Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

viernes, 15 de febrero de 2019

RESEÑA: Relaciones enfermizas.

RELACIONES ENFERMIZAS

Título: Relaciones enfermizas.

Autora: Cecilia Ştefănescu (Bucarest 1975) es una escritora y periodista rumana. Licenciada en Letras por la Universidad de Bucarest, posee un Máster en Teoría Literaria y Comparada. Comenzó sus actividades literarias en el grupo Litere, dirigido por el escritor Mircea Cartaescu. Colabora con multitud de medios y revistas, ha publicado dos novelas y ha participado en distintas obras colectivas. Debutó con la novela Relaciones enfermizas (2002), que ha sido traducida al francés, al polaco y al italiano. Su segunda novela, Intrarea Soarelui (2008), ha sido traducida al inglés. En 2016, escribió y dirigió el cortometraje Ferdinand 13, galardonado con la mención especial en el Festival Internacional de Cine de Zagreb. Actualmente acaba de terminar su segundo cortometraje, titulado Morski Briz.


Editorial: Dos Bigotes.

Idioma: rumano.

Traductora: Doina Făgădaru

Sinopsis: Bucarest, años noventa. Una decadente ciudad donde cada rincón revela la pobreza del pasado y el nacimiento de un nuevo país que trata de superar las heridas del ´régimen de Ceausescu. Kiki tiene dieciocho años y es una joven universitaria, seductora e inconformista. Incapaz de elegir entre un artista megalómano, Renato, y el amor por Alex. vive abrumada por temores, neurosis y delirios románticos, algunos al bode de la ensoñación y la enfermedad, mientras busca una respuesta a sus dilemas e los ambientes estudiantiles y artísticos. Kiki quiere que Alex sea suya para siempre, pero Alex es una chica de provincias que sueña con casarse y tener una familia. Las separaciones y las reconciliaciones son el leitmotiv de su historia, una historia cada vez más radical y obsesiva que nos muestra la parte oculta de la Rumanía actual.

Su lectura me ha parecido: sencilla, crítica, audaz, evocadora, trasgresora, onírica, una explosión emocional... Pronto hará un año de la edición número 77 de la Feria del Libro de Madrid, una edición marcada, sobre todo, por la presencia de Rumanía como país invitado, desarrollándose numerosas presentaciones, charlas, ponencias, firmas y actividades entorno a la literatura de dicho país y por supuesto a la figura de sus máximas/os representantes. ¿La intención? Reparar una de las mayores injusticias, y es que la literatura Rumana ha sido durante décadas una de las grandes olvidadas dentro del panorama editorial, y mucho más en el de España, al que muy pocas obras pertenecientes a escritores de dicho país han llegado traducidas para disfrute de los lectores. Su riqueza simbólica, su peculiar realismo mágico y la fama que ha conseguido gracias a la repercusión de ciertas corrientes dentro de la vanguardia literaria han conseguido, por fin, situar a Rumanía en el lugar que le pertenece por derecho propio desde hace mucho tiempo. Mucho ha tenido que ver la irrupción de Mirea Cartaescu, uno de sus máximos exponentes, encumbrado por la crítica y cuyas obras conocemos y admiramos gracias a la editorial Impedimenta, en nuestro panorama editorial. Su presencia en la que es una de las citas literarias más importantes de España, supuso dar más visibilidad a una literatura que comenzaba a ser reconocida a nivel internacional. Sin embargo, para decepción del público femenino que asistió a su discurso de inauguración, Cartaescu se refirió a veinte grandes hombres de la literatura universal, los cuales inspiraron o fueron fundamentales en su formación como autor. Sí, he dicho bien, no me he equivocado. Veinte escritores frente a cero escritoras. ¿Un descuido? Es posible, pero no por ello sintomático de una constante que lleva repitiéndose desde tiempos ancestrales, de una cruda realidad, del lugar que siempre han ocupado las mujeres dentro del universo literario de muchos autores, es decir, fuera de él. Durante esos mismos actos, otra escritora, Cecilia Ştefănescu, igual de válida e incluso perteneciente a la misma corriente literaria de Cartaescu (con quien por cierto compartió inquietudes y muchas charlas en el grupo Litere) se dejó ver entre la multitud de casetas, firmas y demás actos. Una autora cuya presencia, en comparación con la de su compatriota, pasó bastante desapercibida. Sólo un par de blogs y una conocida revista feminista (Pikara Magazine) recogieron una entrevista, la presentación y una reseña de su libro más importante. Novela que, en compensación por esa sangrante ignorancia a su trayectoria como autora perteneciente al país invitado de la pasada edición, hoy más que nunca debemos reseñar. Relaciones enfermizas: búsqueda, amor y desafío a la heteronormatividad.


La historia de como Relaciones enfermizas llegó a mis manos es bien sencilla, ya que gracias a una lectura en concreto, alejada y próxima al mismo tiempo de lo que en la novela de Ştefănescu, acabé sucumbiendo a este tipo de literatura alejada de los cánones heteropatriarcales tan presentes tanto en nuestra sociedad como en la ficción. Violette Leduc y su Thérèsse e Isabelle me cambiaron por dentro aquel cálido y soporífero verano de 2018. Su adictiva narración condujo a mis ojos, cansados de toparse con según que cosas, a una historia erótica, sí, pero contada desde la honestidad y con una elegancia indescriptibles y que convertían esta breve novela en algo más importante. Thérèsse e Isabelle no era simplemente la historia del despertar sexual de dos colegialas en tiempos de verdadera oscuridad, sino la confirmación de que se podía escribir sobre precisamente eso, sobre dos chicas descubriendo que se atraen, que se gustan, que se complementan, que se satisfacen mutuamente en la cama y por supuesto que son capaces de llegarse a enamorar la una de la otra. Y todo ello sin caer en un estilo chabacano o poco profundo, algo que por desgracia ocurre más de lo que nos imaginamos. Fue así como, unido al descubrimiento de un cine más comprometido con la visibilidad de la comunidad LGBTI el cual comenzaba a hacerse habitual en mis búsquedas y en mis tradicionales sesiones de cena cinéfila (pizza y peli) de los sábados, de un tiempo a esta parte me acabé interesando por historias en las que la temática LGBTI (especialmente las que abordasen el lesbianismo y la bisexualidad desde el respeto y con un mínimo de calidad literaria). No había título que pasase desapercibido ante mis ojos, algo que me permitió ampliar mis inquietudes lectoras e intelectuales, así como conocer a las editoriales que los publicaban, las cuales estaban empezando a darse a conocer en el panorama literario de este país. Una de aquellas historias fue, como no podía ser de otra forma, Relaciones enfermizas,  cuya portada vi por primera vez en la web de la joven y comprometida editorial Dos Bigotes. Su diseño era llamativo, como ya nos tienen acostumbrados, pero sus tonos pastel y ese toque abstracto se distanciaban de otras de sus propuestas en cuanto a cubiertas se refiere. Pero como cabía esperar, lo mejor estaba en su interior, en su atrayente sinopsis, la cual (a pesar del spoiler que hace) no me impidió adentrarme en su juego literario y saborear cada una de sus palabras.


Respecto a la reseña propiamente dicha, me gustaría empezar haciendo un aviso para navegantes. Como ya he dicho al final del párrafo anterior, absteneros de leer la sinopsis de esta novela. Os lo digo de verdad. No lo hagáis. Es mejor llegar virgen a esta lectura, de lo contrario, si sabéis más (especialmente tras leer el resumen de la contraportada) el spoiler es enorme y es posible que os adentréis en ella con una predisposición más condicionada. Una vez dicho esto empecemos. Relaciones enfermizas presenta una de esas lecturas envolventes, sosegadas, que busca a una lectora o a un lector más paciente, más tranquilo, menos inquieto. Quien crea que la novela de Ştefănescu se ventila en un abrir y cerrar de ojos se equivoca. A veces las lecturas que más se recuerdan son aquellas a las que has dedicado más tiempo de lo normal, aquellas que (independientemente de su grosor, peso o número de páginas) han reposado sobre tus manos durante semanas, soportando tus noches en vela, apartando toda preocupación de tu cabeza, aliviando difíciles jornadas que desearías no haber tenido que vivir. Sólo esas son las que merecen la pena, las que como Relaciones enfermizas te atrapan desde el minuto uno y te conducen en una larga travesía hasta desembocar en un torrente de emociones y pertinentes debates internos o externos. De la novela de Ştefănescu hay mucho que comentar, empezando por su estilo limítrofe con ese realismo mágico tan particular de la literatura rumana (en donde lo onírico se contrapone a la realidad para hablarnos de algo tan humano como una relación de pareja) para acabar refiriéndonos a la complejidad de unas protagonistas tan excepcionales y tiernas dentro de una sociedad en la que no existe más cabida para otras tonalidades que no sean o el blanco o el negro. Sin olvidarnos, claro está, del contexto en el que Ştefănescu decide ambientar Relaciones enfermizas, una época post dictadura que trata de recuperarse y cerrar las heridas provocadas por el comunismo más feroz y dictatorial que sufrió Rumanía bajo el mandato de Nicolae Ceaucescu. Sin embargo y por no extendernos más de lo necesario destacaré una tres de los muchos pilares que consiguen sostener Relaciones enfermizas sin resquebrajarse en ningún momento. En primer lugar, el acierto de su autora al canalizar la reivindicación y la crítica social a través de uno de los géneros o sub géneros (no sé como está actualmente la cosa) más denostados de la literatura: el folletín. Nos cuesta reconocerlo, lo sé, pero todos sabemos que las historias de las idas y venidas tan telenovelescas nos encantan y Ştefănescu es consciente de esa realidad. Por eso, bajo ese paraguas tan pasional, que no edulcorado ni ñoño, nos presenta una historia comprometida, consiguiendo que nos entre por los ojos y los sentidos de forma inmediata y sin necesidad de otros recursos. En segundo lugar, Relaciones enfermizas podría definirse perfectamente como una novela de transición, de búsqueda, de aprendizaje, de acceso a la madurez... En definitiva, el reflejo de nuestra adolescencia o al menos de la adolescencia que todos hemos querido vivir. Un clásico, sí, pero no por ello desprovisto de peso y originalidad. Por momentos el lector consigue identificarse con esa desorientación que todos, sin excepción experimentamos en algún momento de nuestra vida, de esa búsqueda de nuestra propia identidad, de nuestros gustos, y por supuesto, de ese temor a ser rechazados o a no encajar en el grupo. El delirio y el vértigo del no saber nunca estuvieron tan bien descritos. Y por último, esos constantes cambios de voz (de la tercera a la primera persona) logran una sensación de distancia en primer lugar al mismo tiempo que, de pronto, la autora pretende inundarnos de nostalgia con los recuerdos de la protagonista. Ştefănescu juega con el lector a su antojo, abandonándolo a su suerte. El resultado de dicho experimento literario, una vez pones punto y final a su lectura, posiblemente divida, escinda, separe... Pero bajo ninguna circunstancia imborrable en la memoria de todos los que se atrevan con su breve pero intensa lectura. Así es Cecilia Ştefănescu y su relación con los amantes de los libros. Empática, apasionada, llena de naturalidad y bajo ningún concepto enfermiza.


