inocencia de las alumnas servirán para afrontar lo que traerá consigo el siglo XX. Y todo esto sin recurrir a fantasmas, cementerios encantados o criaturas fantásticas. La realidad, o mejor dicho, el cambio de realidad da más miedo que cualquier ser espeluznante. Picnic en Hanging Rock: una historia de tradiciones desfasadas, miedos, paisajes entre lo idílico y lo hostil, alumnas que pierden el candor, maestras que se resisten al cambio, una comunidad al borde del abismo...En una palabra: léanla.


Frases o párrafos favoritos:

"El picnic perturbó el normal desarrollo de sus vidas, en algunos casos de un modo muy violento. Y lo mismo sucedió con innumerables criaturas de presencia mucho más insignificante. Arañas, ratones, escarabajos… También ellos se escabulleron, se ocultaron o salieron corriendo aterrorizados, de manera parecida pero a una escala más pequeña. La trama comenzó a urdirse en el colegio Appleyard en el mismo instante en que los primeros rayos de luz del día de San Valentín cayeron sobre las dalias, y las alumnas se levantaron para ver lo espléndida que era la mañana e iniciar el inocente intercambio de tarjetas y regalos."

Película/Canción: en el año 1975 se estrenó la única adaptación cinematográfica de esta novela a cargo de Peter Weir, que con el tiempo ha acabado por convertirse en un film de culto de gran belleza cinematográfica al rodar gran parte de sus escenas en entornos naturales de la Australia más agreste. Por otro lado, este mismo año se ha estrenado su primera adaptación televisiva en el canal COSMO, en la que podemos encontrar a la actriz británica Natalie Dormer dando vida a la estricta directora del internado Herster Appleyard. En esta ocasión, me inclino por adjuntaros el tráiler de la versión de 1975, y es que su dirección de fotografía así como su estilo me han fascinado.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Nos vemos el año que viene, el 14 de febrero, en Hanging Rock.

Cortesía de Impedimenta

miércoles, 12 de septiembre de 2018

RESEÑA: Corazón de las tinieblas y Cuadernos del Congo.

EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS
Y CUADERNOS DEL CONGO

Título: El corazón de las tinieblas y Cuadernos del Congo.

Autor: Joseph Conrad (Berdcyczów, Polonia, 1857- Bishopsbourne, Inglaterra, 1924). Su padre, un noble venido a menos, traductor de Shakespeare y escritor radical, fue arrestado y enviado a una prisión rusa cuando el joven Jozef era todavía un niño. Con diecisiete años se enrola en la Marina mercante francesa, experiencia que le permitió recorrer medio mundo y que surtió buena parte de su producción literaria. En 1878, tras un intento de suicidio, se enrola en un barco británico para librarse del servicio militar ruso. Sirvió en la Marina inglesa dieciséis años y, en 1884, se nacionalizó británico adoptando el nombre de Joseph Conrad. En 1895 publicó su primera obra en lengua inglesa, La locura de Almayer. A ella le siguieron obras maestras indiscutibles de la literatura universal como El negro de Narcissus, Corazón de las tinieblas, Lord Jim, Tifón, Nostromo y El agente secreto. También es autor de importantes relatos como El final de la cuerda, Suspense y El regreso. Murió el 3 de agosto de 1924 de un ataque al corazón y fue enterrado en el cementerio de Canterbury.

Editorial: Funambulista.

Idioma: inglés.

Traductor: Max Lacruz.

Sinopsis: a través de la voz del marino Marlow, Conrad os lleva hasta el corazón del África negra en pleno periodo colonial, en un sobrecogedor testimonio autobiográfico que es a la vez una meditación profunda sobre la degradación del ser humano y una oblicua denuncia de la salvaje explotación de las potencias occidentales. Marlow relata la historia de la expedición por el río Congo para repatriar a Kurtz, misterioso agente de una compañía comercial belga considerado un autentico dios por las poblaciones locales. Si la mística figura de Kurtz concita todo tipo de reflexiones sobre el colonialismo europeo, la explotación de las tierras y de personas y la frontera entre la civilización y la barbarie, explorar los espacios vírgenes en los mapas, hundirse en lo desconocido revela aún más las tinieblas que anidan en el hondón del alma humana.

