Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

viernes, 22 de septiembre de 2017

RESEÑA: El cielo es azul, la tierra blanca.

EL CIELO ES AZUL, LA TIERRA BLANCA

Título: El cielo es azul, la tierra blanca.

Autor: Hiromi Kawakami (Tokio 1958) estudió Ciencias naturales y fue profesora de Biología hasta que en 1994 apareció su primera novela. Sus libros han recibido los más reputados premios literarios, que la han convertido en una de las escritoras japonesas más leídas. Kawakami es autora de novelas como Algo que brilla como el mar, Abandonarse a la pasión, Amor imperfecto, Vidas frágiles, noches oscurasLos amores de Nishino. Aunque mundialmente es conocida por El cielo es azul, la tierra es blanca.


Editorial: Acantilado.

Idioma: japonés.

Traductor: Marina Bornas Montaña.

Sinopsis: Tsukiko tiene 38 años y lleva una vida solitaria. Considera que no está dotada para el amor. Hasta que un día encuentra en una taberna a su viejo maestro de japonés. Entre ambos se establece un pacto tácito para compartir la soledad. Escogen la misma comida, buscan la compañía del otro y les cuesta separarse, aunque a veces intenten escapar el uno del otro: el maestro, en el recuerdo de una mujer que un día lo abandonó; Tsukiko, en un antiguo compañero de clase.

Su lectura me ha parecido: intensa, pequeña, frágil, gastronómica, sencilla, contundente, dolorosa, terriblemente deprimente...Queridos lectores, hay libros que enganchan, que arrasan a su paso, que conectan al instante, incluso con el lector menos leído. Los hay que impactan, que atraen, que seducen, hasta el punto de convertirse en una de esas lecturas que recomendarías a todo el mundo. Otros, por el contrario, su sola lectura hace que quieras sacarte los ojos, maldecir y lanzar el ejemplar por la ventana más cercana. Incluso existen aquellos que, precedidos de siglos de fama mundial, logran que uno se traslade directamente al pasado, viviéndolo en primera persona, extrayendo de él aquello que lo hace especial, único a ojos de la literatura universal. Pero también, y cuando ocurre es algo a lo que debemos prestar mucha atención, se editan libros duros, tremendamente duros, tan duros que duele. No hace falta que nos narren una historia extremadamente profunda, basta que el escritor o escritora en cuestión tenga las entrañas y el estilo adecuados. Sólo así, el lector que se enfrenta a este tipo de novelas acaba sintiendo dolor en las tripas y la sensación de que le acaba de pasar un camión por encima. Algo bueno deben de estar haciendo en Japón para haber creado una cantera de autores y autoras expertos en estas lides, es decir, en incomodar al lector sin desperdiciar ni un ápice de belleza estilística. A nadie se le escapa que Murakami es el escritor japonés más famoso en la actualidad, cuya carrera literaria se ha construido a base de este tipo de historias. Pero no hay que olvidarse de escritoras como Hiromi Kawakami, cuyo estilo nada tiene que envidiarle al autor de Tokio Blues o Kafka en la orilla y que hoy descubrimos una de sus obras más importantes. El cielo es azul, la tierra blanca: la compañía de la soledad.


