Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

viernes, 22 de marzo de 2019

RESEÑA: Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins.

MARY POPPINS
VUELVE MARY POPPINS

Título: Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins.

Autora: "P. L. Travers, preudónimo de Helen Lyndon Goff (1899-1996) nació en Australia, si bien en 1925 se trasladó a Inglaterra, donde adaptó su nuevo nombre y residió el resto de su vida. Admiradora de James M. Barrie - creador de Peter Pan -, fue una mujer de fuerte personalidad y temperamento independiente cuyo carácter vivo y curioso la llevó a viajar por buena parte del mundo. Además de ser la creadora de Mary Poppins, la niñera más famosa de la literatura, también fue actriz de teatro, periodista y autora de poemas que vieron la luz en revistas como The Bulletin o Traid. Así mismo, Travers participó en la famosa adaptación musical de Disney en calidad de asesora de producción." (Fuente: Alianza Editorial).


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: inglés.

Traductor: Borja María Bercero.

Sinopsis: "popularizados en todo el mundo por la versión cinematográfica que de ellas hiciera en 1964 Walt Disney, las aventuras de Mary Poppins son un clásico de la literatura infantil y juvenil. Con todo, a través de la singular institutriz, P.L. Travers dio vida a un personaje a caballo entre el hada buena de cuya protección y virtudes todos hemos deseado gozar, en nuestra fantasía, alguna vez, y un espíritu más misterioso que, por sus poderes, parece estar arraigado en el sustrato mismo de la Naturaleza. El presente volumen reúne las dos primeras novelas de la serie - Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins - junto con las ilustraciones que para la primera edición de la obra hizo Mary Shepard." (Fuente: Alianza Editorial).

Su lectura me ha parecido: mágica, original, bien estructurada en cuanto a su primera parte, algo más caótica en cuanto a la segunda, interesante, a ratos tierna, extraordinariamente diferente... ¿Quién todavía tiene vivo en su memoria el recuerdo de una mujer sobrevolando con un paraguas y un bolso de flores sobre el oscuro cielo de Londres? ¿Quién no ha deseado, en esos días de viento intenso, poder volar sobre las nubes? ¿Quién no ha buscado por los tejados a los saltimbanquis deshollinadores? ¿Quién no ha soñado con meterse, de un salto, en el interior de un dibujo pintado a tiza sobre el sucio suelo? ¿Quién no se ha sorprendido tarareando o directamente cantando alguna de sus pegadizas canciones? ¿Quién no es capaz de soltar de carrerilla "supercalifragilísticoespialidoso" sin fallar ni una sola palabra? ¿Quién no ha sentido rabia cuando el Señor Banks le obliga a su hijo, Michael Banks, a depositar un penique en el banco en lugar de dárselo a la mujer de las palomas? ¿Quién no se acuerda de la mujer de las palomas? ¿Quién no sabe que con un poco de azúcar la vida se ve de otra manera? ¿Quién no querría pasarse los días levitando como el Tío Albert? ¿Quién no habría deseado observar desde el catalejo del Almirante Boom la Calle del Cerezo? ¿Quién no se ha partido de risa con los momentos delirantes protagonizados por las criadas Ellen la Sra Brill? ¿Quién no ha sentido una punzada en el corazón con la escena de las cometas, justo en la que el inquebrantable Señor Banks, tan adulto y responsable, vuelve a ser niño por unos instantes? ¿Quién no ha sentido ternura por Jane y Michael Banks, especialmente cuando detallan a sus padres, punto por punto, las razones por las que deberían contratar una niñera? ¿Quién no ha querido ser alguna vez Bert? ¿Quién no se ha visto contagiada/do por su perenne vitalidad y sentido del humor? ¿Quién no ha deseado tener el poder de ordenar su cuarto con sólo chasquear los dedos? ¿Quién no ha deseado subir las escaleras sentado en la barandilla? Y la gran cuestión: que levante la mano quien haya visto esta película de la factoría Disney como mínimo unas diez veces, la mayoría de ellas durante la infancia. Si es que somos animales de costumbres, y con lo que nos gusta todavía más. Ahora bien, ¿qué pasaría si os dijera que la niñera más famosa de la literatura no es, sobre el papel, como vosotros os la imaginabais? ¿Y si Julia Andrews estaba interpretando una versión más edulcorada de ésta? ¿Y si el libro no se corresponde al 100% con nuestros recuerdos cinéfilos? Esta claro que no se puede tener todo en esta vida, y menos en lo que a nuestros tótems infantiles se refiere, pues corres el riesgo de decepcionarte o de ver, a partir del momento en el que descubres su verdadera esencia, ese personaje o esa película con otros ojos. Y esto último es justo lo que, a mi particularmente, me ha sucedido con ella, con la gran Mary Poppins. Una niñera mágica, sí, pero de su tiempo.


La primera vez que vi la película de Mary Poppins quedé completamente fascinada. Era incapaz de apartar la mirada del televisor. Recuerdo con especial cariño las escenas en las que las personas de carne y hueso interactuaban con auténticos dibujos animados o la de los deshollinadores saltando de tejado en tejado en un frenético y divertido baile. Para mi, una de las más memorables del film. Adoraba a Mary Poppins, pero creo que en su momento empatizaba más con Bert (¡grandioso Dick van Dick!), que era todo alegría, diversión, optimismo y jolgorio; el contrapunto perfecto en una historia en la que Julie Andrews, Mary Poppins, representaba una felicidad más contenida con un toque de responsabilidad debido a su trabajo. Alucinaba con las caras de sorpresa de Jane y Michael Banks, los niños a los que Poppins cuida (¡abrían tanto la boca!), me reía con las criadas (tan serias y a la vez tan desternillantes), con ese hilarante Tío Albert (todo un señor personaje), con  el Almirante Boom (cuyos cañonazos provocaban más de un terremoto en el número 17 de la Calle del Cerezo) y con la decrepitud de los banqueros (uno de ellos, el dueño del banco, era incapaz de tenerse en pie sin ayuda). Por no hablar del Señor Banks (el personaje que más odiaba de pequeña) y la Señora Banks (¡que era sufragista y yo sin saberlo a mis cinco años de edad!) cuyo papel en la película es meramente anecdótico. En definitiva, creo que todas y todos, o al menos una gran parte de mi generación, ha crecido con los clásicos infantiles de Disney, entre los que no podía faltar las aventuras de la niñera inglesa. De un tiempo a esta parte, y tras dedicarle un necesario visionado una vez tuve la madurez suficiente como para darme cuenta de que el Señor Banks es un personaje más profundo de lo que parece y de la escandalosa crítica a la figura de la sufragista personificada en la Señora Banks (sus movimientos mientras canta "Socia Sufragista" así como su actitud cómica y despreocupada respecto a sus hijos configuran una imagen peyorativa y ridícula de uno de los mayores movimientos sociales de la historia), he llegado a la conclusión de que Mary Poppins es una de las películas que más ha marcado mi infancia. Todavía a día de hoy me sorprendo canturreando o tarareando alguna de sus pegadizas y maravillosas canciones. Sin embargo, muy pocos de los que disfrutamos de ella, sabíamos que se trataba de una adaptación, y que por tanto, existía no sólo un libro, sino ocho en total. Toda una saga dedicada a aquella niñera que volaba y hablaba con los animales. A pesar de ello, nunca sentí la necesidad de aproximarme a ella a través de los libros de P. L. Travers (de nuevo, una autora condenada a esconderse tras un pseudónimo y unas siglas para poder publicar). Tenía a Mary Poppins en un pedestal y temía que los libros pudieran producir grietas en él. Pero entonces llegaron las navidades de 2018, y con ellas, una nueva película de la niñera mágica (película que por cierto aún no he visto). Algo que desde Alianza Editorial no quisieron dejar escapar, por lo que acabaron, coincidiendo con su estreno, reeditando y publicando un volumen con las dos primeras entregas de la saga: Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins (con las ilustraciones originales incluidas). Y en ese momento, como muchos ya habréis adivinado, no pude resistirme. Una vez en mis manos y en mi estantería, esperé al mejor momento para acercarme a él, justo después de una de esas lecturas que te rompen por dentro. Tardé más de lo que habría imaginado en leerlo, de hecho, lo dejé reposar entre parte y parte. Obteniendo como resultado, no sólo una experiencia más sosegada, sino una perspectiva más amplia y analítica sobre este clásico de la literatura juvenil.