Hace unos días, mientras deambulaba sin rumbo por la inmensidad del territorio hostil en el que parece haberse convertido Twitter, me topé con un tweet de Luna de Miguel (poeta, novelista, ensayista, redactora y una habitual de las redes sociales). En él, citaba y daba su opinión acerca de un artículo recientemente publicado en la web de The Objective. En él, se hablaba y enumeraba una serie de editoriales que, plantando cara a las grandes empresas y las plataformas digitales, estaban consiguiendo hacer llegar sus libros a un público cada vez más amplio y ávido de otro tipo de contenido que en otros lugares es más complicado encontrar. Mármara, La Navaja Suiza y Dos Bigotes (responsable de que Relaciones enfermizas haya llegado a las librerías y a las bibliotecas de muchos lectores) son las que aparecen mencionadas. Sin embargo, yo añadiría a muchas mas como Crononauta, La Biblioteca de Carfax, Tránsito Editorial, Amor de Madre, La afueras,  Altamarea, Funambulista, Fulgencio Pimentel, Los libros del K.O., Páginas de Espuma, Ediciones del Viento, La bella Varsovia, Rayo Verde, Erial, Cuadernos del vigía, Dorna, Amanecer, Rata Books, Minúscula, Alpha Decay, Gadir, Impedimenta, Libros del Asteroide, Periférica, Nórdica, Barrett, Triskel... Una larga lista que se prolonga más y más. Hace unos años se refería a este fenómeno como el Boom de las editoriales independientes, y no les falta razón, sin embargo, yo añadiría un adjetivo más, el de "comprometidas", pues algunas de ellas han basado una parte o todo su catálogo en acercar a los lectores historias donde la inclusión manda. Volvemos, como no podía ser de otra forma, a Dos Bigotes, editorial preocupada por la inclusión, las autoras y autores LGBTI, la visibilidad, el feminismo y los estudios queer entre otras muchas cuestiones. Hasta aquí todo perfecto, maravilloso, importante. Pero hay que seguir adelante, y más viendo como está el panorama político actual, tan agitado, tan convulso, tan radical, tan propenso a la intolerancia, el fanatismo, el retroceso. Como la sociedad no ponga límites a este tsunami, todas y todos nos vamos a ver engullidos por la violencia de sus olas, y cuando eso ocurra, ya será demasiado tarde. Mientras tanto, y para eso no ocurra, desde las trincheras del respeto y la diversidad debemos luchar para que el mensaje de odio no acabe inyectado en el pensamiento de una sociedad que, antes de que los reaccionarios irrumpiesen en el salón de nuestra casa, estaba avanzando a pasos agigantados. Por todo ello, desde mi humilde espacio de crítica, opinión y debate hago un llamamiento a todas las pequeñas y grandes editoriales para que, por favor, sigan publicando historias sobre gays, lesbianas, transexuales, bisexuales, intersexuales, feministas,  personas racializadas, discapacitadas... Y a las que todavía no han incorporado estas historias en sus catálogos, que lo hagan. Lo que no se cuenta, lo que no se ve o lo que no se lee, en ocasiones, tendemos a pensar que no existe. Y no hay mejor aliado que el olvido para esta peligrosa corriente que amenaza con sepultar nuestros derechos y libertades. Así que no queda otra que combatirlo con entereza, convicción, tesón, insistencia y por supuesto con buenas dosis de literatura queer. Relaciones enfermizas: una historia de amor, pasión, desavenencias, reconciliaciones, incomprensión, unión, naturalidad... Una novela donde la universalidad de las relaciones de pareja en su versión más íntima, trasgresora y onírica.

Frases o párrafos favoritos:

"Avanzaba como una sonámbula en busca de la madurez. Andaba a tientas con la esperanza de hallar el gran amor."

Película/Canción: en el año 2006 se estrenó la adaptación de la novela de Cecilia Ştefănescu de la mano del director rumano Todor Giurgiu. Bajo el nombre Love Sick (Enfermos de amor en España) consiguió gran aceptación del público y la crítica.



¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Dos Bigotes

jueves, 7 de febrero de 2019

RESEÑA: Oh...

OH...

Título: Oh...

Autor: Philippe Djian (París, 1949) es novelista, traductor, letrista, periodista y guionista de cine. Su carrera como escritor arranca en 1982, y aunque solo vende unos pocos cientos de ejemplares de sus primeras dos novelas, la crítica ya habla del "nacimiento de un mito". Es en 1985, con la publicación de su libro 37º2 le matin (que se adaptaría posteriormente al cine y conocemos en España como Betty Blue) cuando alcanza el reconocimiento del público internacional, llegando a publicarse en veinte países. En sus novelas se percibe una fuerte influencia de la tradición literaria norteamericana, y confiesa que sus libros no parten de un argumento determinado, sino que se desarrollan sobre la marcha a partir de la frase de arranque. Viajero impenitente, reside a lo largo de los años en Estados Unidos, Italia, Suiza y diversas localizaciones dentro de Francia. A partir de 1993, con su novela Sotos, inicia una relación con la editorial Gallimard que se mantiene hasta hoy en día y que lo convierte en una figura habitual en las mesas de los más vendidos en las librerías de su país. En 2012 su nombre vuelve a saltar a la palestra gracias a Oh…, que recibió el prestigioso Prix Interallié y que posteriormente Paul Verhoeven llevaría al cine con el título de Elle, con Isabelle Huppert como protagonista. Hasta la fecha, Djian ha publicado cerca de una treintena de novelas.


Editorial: Fulgencio Pimentel.

Idioma: francés.

Traductora: Regina López Muñoz.

Sinopsis: Oh… Relata treinta días en la vida de una mujer, Michèle, interpretada por Isabelle Huppert en la laureada película de Paul Verhoeven, Elle. Djian acepta el riesgo de entregar su thriller más incorrecto, anteponiendo la ironía desde el mismo título. Experto en microcosmos familiares, el escritor se pone por primera vez en la piel de una mujer, empresaria, divorciada de un fracasado, amante del marido de su mejor amiga, hija de un asesino y madre de un pusilánime. Sus relaciones con el género masculino no terminan ahí: acaban de violarla en su propia casa y esto provoca en ella sensaciones inesperadas. Asistimos así a la creación de un personaje que incita al juicio moral y al mismo tiempo se resiste a él. Oh…Constituye un tratado espeluznante y tragicómico acerca del lugar de hombre y mujer en sus relaciones mutuas, acerca del conflicto entre deseo y voluntad, del ejercicio del poder y, muy especialmente, de la libertad de elección.

Su lectura me ha parecido: estremecedora, directa a la yugular, impactante, brutal, gélida, con un humor negro que fluye sin altibajos, fuente de reflexiones, retadora, sin contemplaciones, visceral, una de las pocas que ha conseguido cabrearme, fascinarme, volarme la cabeza... En los últimos años, además de las modas literarias de turno, las y los lectores hemos sido testigos de la proliferación de una serie de libros muy necesarios y que sólo la era del #MeToo ha conseguido colocar en primera línea hasta llegar a copar los primeros puestos de las listas de ventas de medio mudo. Y no es para menos, cualquier texto que ahonde (ya sea desde el plano más intelectual o ficticio así como desde la experiencia vivida) en el tema de la violación debería merecer todo nuestro interés y no despertar ese morbo que durante tantos años se ha ido produciendo gracias, en parte, a la poca sensibilidad y concienciación de los medios de comunicación. En lo que a mi respecta, siempre me ha parecido un tema de una brutalidad supina, hasta el punto de que, cada vez que leo en algún libro, sea real o ficticia, la descripción de una violación se me remueve el estómago. Sin embargo, considero que  leyendo este tipo de historias, entre otros mecanismos de acción, es como la sociedad acaba reconociendo el problema, la motivación machista que siempre hay detrás y la necesidad de poner sobre la mesa las soluciones para que la violencia contra las mujeres quede por fin erradicada. La primera vez que leí una violación sobre el papel fue en Los pilares de la tierra (cuyo recuerdo aún permanece en mi memoria) y de ahí salté a otras novelas en las que la mirada patriarcal era realmente abrumadora en ese sentido. Años más tarde di con otros libros (memorias, ensayos y novelas) en los que asistí, con más angustia si cabe, a la mirada de la mujer, a su perspectiva, a sus pensamientos, a sus intentos por liberarse, a su terror ante los monstruos engendrados por un estado machista. Pero también, y esto me aportó mayor profundidad, a las consecuencias, al "después de", a la actitud de la mujer en cuestión, a sus mecanismos de asimilación, de defensa, a ese sentimiento de culpabilidad tan machacón como inconsciente, a los traumas, a la incomprensión de su entorno... En la novela que hoy tengo el placer de reseñar asistimos a la narración de los treinta días después de la violación de la protagonista. Treinta días en los que conoceremos a una mujer, Michèle, con sus luces y sus sombras. Oh... : pragmatismo, hipocresía y ¿feminismo?