La historia de como este libro llegó a mis manos es bien sencilla, aunque para seros sincera, llevaba mucho tiempo interesada en él. Se que es muy fuerte lo que voy a contar, pero, respecto a El cielo es azul, la tierra blanca, lo cierto es que cuando salió a la venta quedé impactada por su bonita portada, leí la sinopsis rápidamente y lo olvidé. Sí, así fue. No recuerdo exactamente qué pasó pero este libro me llamó la atención en su momento. Por un lado, si que me acuerdo que éste era un libro que estaba por todas partes, adornando los escaparates de las librerías más importantes de mi ciudad, incluso los propios trabajadores lo recomendaban a sus clientes. En aquel momento me dije que debía hacer caso a esas indicaciones y no dejarme embaucar por otros títulos que aparecían cada mes sobre los estantes, relucientes, recién salidos de la imprenta. Sin embargo, y por causas que todavía desconozco, no volví a prestar atención a este libro. Seguramente la última novedad editorial del año me tuvo ocupada, o simplemente, no aprecié lo suficiente ni a este libro ni a su autor, pues, fijaos hasta donde llegó mi pasotismo e ignorancia que yo pensé durante mucho tiempo que éste libro lo había escrito un hombre. Terrible prejuicio. Cada vez que me acuerdo de aquello me dan ganas de darme un par de bofetones. El caso es que, tras un tiempo sin escuchar hablar de él, de pronto, este mismo año, me topé con una serie de novelas japonesas muy interesantes. Las había editado Alfaguara y la verdad es que despertaron mi curiosidad al instante. Pero, y a pesar de que ya estaba apuntando sus títulos en mi interminable lista de pendientes, tenía la certeza de que uno de los títulos me sonaba de algo, de haberlo visto en otra parte, editado por otra editorial. Cual fue mi sorpresa cuando, tan sólo unas semanas después, a punto de comenzar las vacaciones de verano, en el club de lectura al que asisto desde hace relativamente poco, me encuentro con que el próximo libro a leer y comentar es El cielo es azul, la tierra blanca. Mi cara de sorpresa lo dijo todo. No podía creer que aquel libro, al que había ninguneado de esa manera y cuyo título había leído sobre la portada de aquellas ediciones de Alfaguara, fuese la lectura que ocuparía parte mis vacaciones de verano, en concreto, el último tramo de éstas. A pesar de toda esa injusta historia previa y publicada por la editorial Acantilado, lo cierto es que El cielo es azul, la tierra es blanca acabó gustándome.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que El cielo es azul, la tierra blanca presenta una lectura por un lado intensa y difícil y por el otro rápida y ágil. Es importante que nos detengamos unas líneas en hablar precisamente de lo primero, pues, en mi más humilde opinión, es lo que marca enormemente esta novela. El cielo es azul, la tierra blanca es una novela que tira de un estilo duro, un estilo que como hemos comentado al principio de la reseña, pretende lograr que el lector empatice hasta límites insospechados con la historia, una historia que por el otro lado resulta bastante deprimente y triste. Con personajes particularmente inadaptados socialmente y cuyos dramas personales traspasan la barrera entre novela y lector, haciendo que éste último experimente los mismos sentimientos. Por otro lado, algo que empieza a ser un mantra en la literatura japonesa, el respeto a la belleza literaria y a ese estilo delicado, tan delicado que crees que se va a desvanecer en cualquier momento. De ahí el gran contraste: depresión extrema mezclado con un estilo que no renuncia a la calidad literaria. Se que es un tipo de libro que muchos viviríais con mucha intensidad, tanta que entendería a quien me diga que no le gusta pasarlo mal con un libro. Pero queridos lectores y lectoras, si de verdad queremos conocer lo que se está haciendo en otras partes del mundo, es necesario conocer entre otras cosas su literatura, y con ella a sus autores y sus historias. Centrándonos en la historia, la verdad es que no nos topamos con la historia más profunda psicológicamente del mundo, es más, su premisa es sencilla, y en ocasiones, la sencillez vale más que cualquier otro barroquismo. Esta es la historia de dos personas cuya experiencia personal y forma de ser es tan extraña como perturbadora. La soledad forma parte de sus vidas, de forma permanente, y ambos se sienten atraídos el uno hacia el otro precisamente por eso, por tener ese terrible sino en común. No existen segundas personas, como tampoco personajes lo suficientemente relevantes como para forjar ese encuentro. Son ellos mismos los que sienten la necesidad del uno hacia el otro. En relación a esto cabe comentar que ambos, tanto Tsukiko como el Maestro tienen personalidades muy para adentro, tan introspectivas, tan retraídas en si mismos, tan escuetos, que todo ello contribuye a que el lector no le quede más remedio que compadecerse de ellos, desearles que la vida les vaya mejor, que salgan de ese pozo sin fondo en el que se encuentran. Seguidamente, El cielo es azul, la tierra blanca se podría considerar una novela gastronómica, pues, la comida juega un papel fundamental dentro de la trama. Durante los encuentros que ambos personajes establecen, los elementos más importantes de la gastronomía japonesa están presentes, como articuladores en las conversaciones o formando parte de las mismas. De alguna manera constituye la excusa para que ambos encuentren puntos en común. Finalmente, y antes de dar paso a la pertinente reflexión final, temas como el peso del pasado, de las decisiones que uno toma a lo largo de la vida, la formación escolar, el erotismo o la familia son algunos de los temas que también aparecen con mayor o menor intensidad en este relato de penas ahogadas en una botella de sake.