Antes de adentrarme en la reseña propiamente dicha, me gustaría hacer una advertencia. Quien piense que el libro es igual que la película esta muy equivocada/do. No hay ni una sola adaptación cinematográfica fiel al producto original en el que ésta se inspira. Ni una. ¿Por qué? Muy fácil, porque el lenguaje literario y el cinematográfico son muy diferentes a pesar de sus puntos en común. Una película puede captar a la perfección el paisaje, la intención de la autora/or, el mensaje que el libro quiere transmitir, la psicología de los personajes e incluso saber reproducir con gran exactitud pasajes que podemos leer sobre el papel. Sin embargo, la mirada de la directora/or, así como la limitación del tiempo (¿os imagináis, por ejemplo, una adaptación cinematográfica de Los Pilares de la tierra fiel al libro? No, ¿verdad? Yo tampoco, y ya me cuesta creer que Rydley Scott lo consiguiese condensar en una miniserie de ocho episodios) son dos de los aspectos que provocan que una adaptación cinematográfica nunca sea a gusto de todos. Este es el caso de Mary Poppins, aunque para ser más sincera, la versión de Robert Stevenson dista mucho del libro, pero muchísimo. La verdad es que nunca he sido de las que ahonda en las diferencias entre X libro y la película, en el caso de que ésta exista por supuesto. Sin embargo, y teniendo en cuenta su magnitud (pues creo que estamos ante uno de los muchos ejemplos de cintas que devoran al libro) no lo puedo prometer. Para empezar, en cuanto a su lectura, diremos que ésta se hace amena, entretenida, aunque contiene una cierta dificultad. Y es aquí, en este punto precisamente, donde reside una de las mayores críticas que se le puede hacer a la novela de Travers. Tanto Mary Poppins como Vuelve Mary Poppins no son novelas al uso, sino un conjunto de pequeños relatos que la autora ha decidido juntar para construir lo que hoy podemos leer y tener en nuestras estanterías. De hecho, da la sensación de que éstos fueron escritos por separado, e incluso me atrevería a decir que en diferentes momentos. ¿Entonces es un libro de cuentos? No, pues a pesar de su independencia (pues Travers nos narra pequeñas aventuras que Mary Poppins vive sola,  junto a los hijos de los Banks o acompañada de otros personajes, cada cual más loca, surrealista y divertida) hay un hilo que los guía, lo que permite que evolucione al calificativo de novela, dotándola además de una coherencia argumental a pesar de esa explosión de fantasía. Esto es lo que sucede en Mary Poppins y que personalmente echo en falta en Vuelve Mary Poppins, en donde ese hilo, ese conducto, ese nexo es más invisible, y por tanto, las historias que se narran son un tanto inconexas. Si Mary Poppins es el orden dentro del caos, Vuelve Mary Poppins es la anarquía sin un sentido claro. En cuanto a lo que se nos narra, especialmente la primera parte, difiere bastante de la adaptación cinematográfica. Si bien hay escenas memorables que en aparecen en la novela (como la visita al Tío Albert o la importancia de la mujer de las palomas, aquí de los pájaros), la mayoría de historias se pasaron por alto. No obstante, si hay un detalle en particular que yo destacaría al respecto es la diferencia entre la Mary Poppins de Travers y la Mary Poppins de Julie Andrews (o de Disney). En el libro, Travers crea una protagonista menos entrañable, más seca, antipática y hasta estricta. En otras palabras, más pegada a la realidad de su época, en la que las institutrices inglesas respondían a esos estereotipos. De hecho, sólo hay un momento en todo el libro en el que creo que podríamos encontrar a esa Mary Poppins que tanto adoramos, y es en la escena en la que se encuentra con Bert. Ahí podemos casi observar un atisbo de sonrisa. Sin embargo, la riqueza de esta lectura reside en otros detalles que en la película pasaron completamente por alto, como son, por ejemplo, el origen de los poderes de la protagonista y la explicación a su forma de ser. Y la respuesta no puede ser más nostálgica y hermosa. ¿Es mejor el libro que la película entonces? No sabría que deciros. Personalmente ha supuesto una especie de shock, pero la novela no es ni mejor ni peor, es simplemente diferente, ni más ni menos. Creo que, en este caso en particular, se debería dar una oportunidad a su lectura, ya que son muchos los aspectos desconocidos para el gran público que merecerían conocerse respecto del personaje de Mary Poppins. Y por favor, olvidaos de la versión de Disney cuando lo leáis. Sé que es difícil, que el "supercalifragilísticoespialidoso" es un recuerdo muy poderoso, pero intentadlo, sólo así podréis disfrutar de esta lectura. Seguid mi consejo, por vosotros y por la verdadera Mary Poppins.


Es posible que La Cenicienta sea, con total seguridad, la película que mas veces he visto durante mi infancia, y curiosamente, de la que guardo menos recuerdos (salvo, obviamente, ese inolvidable "Bibidi, Babidi Bum que aún sigo tarareando a mis 26 años de edad). Aunque para películas imprescindibles, Lo que el viento se llevó, ese interminable pero maravilloso clasicazo del siglo XX que, habiéndolo visto muy pocas veces, consigo evocar en mi memoria sin demasiada dificultad. Como podéis comprobar, todas y todos tenemos productos culturales idealizados. Ya sea porque nos han acompañado durante la infancia, o porque han irrumpido en un momento clave de nuestras vidas. Sea como sea, el caso es que al nombrarlo, releerlo o visionarlo de nuevo, consiguen transportarnos directamente a esos instantes que, por un motivo u otro, quedan alojados en la memoria para siempre. Sin embargo, y pasado un tiempo, cuando la madurez llama a la puerta para asentarse en el sofá de la vida, la mirada que tenemos sobre dichos productos culturales puede cambiar o incluso mostrarse reticente a dichos cambios. Nadie ha dicho que fuera fácil asumir que, por ejemplo, la Cenicienta no tuviese más ambiciones que las de casarse para poder salir del infierno en el que su madrastra le tenía sumida. O que Bella, tan lectora e inteligente, acabase casándose con su captor. O que películas como Forest Gump o la saga Rambo fuesen una visión simplona y patriótica respectivamente de la Guerra de Vietnam. O que Grease, sí, esa película que muchas y muchos tenemos entre nuestras imprescindibles, tenga uno de los finales más machistas de la historia. O que El Rey León, además de ser una adaptación del inolvidable Hamlet de William Shakespeare, contuviese una escena (la de Scar con las hienas desfilando) cuya semejanza con algunas partes de El triunfo de la Voluntad de Leni Reifenstahl sea tan clamorosa. ¿Y qué me decís de Harry Potter? Esa saga de libros y de películas que ha marcado a toda una generación repleta de lagunas argumentales por culpa de una autora a la que no le importa saltarse el canon cada dos por tres en favor de la trama (algo que, en Animales fantásticos, adquiere proporciones realmente grotescas y escandalosas). ¿Y qué pensáis de mi idolatrada Lo que el viento se llevó? Repleta de racismo y clasismo. Esos mismos sentimientos encontrados los experimentarían, muy probablemente, los fans de Woody Allen (tras conocer su polémica vida películas como Annie Hall no se vuelven a ver de la misma forma), los de Shakespeare in love (cuyo productor no es otro que el malogrado Harvey Wenstein) o los del cantante Michael Jackson (a quien el controvertido documental Living in Neverland está perjudicando económicamente aún después de muerto). Son muy pocas y pocos los que aún les cuesta creer que, en el mundo de la literatura, Pablo Neruda violase a una camarera de piso, que Cortázar ocultase el talento literario de Aurora Bernárdez (la que fuese su compañera sentimental durante gran parte de su vida) o que Lewis Carroll tuviese una obsesión con Alice Liddell, la niña que inspiró Alicia en el país de las maravillas. Esos son sólo ejemplos ilustrativos de nuestros constantes debates internos respecto a algunos libros o películas que, con el paso del tiempo, no han conseguido sobrevivir a la crítica, totalmente justificada en muchos casos, que lanzamos desde el siglo XXI. Lejos de prohibir su lectura o visionado, lo que deberíamos hacer es aceptar que, nuestros héroes pueden ocultar un monstruoso secreto, que esa película que creíamos tan perfecta a lo mejor es más machista de lo que parece o que ese libro tan inolvidable tal vez contenga cantidades ingentes de racismo. La mirada crítica es importante, así como su aplicación. Si lo analizamos fríamente, la saga de Mary Poppins no deja de ser una reproducción de los roles de género tradicionales y, en su versión cinematográfica, una crítica encubierta al sufragismo. Pero... ¿Quién le dice que no a una tarde de palomitas a su lado? De nuevo, la contradicción humana está servida. Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins: una historia de fantasía, infancia, locura, mundos mágicos, disciplina, imaginación, ternura... Una maravillosa locura literaria.

Frases o párrafos favoritos:

"Zarandeada y doblada por la fuerza del viento, la figura levantó el pasador de la verja, y entonces los niños vieron que se trataba de una mujer, que iba sujetándose el sombrero con una mano y agarrando una bolsa con la otra. Mientras la observaban, Jane y Michael vieron ocurrir algo verdaderamente chocante. En cuanto aquella figura estuvo dentro del jardín, el viento pareció levantarla por el aire y lanzarla contra la puerta de la casa. Era como si después de haberla arrojado a la verja, hubiera esperado a que la abriera para cogerla de nuevo en volandas y lanzarla, bolsa incluida, contra la puerta. Los niños, que no perdían detalle, oyeron un tremendo estruendo y, mientras la mujer aterrizaba, la casa se estremeció.