La historia de como Oh... irrumpió en mi vida fue, sin yo saberlo, con su adaptación cinematográfica. El año en el que La la land dejaba sin palabras a medio mundo, una película francesa irrumpió con fuerza en el panorama cinematográfico internacional, hasta el punto de hacerse con algunos de los galardones más prestigiosos (incluyendo el premio César a la mejor película y el Globo de Oro a mejor película de habla no inglesa). Su actriz protagonista, la siempre perfecta Isabelle Huppert, se hartó de recoger aquel 2017 infinidad de premios (¡hasta un Globo de Oro!) por su fría y perturbadora interpretación en Elle. Quienes la hayáis visto entenderéis por qué la cinta de Paul Verhoeven (sí, el director de Instinto básico, Robocop o la malograda Show Girls) ha conseguido permanecer en la memoria, y es que su trama nada superficial y llena de momentos verdaderamente impactantes, enamoró y escandalizó a muchos espectadores y críticos. En mi caso, a pesar de no conseguir entender las razones de la protagonista, Elle me pareció fantástica, bien construida, perfectamente narrada y bueno, la interpretación de Isabelle Huppert (una de mis actrices francesas favoritas por cierto) es una lección, un ejemplo para cualquier mujer que desea dedicarse a la actuación, el alma de la película, por no decir que me era imposible ver a otra actriz dando vida a ese personaje tan complejo y con tantas aristas.  Tenía que ser ella, no había otra opción. Con algunas de las potentes imágenes que la cinta de Verhoeven vivas en la memoria, encendí una noche la tele y sintonicé la dos. Era martes, justo el día que emitían Página Dos, uno de los programas de divulgación literaria más interesantes y poco valorados de la televisión pública. Aquella noche entrevistaban a un tal Philipe Djian, quien había venido a España a presentar su novela Oh... (cuyo título me pareció entonces una tomadura de pelo y un enigma al mismo tiempo). A medida que la entrevista avanzaba, me percaté de que aquella trama era la misma que la de Elle, o al menos evidenciaba parecidos más que razonables. Sin embargo, en el momento en el que el presentador hizo alusión a Isabelle Huppert me quedé embobada frente al televisor. "¡Hay novela!" exclamé con gran emoción. "¡Hubo novela antes que película!". Tomé los datos que necesitaba y tecleé rápidamente el título en el móvil. Descubrí entonces que una editorial, para mi antes desconocida, llamada Fulgencio Pimentel la había editado y traducido al español. Una novela que, para mi sorpresa, fue escrita en el 2012, ¡cuánto ha llovido desde entonces! ¡Cuántas cosas han pasado relacionadas, lamentablemente, con agresiones sexuales a mujeres! Por todo ello, y sobre todo por comprobar las diferencias entre la cinta y su versión original en papel, conseguí hacerme con un ejemplar de Oh..., devorarlo a pasos agigantados, sufrir algún que otro dilema respecto a lo que considero feminista (de lo cual hablaremos largo y tendido en el último párrafo) y finalizarlo con la sensación de haber aprendido un poco más sobre ritmo, tensión y giros en la creación literaria.


En lo que respecta a la crítica propiamente dicha, me gustaría comenzar lanzando una advertencia. Oh..., al igual que su correspondiente adaptación cinematográfica, no es un libro apto para todo tipo de lectores. Es más, creo que la novela de Djian es de esa clase de libros de cuya lectura nadie sale indemne. Siempre queda algún resquicio, algún recuerdo, recuerdos que evocas en tu memoria y que siempre tienen que ver con su magistral capacidad de angustiar hasta al más duro. Maestro en crear ambientes claustrofóbicos, Djian explora los límites de la falta de espacio vital más allá de lo estrictamente físico, elevándolos a un nivel superior, en donde nos topamos con un agobio más interno, invisible, psicológico. Un encierro brutal que todos experimentamos a medida que conocemos más y más a Michèle, la peculiar y completa protagonista de Oh... . Es imposible no hablar de la novela de Djian sin referirnos a ella, de hecho, al igual que pasa con la película, ella es el centro del libro y alrededor de la cual se articula el resto de personajes y la trama propiamente dicha. El lector no puede evitar sentir admiración ante una protagonista con tantos claros oscuros, con una complejidad brutal, con unas debilidades tan monstruosas que nos escandalizan pero al mismo tiempo, a medida que vamos leyendo, no podemos evitar percibirlas como verdaderamente humanas. Es inútil perder el tiempo hablando del resto de personajes que aparecen en la novela, pues quedan irremediablemente ensombrecidos ante el carisma, carácter y oscuridad de Michéle.  No me gustaría destriparos gran cosa sobre esta peculiar protagonista, pues sin duda es el gran factor sorpresa de la novela, el que el lector la descubra poco a poco, sin prisa, dejándose guiar para finalmente quedar atrapado en un juego de toma y daca entre la historia y quien tiene la oportunidad de leerla. Sólo comentaremos un par de cosas sobre el personaje, os prometo que mínimas, en el apartado más reflexivo. Por otro lado, otro de los aspectos clave del éxito de Oh... sobre todo entre el público reside en ese endiablado ritmo que Djian propone. Sin complacer a nadie y sin pensar en los rezagados, Djian coge al lector y le abre la puerta con una pasmosa tranquilidad. Ahora, lo que te encuentras tras ella es crudo, muy crudo. Intentas volver sobre tus pasos, cerrar la puerta y con él la tapa del presente libro, pero ya es demasiado tarde, Djian ha conseguido lo que pretendía, que aunque lo desees no puedas apartar la mirada de ese arañazo en el rostro de Michèle. El resto es puro thriller, tan literario como cinematográfico, por eso funcionó tan bien en la gran pantalla. Otro tema presente en Oh... es la violencia en todas sus facetas. Verbal, física, psicológica, directa, indirecta... Y lo mejor de todo, sin la necesidad de recrearse sobre ella, sin satisfacer las delicias de quienes buscan morbo en este libro. Todo es violencia, desde el ámbito laboral en la empresa que Michèle dirige (en donde la hostilidad esta presente) hasta la violación propiamente dicha, pasando por las relaciones con sus amigos, exmarido, hijo y vecinos. Muy destacable, también, es ese humor negro que subyace de la forma más inesperada, algo que por el contrario en la película queda en ocasiones algo forzado. En definitiva, y a riesgo de haberme quedado una reseña algo atropellada, me gustaría concluir diciendo en primer lugar, que Oh... merece más y más párrafos de disertación (algo que por desgracia me es imposible plasmarlos ahora mismo, ya que necesitan más tiempo de maduración y construcción de un discurso acorde con la novela) y en segundo lugar, que quienes les haya picado la curiosidad que se preparen, porque tras su lectura, es imposible no volver a ella una y otra vez. Aunque sea para maldecirlo o alabarlo.


Nunca me cansaré de decirlo. Michèle merece ya no un párrafo entero para ella sola, sino una tesis doctoral sobre el por qué Philipe Djian decidió crear un personaje como este, y lo que es más importante, para protagonizar la que es hasta la fecha su novela más conocida (más allá de la adaptación de Verhoeven). Y es que es a partir de su protagonista, pero sobre todo, de su actitud frente a la violación que ha sufrido lo que ha avivado la polémica, lo que ha provocado la ira y el aplauso, lo que ha conseguido dividir al movimiento feminista, lo que ha propiciado, como consecuencia, que Philipe Djian sea para unos un genio y para otros un machista. Os pongo en antecedentes. Michèle, tal y como pone en la sinopsis de la contraportada, es asaltada y violada en su propia casa. Durante los treinta siguientes días el lector asiste, por tanto, a su actitud frente a la violación, la cual es del todo chocante. No denuncia, no acude a la policía, habla de ello con total naturalidad, no lo esconde y sigue su vida como si nada al mismo tiempo que comienza a comprar todo un arsenal de armas y a dormir con un cuchillo en la mano por si el violador vuelve a atacarla de nuevo. Y la cosa, por supuesto, no queda ahí, ya que el autor pone en boca de Michèle frases como la siguiente:“He tenido peores experiencias con hombres que había escogido libremente”. Una confesión en cuya esencia parece subyacer una crítica al feminismo, justo lo que muchos lectores critican y por lo que su autor se ha llevado más de una dura reprimenda. Una vez puesto sobre la mesa el tema en cuestión toca reflexionar. No os lo voy a negar, cuando leí la frase me hirvió la sangre. Algo parecido me sucedió cuando vi la película, pues como he comentado en el primer párrafo, no entendía por qué Michèle no denunciaba la violación. Pero tras meditarlo mucho y observar las distintas opiniones al respecto, he llegado a la siguiente conclusión: la de que Philipe Djian no pretendía con Oh... lanzar un discurso político al mismo tiempo que plantea una paradoja que hace dudar hasta a la feminista más convencida. Empezando por ésta última la cuestión es bien sencilla. Por un lado, la actitud de Michèle nos puede resultar del todo reprochable, ya que si sufres una violación lo lógico es denunciar. Sin embargo, Michèle hace todo lo contrario, y lo más importante, ella decide no actuar de tal forma. Durante toda la novela, Michèle renuncia al calificativo de victima y a todo componente dramático para asumir con todas las consecuencias lo que le ha pasado. Afronta la situación con una naturalidad gélida. Remarquemos el "ella decide" porque, a pesar de todo, es una decisión que toma ella sola, sin coacción, sin consultarla con nadie, porque no quiere sentirse una víctima, porque su forma de ser la empuja a decantarse por esa opción. ¿Podríamos estar entonces ante un personaje feminista? Sí en ese sentido, su independencia lo evidencia, pero pronto volvemos a pensar en la no denuncia, lo cual nos hace dudar de nuevo de si "feminista" es el mejor calificativo para definir a Oh... . Una pescadilla que se muerde la cola y que pone de manifiesto la gran paradoja de la novela: que no es otra que las distintas formas de entender el feminismo. Por ello, desde mi humilde opinión, pienso que Oh... no persigue un discurso moralizante ni de denuncia de carácter político, sino contarte una historia, describirte una situación, narrarte la reacción de una mujer con unas características muy particulares ante su propia violación. Punto. No hay más. Un ejercicio de clase de escritura creativa de manual tipo: ¿qué pasaría con este personaje que has creado si le sucediese X situación? ¿Cómo actuaría? ¿Cómo sería su día a día desde entonces?... Eso si, gracias a Djian es posible que muchas lectoras y lectores se hayan visto en esa encrucijada, en ese debate interno respecto a sus ideas o en la certeza de que todos podemos convertirnos en monstruos de la noche a la mañana. Reacciones que muestran la complejidad de los términos y la amalgama de colores que existe entre el blanco y el negro. Oh... : una historia de aceptación, instintos perversos, gélidas relaciones familiares, violencia, tensión... Una novela que consigue desmontarnos en nuestro afán por ser fieles a nuestros ideales.

Frases o párrafos favoritos:

"Nos ofrecimos un espectáculo el uno al otro. Nos enseñamos nuestras peores caras, nos mostramos viles, mezquinos, odiosos, abyectos, perdidos, caprichosos según la situación y no ganamos nada -en todo caso perdimos autoestima, según él, y estoy de acuerdo. Dejar a alguien requiere más valentía de lo que mucha gente piensa -a menos que sea uno de esos zombies con el cerebro aplastado, uno de esos pobres espíritus que te encuentras a veces-. Cada mañana me despertaba y no me sentía capaz, y los últimos días me los pasaba llorando. Me hizo falta mucho tiempo. Tres días, tres largos días y tres largas noches para arrancarnos el uno del otro (...)."