Si algo predomina sobre las páginas de El cielo es azul, la tierra blanca es una abrumadora presencia de la soledad en todas sus formas y concepciones. La soledad de quien se siente perdido y que sobrevive al día a día sin un rumbo fijo. La soledad de quien pierde inesperadamente a un ser muy querido. La soledad del incomprendido por su familia. La soledad del que ha decidido hacer su vida sin esperar nada a cambio. La soledad de la vida pasar frente a la barra de una taberna. La soledad producto de haber dejado a demasiada gente en el camino. La soledad ante la incapacidad o dificultad de abrirse a los demás. La soledad de una eterna, a la espera de que ese buen recuerdo regrese de nuevo para que todo vuelva a ser como antes. La soledad del inadaptado, de quien no se siente a gusto con el tiempo en el que le ha tocado vivir. La soledad ante la falta de perspectivas en el ámbito profesional y personal. La soledad de quien implora ayuda sin que nadie acuda en su rescate, sin que nadie la escuche. La soledad de quien ha decidido estar solo o sola...En definitiva, como habéis podido comprobar, en la novela aparecen infinidad de tipos de soledad. Nos puede gustar o no, incluso habrá quien quiera negarlo, pero la soledad no es un problema en si mismo cuando ésta es escogida libremente. Actualmente, en un mundo híper conectado y en donde las relaciones sociales han experimentado un enorme cambio gracias a las nuevas tecnologías y a las redes sociales, parece que quien no publica cada día una foto con sus amigos en el Facebook o en el Twitter tiene vida social, ni amigos, en otras palabras, que resulta una persona asociable a ojos de la sociedad, una sociedad cada vez más superficial por cierto. Cuesta encontrar a quien no piense de esa forma, e incluso a quienes no asocien la cantidad de amigos que tienes en Instagram con una vida socialmente activa. La realidad, en la mayoría de ocasiones, puede ser muy diferente a lo que se refleja en las redes sociales, pues los likes no son la receta de la popularidad y son numerosas las personas que acaban siendo las víctimas de su propia y supuesta "felicidad virtual". Por eso, y porque en ocasiones el ser humano la necesita con urgencia, las personas escogen la soledad como modo de evasión y de descanso de todo este despropósito cibernético. Es cierto que es agradable estar en compañía de alguien de confianza, pero también hay quienes se las apañan y viven perfectamente en soledad. Debemos despojar a la soledad de esa interpretación patológica que le ha agregado la sociedad a lo largo de la historia. En el caso de El cielo es azul, la tierra blanca descubrimos a dos personajes que viven la soledad, y es cierto, el lector encuentra la soledad de estos personajes terrible, pero sólo a través de ella logran encontrarse, confesarse, y finalmente, amarse. No hay que obligar a nadie a vivir en soledad, pero tampoco a despojar de ella a quien la desee. El cielo es azul, la tierra blanca: una historia de amor, comida, encuentros reconfortantes, recuerdos dolorosos, fragilidad...El maridaje perfecto entre sencillez e intensidad.

Frases o párrafos favoritos:

"En noches como esta, abro el maletín del maestro. En su interior no hay nada, sólo un vacío que se extiende. Un enorme vacío que crece sin parar."

Película/Canción: como no hay noticias al respecto, os he adjuntado la pieza de BSO que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña. Gran película, espero poder leer pronto el libro.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

5 comentarios:

  1. Pues hubiera dejado pasar este libro, pero desde ahora no. Si me topo con él, se viene conmigo.
    Besotes!!!

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  2. se esta haciendo una muy buena literatura en japón, pero es que no se que pasa allí que casi todo lo hacen bien.
    una reseña excelente con una reflexión pertienente aunque me gustaría añadir que a veces, en este mundo hiperconectado, realmente el que esta solo es el más vida social cree tener, pegado a una pantalla.
    excelente reseña

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  3. hola! muy linda propuesta la que nos traes, y tus comentarios magnificos, la buscaremos y contamos! gracias por la reseña, saludosbuhos.

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  4. Qué maravilla de libro. Es más, que maravilla de editorial que arriesga sus euros en libros difíciles de autores poco conocidos, pero que tienen un plus de belleza que precisa la sociedad.

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  5. Hola!
    Acabo de terminar el libro y lo tengo pendiente de reseñar en mi blog. Soy una enamorada de la literatura japonesa, este libro es la seguna vez que lo leo. Hace varios años que descrubí el libro y esta vez, me ha vuelto a sorprender gratamente. Dos seres incompletos que se encuentra por casualidad....Me ha encantado!!

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