Su lectura me ha parecido: estremecedora, dura, algo densa en el desarrollo de su trama, atemporal, reflexiva, un documento histórico en toda regla...Queridas lectoras y lectores, ¿os he dicho alguna vez que Página Dos me parece de lo mejor que se hace actualmente en televisión? No se si lo conocéis o es la primera vez que escucháis hablar de el, sea lo que sea, desde mi humilde posición de espectadora os animo a que sintonicéis la 2, sí, ese programa tan "aburrido" en el que no hacen más que poner documentales, y le deis una oportunidad a este, por desgracia breve, programa. Entrevistas a afamadas/os escritores, las últimas novedades editoriales, adaptaciones literarias al cine o a la televisión, cuestionarios lectores y reportajes entorno a temas tan actuales e interesantes como el mundo de la autoedición, la novela juvenil, la poesía, la literatura en la red, los clubs de lectura, bibliotecas del mundo o incluso el futuro del sector del libro en la era de las nuevas tecnologías. Todo eso y más se aborda en tan solo media hora, media hora que se pasa volando y que en ocasiones, sobre todo para quienes estamos interesados en el tema, nos sabe realmente a poco. ¿Por qué os cuento todo esto? Por la sencilla razón de que en Página Dos, son muchas las autoras y autores que no tienen pudor alguno a confesar sus secretos lectores más inconfesables. Desde el libro que les hizo amar la literatura hasta que novela prestaron y nunca les devolvieron, pasando por esa lectura que dejaron a medias. Y de entre todas ellas, a la pregunta de qué título considera imprescindible, son muchas y muchos los que nombran, sin pensárselo dos veces, el libro que hoy tengo el honor de presentaros. Cuando escuchas que tantos escritores de éxito lo consideran parte de su corpus literario tiendes a dejarte llevar por el escepticismo, sin embargo, una vez te adentras en él, entiendes el por qué de tanto halago y no puedes evitar preguntarte ¿por qué no me lo he leído antes? Pero sobre todo ¿por qué no lo he reseñado?, ¿por qué he tardado tanto? En fin, ya va siendo hora de enmendar esta injusticia, así que me pongo los cascos, sintonizo a Richard Wagner en el Spotify y comienzo a redactar estas líneas sobre Corazón de las tinieblas y Cuadernos del Congo: el ejemplo perfecto de como la ficción puede llegar a describir un tema histórico en su dimensión más crítica e impactante.