Película/Canción: como he nombrado a lo largo de la reseña unas cuantas veces, Oh... se adaptó al cine bajo el título Elle. Dirigida por Paul Paul Verhoeven y protagonizada por una sobresaliente Isabelle Huppert, cosechó gran éxito de público y crítica. Os aconsejo que la veáis, aunque reitero lo perturbador de su trama. Preparaos para dos horas de incomodidad, verdad, impacto y dureza. En definitiva, toda una lección de cine.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Fulgencio Pimentel

viernes, 1 de febrero de 2019

RESEÑA: En un café.

EN UN CAFÉ

Título: En un café.

Autora: Mary Lavin (1912-1996), hija de padres irlandeses, nació en East Walpole, Massachusetts, Estados Unidos. Cuando cumplió diez años, su familia regresó a Irlanda. Sus cuentos se publicaron en revistas como Atlantic Monthly, Harper’s Bazaar y The New Yorker. Su primer libro de relatos, Tales from Bective Bridge, apareció en 1942: fue un gran éxito de crítica y público y ganó el Premio James Tait Black Memorial. Más adelante, recibió la Guggenheim Fellowship en dos ocasiones y el Premio Katherine Mansfield. En 1992 fue nombrada Saoi de Aosdána, el más alto reconocimiento literario irlandés; no en vano, V. S. Pritchett dijo de ella: "No se me ocurre ningún escritor que haya profundizado más, y con menos miedo, en el corazón irlandés".


Editorial: Errata Naturae.

Idioma: inglés.

Traductora: Regina López Muñoz.

Sinopsis: Pocos han oído hablar de Mary Lavin, pues no contábamos con traducciones de su obra en nuestra lengua; sin embargo, a partir de ahora, estamos convencidos de que estos magníficos relatos formarán parte del imaginario de muchos lectores. Sí, un descubrimiento, uno de esos libros míticos que llamamos clásico contemporáneo. ¿Los escenarios? La Irlanda verde, campestre y tan atractiva como dura, y la Irlanda de las ciudades oscuras y grises —en ocasiones recreada, revivida, desde Estados Unidos—, la de la memoria y el deseo de tantos jóvenes expatriados, de tantas viudas. Un libro a la altura del Dublineses de Joyce en muchos momentos. En la senda de Chéjov unas veces, de Katherine Mansfield otras —y anticipando la obra de Edna O’Brien—, los relatos de Lavin sorprenderán y cautivarán a los lectores en español, y les mostrarán también el poder que encierra un "simple" cuento, lo formidable y evocador que puede llegar a ser ese «artefacto narrativo» antiquísimo e inigualable…

Su lectura me ha parecido: evocadora, honesta, de una apabullante sensibilidad, directa al corazón de un país, descarnada, crítica socialmente, coqueteando con el realismo más tangible, simbólica...Irlanda, la verde y gris Irlanda. Colores que, si lo pensamos, vienen muy bien para describir dicho país. Por un lado, lo primero que se nos viene a la cabeza cuando pensamos en Irlanda es en una infinita pradera cuyo aroma nos evoca tradición, a lugares por los que parece que el tiempo no pasa, pueblos de arraigadas costumbres (muchas de ellas provenientes de la siempre fantástica mitología celta) en cuyos cementerios, como no, nos topamos los vestigios de aquellas inmortales culturas. El verde es sinónimo de paz, tranquilidad, pero también de fiesta, jolgorio y felicidad. San Patricio bien lo merece, no todos los días una figura religiosa despierta tal euforia entre sus habitantes. Aunque en los últimos tiempos la figura del patrón de Irlanda pase a un segundo plano en favor del encuentro, las sonrisas y algún que otro baile. Por otro lado, al país de la Guiness, los tréboles de cuatro hojas, la danza Céilidh y la patata también se tiñó de gris oscuro en lo que a su historia más reciente se refiere. Fue precisamente la falta del codiciado tubérculo, tan fundamental en la dieta, lo que provocó una de las mayores hambrunas de la historia de Europa. Una crisis que obligó a miles de irlandeses a emigrar, sobre todo a los Estados Unidos, persiguiendo una vida mejor. Esto, junto con el turbulento clima político y social que el país atravesó durante gran parte del siglo XX, han contribuido a fijar en el imaginario colectivo una visión de Irlanda plagada de estereotipos que poco tienen que ver con sus gentes, sus ciudades o sus pueblos. Irlanda es algo más que un lugar donde se consume mucha cerveza, que aunque conservador (el peso de la iglesia católica es notable) en sus tradiciones, es vanguardista en muchas disciplinas artísticas, y por supuesto, alejado del término "pobreza crónica". Irlanda, como bien demuestra la autora de estos peculiares relatos, es y siempre será más de lo que se nos ha transmitido. En un café: cuando lo cotidiano trasciende.


La historia de como En un café llegó a mis manos es bien sencilla. Es más, la podría resumir perfectamente en las primeras líneas del presente párrafo. Sin embargo, prefiero, como siempre, ahondar en el contexto, en el marco, en el momento que posibilitó que un volumen como el de Mary Lavin acabase teniendo un hueco en mi biblioteca particular.  Desde hace unos años, los lectores de todas las edades hemos sido testigos de como de la noche a la mañana nuestras librerías favoritas, ya sean de barrio, céntricas o franquicias, amanecían con nuevos títulos en sus escaparates. Pero al contrario que en otras ocasiones, dichos ejemplares tenían algo especial, antiguo y novedoso al mismo tiempo. Y es que el cuento o relato, en todos los géneros y formas posibles, volvía con una fuerza extraordinariamente abrumadora. Las causas de este boom, como ya he comentado en más de una ocasión, creo que respondieron, en su momento y en la actualidad también, más que a una moda literaria a una verdadera necesidad por parte del lector. A una exigencia que ya venía produciéndose desde hacía unos años provocada por el protagonismo de las nuevas tecnologías en nuestras vidas, y como consecuencia, a la modificación de nuestros comportamientos sociales. Y la cosa no quedaba ahí y es que, como he apuntado, la cantidad de posibilidades dentro del género fueron tan amplias y bestiales que prácticamente coparon cada género. De este modo, ningún lector, fuese cual fuese su preferencia o sus gustos lectores, se quedaba sin su correspondiente libro de relatos. Hubo de todo, recuperaciones, reediciones, primeras ediciones y hasta el descubrimiento de nuevas voces dentro del panorama nacional e internacional que no hubiéramos conocido de no haber sido por esta apuesta editorial hacia el noble arte de la narración condensada. Pero si algo destacó, por encima de todo, fueron las publicaciones de autoras semidesconocidas en España. La era del #MeToo se reflejó en aquellas estanterías donde las mujeres protagonizaban gran parte de los lanzamientos, y en particular, las que dedicaron gran parte de su vida a desarrollar, perfeccionar y dar rienda suelta a su imaginación a través del relato. Mary Lavin, una irlandesa de la que nunca había oído hablar, fue una de las protagonistas de aquella primera hornada de escritoras internacionales que venía a fundir el corazón y el dinero de muchos lectores. Lo cierto es que no me llamó la atención en un primer momento. Relatos, la Irlanda más costumbrista, con un punto de crítica social, feminismo... Todo eso lo había leído en Edna O´Brien, una de mis favoritas y la responsable de abrirme los ojos ante la realidad de un país del que poco sabía y al que estoy deseando ir en cuanto se presente la menor oportunidad. Así que lo dejé pasar. Sin embargo, al cabo de un mes, recibí por sorpresa un ejemplar de En un café de Mary Lavant de parte de Errata Naturae. No me lo esperaba, de hecho no estaba entre mis planes más inmediatos adentrarme en sus relatos, a pesar de que, tras leer más tranquilamente la sinopsis, sintiese ese cosquilleo que todos los lectores experimentamos cuando estamos ante una buena historia. Dejé pasar el tiempo, tal vez demasiado, hasta que por fin me hice el ánimo y comencé relajada su lectura.  Sin prisa, sin agobios, sin presiones de ningún tipo. Aquella fue la decisión más acertada que tomé en mucho tiempo, pues me permitió no sólo disfrutar mejor de lo que estaba leyendo, sino de ahondar en las profundidades de un país con tantas miradas como es Irlanda.


Centrándonos en la reseña propiamente dicha comenzaremos diciendo que En un café presenta una lectura sutil, elegante, tremendamente sincera y de una sensibilidad que, como hemos comentado al inicio de esta reseña, embriaga a todo aquel que clave sus ojos sobre cualquiera de los dieciséis relatos que componen este volumen. Debemos apuntar que, en esta ocasión, no estamos ante la traducción y edición de un libro ya publicado en el extranjero, sino ante una recopilación de algunos de sus mejores relatos, los cuales vieron la luz en revistas tan prestigiosas como Atlantic Monthly, Harper’s Bazaar y The New Yorker; ¡casi nada! Este dato, sin duda alentador de cara a una exitosa campaña de márketing, puede resultar muy jugoso. Pero en esta ocasión más que nunca debemos pasar de todo ese frío revestimiento publicitario para adentrarnos y dejarnos llevar por su verdadera esencia, sin pensar demasiado, simplemente disfrutar de lo que Mary Lavin nos quiere contar, y sobre todo, de como nos lo cuenta. A grandes rasgos, En un café podría definirse como un volumen de historias en el que el costumbrismo, la critica social, la aspereza del ámbito rural y la concreción juegan un papel fundamental. Mira que he leído muchos relatos de un tiempo a esta parte, pero, creo que Lavin es una de las pocas autoras que de verdad se toma en serio eso de ir directa al grano, sin medias tintas, y lo mejor de todo, sin perder ese estilo que la hace tan interesante. Eso es lo que tiene la práctica, el tesón y el seguir una rutina de escritura constante e inamovible. O lo que es lo mismo, un sueño al alcance de muy pocos. En esta colección de relatos, al contrario que en otras, el lector sí puede encontrar un claro nexo entre ellos, un nexo que en este caso es doble: el alma irlandesa por un lado y el costumbrismo por toro. En primer lugar, Mary Lavin nos habla de la Irlanda que sus ojos han visto desde que a los diez años regresase con su familia a la tierra de sus antepasados desde Norteamérica. En sus textos no hay nada que, por ejemplo, Edna O´Brien no cuenta, o incluso, si queremos ser más comerciales, pocas cosas de las historias que Lavin nos entrega se quedaron en el tintero de Frank McCourt cuando éste decidió escribir su autobiografía novelada en Las cenizas de Ángela. Incluso hay quien, según la contraportada, ha llegado a comparar los cuentos de Mary Lavin con James Joyce, en el sentido de haber conseguido captar la esencia del pueblo irlandés. Y sí, es probable, pero también el modo en el que consigue que en sus relatos los lectores observen los grandes temas del alma humana. Sus preocupaciones, sus angustias, sus verdaderos quebraderos de cabeza en medio de una realidad que asumen pero al mismo tiempo desean escapar de ella. En otras palabras, la nada diseccionada y puesta en valor. Por otro lado, y en segundo lugar, un clásico. El costumbrismo parece ir asociado casi desde su nacimiento a la literatura irlandesa, hasta tal punto que se ha convertido en una seña de identidad inamovible dentro de lo que es la tradición. En Mary Lavin no es una excepción, no podemos hablar de originalidad en ese sentido. Sin embargo, debo romper una lanza en favor de las y los autores irlandeses con esta debilidad, pues gracias a ellos, y a la literatura costumbrista en general, podemos conocer mejor la sociedad de un país en concreto, sea de la época que sea. Algo que para mentes tan curiosas y con un ojo siempre puesto en la coyuntura histórica les parecerá una autentica delicia. En última instancia, sólo me quedaría comentar uno por uno todos y cada uno de los dieciséis relatos que componen En un café (que como siempre los hay mejores y peores). Pero en lugar de eso, me gustaría que fueseis vosotros los que, totalmente a ciegas, leáis estos relatos. De hecho, cuando mejor se disfruta En un café, y os lo digo por experiencia, es sin información previa, relajados, sin pensar en la próxima lectura. Sólo una advertencia, mi relato favorito es el que lleva por título "El testamento". Cuando lo leáis entenderéis el por qué de mi admiración. Contened la respiración.