Película/Canción: hemos hablado de ella durante toda la reseña, así que la adaptación musical de 1964 por parte de la factoría Disney es posiblemente la más importante e influyente de todas las que se han hecho. Protagonizada por Julie Andrews (quien se llevó por esta película el Oscar a Mejor Actriz Protagonista) y Dick van Dick; la cinta no fue fácil de rodar, en parte debido a las continuas desavenencias entre P.L. Travers y el propio Walt Disney. Tal fue el enfado de ésta al comprobar que la película no reflejaba la verdadera esencia de su personaje que desautorizó la posibilidad de rodar una segunda parte. Además de la versión de 1964, la novela de Travers ha tenido otras adaptaciones (dos de ellas soviéticas), algunas para televisión y recientemente se ha estrenado la segunda parte (Vuelve Mary Poppins). Sin embargo, y a pesar de que ésta última está de moda, permitirme que me recree en aquella primera adaptación, la del "supercalifragilísticoespialidoso", la que nos enamoró tan sólo con un poco de azúcar.


Y aunque me es complicado escoger una sola canción de entre todas las que se cantan en la película, he decidido adjuntaros una de las menos conocidas y que a mi en particular me gusta bastante. A veces lo pequeño, lo que pasa desapercibido, lo que la gente suele ignorar, puede convertirse en algo grandioso.



¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

jueves, 14 de marzo de 2019

RESEÑA: Luz brillante

LUZ BRILLANTE

Título: Luz brillante.

Autora: Kaori Ekuni (Tokio, 1964) es una de las escritoras más conocidas y de mayor prestigio en Japón. Tras graduarse en literatura japonesa por la Universidad Femenina de Mejiro, cursó un año de estudios en la Universidad de Delaware (EEUU). A los veinte años consiguió que un poema suyo fuera publicado en la revista de poesía Eureka y, en 1987, recibió el premio de literatura infantil Pequeño Cuento de Hadas por La historia de Kusanojo. Dos años después obtiene el Premio Fémina por 409 Radcliffe, relato que narra su experiencia universitaria en EEUU. Su primera novela, Luz brillante, obtiene el prestigioso Premio Murasaki Shikibu en 1992 y se convierte en un éxito internacional, con adaptación al cine en Japón y serie de televisión en Corea del Sur. Ha ganado asimismo numerosos premios, entre los cuales destacan el Premio Kawabata por El perro y la armónica (2012) y el Premio Tanizaki por Salamanquesas, ranas y mariposas (2015). Muchas de sus novelas han tenido su adaptación a la gran pantalla. Su última novela publicada hasta la fecha es Eterno atardecer de verano (2017). (Fuente: Funambulista).


Editorial: Funambulista.

Idioma: japonés.

Traductor: Juan Francisco González Sánchez.

Sinopsis: "Shoko y Mutsuki llevan casados diez días cuando empiezan a contarnos su historia. Una pareja - él es médico, y ella, traductora de italiano - que lleva, aparentemente, una vida matrimonial de lo más corriente. Sin embargo, poco a poco, a través de las voces de los dos protagonistas, descubrimos una realidad diferente respecto a la que muestran: ¿es la suya una inión de conveniencia detrás de la cual ambos se ocultan y se escudan? Mutsuki es homosexual y tiene un amante, Kon, que es su pareja real, un chico extravertido del que siempre ha estado enamorado; Shoko, en cambio, sufre una inestabilidad emocional que la lleva a la depresión y al abuso del alcohol. De mutuo acuerdo, se encuentran el uno en el otro el apoyo y el amor para eludir a las convenciones sociales, pero el tener que esconderse y no poder ser sí mismos ante los demás tal vez les dificulte conseguir la armonía y la felicidad deseadas. O no..." (Fuente: Funambulista).

Su lectura me ha parecido: limpia, intensa, atemporal en todos los aspectos, frágil, acogedora, crítica, menos japonesa de lo que me esperaba... Hace unos meses la novela que hoy tengo el placer de reseñar se vio envuelta en la polémica en España, aunque para ser más exactos, no fue el contenido del libro en sí lo que despertó las críticas, sino su faja. Como bien sabréis, y si no lo explico ahora mismo, en el mundo editorial-librero la "faja" es el papel o cartón que muchas veces encontramos sobre la portada del libro en cuestión a modo de solapa. Es habitual encontrarnos con ellas en los ejemplares que se venden en librerías o quioscos y, siempre, sirven para que el lector, a modo de orientación, sepa de qué va o las críticas que se han hecho al respecto. Es habitual encontrarnos en dichas "fajas" con citas de autoras/es o de medios de comunicación sobre lo que les ha parecido el libro o incluso con frases extraídas de alguna de sus páginas. Son, en pocas palabras, el primer contacto del lector con el libro antes de detenerse en su correspondiente sinopsis. Existen detractores acérrimos de las fajas (pues en ocasiones molestan o sobran), lectores indiferentes, otros que las adoran y un último grupo que directamente las colecciona (entre los que, a la fuerza, se incluye una servidora). Como habéis podido comprobar, el mundo de las "fajas" dentro del marketing editorial es más profundo e interesante de lo que parece. Sin embargo, en ocasiones, el contenido de algunas de estas "fajas" han resultado ser de lo más desafortunadas. Primero fue la cuenta de la librería independiente Deborahlibros la que denunció el caso, y tras ella, una catarata de comentarios en twitter clamando, con toda la razón del mundo, la tremenda injusticia que desde la editorial se estaba cometiendo contra Kaori Ekuni. "La Murakami femenina" lucía la "faja" del primer libro que se traducía al español de la autora asiática. ¿Alguien se ha percatado de que al contrario esto no sucede? ¿Qué jamás encontraremos "fajas" que recen: "El Ekuni masculino" refiriéndose a Haruki Murakami? Y aunque, cierto es, que Ekuni parece adecuarse a toda esa corriente de autoras y autores asiáticos tremendamente occidentalizados en cuanto a su estilo de escritura, eso no quita para que se le reduzca a una versión menor de su compatriota. Sin duda, estamos, una vez más, ante un nuevo caso de machismo que, conscientemente o inconscientemente, por desgracia está a la orden del día. Dicho esto, y en parte por culpa de esta polémica, el libro de Kaori Ekuni cayó finalmente en mis manos. Luz brillante: nuevos roles para una sociedad instaurada en la hipocresía y los prejuicios.