La historia de como esta edición de Corazón de las tinieblas  que contiene los llamados Cuadernos del Congo tiene su origen en una mañana de noviembre del año 2015 si la memoria no me juega una mala pasada. Hacía un mes aproximadamente que ya conocía cual iba a ser mi área de investigación de cara a la defensa de mi TFG, o lo que es lo mismo, de ese trabajo final de carrera de obligatoria realización. Mi campo, el de las relaciones entre historia y literatura, no podía ser más amplio, así que no encontré mejor forma de acotar mis inquietudes investigadoras que yendo aquella mañana a la biblioteca de humanidades cercana a mi facultad. Era tan basto el número de novelas y las respectivas épocas históricas que por un momento me sentí bastante abrumada. Después de unos minutos de meditación y tras haber diseccionado cada una de las estanterías de novela, tomé la decisión de llevarme dos libros a modo de sondeo. Los dos comprendían tres ámbitos de investigación muy diferentes entre si. El primero de ellos Sin novedad en el frente, podía servirme para acercarme a la I Guerra Mundial desde la literatura de testimonios (algo que por otro lado me permitía pisar sobre seguro, ya que se había escrito mucho desde esa perspectiva). Y el segundo de ellos, fue, casualidades del destino, Corazón de las tinieblas. El profesor de Historia de África y Asia nos había hablado brevemente de él, y en aquellos momentos en los que lo tuve entre las manos pensé que podía ser una buena oportunidad de acercarme, no solo a Joseph Conrad, sino al tema del colonialismo europeo de finales de siglo XIX. Así que sin pensármelo dos veces, aquel libro se vino conmigo a casa. Finalmente, y aunque estuve a punto de decantarme por Conrad, Orwell y las distopías literarias del siglo XX vencieron al imperialismo. No obstante, el recuerdo de aquella lectura me persiguió durante años, su dureza, su denuncia, esas frases lapidarias no se borraron fácilmente de mi memoria. Pasó el tiempo, y en cuanto conocí la noticia de que la editorial Funambulista iba a sacar nueva edición de la novela de Conrad, supe que aquel era el momento de volver al Congo. Cual fue mi sorpresa que, al echar un vistazo a los detalles de la edición, me topé con los llamados Cuadernos del Congo, que son, nada más y nada menos, que los breves apuntes que del diario que Conrad portaba consigo cuando visitó aquellas tierras. Sin duda, el complemento perfecto para una relectura y, de paso, enriquecer aún más la experiencia lectora.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos por una cuestión puramente personal. Desde siempre me he referido a esta novela como El corazón de las tinieblas. De hecho, esta es la primera vez que me topo con una edición en la que se suprime el artículo "el". Seguramente se deba a que se ha querido respetar el título original de la novela en inglés, no obstante, y como apunte meramente anecdótico, como lectora me gusta más El corazón de las tinieblas que Corazón de las tinieblas. Tras este pequeño debate entorno a la traducción, he de decir que la novela de Conrad presenta una lectura muy interesante en cuanto a su contenido, pues si habéis leído la sinopsis habréis comprobado como éste no desmerece para nada, pero por el contrario demasiado densa. Tenemos que tener en cuenta que no estamos ante un best seller de lectura ágil, sino frente a un libro escrito a finales del XIX, casi a punto de entrar en el XX, cuyo autor representa un pensamiento y una visión muy subjetiva de lo que estaba sucediendo en ese momento. De hecho, precisamente por esto último, podríamos aventurar la posibilidad de que este clásico de la literatura universal sea uno de los pocos textos que no ha logrado alcanzar, al menos en su totalidad, la categoría de atemporal. Los clásicos trascienden, se vuelven intocables, se convierten en pilares de