Ya es una realidad, el mundo gira cada vez más rápido. A veces no nos damos cuenta o simplemente no prestamos atención. Nos hemos acostumbrado a posar nuestros ojos sobre una atractiva pantalla táctil que ya no levantamos los ojos al andar (yo la primera, lo cual me está empezando a preocupar), ya no somos capaces de sostener la mirada a nuestro acompañante mientras tomamos café en la mesa de cualquier bar, ya no destinamos unos minutos del día a pensar sobre nuestras cosas, ni siquiera nos sentamos en un banco a observar a la gente pasar, por el simple placer de hacerlo. Y por supuesto, en lo que a lectores se refiere, ya no nos conformamos con lo de siempre. Queremos lo último, lo más nuevo, lo que sabemos que nos va a gustar sí o sí; y si encima es rápido de leer mejor que mejor. Esta vorágine en la que las nuevas tecnologías han acabado devorándonos sin piedad han propiciado que los lectores empedernidos modifiquen sus comportamientos a la hora de escoger lecturas, o incluso alterando el patrón que durante tantos años cada uno ha seguido al pie de la letra. Que si en el sofá después de la siesta, que si en la cama antes de dormir, que si en el metro de camino al trabajo, doblando las esquinas, usando variopintos marcapáginas, o esa entrada de cine que por algún motivo es tan especial, tumbados, sentados, de pie apoyados en la pared de nuestro cuarto o sobre la barra de una cafetería cualquiera... La sociedad no sólo se está enfrentando al hecho de que cada vez más personas pasan de leer cualquier tipo de libro por culpa del teléfono móvil, también a al fenómeno "fast", que al igual que el de la comida rápida los libros son devorados a una velocidad nunca antes vista. El mercado a hablado, y las editoriales no han dudado a lo largo de los últimos años en proporcionar a ese lector ávido de historias sabrosas pero efímeras las lecturas más adecuadas. Por eso el relato, en todas sus variantes y géneros, está viviendo su segunda edad de oro. Por eso la poesía está sufriendo uno de los mayores ataques contra su esencia (señoras/es, decís que editáis poesía, pero no lo es). Por eso ya nadie es capaz de leer libros de más de 500 páginas, eso de engullir páginas y páginas de libros de Ken Follet ya es historia. Por eso el teatro, mi amado teatro, que aunque sería uno de los géneros más dinámicos y adecuados para los tiempos que corren, por desgracia, a nadie le interesa cultivarse en su lectura ni aprender de su estructura (sí, el teatro está para verlo, pero si se lee, la de cosas que una puede llegar a aprender, incluso del oficio de actriz o actor). Por eso la proliferación de un tipo de ensayo fácilmente digerible y siempre tratando los temas más candentes del momento (¿exigencias del consumidor? Sí, pero también de marketing). Teniendo en cuenta todo esto, me gustaría lanzar un consejo y al mismo tiempo homenajear a esa lectura tranquila, sin sobresaltos, sin pensar en nada más que en la historia que la autora o autor te está queriendo trasmitir. Estar atento a sus valores, críticas, el contexto histórico, estilo empleado. Paradójicamente, el relato es el género que más se disfruta de esta forma a pesar de que a día de hoy se consuma como si no hubiera un mañana. La mejor forma de leer cuentos es poco a poco, empezar, adentrarse en el primero, en el segundo si quieres y cuando te apetezca dejarlo reposar unos días, unos meses, el tiempo que necesites. De esta forma las ganas de reencontrarte con él serán más intensas y lo cogerás con más ímpetu. Mary Lavin en cada uno de sus relatos da una lección de humildad, de tranquilidad, de sosiego en tiempos de la inmediatez y el capitalismo más salvaje. Así que sigamos su ejemplo y, por favor, dejémonos llevar. En un café: introspección, evocación, sencillez, reflexión, nudos en el estómago, paisajes abismales, entornos de cuento, personajes empáticos... Un volumen que disfrutarás si consigues amoldarte a sus normas.

Frases o párrafos favoritos:

"Muchas veces me he preguntado qué habría sido de mí si no llega a ser por ella. Hay hombres que, cuando se les cierra el camino de la luz, no saben qué hacer y se meten en el de la oscuridad. Y yo era esa clase de hombre."

"E intentó sentir pena por su madre, allí sola por las noches, con toda la amargura de sus alocados sueños sin cumplir."

Película/Canción: como no podía ser de otra forma y en vistas de que no existen noticias de una posible adaptación cinematográfica de los relatos de Mary Lavin, he optado por adjuntar, como broche final, una pieza de música tradicional irlandesa. ¡Disfrutarla!


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Errata Naturae

viernes, 25 de enero de 2019

RESEÑA: Jane Eyre.

JANE EYRE

Título: Jane Eyre.

Autora: Charlotte Brontë (Tornton, Yorkshire, 1816 - Hawort, Yorkshire, 1855) fue una novelista inglesa, hermana de las también escritoras Emily y Anne Brontë. Tras ejercer la docencia en la escuela Roe Head y tras haber trabajado esporádicamente como institutriz, es enviada junto con su hermana Emily a un colegio privado de Bruselas para mejorar su francés. Las experiencias acumuladas durante el periodo que vivió en dicha ciudad, le sirvieron para plasmar la soledad, la nostalgia y el aislamiento; temas enormemente recurrentes a lo largo de su breve pero intensa literatura. En mayo de 1846, las tres hermanas publicaron conjuntamente una colección de poemas bajo los pseudónimos Currer, Elis y Acton Bell; del cual se vendieron muy pocos ejemplares. A pesar de todo, siguieron escribiendo y probaron a apostar por la novela. La primera que se publicó fue escrita por Charlotte Brontë, Jane Eyre, también bajo el pseudónimo de Currer Bell, tuvo un éxito inmediato. Mientras escribía la que sería su segunda novela, Shirley, Charlotte sufrió una grave depresión a causa de las prematuras muertes de su hermano, Emily y Anne Brontë (ambas consiguieron publicar sus respectivas novelas antes de fallecer). Sin embargo, esto no impidió que siguiese escribiendo y participando de la actividad literaria y cultural londinense. En aquellas reuniones en la capital forjó fuertes amistades, como la del escritor William M. Tackeray o de la también escritora Elizabeth Gaskell (la cual acabaría convirtiéndose en la autora de su biografía más famosa). En 1853 publicó Villette y un año más tarde se casó con Arthur Bell Nicholls, el cuarto hombre que le propuso matrimonio y coadjutor de su padre. En 1855, estando embarazada, falleció de tuberculosis a los 38 años de edad.


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: inglés.

Traductor: Elizabeth Power.

Sinopsis: dueña de un singular temperamento desde su complicada infancia de huérfana, primero a cargo de una tía poco cariñosa y después en la escuela Lowood, Jane Eyre logra el puesto de institutriz en Thornfield Hall para educar a la hija de su arbitrario y peculiar dueño, el señor Rochester. Poco a poco, el amor irá tejiendo su red entre ellos, pero la casa y la vida de Rochester guardan un estremecedor y terrible misterio.

Su lectura me ha parecido: intensa, crítica, misteriosa, intrigante, extraordinariamente romántica, con unos personajes imperfectos, lenta, deliciosa en sus diálogos, sorprendente en cuanto a ese giro que sólo las o los que la han leído entienden... ¿Que malos son los prejuicios verdad? ¿Cuántas lecturas se han perdido en el camino por culpa de ciertas ideas preconcebidas acerca de un libro en concreto? ¿Os imagináis la cantidad de lectores que no se han adentrado en esas historias llevados única y exclusivamente por las etiquetas que siempre han acompañado a estas obras, algunas de ellas de dudosa fiabilidad? Nunca me he ocultado al dar mi opinión sobre el universo Brontë, la cual voy a resumir en la siguiente frase: Cumbres borrascosas me parece un folletín romanticón, en cambio, a Agnes Grey la considero una novela más madura e infinitamente más interesante que la historia del amargado de Heatcliff y la egocéntrica de Catherine Earnshaw. Así de simple. Sus descripciones sobre el paisaje tan natural como hostil que envuelve a Los Tordos y Cumbres Borrascosas me fascina, pero salvo ese pequeño detalle, Cumbres borrascosas es un agujero negro, un libro que como lectora no disfruté tanto como esperaba. Tal vez por ello, como ya he contado en más de una ocasión, me resistí a leer las novelas del resto de hermanas. Es posible que quisiera evitar la enorme decepción que me llevé con Emily, huir de todo lo que me recordase a ella y a esos personajes tan extremos. Por fortuna, las personas cambian, muestra de ello fue mi acercamiento hace unos años al citado libro de Anne Brontë, el cual me encantó. Tras aquella gratificante experiencia, decidí darle una nueva oportunidad a Cumbres borrascosas, es posible no fuera tan malo a ojos de una persona más instruida y con la mente mucho más abierta. El intento desembocó en un nuevo fracaso, sin embargo, de su relectura extraje infinidad de cuestiones de cara a comprender mejor las relaciones entre hombres y mujeres en la época victoriana, así como el poder de la literatura para transmitir de generación en generación ciertos roles de género que aún seguimos arrastrando desde entonces. Hoy siento que se cierra un ciclo, una aventura que no pudo empezar peor, que remontó y que finalmente acabó llegando a buen puerto a pesar de los continuos altibajos. Y es que el libro que hoy tengo el placer de reseñar forma parte de la historia de la literatura universal por un motivo, motivo que he conseguido comprender a pesar de resultarme una lectura a ratos tediosa y que para seros sincera comparto plenamente. La primera novela de la mayor de las hermanas Brontë es un culebrón, sí, pero más profundo y sorprendente de lo que me esperaba. Jane Eyre: una institutriz atípica, un espeluznante patrón, un terrible secreto y una mansión, la de Thornfield, en medio de un áspero pero atractivo paisaje.