Parte de la historia de como Luz brillante llegó a mi vida os la he contado en el primer párrafo. La polémica siempre me ha atraído. Pero más allá de dicha casualidad, tengo que confesar que no tenía motivos para desconfiar de la novela de Kaori Ekuni. Mi relación con la literatura japonesa ha sido siempre espléndida, entretenida, un tranquilo riachuelo por el que han ido fluyendo historias cotidianas, de extraordinaria sensibilidad, perfectamente escritas, pero con la particularidad de que suceden a miles y miles de kilómetros de donde como lectora me hallo. Todo comenzó, como muchas lectoras y lectores de mi generación, con Haruki Murakami, ese señor japonés cuyas novelas estaban en boca de todo el mundo. Por primera vez en mucho tiempo, un autor conseguía unir y poner de acuerdo a muchas personas que, como yo, aman la literatura. Los pocos libros que me he leído de él, en especial esa maravilla titulada Tokio Blues, me absorbieron durante semanas. Creo que su literatura fue lo más cerca que estuve, hasta ese momento, de que me doliese el estómago. Y no precisamente de dolor, sino de tristeza, desazón, impotencia. Tras él llegaron otros, algunos de ellos de reciente publicación, los cuales, por desgracia, no consiguieron captar esas emociones que tanto recordaba de Tokio Blues. Uno de ellos, Los años de peregrinación del chico sin color (el título se las trae) me decepcionó tanto que desde entonces y hasta ahora no he vuelto a tocar un libro de Murakami, situación que, en los últimos días trato de revertir. No debemos prejuzgar tan a la ligera aunque las circunstancias nos tienten a ello. Después de Murakami, por supuesto, vinieron otros, aunque lo más correcto sería decir otras, pues mi aproximación a la literatura japonesa escrita por mujeres fue paulatina. No trepidante, pues pocas veces se me ha presentado la oportunidad, pero sí ascendente. Un camino largo que prefiero recorrer despacio, para no saturarme, para que, en el caso de que me topase con una decepción, el golpe fuese lo más leve posible. Yoko Ogawa y Hiromi Kawakami fueron mis autoras fetiche durante una buena temporada. Pero era hora de adentrarme en otras autoras, es más, me apetecía encontrar a una autora que, como Murakami, tuviese un toque occidentalizado sin llegar a ser Kazuo Ishiguro (que por razones obvias no se le puede considerar un escritor cien por cien oriental). No es que no me guste la literatura japonesa puramente oriental, de hecho creo que es la más cercana a la esencia del país y la que personalmente más me gusta. Sin embargo, estaba dispuesta a volver atrás sobre mis pasos, con la esperanza de toparme con alguna autora que hubiese pasado desapercibida por el camino. Finalmente un correo y una polémica me sacaron de mi incesante búsqueda. Kaori Ekuni y su Luz brillante habían irrumpido en mis inquietudes lectoras y, sin a penas intuirlo, vino a mi estantería para quedarse.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Luz brillante presenta una lectura amena, delicada y tremendamente íntima. Algo que por cierto, parece ser un mantra en la literatura japonesa. Cuando tengo la oportunidad de adentrarme en una novela del país nipón, tengo la sensación de estar sentada en el porche de una sauna situada sobre cualquier lago del norte de Europa. Pero también, y esto siempre me ha relajado, mirando fijamente al horizonte. Montaña o playa, me es igual, lo importante es fijar la vista en el infinito y no pensar en lada, al menos es lo que a mi me sucede cuando estoy sobre una montaña o frente al ancho mar. Eso mismo, la sensación de paz total, es lo que siento cada vez que me adentro en cualquier libro procedente de Asia, y muy especialmente si éste proviene de Japón, país dueño de una cultura milenaria tan ancestral o más que las que conocemos en occidente. Sin embargo, con Luz brillante me sucedió algo particular, y es que a parte de encontrar esa relajación que siempre espero, a parte de su carácter tan introspectivo (y eso la hace más parecida a Murakami de lo que podríamos pensar), me topo con un poso de crítica social inusitado. No me esperaba para nada esa fuerza al denunciar, por ejemplo, que la homosexualidad en Japón sigue siendo un tabú, así como el complejo mundo de las enfermedades mentales en la mujer. La sorpresa que me lleve fue mayúscula, tanto que fue precisamente eso lo que de verdad me enganchó de la novela. Su denuncia trasciende, precisamente porque aborda cuestiones que nos competen a todas y a todos, y sobre todo, porque la trama que nos narra Luz brillante, no nos es por desgracia ajena. La historia de Mutsuki (un médico homosexual que mantiene a escondidas una relación sentimental con Kon, el verdadero amor de su vida) y la de Shoko (una brillante traductora de italiano que ahoga en alcohol sus problemas de inestabilidad emocional por culpa de una medicina psiquiátrica anclada aún en el machismo) es la historia de dos seres necesitados de comprensión, ayuda, tolerancia y por supuesto de libertad. Pero en lugar de eso, la todavía férrea sociedad japonesa de los años 90 (sí, habéis leído bien, de los 90) acaba convenciendo a estas dos almas  de que la mejor tapadera para seguir con sus respectivas vidas es el matrimonio. Ambos se respetan, saben todo el uno del otro, pero no se aman como dos enamorados, sino que actúan como una suerte de compañeros de piso en la intimidad y de cara a la galería como un matrimonio feliz. Aún así ¿serán capaces de soportar la presión? ¿Sucumbir a la convivencia marital para salvaguardar sus verdadera forma de ser? ¿Acabarán ambos ahogados en una existencia donde el secreto y la ocultación se conviertan en rutina? ¿O ésta acaba convirtiéndose, finalmente, en el mejor medio para alcanzar su ansiada libertad? De lo que sucede al final, como es obvio, no os lo voy a contar. Eso mejor que os lo cuente Kaori Ekuni. Sin embargo, si os han inquietado los anteriores interrogantes, que sepáis que tienen lugar, a través de las palabras, y en forma de caminos a escoger. Una bifurcación trascendental, importante, vital. La novela fluye como un torrente hasta su punto de inflexión, que no es otro que el momento en el que Shoko, quién sabe si por un arrebato o por sentirse amada por alguien, empieza a interesarse por Kon, la pareja de su marido. Es entonces cuando, entre sexo y convivencia a tres, el lector asiste a un juego de poder dentro de este particular trío, en donde la mujer, en este caso Shoko, será la más perjudicada por culpa de los celos de Mutsuki. De nuevo, el dedo hurgando en lo más profundo de la llaga, el dedo de Kaori Ekuni, implacable, sobre las debilidades de un país con muchas caras.


Para la portada de la edición en español de Luz brillante, la editorial no pudo elegir mejor cuadro. Los que duermen y el que vela por ellos (1870) del pintor prerrafaelita Simeon Solomon no sólo inspiró a Kaori Ekuni para escribir la presente novela, sino que además, representa a la perfección la esencia de su historia y a sus propios personajes. Mientras Shoko y Mutsiki, marido y mujer por conveniencia, parecen haber sucumbido a un eterno sueño, un tercero en discordia, Kon, aparece despierto y en actitud seria, como si quisiera transmitirnos algo al espectador. Por si fuera poco, la autora también reveló el ostracismo al que fue condenado Simenon por ser homosexual. Ya puedes ser talentoso, tener conocimientos sobre el alma humana y ser capaz de saberlo plasmar sobre una pintura, que como se sepa que te gustan más los hombres que las mujeres, ya no existes para la comunidad académica de la época. Como habéis podido comprobar, Simenon tiene muchas cosas en común con Mutsiki y Shoko al mismo tiempo. Pues, los tres son personas a los que el sistema rechaza sistemáticamente, a los dos primeros por su condición sexual y a la segunda por no amoldarse a lo que se espera de ella como mujer. Y es que Japón, de un tiempo a esta parte, vive en una gran paradoja en lo que a su sociedad se refiere. La novela lo muestra en toda su crudeza la presión que existe por parte de las familias sobre sus hijos, sobre todo en lo que a cuestiones amorosas se refiere. Esta muy mal vista la soltería, tanto que, en parte debido a esa exigencia, alto es el porcentaje de consumo de aplicaciones de citas, así como de las que, directamente, te ofrecen la posibilidad de alquilar una novia o novio por horas para esa boda, esa cena o ese cumpleaños en el que está presente toda la familia. Por no hablar de las operaciones estéticas, sujetas a la moda del momento y con el objetivo, por supuesto, de encontrar esa pareja de tus sueños. Las apariencias duelen, y en Japón parecen llevarlas hasta un extremo casi distópico. Por otro lado, y como contraposición, recientemente se ha revelado que, paradójicamente, Japón es el país en el que más está creciendo la soltería, sobre todo entre las mujeres y los hombres más jóvenes. En el año 2017 se calculó que alrededor de un 69% de la población masculina permanece soltera en Japón frente al 59% de mujeres, de entre los cuales, un 43% de jóvenes de menos de 34 años son vírgenes. La consecuencia de todo esto es un descenso brutal de la natalidad, se estima que en los últimos cinco años sólo nacieron 8,4 niños por cada mil habitantes. Cifras realmente preocupantes que, según todos los sondeos, Japón retrocedería con el paso de los años a niveles propios de principios de siglo XX. ¿Las causas? El culto al trabajo (imperante desde la Segunda Guerra Mundial y principal motivo por el cual a día de hoy Japón es uno de los países más avanzados del mundo), el trabajar de sol a sol (o de tren a tren más bien), la masiva incorporación de la mujer al mercado laboral, la popularización de otras alternativas al placer tradicional (el consumo de pornografía así como juguetes sexuales de todo tipo se han disparado en los últimos años) o el individualismo social al que ha conducido los nuevos avances tecnológicos están detrás de estas cifras. En los años en los que se ambienta Luz brillante, los 90, el matrimonio era algo sagrado en la sociedad nipona. Ahora, dos décadas después, el país se debate entre una tradición en plena decadencia y una realidad a la que estoy a la que seguiremos, uno a uno, el resto de países. Luces y sombras de un país en donde los empleados de algunos hoteles son robots y en el que un hombre, y esto es completamente cierto, se ha casado con un holograma de su personaje femenino favorito de una serie de dibujos animados. Luz brillante: una historia de ocultación, mentiras, apariencias, falsedad, pasión, insatisfacción, deseos de libertad... El secreto mejor guardado de la literatura japonesa actual.

Frases o párrafos favoritos:

"La luz del interior del piso reflejaba en los cristales de las ventanas, recién abrillantados, y allí estábamos todos: el hombre violeta y la planta de Kon, el marido gay y la esposa alcohólica, entre los destellos de aquellos finos cristales."

Película/Canción: los libros de Kaori Ekuni han sido en su mayoría adaptados a la gran pantalla. Por desgracia, la adaptación de Luz brillante, estrenada en el año 1991, no ha tenido mucha repercusión en nuestro país. Aún así, he conseguido encontrar el tráiler de ésta, en japonés por supuesto. Si alguien de la blogsfera es un amante de la cultura nipona y la ha visto, por favor, que me escriba. Estaría interesada en verla, subtitulada o doblada a ser posible. Espero que os guste.