nuestra cultura y la fuerza de sus mensajes es imparable. Lo que sucede con Corazón de las tinieblas es muy simple, si bien es cierto que sus reflexiones han llegado hasta nuestros días, incluso parecen haber evolucionado, el punto de vista desde el que Conrad narra la historia es cuestionable y fácilmente criticable. Europeísta, parcial y plagado de estereotipos y prejuicios respecto a los nativos africanos. Así es como Conrad nos describe la realidad en Corazón de las tinieblas, sin embargo, no debemos olvidar que es un hombre de su tiempo, en concreto de finales del XIX principios del XX, por lo que es normal encontrarnos frases cargadas de racismo. Corazón de las tinieblas vio la luz en el ocaso del imperialismo europeo, momento en el que las teorías de la superioridad del hombre blanco todavía se estudiaban hasta en las universidades y en el que Europa se encaminaba a la I Guerra Mundial. Un momento crucial, una transición, un periodo del que la novela de Conrad bebe mucho. Dicho esto, el lector del siglo XXI, a pesar de su posición sesgada, debe leerlo con tiento, casi como si se tratase de una reliquia de un tiempo pasado. En otro orden de cosas, Corazón de las tinieblas es un libro dotado de una profundidad psicológica bastante peculiar y que le sirve al autor como excusa para abordar los temas que de verdad le interesan. Aspectos tan universales y que se resumen en la delgada línea que separa el bien del mal, los límites de la locura, el choque cultural, el viaje hacia lo desconocido e incluso buscar el ejemplo, sobre todo a través de sus personajes, de la famosa tesis de Thomas Hobbes es cierta, de que es verdad que el hombre es un lobo para el hombre. Incluso podría rastrearse las ideas de otro gran filósofo, las de John Locke, sobre la perversión de la sociedad sobre el hombre, antes bueno por naturaleza. Todo eso esta muy bien, pero, ¿no quiso Conrad abarcar demasiados temas para tan poco libro? La respuesta es un rotundo sí pues, a juzgar por el número de páginas y su correspondiente lectura, da la sensación de que el autor pecó de ambición y se quedó en un esbozo, en una descripción, en un simple dibujo sin la profundidad que el relato merece. A eso no ayuda, por supuesto, un constante cambio de narrador, que lo único que consigue es marear aún más al lector, con el peligro que eso conlleva. No obstante, si algo se salva de Corazón de las tinieblas, bajo mi punto de vista y en contra de lo que he podido leer por ahí, es el personaje de Kutz. Él es el verdadero centro de la novela, a quien buscan, la razón de ser del libro, y por tanto, gracias a un cierto suspense creado entorno a su figura, a quien el lector más ansía conocer. Complejo donde los haya, Kutz se convierte en una especie de figura divina para los indígenas a la vez que éste se aprovecha de ellos, mediante tácticas que escapan a la razón y a la ética, para hacerse con el marfil. ¿Estamos, por tanto, ante una descripción de las barbaridades cometidas en el Congo durante la época colonial ¿O por el contrario Kutz simbolizaría la decadencia del sistema atroz a punto de extinguirse? ¿Es Corazón de las tinieblas una denuncia al colonialismo europeo? ¿O simplemente una descripción de la última puesta de sol? Todas esas preguntas justifican de alguna manera la relativa popularidad de la novela, a pesar de su reprochable tono y de sus defectos estilísticos. Por último, mención a parte merecen los llamados Cuadernos del Congo, ese pequeño diario con anotaciones del propio Conrad y que nos narran lo que sus ojos veían durante aquel viaje al Congo Belga  y su interpretación de dichos acontecimientos. La editorial Funambulista acertó de pleno al incluirlos en esta nueva edición, pues gracias a ellos, el lector puede disfrutar de una lectura más amplia, más allá de la novela y de la pluma literaria del autor.