La historia de como Jane Eyre acabó en mis manos primero y en mi biblioteca particular después la he resumido perfectamente en el primer párrafo, así que no hace falta que me extienda más al respecto. Lo que si me gustaría contaros los otros motivos que me llevaron a atrasar esta lectura, a aplazarla siempre que podía, mis fundamentadas reticencias a adentrarme en la novela más famosa de Charlotte Brontë. En primer lugar, el volumen de páginas consiguió intimidarme, hasta el punto de concebir a Jane Eyre como un clásico totalmente inaccesible. Además, coincidió que por aquel entonces atravesaba un largo periodo de agobio respecto a las lecturas de más de 200 páginas. De ahí el que durante tanto tiempo sólo leyese novela corta o sobre todo libros de relatos. Algo que por supuesto se ha visto reflejado en las reseñas de los últimos meses. En segundo lugar, su sinopsis, aunque interesante, tampoco despertó mi curiosidad lectora. Os juro que hacía todo lo posible porque me resultase atractiva, atrayente, pero hasta el momento en el que Jane Eyre no reposó finalmente en mi mesita de noche, permaneció en su estante correspondiente, recogiendo polvo, sin que nadie se interesase por él. Una pena la verdad. En tercer y último lugar, había leído tantas cosas sobre la peculiar personalidad de su autora, Charlotte Brontë, que ya no sabía discernir entre lo verídico y la invención. Que si la biografía de Elisabeth Gaskell es de todo menos objetiva, que si los celos que sentía Charlotte respecto a sus hermanas era un secreto a voces, que si hay teorías (sí, las hay, y de dudosa fiabilidad) de que movida por la envidia no dudó en envenenar a sus hermanas (de ahí que ambas muriesen a tan prematura edad), que si después de la muerte de Anne Charlotte se encargó de prohibir la publicación de La inquilina de Wildfel Hall (una de las primeras novelas en las que se critica la violencia de género), que si destruyó gran parte de los poemas y demás textos escritos por Emily y Anne... Por un lado, si todo eso era cierto, no estaba por la labor de leer la obra de una celosa crónica, pero por otro, el morbo me empujaba a adentrarme al menos en Jane Eyre. ¿De verdad Cumbres borrascosas y Agnes Grey son mejor que la novela de Charlotte? De Agnes Grey no dudaba, pero en mi cabeza no concebía que Jane Eyre podía ser peor que la novela de Emily Brontë, esa que consiguió traumatizarme, hasta el punto de apartarme de la literatura de las hermanas más famosas de la literatura universal. Pero entonces llegó el día, el magnífico día en el que todo eso me dio igual y rescaté a Jane Eyre de un ostracismo casi asegurado, y encima en mi propia librería particular. Lo leí despacio, con paciencia, deteniéndome en los detalles que más me llamaban la atención. ¿El resultado? Mejor de lo que esperaba, aunque con sonoros matices.


Centrándonos en la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Jane Eyre presenta una lectura difícil de olvidar por dos motivos. El primero, por la lentitud de su trama, lo cual ralentiza el ritmo y con él el riesgo de acabar con la paciencia del lector. Sé que los libros cuanto mejor se disfrutan es yendo despacio, con calma, dejándose sorprender por lo que la autora o autor nos muestra. Sin embargo, lo que no se puede hacer es regresar al mismo asunto una y otra vez como si no hubiera un mañana, así no avanza ni la novela ni nosotros que como público deseamos disfrutar de ella. En Jane Eyre suceden cosas, muchas cosas, pero hay que saber esperar y sobrellevar los capítulos en los que no sucede absolutamente nada, pues, en cuanto menos te lo esperas, Charlotte Brontë te sorprende y te aseguro que no lo ves venir. El segundo, por fortuna y para compensar la lentitud de pulso literario, la autora reviste Jane Eyre de una prosa cuanto menos especial, deliciosa, bella y que debe degustarse plácidamente. ¿Lo mejor? Los diálogos, cargados de una intensidad ligeramente moderada, lo cual se agradece. En comparación con otras novelas que he leído de las hermanas Brontë, Jane Eyre ocuparía el segundo lugar de mi ranking, por delante de, por supuesto, Cumbres borrascosas, pero sin llegar sin embargo a desbancar a Agnes Grey, superlativa en todos los sentidos. En otro orden de cosas, me gustaría compartir con vosotros una impresión, pues me da la sensación de que Charlotte Brontë ha fusionado en Jane Eyre lo mejor de Cumbres borrascosas (o a decir verdad, lo que a ella le pareció atractivo) y lo mejor de Agnes Grey. Es decir, tengo una historia en la que tiene lugar un apasionado romance entre un hombre y una mujer, y por otro lado me encuentro con una historia en la que se narra la historia de una institutriz (con toda la crítica social que Anne Brontë decidió incluir). ¿Qué hacer entonces? ¡Muy fácil! Escribo una historia de una institutriz que vive un apasionado romance con su patrón.  Es que me imagino que ése fue el razonamiento que empujó a Charlotte Brontë a escribir y a publicar (bajo pseudónimo por supuesto) Jane Eyre, obteniendo como resultado un enorme éxito, a pesar de que en un primer momento esta novela se le atribuyese a William Thackeray (también escritor y gran amigo de Charlotte). En definitiva, podríamos estar o bien ante una escritora "vaga" o poco inspirada en ese sentido, o bien ante una genia que supo ver lo que funcionaba y plasmarlo sobre el papel. Vosotros decidís con qué versión de Charlotte Brontë os quedáis. Por otro lado, en el terreno de los personajes, de nuevo nos encontramos por un lado reminiscencias a las novelas de sus hermanas (el parecido entre el señor Rochester y el Heatcliff que Emily construyó para Cumbres Borrascosas es más que razonable), pero también atisbos de una voz propia. Ejemplo de esto último sería la construcción de su protagonista, Jane Eyre, una huérfana cuya infancia no fue especialmente agradable (con vejaciones por parte de su tía y el ingreso en un oscuro internado incluido). Hechos que contribuyeron a forjarse un carácter de todo menos fácil. Jane Eyre llega a ser por momentos insoportable, pero su fortaleza consigue que te olvides por unos minutos de su endiablado carácter. Por último, a todas aquellas personas que señalan el feminismo de esta novela, me gustaría recordarles (sin hacer spoilers por supuesto) que en Jane Eyre nos topamos con el señor Rochester, la versión manipuladora e instruida de Heatcliff, un personaje que protagoniza el giro más espeluznante de la novela, un giro que conduce a un final cuanto menos cuestionable a ojos del siglo XXI, un giro que a mi me hace dudar de que Jane Eyre sea de verdad una novela plenamente feminista. Cierto es, y eso hay que reconocerlo, que el personaje de Jane Eyre destaca por su independencia, sus ansias de libertad y su autonomía a la hora de tomar sus propias decisiones. Además de toparnos con algunas frases puestas en su boca que bien merecerían toda nuestra atención por lo feministas que resultan para el momento en el que se parió esta novela. Con esto último no pretendo disuadiros de leer este libro en concreto, al contrario, os animo a que os adentréis en ella y a que la leáis teniendo en cuenta la época en la que fue escrita, pero también con espíritu crítico. Porque prohibir no es la solución, la solución es leer, aprender de los comportamientos machistas del pasado y tratar de no repetirlos, o en otras palabras, de no reproducirlos sobre el papel en las futuras novelas que están por venir.