¡Un saludo y a seguir leyendo!


jueves, 7 de marzo de 2019

RESEÑA: No es para tanto. Notas sobre la cultura de la violación.

NO ES PARA TANTO

Título: No es para tanto. Notas sobre la cultura de la violación.

Editora: Roxane Gay (Nebraska, EEUU, 1974) Escritora feminista, profesora, editora y comentarista, Gay trabaja como profesora asociada de Inglés en la Universidad Purdue, escribe regularmente artículos para el New York Times, es fundadora de Tiny Hardcore Press, editora de ensayos para The Rumpus, y coeditora en PANK, organización sin ánimo de lucro de colectivos de artes literarias. Gran parte de su trabajo trata de analizar y deconstruir los temas feministas y raciales a través de la lente de sus experiencias personales con la raza, la identidad de género y la sexualidad. Es autora de la colección de cuentos Ayiti (2011), la novela An Untamed State (2014), la colección de ensayos Mala feminista (2014) y Hunger (2016). También editó el libro Girl Crush: Women’s Erotic Fantasies. Además de sus contribuciones regulares en Salon y el desaparecido HTMLGiant, sus escritos han aparecido en numerosos medios y publicaciones como Best American Mystery Stories 2014, Best American Short Stories 2012, Best Sex Writing 2012, A Public Space, Mc Sweeney’s, Tin House, Oxford American, American Short Fiction, West Branch, Virginia Quarterly Review, NOON, Bookforum, Time, Los Angeles Times, The Nation y el New York Times Book Review. (Fuente: Capitán Swing).


Testimonios: Aubrey Hirsch, Jill Cristman, Claire Schwartz, Lynn Melnick, Brandon Taylor, Emma Smith-Stevens, AJ McKenna, Lisa Mecham, Vanessa Mátir, Ally Sheedy, xTx, So Mayer, Nora Salem, Lyz Lenz, Amy Jo Burns, V. L. Sleek, Michelle Chen, Gabrielle Union, Liz Rosema, Antony Frame, Samhita Mukhopadhyay, Miriam Zolia Pérez, Zoë Medeiros, Sharisse Tracey, Stacey May Fowles, Elisabeth Fairfield Stokes, Meredith Talusan, Nicole Boyce y Elissa Bassist.

Editorial: Capitán Swing.

Idioma: inglés.

Traductora: Gemma Deza Guil.

Sinopsis: "En esta valiosa y reveladora antología, la escritora y crítica cultural Roxane Gay recoge piezas —algunas originales y otras ya publicadas— que abordan lo que significa vivir en un mundo donde las mujeres deben medir el acoso, la violencia y la agresión que enfrentan cotidianamente, y donde «de manera rutinaria, se las cuestiona, desacredita, denigra, mancilla, menosprecia, se las trata con condescendencia y se las usa para desahogarse, porque se mofan de ellas y les hacen luz de gas» por hablar de ello. La recopilación incluye ensayos de conocidas escritoras, artistas, intérpretes y críticas, como las actrices Ally Sheedy y Gabrielle Union, o las escritoras Amy Jo Burns, Lyz Lenz y Claire Schwartz. Abarcando una amplia gama de temas y experiencias, desde una exploración de la epidemia de violación integrada en la crisis de refugiados hasta relatos en primera persona de abuso sexual infantil, se trata de una colección profundamente honesta y personal, provocativa y desgarradoramente sincera, que refleja el mundo en el que vivimos y es al mismo tiempo una llamada a la acción para dejar de conformarnos con el «no es para tanto». Esta edición incluye un prólogo de Jana Leo, autora de Violación: Nueva York (2017)." (Fuente: Capitán Swing).

Su lectura me ha parecido: dolorosa, impactante, lacerante, dura, como consecuencia más reposada de lo habitual, diversa, rabiosamente actual, incómoda, absolutamente necesaria... Como ya he comentado en más de una ocasión, la primera vez que leí una escena de violación fue en Los pilares de la tierra de Ken Follett allá por el año 2011. En aquella novela de estratosférico número de páginas, una de las protagonistas, Aliena, era violada por William Hamleigh, obsesionado desde el principio de la novela con ella, aprovecha la toma del ficticio condado de Shering para llevar a cabo su venganza tras ser rechazado por ésta. Me impactó, hasta tal punto que todavía a día de hoy la sigo recordando en mi cabeza. Sin embargo, al igual que las diferentes relaciones sexuales (consentidas eso sí) que tienen lugar a lo largo de sus 1. 068 páginas obedecen a una mirada extraordinariamente patriarcal. Por aquellos mismos años me topé con otra violación descrita en otra novela, casualidad o no, de género histórico medieval. Pero a diferencia de la de Los pilares de la tierra, la de Ellen, protagonista de Forjada en cobre, está tratada desde una perspectiva diferente, más profunda, menos distante. ¿Tal vez el hecho de que Forjada en cobre lo escribiera una mujer, Katia Fox, y no un hombre sea el quid de la cuestión? Obviamente sí. Tras aquellas lecturas, otras escenas de violación pasearon ante mis ojos. Júpiter a Calisto, don Fernando a Dorotea, el Comendador a Laurencia, los Infantes de Carrión a las hijas del Cid,  Tarquinio a Lucrecia, Holofernes a Judith, Tereo a Filomela, Alec a Tess o Popeye a Temple Drake... Distintas épocas, distintos ámbitos sociales, distintas culturas, misma mirada; la del hombre. ¿Qué pasa con la mujer? ¿Qué no importa su experiencia si la violencia sexual se ejerce contra ella? ¿Nadie ha pensado que su perspectiva también cuenta? ¿Y los hombres? ¿Alguien me puede citar una novela en la que se aborde el tema de la violación en el que la víctima sea un hombre? ¿Tampoco han pensado que, y más con todo lo que estamos conociendo en los últimos tiempos, su testimonio puede ser valioso? El silencio el interlocutor es espectral, absoluto. Nadie quiere hablar. ¿Vergüenza? ¿Desconocimiento? ¿O las dos cosas al mismo tiempo? Lo que está claro es que el machismo no sólo agrede, viola o mata, sino que además silencia. Una realidad que, afortunadamente, antologías (tan valientes como urgentes) como de la que hoy os hablo pretenden revertir. No es para tanto: ¿O sí?


Cuando el volumen de No es para tanto. Notas sobre la cultura de la violación llegó a mis manos ya me había adentrado en otra de esas novelas polémicas (Oh... de Philipe Djian) cuyo poso de reflexión todavía perdura en mi memoria. Por primera vez una novela me había puesto contra la espada y la pared, obligándome a reflexionar entorno a si la actitud de la protagonista ante una violación era o no feminista. Lecturas de este tipo son las que me motivan como crítica literaria, pero también me sirvió para darme cuenta de la debilidad de nuestras convicciones en cuanto se nos presenta la tesitura de elegir entre blanco o negro. Sin pensar que en medio hay una infinita amalgama de tonalidades perfectamente compatibles. No obstante, en cuando tuve en mis manos el nuevo libro de Roxane Gay, esta vez como editora, tuve la sensación de haber esperado años a que llegase dicho momento, el momento de adentrarme, sin ficciones de ninguna clase, en las verdaderas consecuencias sociales, económicas y políticas de implica el concepto "violación" desde una perspectiva verídica, dolorosamente verídica. Como he comentado en más de una ocasión, aquí y en otros medios, hay ciertos temas a los que me cuesta aproximarme desde una mirada sosegada, en otras palabras, que no puedo evitar enfadarme, ponerme triste o que me duela el estómago cada vez que mis ojos se topan con ciertos temas. Uno de ellos, como no podía ser de otra forma, es la violación. Y a pesar de que No es para tanto era un libro que había implorado, desde el punto de vista tanto personal como intelectual, desde hacía mucho tiempo, no encontraba el momento de adentrarme en él sin caer en la descalificación y encontrarme al borde de la lágrima. Finalmente y aunque reconozco que postergué su lectura demasiado tiempo, he llegado a la conclusión de que ante libros como el que Roxane Gay (a quien había seguido la pista tras la publicación en España de Mala feminista) ha construido a base de voces, unas más conocidas que otras, es imposible dejar las emociones a un lado. Si su lectura te duele, si te hace agachar la cabeza, si provoca el llanto, si consigue que le dediques más tiempo, si sientes impotencia, si se te escapa algún taco lleno de rabia, si no se te va de la cabeza el último testimonio leído, si necesitas cerrar los ojos para asimilar lo que acabas de leer; entonces, ha merecido la pena el viaje, por muy duro que resulte. Porque hay que leer, aunque nos incomode, aunque sepamos que no vamos a salir indemnes, que es justo lo que sucede con No es para tanto. Tras leerlo, una ya no es la misma.


