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"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

martes, 16 de abril de 2019

RESEÑA: Fisiología del funcionariado.

FISIOLOGÍA DEL FUNCIONARIADO

Título: Fisiología del funcionario.

Autor: Honoré de Balzac (Tours, 1799-París, 1850) es autor de una de las obras más extensas e influyentes de la literatura universal; está considerado como uno de los fundadores de la novela moderna y un extraordinario observador de la naturaleza humana. En Fisiología del funcionario, describe con precisión de cirujano el mundo de la administración parisina del siglo XIX. Balzac nos muestra su gusto por las clasificaciones y taxonomías, que son uno de los elementos fundamentales de su obra La comedia humana. (Fuente: Editorial).


Editorial: Mármara.

Idioma: Francés.

Traductor: Hugo Savino.

Sinopsis: En su particular anhelo por cambiar el mundo a través de la literatura, en esta Fisiología del funcionario nos encontramos con un Balzac desconocido; convertido ahora en un panfletista incisivo y virtuoso que nos descubre el funcionamiento de la administración. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Divertido, irónico, mordaz, completo, detallista, crítico, libre, a ratos desternillante, una lectura de bolsillo de verdad... Si en este país existe una profesión al rededor de la cual se han construido infinidad de estereotipos, convirtiéndose de este modo en objeto de burla o de una imagen preconcebida, esa es sin duda la del funcionariado. Desde los que mantienen el hecho de que éstas y éstos no hacen nada durante su jornada laboral (a parte de percibir su salario todos los meses), así como los que directamente les desprecian por considerarlos una especie de clase privilegiada dentro de la jerarquía laboral (sobre todo en periodos de dura crisis económica). La realidad, queridas y queridos, dista mucho de lo que dichos tópicos nos han inculcado en el imaginario colectivo y popular, ya que para llegar a serlo hay que estudiar una oposición (algunas de ellas extraordinariamente duras), oposiciones que, por supuesto, no se suelen convocar muy a menudo. Este proceso puede llevar años de mucha incertidumbre, impotencia, rabia, desgaste intelectual y mucha paciencia. Cuando se consigue superar la prueba, toca el momento de la asignación de plaza, momento en el que nunca llueve a gusto de todos, ya que sólo las y los primeros en la lista (los que mayores notas sacan) son los que tienen más posibilidades de optar a esa plaza deseada (en tu propia ciudad, en tu propio barrio, en tu propia calle, asociada al ámbito en al que tanto ansías pertenecer...). Mientras que el resto, tienen que contentarse con la que les toca, porque no tienen más remedio, resignándose a soportar largos trayectos en bus, tren o directamente sucumbir la necesidad, que no deseo, de mudarse al lugar al que tienes que acudir según tu plaza concedida. La vida no es justa, como acabamos de comprobar, tampoco lo es para las y los funcionarios. Por eso, el humor inteligente y afrancesado siempre viene bien, aunque sea para templar los ánimos, aunque sea para combatir y soportar toda clase de mofas con, irónicamente, más mofas.

   En Fisiología del funcionario (un pequeño panfleto literario de cuya existencia una servidora ignoraba) y que acabó en mi estantería gracias a una breve pero ardua incursión en la literatura de Balzaquiana. Si no hubiera leído Memorias de dos jóvenes esposas, tal vez no hubiese aceptado el reto de reencontrarme con ese monstruo de las letras francesas al que todos temen y adoran al mismo tiempo. Mi relación con el realismo es verdaderamente paradójica, ya que lo adoro desde el punto de vista histórico pero lo temo desde el ámbito más mundano, el de lectora común. De hecho, hay países en que en lo que a realismo se refiere, para mi están vetados por el momento. Rusia y prácticamente la mayoría de sus escritores del XIX me resultan abrumadores, hasta el punto de sentir verdadero terror a adentrarme de nuevo en algunas de sus novelas (aún me dura el trauma que cogí por culpa de Guerra y Paz). Y aunque he dado pasos importantes al respecto, como leer Primer amor de Turguénev, todavía no me atrevo con los Dostoyevskis y por supuesto con los Tolstóis. Y es que la única novela rusa considerada realista no era exactamente cien por cien rusa, sino más bien francesa, de la cuerda de Flaubert, cuya Madame Bovary marcó un antes y un después en mi educación lectora y en mi relación con los clásicos. Sin embargo, no todos los escritores realistas franceses eran Gustave Flaubert ni sus heroínas se parecían a la compleja Emma Bovary. Por eso existe Zola (padre del naturalismo y autor que todavía se me resiste) y por supuesto Balzac, cuya sombra se extiende más allá de la literatura. La lectura de Memorias de dos jóvenes esposas me impresionó, me descubrió a un autor capaz de moverse como pez en el agua dentro de la psicología femenina de la época, pero también, conocí una forma de escribir tan compleja que en ocasiones estuve tentada de abandonar su lectura. La relación del lector con el realismo es así: o lo amas o lo odias. Por fortuna, existen términos medios, y Fisiología del funcionario es un buen ejemplo de ello.