"La literatura no puede ser el propósito de la vida de una mujer y no debería serlo". Con estas contundentes palabras respondió Robert Southey a la propia Charlotte Brontë tras haber leído algunos poemas que ésta le había confiado para conocer su opinión. Años más tarde, Charlotte afirmó en la introducción para la publicación conjunta de las dos grandes novelas de sus hermanas que tanto ella como Emily y Anne se vieron obligadas a emplear un pseudónimo para poder tener la oportunidad de ver sus obras algún día publicadas porque "teníamos la vaga impresión de que las autoras tienden a ser consideradas con cierto prejuicio; nos dimos cuenta de que a veces, los críticos, para castigarlas, utilizan el arma de su personalidad femenina." Currer Bell fue el empleado por Charlotte, algo que durante mucho tiempo suscitó gran intriga entre los lectores, los cuales, habían devorado las más de 500 páginas de la novela, pero también sorpresa al conocer, por boca de Thackeray (a quien todos daban por supuesto la autoría de Jane Eyre) que todo aquello era falso y que la verdad, la única verdad, es que su amiga Charlotte Brontë era la verdadera autora de la obra que había fascinado a media Inglaterra victoriana. Muchos especialistas en la literatura de las Brontë aseguran que en Jane Eyre está el germen de una nueva representación femenina, más natural, más honesta, más cercana a la realidad, desprovista de todo estereotipo y por supuesto, más feminista (algo que, permítanme decir, he puesto ligeramente en duda). Pero más allá de si Jane Eyre es más o menos feminista, lo que coincido, y espero que mucha gente piense lo mismo, es en el hecho de que Charlotte Brontë sí fue feminista, al menos es lo que a su biografía se refiere. Aunque pretendientes no le faltaron, ella siempre antepuso su carrera literaria a todo lo demás, una carrera que pretendía llevar con éxito a termino costase lo que costase. Peleó por ella, se enfrentó a todo y a todos y hasta no dudó en defender su derecho a firmar con su verdadero nombre y a que las mujeres tuviesen las mismas oportunidades que los hombres a la hora de someterse a una criba editorial. De hecho, ella no se casa hasta bien entrada en la treintena, rozando la cuarentena incluso, momento en el que había conseguido labrarse una carrera y en el que había conseguido mantener una serie de amistades en la capital británica de cara a sus próximas publicaciones, publicaciones que como todos bien sabréis nunca llegaron a escribirse debido a su prematura muerte a los treinta y ocho años de edad. Jane Eyre marca un antes y un después también, y esto es realmente novedoso, en la relación con el lector. Pocas veces en la literatura nos encontramos a una protagonista desprovista de toda clase de dulzura e inocencia, cuya forma de ser choca de pleno con la de las mujeres de la época, en otras palabras, con lo que se espera de ellas. Si por ser no es ni físicamente atractiva como bien deja claro su autora en más de una descripción. Y lo más increíble de todo es que seguimos sus andanzas, sus pensamientos, sus decisiones a pies juntillas. Ya lo dijo la propia Charlotte Brontë: "Voy a crear una heroína fea, que no gustará a nadie salvo a mí". A ella y a otras mujeres que, a lo largo de todo este tiempo, han visto en Jane Eyre el cambio, a una mujer diferente, con más independencia, intransigente en ocasiones y dura defensora de sus propias ideas. La obra de Charlotte Brontë sigue despertando admiración y controversia allá por donde va, y será así hasta el fin de los tiempos. Lo que nadie puede discutur es que su autora acabó convirtiéndose, por derecho propio, en todo un referente para la causa feminista. Jane Eyre: una historia de amor tóxico, violencia de género encubierta, crítica social, misterio, largos paseos en las inmediaciones de Thornfield... Perfecta para mentes inquietas y lectores sumamente pacientes.

Frases o párrafos favoritos:

"Usted nunca ha sentido celos, ¿verdad señorita Eyre? Por supuesto que no; no es necesario preguntárselo, ya que no ha sentido nunca amor. Aún no ha experimentado ambos sentimientos: su alma está dormida, y todavía no ha recibido una conmoción que la despierte."

Película/Canción: la novela de Charlotte Brontë ha sido hasta once veces adaptada tanto al ámbito cinematográfico como al televisivo (en este último en gran parte gracias a la BBC). En esta ocasión, y aunque sé que hay interpretaciones mejores, os adjunto el tráiler de la última adaptación cinematográfica de Jane Eyre, del 2011, dirigida por Cary Fukuanga (creador de la serie True Detective) y con las interpretaciones de Mia Wasikowska y Michael Fassbender dando vida a Jane Eyre y el señor Rochester respectivamente.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

jueves, 17 de enero de 2019

RESEÑA: Las soldadesas.

LAS SOLDADESAS

Título: Las soldadesas.

Autor: Ugo Pirro (1920-2008), nombre artístico de Ugo Mattone, nació en Battipaglia, Apulia. Es conocido sobre todo por su extraordinaria y prolífica producción como guionista cinematográfico, que le valió dos nominaciones a los Óscar (Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha y El jardín de los Finzi-Contini) y la fama de cineasta contestatario y políticamente comprometido gracias a películas como La clase obrera va al paraíso u Operación ogro, sobre el asesinato de Carrero Blanco. Su experiencia como soldado durante la Segunda Guerra Mundial influyó en su temprana producción literaria, de la que forma parte Las soldadesas, su exordio como narrador. Otros títulos destacados de Pirro son Jovanca y las otras, Cinco mujeres marcadas, Frío furor y Mi hijo no sabe leer.



Editorial: Altamarea.

Idioma: italiano.

Traductor: Gerardo Mataliana Medina.

Sinopsis: Segunda Guerra Mundial, ocupación italiana de Grecia. Una misión muy peculiar rompe la alucinada monotonía de la vida militar de un joven teniente de estancia en Volos. Tendrá que ir a Atenas para recoger a un grupo de prostitutas griegas y entregarlas a las tropas italianas apostadas por diferentes puntos de la península helénica. Empieza así su viaje a través de una Grecia amiga y hostil, bella y desfigurada por la guerra y por el hambre. Un itinerario no sólo geográfico sino también interior, un periplo formativo que el joven soldado emprende niño y acaba hombre, después de haber conocido en el arco de unos pocos años el amor, la compasión, la vergüenza, el rencor y el remordimiento.

Su lectura me ha parecido: durísima, interesante, tremenda, reflexiva, sin adornos, salvaje, dolorosa, de esas que no puedes quitarte de la cabeza... Como muchos ya sabréis, uno de los temas que más de obsesionaron durante mi adolescencia fue el de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en cuanto descubrí que durante dicha contienda tuvo lugar uno de los mayores exterminios de vidas humanas, a lo que posteriormente se le conoció con el nombre de "Holocausto", no hubo quien me disuadiese durante aquel curso, a mis quince años de edad, de aprovechar cualquier oportunidad (trabajos de clase), para hablar sobre ello. Años más tarde, ya encontrándome en las aulas de la facultad de Geografía e Historia, me desencanté por completo del tema. Las causas: un profesor bastante descafeinado en sus lecciones y un hartazgo respecto a ese periodo concreto de la historia. Un hartazgo provocado, entre otras cosas, por una saturación, ya que, por si no lo sabíais, La Segunda Guerra Mundial y en concreto el Holocausto son los temas estrella que a toda o a todo interesado por la historia ha devorado, los que los alumnos (ya sean de secundaria, bachiller o universitarios) esperan con más ansia para ser abordados en clase, los que (ya sea por morbo o por verdadero interés) consiguen cambiar a las personas. Tras conocer lo sucedido durante los años que duró la contienda una ya no es la misma. Aunque con el paso del tiempo dediques tus pesquisas intelectuales a otros ámbitos, siempre acabarás regresando ahí, indirectamente incluso, pues el mundo cambió tras esa guerra, ese desembarco, esas ciudades devastadas, pero sobre todo, tras esas fotografías tomadas en Auschwitz.  Sin embargo, y a pesar de que todo parece ya contado, investigado, hablado, debatido, escuchado, verificado, fotografiado, publicado... Las y los otros protagonistas de la Segunda Guerra Mundial tienen aún mucho que decir. No me estoy refiriendo a esos grandes personajes que la historia nos ha puesto en bandeja, cuyas posaderas reposaron sobre sillas del Reichstag, la Casa Blanca o el parlamento de Westminster, sino a aquellos cuyas voces aún nos son completamente desconocidas, aquellos que, aún fallecidos, pueden arrojar luz sobre ciertos episodios de un mismo acontecimiento, distintas perspectivas de lo que todos sabemos o creemos conocer. Ejemplo de ello, como no podía ser de otra forma, es el libro que hoy tengo el placer de reseñar, cuyas páginas nos trasladan a aquellos años, a aquella mortífera guerra, pero también a un escenario (por desgracia) no tan conocido ni estudiado y a unos personajes que bien podrían haber existido. Todo ello bajo la pluma de un autor, del que hasta ese momento jamás había oído hablar, que vuelca sus experiencias como soldado en la contienda para hablarnos de la crueldad y la compasión humanas. Las soldadesas: cuando la boca del infierno se llamó Grecia.