Tras un atípico segundo párrafo (pues no es para menos) pasamos al apartado más crítico, aunque en este caso, aviso, me es imposible redactar una reseña al uso, así como valorar la redacción de cada uno de los testimonios que se incluyen en esta antología. No es cuestión de moralidad ni una falta de empatía, algo de lo que por supuesto no careces una vez dejas atrás esta lectura, simplemente me parecería de mal gusto adentrarme en el estilo o en la forma de narrar estas experiencias tan traumáticas, pues en el fondo sentiría que no estoy haciendo lo correcto. Una vez expuesta esta pequeña aclaración, comenzaré diciendo que No es para tanto. Notas sobre la cultura de la violación es literalmente eso, aviso para navegantes, notas sobre la cultura de la violación. Pero, ¿qué es exactamente la cultura de la violación? Para quien no lo sepa, aunque a estas alturas dudo que falte alguien que no haya oído en su vida hablar de dicho término, es usado para describir una cultura en la cual la violación es un problema social y cultural al ser aceptada y normalizada debido a las actitudes sociales sobre el género, el sexo y la sexualidad. Utilizado por primera vez en los años 70, coincidiendo con la segunda ola feminista, se aplicó en su momento a la cultura norteamericana de su tiempo. Sin embargo, y con el paso del tiempo, dicho término ha acabado aplicándose a otros países en donde la violación es tolerada y por tanto no condenada. Una realidad que, por desgracia, se sigue dando, hasta en los países más desarrollados del mundo. Sería hipócrita pensar que sólo en los países tercermundistas tienen que hacer frente a este problema sabiendo que, sin ir más lejos, aquí en España hemos tenido el caso de "La Manada". Tan indignante como terriblemente mediático. La cultura de la violación se manifiesta fundamentalmente a través de la aceptación de las violaciones como un hecho cotidiano. Una vez sabemos esto, cualquiera que tenga dos dedos de frente podrá apreciar como ésta se reproduce por diversos canales: la pornografía, las series de televisión, los telediarios, las películas, la publicidad e incluso el propio lenguaje. Todo ello acaba por confeccionar, directa o indirectamente, modelos a imitar y que son considerados como buenos cuando en realidad conducen a la toxicidad y a construir los cimientos de una sociedad distorsionada, esterotipada e inexistente. Uno de los objetivos y la razón de ser del libro que hoy reseñamos, según Roxane Gay, es "educar a los potenciales agresores", y no puedo estar más de acuerdo. Con educación es como se combate la ignorancia, pero también la alienación. Cuanto más material, cuantas más opciones, cuanto mayor es el conocimiento, mayor es el espíritu crítico. Y ya si a eso le añadimos una educación en igualdad, en la que en vez de ocultar, sesgar o menospreciar, se enseñe a que las mujeres no son menos importantes que los hombres es posible que con el paso de los años la cultura de la violación acabe siendo cosa del pasado. Una vez dejas atrás el prólogo y la introducción, el lector se sumerge en la verdadera dureza, en esos desgarradores 29 testimonios de mujeres y dos hombres (pues también los hay). Algunas voces más conocidas que otras (entre las que encontramos actrices o escritoras por ejemplo), de diferentes procedencias, pero todas con un nexo común: el de haber sufrido la violación y sus consecuencias a corto, medio y largo plazo. No voy a detenerme en cada uno de ellos, pues no querría que esta reseña se convirtiese en un pozo de fango y morbosidad, pero sí me gustaría detenerme en el hecho de que, a pesar de la transversalidad de sus testimonios (clase social, edad, raza, relación con su propio cuerpo, experiencias previas, identidad sexual, de género...), sí que encontramos presente en cada uno de ellos el efecto más inmediato de la cultura de la violación: el sentimiento de culpabilidad. Algo que, por otro lado, no ocurriría si desde los puestos de autoridad (policía, médicos, jueces...) o familiares (padre, madre, hermanos, amigos...) no se dijesen cosas del tipo: "es que vas provocando", "¿qué no cerraste bien las piernas?", "eso te pasa por salir a estas horas y sola". Con frases como estas, las cuales todas y todos hemos escuchado alguna vez decir, consiguen que la persona que ha sufrido una violación acabe sintiéndose culpable y que el que de verdad tiene la culpa, el violador, salga de rositas, eludiendo cualquier tipo de responsabilidad. Esto evidencia dos cosas, la primera, que la sociedad ampara a los violadores, y la segunda, que la sociedad escupe sobre las víctimas. Así de sencillo, así de explícito. Por último, y no menos importante, en No es para tanto llama la atención, dentro de esa amalgama de testimonios, las diferentes formas de afrontar la violación. Mientras que por un lado unas voces se consideran víctimas, por el contrario, otras se consideran como supervivientes, negándose a definirse bajo el paraguas del victimismo. Aunque sin duda, el momento más tremendo para muchas de ellas es el de tomar conciencia de que la palabra que define lo que les ha sucedido es "violación". Es entonces cuando comienza la verdadera lucha por seguir viviendo siempre con el fantasma del trauma sobrevolando en su subconsciente. "No es para tanto" es seguramente otra de esas infames frases que jamás desearíamos oír asociadas a una agresión sexual, pero en este caso, creo que no había título mejor para la presente antología, pues sí señoros, sí es para tanto, ¡vamos que si lo es!


"Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia." Estas palabras, o más bien este extracto, pertenece a una narración más larga en la que Pablo Neruda (sí, no me he confundido de nombre) detalla parte de sus peripecias cuando, en 1929, se encontraba como embajador en Colombo, capital de Sri Lanka. Una vez conocemos este vergonzoso episodio del autor chileno, descrito por cierto en sus memorias Confieso que he vivido, es difícil que volvamos a leer con la misma mirada su extensa y fantástica producción poética.  Sin embargo, y dejando de lado esta cuestión, detengamos por un momento en el tono de este fragmento, de esta confesión. Sobre todo en su tramo final, en cuando el poeta hace referencia a la reacción de la mujer mientras está siendo violada, porque sí, es una violación en toda regla. Él la compara con una estatua, y encima, por si fuera poco, se queja de que adquiriese dicha actitud fría. Si la mirada patriarcal no hubiese nublado la vista del poeta chileno, se habría percatado de que ella (de la cual nunca sabremos por desgracia su nombre) seguramente estuviese aterrada, muerta de miedo, deseando que aquello pasase lo más rápido posible para salir corriendo. Se sabe que aquella mujer era una limpiadora que acudía a diario a trabajar a la embajada y que probablemente fuese de clase baja. Y es que en esta historia la discriminación es doble, al ser mujer y con pocos recursos económicos, difícilmente pudo denunciar o tener la posibilidad de enfrentarse a su agresor. ¿Quién la creería? La respuesta, lamentablemente, muchas y muchos la conocemos. El año pasado, en pleno auge del #MeToo, la periodista y novelista Cristina Fallarás lanzó la iniciativa que, bajo el hastag #Cuéntalo, provocó que miles y miles de mujeres dejasen a un lado el "qué dirán" y el miedo para narrar sus traumáticas experiencias relacionadas con la violación, el abuso sexual y el acoso. La respuesta fue abrumadora, hasta el punto de que numerosos medios de comunicación no tardaron en hacerse eco de la noticia. Hasta la propia Fallarás agradeció la enorme acogida que tuvo aquel simple hastag, pero sobre todo, se enorgulleció de haber conseguido que bajo aquellas ocho palabras se aglutinasen tantas y tantas historias, algunas de ellas tan duras como inimaginables. Si algo nos enseña No es para tanto. Notas sobre la cultura de la violación es que, a pesar de haber alcanzado muchas metas, la sociedad todavía debe aprender en materia de igualdad para dejar atrás aberrantes actos, como la violación, y para construir los pilares de un mundo más justo. Tal vez las redes sociales no sean el mejor lugar para aprender, pero sí para generar conciencia y crear unas redes de sororidad que traspasen fronteras. Ojalá todas aquellas mujeres se sintiesen arropadas sabiendo que no estaban solas, ojalá todas las voces de la presente antología consigan vivir para ver a las futuras generaciones ejercer como ciudadanas y ciudadanos en plena igualdad, ojalá aquella limpiadora estuviese viva para contarlo, para denunciarlo, para gritar a los cuatro vientos que hasta los ídolos pueden ser auténticos monstruos. No es para tanto. Notas sobre la cultura de la violación: 29 testimonios de horror, desesperación, recuerdo, tristeza, superación, convivencia con el trauma, desahogo, reflexión, introspección, análisis... 29 historias para leer, releer, asimilar, llorar y recomendárselas a quienes todavía creen que las leyes contra la violencia de género deberían desaparecer.

Frases o párrafos favoritos:

"Miré hacia mi hija, que ahora estaba en los columpios y me di cuenta de que llevaba 30 años culpándome por algo que me sucedió cuando tenía solo seis”.

"“La única manera que yo veo efectiva de llevar a cabo esta educación es desmantelando la construcción que hace pasar el abuso sexual como acto sexual”.