Antes hemos comentado que Corazón de las tinieblas es una novela a la que el tiempo no ha tratado demasiado bien. Sin embargo, a las pruebas me remito, su trama ha servido de inspiración para otros libros o incluso productos cinematográficos hoy día convertidos en clásicos inmortales. Pero más allá de eso, lo que de verdad ha mantenido a Corazón de las tinieblas en pie, aunque con dificultad, ha sido y es su crítica al colonialismo europeo. Un efecto de su tiempo que ha conseguido traspasar las fronteras del tiempo hasta llegar a nuestros días. Desde mi humilde posición de crítica literaria, y teniendo en cuenta esta premisa, me gustaría lanzar una pregunta a los lectores de este siglo, tan ávidos de conocimiento e imbuidos en las nuevas tecnologías: ¿en los tiempos que corren, es posible hablar de colonialismo? Seguramente muchas y muchos de vosotros habréis arqueado las cejas, y no me extraña, "colonialismo" es una palabra muy fuerte, aunque no deja de ser un eufemismo bajo el que se esconden otros términos como "invasión", "apropiación" o "destrucción", más terribles todavía. Cuando oímos hablar de colonialismo se nos vienen inmediatamente a la mente esas fotografías de los libros de historia en las que, por un lado, vemos a dueños de plantaciones de té en la India siendo abanicados y sus pies masajeados por los nativos del lugar, y por otro lado, a africanos encadenados y obligados a posar ante algún fotógrafo perteneciente a las numerosas expediciones que, por aquel entonces, se llevaban a cabo. Imágenes como la que he adjuntado en esta misma reseña, ante la que es imposible no sentir escalofríos e indignación. Pues bien, el colonialismo ha seguido su curso desde el siglo XIX, adaptándose a la evolución de las sociedades y, por supuesto, a la revolución tecnológica experimentada, especialmente durante los últimos años del siglo XX y lo que llevamos de siglo XXI. No lo llamaremos colonialismo, pues repito, es una palabra con demasiada carga negativa y que tal vez anticuada, pero si lo llamaremos, si me lo permitís, imperialismo. De nuevo, una palabra que nos es familiar, muy ligada al colonialismo en su momento y que parece haber encontrado otra vía, a priori más efectiva, para llevar a cabo su objetivo, que no es otro que el imponer un modelo a todos los niveles (político, social, cultural, económico...) sobre otros ya establecidos con anterioridad. Si antes había que invadir países para doblegarlos, ahora las redes sociales cumplen esa función, consiguiendo, por ejemplo, que veas bueno ciertos productos o comportamientos en vez de otros. Quien tiene el poder en estos momentos, el país más influyente del mundo, es decir EEUU, no ha dudado en imponer, desde los tiempos de la Guerra Fría, su capitalismo más salvaje sobre miles de países al rededor del globo terráqueo. Desde ahí se controla todo, desde lo que esta de moda o no hasta temas tan serios como las formas de hacer política. Un sello, el americano, que estamos asimilando sin resistencia alguna, pues desde todas las plataformas posibles te convencen que lo de ellos es bueno y atractivo, mientras lo tuyo, lo autóctono es malo o se ha quedado desfasado. Y la asimilación no consiste solo, por poner un ejemplo de lo más simplista, en la proliferación de más cadenas de comida rápida cuyos nombres conocemos todas y todos, sino en el rechazo a lo nuestro. No hace falta arrebatar, con conseguir que menospreciemos nuestra cultura e idiosincrasia es suficiente. Dicho esto, ¿podemos hablar de una especie de colonialismo 2.0? Es posible ¿Cómo escapar de el? Pues muy fácil: apagando la tele, el móvil, el ordenador y sustituirlo por la lectura por ejemplo. Pero, lo malo de esto es que si lo haces, si tomas esa decisión, te excluyes del sistema, como si de un disidente en una novela distópica se tratase. Además, en cuanto pusieses un pie en la calle, el imperialismo volvería a materializarse, ya sea en anuncios publicitarios, nombres de comercios, en las conversaciones. Este es el mundo que hemos creado entre todos, una sociedad controlada, aleccionada, sometida en cierto modo y por si fuera poco vigilada por el inmenso poder de un país extranjero. Una situación que, si Conrad levantara la cabeza, seguramente contemplaría con horror. Corazón de las tinieblas y Cuadernos del Congo: una novela de viaje, horror, desasosiego, verdades, mentiras, reflexiones, injusticias, hipocresía, vanidad...Un clásico imperfecto pero imprescindible en toda biblioteca.

Frases o párrafos favoritos:

"La mente de un hombre es capaz de todo, porque todo está en ella, el pasado y el futuro."

Película/Canción: desde un fallido primer proyecto de Orson Wells, pasando por una versión de Nicolas Roeg de 1993 (con Tim Roth y John Malkovich dando vida a los personajes principales) y finalizando en la locura cinematográfica Apocalypse Now. Esta última, dirigida por Francis Ford Coppola, traslada la acción de la novela de Conrad a la Guerra de Vietman. La película, protagonizada por Martin Sheen y por un inmenso Marlon Brando en el papel de Kurtz, estuvo rodeada por la polémica (desorbitado presupuesto, dificultades para encontrar un actor para interpretar al protagonista, un rodaje infernal, consumo de drogas en el set, las exigencias de Brando...). Aún así, con el paso del tiempo ha acabado convirtiéndose en un film de culto y sujeto de estudio en las escuelas de cine.  Aquí os dejo el tráiler de esta espectacular y nada convencional adaptación cinematográfica. Una película que, a mi juicio, junto con Dunkerque y La chaqueta metálica, posee una de las escenas más impactantes del cine bélico.  



¡Un saludo y a seguir leyendo!

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