La historia de como Las soldadesas llegó a mis manos es bien sencilla, aunque para seros sinceros, irrumpió de forma totalmente inesperada. No lo vi venir, no me lo imaginaba, ni siquiera concebía la idea de que un libro así pudiese existir. Hasta el día que la editorial Altamarea (especializada en literatura italiana) acaparó gran parte de la prensa, así como las reseñas de muchas compañeras/os de la red con esta novela, a mi la participación de Italia en la Segunda Guerra Mundial no me resultaba interesante. Ojo, que no digo que sea un episodio carente de contenido intelectual o indigno de estudiarse, al contrario, lo que sucedió es que, como a mucha gente, me interesó más en su momento lo más llamativo de esta contienda, que como todos bien sabréis, fue el régimen Nazi y todo lo que giraba al rededor suyo. Sé que suena muy típico, pero, ¿quién puede asistir impasible a unas clases de historia en las que se habla de una política que llevó el imperialismo y la intolerancia, en todas sus vertientes, a límites tan extremos? ¿Quién no se queda algo traumatizado cuando, por primera vez, la profesora habla de campos de concentración en los que se eliminaba sistemáticamente a seres humanos? ¿Qué mentes tan retorcidas fueron capaces de llevar a cabo todas aquellas atrocidades? La respuesta, todas y todos la sabemos. No obstante, y esto pasa en todas y cada una de las áreas de conocimiento en las que una o un estudiante puede especializarse una vez acabas la carrera de Historia, el mapa de los acontecimientos es basta, enorme y en ocasiones inabarcable. De ahí el desconocimiento del alumnado en algunos aspectos de nuestra historia, la falta de profundización en las distintas perspectivas (incluyendo la de género o la queer entre otras muchas) o el ninguneo respecto a ciertos episodios que, aún teniendo lugar en el mismo año que, por ejemplo, la toma de París por los Nazis, no son tenidos en cuenta. Los motivos, o bien la profesora/or no es experto en el tema o bien no lo considera importante para explicarlo. Esto fue lo que, simple y llanamente, sucedió ya no sólo con la figura de Benito Mussolini durante la guerra (al cual, por supuesto, abordamos al principio, cuando se instaura el fascismo en Italia, y no volvimos a saber de él hasta el final de la contienda, con sangrienta anécdota incluida), también respecto al papel que Italia desempeñó en la misma. Las menciones no sirven de nada, decir que Italia participó en la guerra y punto no vale si no profundizas, algo que por supuesto no se produjo. Esto impidió que, por ejemplo, pasase por alto la invasión de Grecia por parte de las tropas fascistas el 28 de octubre de 1940. Que, como consecuencia de ello, no supiera nada respecto, ni siquiera que la península helénica había estado sometida a las tropas del eje. Y en última instancia, que no me interesase por el tema, por falta de incentivación fundamentalmente, hasta que, como he comentado antes, leí la primera reseña de Las soldadesas de Ugo Pirro. Tras aquel primer contacto lo tuve claro, aquel libro no sólo me iba a ampliar conocimientos sino que iba a suplir una carencia académica que aquel joven profesor de Historia Contemporánea Universal no supo suplir. Pasó el tiempo y conseguí hacerme con un ejemplar gracias a Altamarea, ejemplar que por supuesto me bebí entero, sin pensar en el dolor que aquel brebaje me iba a provocar en el estómago y en el alma.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo, a modo de advertencia, que en Las soldadesas no hay lugar ni para contemplaciones ni para recreaciones excesivamente literarias. Quien espere de ella una lectura blandita, complaciente y que recurra constantemente a la autocensura; que se abstenga, o mejor, que lo lea tras haberse curtido en mil y un batallas literarias, con la crudeza que eso implica. Subestimar a Ugo Pirro, quien en este texto se revela como un narrador directo y de gran potencia visual, es un error garrafal, y más teniendo en cuenta que Las soldadesas no es más que la consecuencia de su experiencia en el frente. No debemos pasar por alto que Pirro fue combatiente en Yugoslavia, Cerdeña y por supuesto Grecia, escenario de esta novela y lugar al que regresa literariamente hablando. No es de extrañar que, tras el trauma de la contienda, decidiese canalizar sus sentimientos, vivencias y demás experiencias horrendas del frente de la mejor forma que sabe. A unos les dio por pintar, a otros por el cine, pero Pirro decidió que la escritura sería su modo de vida, a la vez que su vía de escape, su medicina, su terapia para sobrellevar una juventud truncada primero por el fascismo y luego por la guerra. ¿El resultado? Una carrera como guionista muy sólida, con un estilo extraordinariamente contestatario, reconocido internacionalmente y, en el caso de Las soldadesas, una prosa igual de comprometida y lacerante. Definir la obra de Pirro resulta complicado, sobre todo si una recuerda su crudeza, su fusión de géneros (pues bien podríamos estar hablando de una suerte de perversa road movie trasladada al papel), sus realistas y abrasivas descripciones, "ese momento" (del que algunas reseñas han hecho spoiler sin contemplación alguna) y los sentimientos a flor de piel que me provocó nada más finalizar su lectura, esa travesía, ese viaje a través de una Grecia hambrienta, destruida, arrasada por la guerra. Discernir entre lo verídico o la fantasía, de nuevo, para el lector más exigente se presenta como una laboriosa tarea. Mi opinión es que sí, que el joven protagonista es Ugo Pirro y que sí, efectivamente, desde los altos mandos fascistas en Grecia le ordenaron cumplir aquella insólita misión. Más allá de eso, lo que está claro es que, espero que intencionadamente, el autor buscó hablar de uno de los episodios más ignorados de la Segunda Guerra Mundial, al menos para el gran público, al mismo tiempo que mostrarnos una de las caras menos conocidas y por desgracia más desapercibidas de cualquier guerra, como fue el mundo de la prostitución, en concreto, durante la ocupación fascista de Grecia. Como bien apunta la sinopsis, el joven protagonista tiene que recoger a un grupo de prostatitas en la capital para luego repartirlas por los diferentes campamentos fascistas que se encontraban a lo largo de la península con el fin de "levantar la moral" a las tropas. Además de, en lo cinematográfico, recordarme constantemente a Apocalypse Now, y en lo literario, a un moderno Corazón de las tinieblas, lo que se desprende de esa historia es una amalgama de temas muy conocidos por el gran publico pero que aquí, en Las soldadesas, adquieren un matiz memorable. Esos paisajes destruidos que el protagonista recorre, ese hambre tatuado en los cuerpos de las meretrices de un burdel de Atenas, ese olor permanente a muerte, esa extraña y tierna relación con las prostitutas, las terribles razones por las que estas mujeres se vieron obligadas a ejercerla, la evolución de la relación del joven con una de las prostitutas llamada Eftijía (de la cual él el se llega a enamorar), las guerras por conseguir un pedazo de pan, las ejecuciones, los cuerpos en las cunetas, los niños famélicos, ese paso de la juventud a la madurez siempre de fondo, esa sensación de que estás leyendo una novela de iniciación o aprendizaje única,"ese momento" (tan fuerte como desgarrador)... Todo tiene su lugar en esta novela, dejando para la posteridad unas imágenes (pues Pirro era más guionista que novelista) que bien podrían hacernos temblar o incluso sollozar, pero también apuñalar nuestro estómago. Las soldadesas se ganó a pulso, y por méritos propios, estar en la lista de lo mejor que había leído en 2018. Espero que tras leer esta reseña no os acobardéis y me hagáis caso, ¿quién sabe? Es posible que esta lectura os haga pensar, reflexionar, descubrir que aún quedan muchas cosas por contar y que la guerra escuece, devora, aplasta, veja, amputa, viola; deja cicatrices imposibles de sanar.


En primer lugar, en el año 1942 se estableció el primer prostíbulo alemán en un campo de concentración, El de Mauthausen fue el primero, seguido del de Auschwitz en 1943 y el de Buchenwad en 1944. Fueron creados con el objetivo de crear un incentivo de colaboración para los prisioneros. Sin embargo, sus instalaciones fueron finalmente utilizadas por los kapos, funcionarios y criminales en su mayoría. Lejos de incentivar la productividad e los verdaderos cautivos, lo que provocó fue la proliferación de un mercado de cupones entre los altos mandos. Se calcula que al menos más de 34.140 mujeres fueron violadas en aquellos lugares y que la mayoría de ellas fueron trasladadas desde el campo de concentración Ravensbrück. Además de contraer enfermedades de transmisión sexual, lo cual las condenaba a una muerte segura, muchas de ellas fueron obligadas a someterse a esterilizaciones o abortos, los cuales en la mayoría de los casos provocaban su fallecimiento. El tema de la prostitución en los campos de concentración no aparece en los relatos de supervivientes hasta el año 1972, cuando se publicó la primera edición de Heinz Heger´s Book - traducido al español como Los hombres del triangulo rosa - un documento pionero narrado en primera persona sobre el internamiento de los homosexuales en los campos de concentración.  Hasta entonces, tema desconocido en la historiografía y para el gran público. Pero no fue hasta los años 90 del pasado siglo cuando las investigaciones de historiadoras de la talla de Christa Paul o Christa Schulz contribuyeron a desmontar el tabú de la prostitución femenina forzosa en dichos lugares. En segundo lugar, en 1981 salieron por primera vez a la luz los testimonios de mujeres como la coreana Lee Ok-seon, que con quince años fue raptada por el Ejercito Imperial para ejercer la prostitución. A pesar de su juventud, Ok-seon cuenta que tenía que acostarse con más de cincuenta soldados al día, o de lo contrario, recibían violentas palizas. Como ella, se calcula que más de 200.000 jóvenes procedentes de países como China, Corea, Filipinas y Japón fueron secuestradas y forzadas a ejercer la prostitución en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, en la cual Japón tuvo un papel muy activo defendiendo a las potencias del eje en el pacífico contra los Estados Unidos. Pasado el tiempo, todavía encontramos en la sociedad nipona gente que niega su existencia, revisionistas que sostienen que las barbaridades cometidas contra las "mujeres de solaz" - como comúnmente se les suele conocer - fueron una invención para menoscabar la historia japonesa. Ya van quedando menos supervivientes de la violencia sexual, y las pocas que aún viven (algunas de ellas sobrepasan los ochenta años de edad) siguen esperando una disculpa más sincera que la que recibieron en el año 2007 por parte del gobierno de Japón, además de que las promesas de compensación (tanto social como económica) se cumplan. Y en último lugar, se ha escrito mucho sobre el Día D o la Batalla de Berlín, pero hasta hace bien poco no se ha puesto el foco en contar y sacar a la luz las historias de todas aquellas mujeres que fueron violadas por las tropas aliadas por un lado y soviéticas por el otro. En cuanto al desembarco de Normandía, se estima que unas 17.000 mujeres francesas fueron violadas por soldados norteamericanos. Y en cuanto una de las últimas batallas de la Segunda Guerra Mundial, estudios llevados a cabo por el historiador británico Anthony Beevor y el testimonio anónimo de Una mujer en Berlín arrojan luz sobre una tragedia que condenó a muchas mujeres agredidas sexualmente por las tropas soviéticas a un sangrante ostracismo. Tampoco debemos olvidar que de una violación tan terrible como la que sufrió Lynne Jones, esposa del novelista Anthony Burgess, en suelo británico y perpetrada por un grupo de soldados estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial, salió una de las novelas más escalofriantes y que el cine acabó convirtiendo en un icono: La Naranja Mecánica. Una denuncia y feroz crítica al sinsentido de la violencia, una violencia gratuita que por desgracia, en muchos ámbitos de nuestra vida, hemos aprendido a normalizar. Las soldadesas de Ugo Pirro nos habla, entre otros muchos temas, de como una sociedad tan machista como la de mediados de siglo XX engendraba monstruos capaces de cometer las mayores barbaridades contra la población, en especial contra las mujeres. Pero también, y eso debe quedarnos a todas/os claro, la importancia de hablar, de escribir, de narrar. Pues si algo no se conoce, si no se menciona, si no se investiga, si permanece oculto, si nadie pone voz a los testimonios, si nadie los lleva ante las altas esferas, si nadie los da a conocer al público en... Entonces, para la sociedad, no pasó, ergo, no existió. Las soldadesas: una historia de guerra, hambre, destrucción, muerte, violaciones, prostitución forzosa, aprendizaje a golpe de realidad... La novela por la que los lectores estaremos eternamente agradecidos a Altamarea.

Frases o párrafos favoritos:

"-Eftijía, no somos enemigos... Las cosas son así... Nunca lo hemos sido... No se llega a serlo de un día para otro, no basta con una orden desde arriba para que nazca el odio en el interior. Para que crezca el odio se necesita tiempo... A veces no es suficiente ni siquiera un siglo... El amor es diferente: un chico ve a una chica y se enamora al instante... No..., no..., no hay una sola razón que justifique esta sangre..., esta hambre que os consume hasta la vergüenza... "

Película/Canción: si tuviera conocimientos sobre dirección cinematográfica y mucho dinero, estoy convencida de que llevaría esta historia a la gran pantalla. Que no os quepa la menor duda. Pero como eso no va a suceder (al menos en los próximos diez años, soy optimista a pesar de todo) os adjunto una pieza de la BSO de Zorba the Greek. Una cinta protagonizada por Anthony Quin y Alan Bates en la que la música del compositor griego Mikis Theodorakis habla por si sola. Puede que la pieza en cuestión sea demasiado alegre para lo que se narra en Las soldadesas, pero no he podido evitar recrearme en su sonido tan directo a la raíz de lo que musicalmente es Grecia para redactar la presente reseña.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Altamarea
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