"La violación si es para tanto porque es una estructura: no un exceso, ni una monstruosidad, sino la conclusión lógica del capitalismo heteropatriarcal, es el efecto de ese feo eufemismo polisilábico que designa al poder estatal”.

Película/Canción: existen, pocas por desgracia, algunas películas que han abordado el tema de la violación desde una perspectiva feminista. Sin embargo, ya que quedan menos de 24 horas para que la huelga feminista tenga lugar, ¿qué mejor forma de exigir respeto que cantando? Si es que Aretha Franklin era toda una genia.


¡Un saludo, a seguir leyendo y larga vida a la huelga feminista!

Cortesía de Capitán Swing

viernes, 1 de marzo de 2019

RESEÑA: Primer amor.

PRIMER AMOR

Título: Primer amor.

Autor: Iván Turguénev (Oriol, Imperio Ruso, 1818 - Bougival, Francia, 1883) fue un escritor, novelista y dramaturgo considerado el más europeísta de los narradores rusos del XIX. Descendiente de una familia de terratenientes, su infancia estaría marcada por una madre autoritaria y un padre ausente. En 1838 es enviado a estudiar filosofía e historia en la universidad de Berlín. Contrario del sistema de servidumbre no tardó en trasladarse a vivir a Francia donde permanecería hasta el resto de sus días y donde entablaría una gran amistad con el escritor Gustave Flaubert. Fueron especialmente famosas las tensas relaciones que Turguénev mantuvo con Fiódor Dostoievsky y León Tolstoi, con éste último incluso estuvo a punto de batirse en duelo. De su amplia producción literaria destacan Padres e hijos, Memorias de un cazador, Diario de un hombre superfluo, Humo, En vísperas, Rudin y por supuesto Primer amor. Falleció a los 64 de un tumor en la médula espinal, siendo sus restos trasladados y finalmente enterrados en el cementerio de San Petersburgo. (Fuente: Alianza Editorial).



Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: ruso.

Traductora: Natalia Dvórkina.

Sinopsis: "pocos lectores, en efecto, podrán dejar de reconocer en mayor o menor medida un territorio ya visitado al leer el relato en primera persona del violento enamoramiento del que cae presa el adolescente Vladímir Petróvich por la joven princesa Zinaída Aleksándrovna y de los incesantes, cambiantes y contradictorios sentimientos que experimenta - amor, vergüenza, ensueños, desconcierto, ilusión, desaliento, hastío, celos, dudas... - dentro del marco de una historia casi trivial cuyo intenso e inexorable final abre las puertas de la edad adulta." (Fuente: Alianza Editorial).

Su lectura me ha parecido: breve, bella, íntima, elegante, sentimental (y no en el sentido que todas y todos conocemos), europea, rusa a pesar de todo... Nunca he sido un animal de costumbres, y menos en lo que a lecturas se refiere. Hay personas que, del mismo modo que necesitan estar tumbadas en la cama para poder leer tranquilamente o doblar las esquinas de las páginas (cosa que nunca entenderé) para no perderse en su lectura, necesitan adentrarse en libros cuya trama o ambientación especialmente transcurra en la estación en la que en ese momento se encuentra. Si es invierno, pues novelas rusas, escandinavas, alemanas, inglesas, algunas americanas, de la España más rural o simplemente en las que la Navidad aparezca como telón de fondo. Si es primavera, la novela decimonónica, en especial la Francesa, parece cumplir con esas expectativas, aunque también ocurre lo mismo con la literatura española, la sudamericana, la italiana, la oriental incluso. Si nos adentramos en el verano más largo, obviamente las historias donde aparezca una playa (cualquiera, no podemos ponernos tan exquisitos), una piscina, un complejo hotelero, una ciudad o pueblo con costa, un camping o simplemente un pueblo de veraneo (Delibes creó un género propio usando este último, pero la literatura norteamericana, la sudamericana, la australiana, la africana o la italiana nunca suelen defraudar en ese sentido, con excepción de algunas novelas británicas para quien no le guste demasiado el calor). Y por último, si el otoño comienza a teñir las copas de los árboles, lo que de verdad apetece es manta, café (o té) y un buen tocho de literatura centroeuropea entre las manos entre otros, pues no sólo en Alemania el otoño tiene que ser espectacular. Pues bien, hasta hace cuatro días yo no era de esas. Podía perfectamente estar leyendo una road novel con toques veraniegos en pleno mes de enero o adentrarme en las calles de cualquier pueblecito perdido de la estepa sueca entre baño y baño en mi playa favorita. Sin embargo, como acabo de decir, quise por una vez amoldarme a esa costumbre tan arraigada en muchas y muchos lectores. El cuerpo me pidió, a las puertas del crudo invierno, sumergirme en la nieve y el frío, pero no procedentes de un país cualquiera, sino de Rusia, mi "amada" y "bella" Rusia. ¿Se avecinan cambios? ¿Puede que poco a poco le esté perdiendo el miedo a la literatura de dicho lugar? ¿Es posible que haya perdido el norte? Aún no tengo respuesta. Lo que sí sé es que si os pasa igual que a mi, si sois de las y los que Crimen y castigo se os hace cuesta arriba probad entonces con la novela que hoy tengo el placer de reseñar. Primer amor: la calidez latiendo en el interior de un tímpano de hielo.