   Como he comentado antes, Fisiología del funcionario es un panfleto (pero también podría tratarse de un folleto informativo, de una sátira vendida por entregas o simplemente de una obra menor dentro de la extensa producción de Balzac). Y como buen panfleto, folleto, sátira u obra menor no busca tanto impresionar al lector con la riqueza de su lenguaje (algo que si consigue en la época actual), sino causar impresión para ser leído con ímpetu, ganas, curiosidad y sobre todo con rapidez. Sorprende que el lector actual, el del siglo XXI, digiera tan bien un texto que vio por vez primera la luz en el año 1841. Y no es para menos, ya que su tema (el de la jerarquía dentro del universo y ecosistema del funcionariado) nos es conocida. No somos unas o unos expertos en el tema, pero muchos conocemos al menos a un funcionario o funcionaria. La persona que nos ha renovado el carnet de identidad, la que nos ha soportado de adolescentes en cualquier aula de cualquier colegio público, la que tramita nuestros datos a la hora de pedir una ayuda o solicitar alguna beca al estado, la que permite que muchos amantes de la lectura podamos pedir prestados libros de la biblioteca... Existen tantos ejemplos que prácticamente es imposible contarlos con los dedos de las dos manos. Basándose en esa suposición, la que dice que todas y todos sabemos de la existencia del funcionariado y su papel en nuestra sociedad, Balzac construye de la forma más irónica y refinada posible la descripción de su jerarquía.

   Mediante apartados, el autor francés nos desgrana sus características, curiosa jornada laboral así como cuestiones tan importantes como el sueldo, y demás curiosidades variopintas como los días de fiesta, sus rivalidades, su dieta, su estado civil, las veces que practican sexo a la semana, los entresijos de su lenguaje administrativo, sus inclinaciones políticas, sus respectivas viviendas las cuales varían dependiendo del rango del funcionario en cuestión, el número de hijos, su inclinación atea o religiosa, su nivel de "aborregamiento" según el puesto de responsabilidad e incluso dedica un capítulo entero a describir las características pormenorizada de un despacho usado con fines públicos. Cual rana a punto de ser diseccionada por un científico en pos del descubrimiento, el intelectualismo y la ciencia. Todo ello, por si ya no fuera suficiente, acompañado de axiomas (los cuales podemos encontrar al final de casi todos los capítulos), perfectamente numerados y que acaban por redondear el discurso expuesto en dicho apartado del libro. Éstos, los axiomas, junto con las quisquillosas descripciones, son tal vez lo más divertido de este texto, los cuales, en ocasiones, esconden grandes dosis de mala leche además de enormes verdades ante las que el lector no puede evitar arrodillarse y aplaudir hasta que le escuezan las palmas de las manos. Mención a parte merecen las cómicas y originales ilustraciones de Luis Joseph Trimolet que acompañan a la presente edición. En este caso no sólo cumplen la función para las que fueron creadas, la de ilustrar al lector de lo que Balzac está hablando, sino que además, su carácter sencillo tirando hacia lo grotesco acaban por evidenciar la provocativa esencia del libro en cuestión.

   La originalidad de su punto de vista (más próximo al de un biólogo que diserta sobre una nueva criatura descubierta en el reino animal) así como su tronchante y agudo estilo convierten a Fisiología del funcionariado en un texto atemporal, vivo, actual y que nos demuestra dos cosas. La primera, lo poco que, en cierto modo, ha cambiado la percepción que tiene la sociedad del funcionario, tanto del sistema que lo engloba, como de su jerarquía así como de las labores que éste tiene que ejecutar. Las cosas han evolucionado, ya no hablamos sólo de funcionarios, sino también y por fortuna, de funcionarias, por no hablar de que las condiciones laborales y salariales distan mucho de las de aquellos 40.000 funcionarios de los que Balzac habla en su libro. Pero sin duda, la imagen que todos asociamos del funcionario de manual no dista mucho de la que Balzac se burla. Y la segunda, que desde el siglo XIX el ser humano no ha cambiado ni un ápice en el terreno del humor. Todavía seguimos haciendo chistes de todas las profesiones habidas y por haber, sobre todo en España, país en el que nos hemos reído de todo y de todos. En tiempos donde la libertad de expresión está más cuestionada que nunca, merece la pena retornar a los clásicos, de la literatura también, para respirar entre tanto humo. Está claro que hay chistes que no deberían seguir haciéndose (por cuestiones de raza, condición sexual o por su importante carga machista), sin embargo, y tras leer Fisiología del funcionariado, me gustaría romper una lanza por Balzac, homenajearlo, rendirme ante su genialidad. ¿Y qué mejor forma de hacerlo que regalándole un ejemplar a esa funcionaria o funcionario que se sienta a tu lado en las reuniones familiares? Sí, a esa o ese que trata de venderte el trabajo en la administración pública como lo mejor del mundo, esa o ese que trata de convencerte para que te pases los próximos años de tu vida estudiando una oposición cuando, en realidad, tus planes de vida y de futuro van por otros derroteros. Tal vez, de esta forma las conversaciones sobre la rutina de los funcionarios fuesen menos aburridas. Os lo dice una servidora, a cuya mesa se sientan, por el momento, dos funcionarias. ¡Suficientes!

   Fisiología del funcionariado: un texto sobre estereotipos, humor ácido, descripciones cuasi científicas, tareas sin fin, clases sociales dentro de la jerarquía, privilegiados, intermediarios, pobres desgraciados con sueldos aceptables... El manual definitivo, y divertido, sobre la profesión.

Frases o párrafos favoritos:

"El escritorio es la cáscara de funcionario. No hay escritorio sin funcionario ni funcionario sin escritorio."

Cortesía de Mármara Ediciones 

1 comentario:

  1. He leído cosas de Balzac pero no había leído este, gracias por la reseña. Un beso

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