La historia de como Primer amor llegó a mis manos no surgió fruto de la casualidad. No, para nada. De hecho, si no llega a ser por Errata Naturae ni siquiera me habría interesado por la novela de Turguénev. En la primavera de 2017 esta fantástica editorial decidió publicar un libro titulado Agua salada, escrito por un autor estadounidense llamado Charles Simmons, autor del que por supuesto no había oído ni mentar. Dicha novela parecía estar escrita para mi: Estados Unidos, 1963, una isla en la costa atlántica, un barco, dos familias, dos protagonistas tan carismáticos como interesantes, verano, playa, sol, tormenta, noches de fiesta a la orilla del mar... Los que me conocen bien sabrán que no soy una entusiasta del calor y que hasta hace cuatro días prefería la montaña a la playa (algo que con el paso del tiempo ha ido cambiando). Sin embargo, en lo que a lecturas se refiere, siempre, de toda la vida, he sentido cierta predilección por las novelas ambientadas en la estación de las vacaciones, los helados de chocolate y los chiringuitos. ¿Cómo no me iba a gustar entonces Agua salada, en la que además, se cuenta de una forma tan intensa las sensaciones que todas y todos hemos experimentado al enamorarnos por primera vez? Me fundí su lectura en cuestión de días y desde entonces se lo recomiendo a todo el mundo que busque una novela de amor carente de toda cursilería y azúcar. ¿Qué tiene entonces en común Agua salada con Primer amor entonces? ¿Por qué el libro de Simmons me ha conducido a la novela de Turguénev? Muy sencillo, porque Simmons ha actualizado este clásico de la literatura rusa, se lo ha llevado a su terreno, a lo que conoce, a esa sociedad del American Way of Life que tanto me engancha. ¡Blanco y en botella! Sin embargo, nunca me imaginé que dicha posibilidad, si hasta en la ambientación son completamente distintos. Calor frente a frío, playa frente a páramos nevados, adolescentes americanos de clase media a adolescentes rusos de la nobleza. No daba crédito. Esta diferencia tan abismal entre ambos libros, a pesar del nexo que los unía, no sólo me hizo admirar la genialidad de Simmons, sino que además (¡socorro!) me entraron ganas de leer Primer amor. Y recalco lo de "¡socorro!" porque digamos que la literatura rusa del XIX no es mi fuerte. Leí Guerra y Paz demasiado pronto, y aunque hubieron aspectos del libro de Tolstoi que me gustaron, el resto se hizo una pelota enorme. Demasiadas descripciones, demasiadas escenas insignificantes, demasiadas páginas de árida lectura. Desde entonces siempre he tratado de evitar a los Karamazof o a las Annas Kareninas que se interponían en mi camino. No es que tenga un problema con la literatura rusa así en general, de hecho, Chejov me entusiasma y Turguénev, pese a mis reticencias, también me acabó gustando, sólo lo tengo con algunos autores de esa época, realistas y naturalistas todos. Con estos antecedentes, normal que me pensase dos veces el atreverme con Primer amor a pesar de que en el fondo me moría de ganas por leerlo. La brevedad de su texto (126 páginas) y el hecho de que se le considerase por la crítica como el autor ruso menos ruso respecto a sus ilustrados compatriotas (ya lo explicaré más adelante) me ablandaron. A día de hoy, y tras haberme leído Primer amor, siento que tomé una buena decisión. No sólo de cara a desprejuiciar la literatura rusa del siglo XIX sino también en vistas a, tal vez, una nueva actualización literaria en pleno siglo XXI. El tiempo ya lo dirá, mientras tanto, guardo esta idea en el cajón de futuros proyectos escritoriles.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Primer amor presenta una lectura sosegada, plana, sin demasiadas sorpresas pero muy intensa. Todos los que nos atrevemos con esta lectura ya conocemos de qué va, como se va a desarrollar, el tipo de personajes que nos vamos a encontrar e incluso podemos aventurar un final de lo más previsible. Estamos hartas y hartos de este tipo de argumentos, pero mira, caemos una vez y otra en ellos, repetimos, volvemos a ellos, como una especie de droga. Posiblemente para autoconvencernos de que todavía queda esperanza, que el amor está a la vuelta de la esquina, de que su pureza puede salvar al mundo y de que este es capaz de reproducir buenas personas. ¡Cuánto daño ha hecho el patriarcado! ¡Que tontos! ¿Cómo no lo vimos venir? ¿Quién iba a pensar que el amor también podría doler? ¿Quién en su sano juicio, mientras se empapa de propaganda heteropatriarcal, piensa que existen personas que pueden llegar a matar en nombre del amor? Tras este pequeño y reivindicativo paréntesis, tan necesario como didáctico, lo que está claro es que nos enamoran (nunca mejor dicho) las historias de amor. Eso si, cabe alertar a la lectora o lector más despistado que existe una delgadísima línea que separa el buen gusto y el empacho de algodón de azúcar. En este caso, por fortuna, Turguénev la sobrepasa, elevando lo que a priori nos parece una novela romántica sin más a una categoría superior. Un privilegiado lugar en el que el lector ya no sólo consigue disfrutar del libro que tiene entre manos, sino que además, lo vive, lo siente, lo encoge. Primer amor (un título tan explícito como sincero) narra precisamente eso, el primer amor, en concreto el del joven Vladímir Petrovich, quien desde el presente (no éste, sino el de la Rusia del XIX) lo recuerda con amargura y nostalgia. Su relato es uno más, pues se encuentra reunido con varios amigos, pero la suerte (o los deseos del autor) quiere que su historia protagonice la velada. Zinaída Aleksándrovna, una bella princesa de veintiún años es la otra protagonista del relato, la mujer de la que Vladímir se enamora nada más verla. Siempre rodeada de pretendientes y mostrando siempre un desdén digno de aplauso con todos ellos, Zinaída se aprovecha de todos ellos, jugando cruelmente con sus sentimientos, incluyendo los de Vladímir. El pobre ya no sabe qué hacer para captar su atención (sus desesperados intentos rayan lo ridículo y lo cómico) mientras que Zinaída, digna ella y con más personalidad que todos los personajes masculinos juntos, hace lo que quiere. ¿Es malvada por ello? Depende de como lo mires, pero ya os digo que me ha parecido el mejor personaje del libro. Me encantan los personajes femeninos con iniciativa, con empuje, que no se quedan a esperar, que toman sus propias decisiones. Y aunque su frivolidad a veces me produjese escalofríos o me indignase, eso es bueno, pues significa que está vivo y por tanto estamos ante un buen trabajo de profundización por parte de su autor. Primer amor ha sido definido por muchos estudiosos e intelectuales como la novela rusa más europea, en otras palabras, en las antípodas de lo que en Rusia se estaba dando en el terreno literario. Todos, por unanimidad, atribuyen esta peculiaridad al hecho de Turguénev pasase gran parte de su vida en Francia, pero sobre todo, a su estrecha amistad con Gustave Flaubert (sí, el que escribió la magnífica Madame Bovary). Y creo que tienen razón pues, comparado con la aspereza de Tolstoi o la aridez de  Dostoievsky, Turguénev es un campo de rosas en medio de la nieve, el sol entrando por las frías ventanas, una vela sobre el congelado lago. Es tal la calidez que desprende que a su lado Tolstoi o Dostoievsky parecen dos ancianos arrugados y encerrados en si mismos. Otra de las grandes virtudes de Primer amor, obviando su previsible trama, es la sensación de estar leyendo algo totalmente actual. Y es que la humanidad ha pasado por todo y se ha tenido que adaptar a mil y un cambios, pero el amor, señoras y señores, eso permanece inamovible, perenne, intacto. Primer amor no se lee, se siente, o al menos eso pretende su autor al aflorar esos sentimientos de alegría, fulgor, entusiasmo, tristeza, rechazo, impotencia que repito, a los que todas y todos hemos sucumbido una, dos, cincuenta, mil veces a lo largo de nuestra vida. Pocos saben captar todo eso y condensarlo en 162 páginas de nada, en un relato al alcance de todo el mundo y que, sólo por revivir nuestras propias alegrías o calabazas sentimentales, deberíamos leer. Por último, si alguien (alguna o algún valiente) está pensando en iniciarse en esto de la literatura rusa, sin duda, le recomendaría empezar por Turguénev. No es una novela en la que pase gran cosa, pero sí de las que su lectura no se borra tan fácilmente de la memoria.


Mientras leía Primer amor (y mi primera novela de Iván Turguénev por cierto) no pude evitar pensar que, sin querer, me había trasladado al pasado. Pero no sólo a esos palacios, a esos salones de baile o a esas escenas de cortejo en medio de un paisaje terriblemente invernal en la Rusia del siglo XIX, también a una forma de en la que se concebía el ritual de la lectura, y sobre todo, la forma en la que leemos los seres humanos. En aquella época, en la que las distracciones estaban a años luz de las que hoy en día podemos enumerar, las personas que sabían leer (una élite privilegiada por supuesto) leía o bien a solas o bien en comuna, reunidos. No debemos pasar por alto que es durante la edad moderna, y muy especialmente durante el siglo XVIII, cuando la lectura adquiere ese individualismo que ha trascendido hasta nuestros días. En esa transición, el lector aprendió a interiorizar mejor la lectura, a fijarse más en los personajes, en las descripciones, en los mensajes que dicha lectura lanzaba desde el papel. La crítica literaria floreció, por fin el lector podía armarse una opinión al respecto y alabarla o criticarla desde una perspectiva que con la lectura en voz alta hubiese sido imposible. Al igual que este cambio en lo que al acto de leer se refiere, también encontramos como los libros no eran especialmente trepidantes. Si bien es cierto que ya en el siglo XVIII, cuyo esplendor y camino de no retorno lo encontramos en pleno siglo XIX, que los best sellers existían, lo que proliferaban eran lecturas menos rápidas, más pausadas y cuyas tramas no contenían demasiados giros. Con aquellas novelas y ensayos, quien se adentraba en su interior y paseaba su mirada sobre la tinta de las palabras, no necesitaba de una excesiva implicación, simplemente leía, plácidamente, sin prisas, sin ningún otro factor externo que alterarse aquel imprescindible disfrute. A día de hoy, y a diferencia de lo que sucedía en épocas pasadas, parece que se ha acabado asociando que un libro es bueno cuando engancha, cuando te tiene en vilo, cuando no lo puedes soltar de las manos, cuando éste te acompaña a todos lados (incluso a cierto lugar, el que no debe ser nombrado, al que todos hemos acudido novela en mano). Nos hemos acostumbrados a textos cada vez más rápidos, fugaces, en cuyas tramas hay doscientos mil giros... Novelas que, en medio de todo ese caos, tristemente perdemos por el camino. Puede que su trama se nos haya grabado a fuego en nuestro cerebro o que nos sepamos incluso partes de memoria, cual fan de la última del autor o autora de moda, pero inevitablemente hay cosas que se quedan por el camino, pequeños detalles, alguna descripción memorable, pero sobre todo, esa paz que de la que antaño se asociaba al acto de leer. Con esto no quiero decir que no sigamos consumiendo lecturas trepidantes, de hecho a mi personalmente me encantan y me emociono cuando este tipo de lecturas llegan a tocarme la fibra sensible pero... ¡Sosegaos! ¡Parad! A veces los lectores merecemos un descanso, un momento de tranquilidad y entretenernos con lecturas más planas, las más criticadas, en las que parece no suceder nada pero que, en realidad, pasa todo. La vida no es una carrera, los libros no son un circuito de rally, también puede ser un campo, una senda por la que una persona camina mientras piensa en algo trascendental y que nos deja la piel completamente helada. Primer amor: una historia de celos, pasión, desamor, tristeza, frustración, vanidad, manipulación, atisbos de esperanza... Un relato encantador y evocador.

Frases o párrafos favoritos:

"Entonces, la reina oye los discursos, escucha la música, pero no mira a ninguno de los invitados. Seis ventanas están abiertas de par en par, desde el techo hasta el suelo, a través de las cuales se ve un cielo oscuro cubierto de estrellas refulgentes y el jardín con árboles grandes. La reina mira al jardín."

Película/Canción: aunque cada vez estoy más convencida de que Call me by your name de Luca Guadagnino tiene muchas conexiones con esta novela rusa del siglo XIX, me gustaría adjuntaros la pieza que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña. No es de la época, pero no lo puedo evitar, cada vez que pienso en Rusia se me vienen a la cabeza dos nombres: Chaikovski y Prokofiev. Y del segundo en concreto esta magnífica pieza. Disfrútenla.



¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial