Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

jueves, 11 de abril de 2019

RESEÑA: La memoria del aire.

LA MEMORIA DEL AIRE

Título: La memoria del aire.

Autora: Caroline Lamarche (Liège 1955). Novelista, poeta y autora de piezas para radio.A pesar de haber nacido en Bélgica, pasó su infancia y juventud en España y Francia. Tras viajar a África para enseñar francés e inglés, se instaló en Bruselas. Ha publicado recienteente con Gallimard Carnets d´une soumise de province (2004), Karl et Lola (2007), La Chienne de Naha (2012), La mémoire de l´air (2014) y Dans la maison un grand cerf (2017). (Fuente Editorial)


Editorial: Tránsito.

Idioma: francés.

Traductora: Raquel Vicedo.

Sinopsis: La memoria del aire comienza con un sueño. La narradora, la propia Caroline Lamarche, ve a una mujer muerta: es ella misma pero hace más de veinte años, «como si hubiese estado todo este tiempo muriendo». Este sueño abre una brecha hacia el pasado: desde entonces, cada día la narradora va a visitar a la muerta y conversa con ella. Los recuerdos afloran en forma de monólogo: su relación durante siete años con un hombre depresivo e iracundo, la crueldad de los juegos amorosos que vivió con él y, finalmente, la historia de cuando escuchó de otro hombre: "si lloras, te mato".En este relato autobiográfico, tan rotundo y estremecedor como onírico y poético, Lamarche ahonda en la vulnerabilidad de la infancia, en las relaciones de poder que forman la dependencia afectiva y, sobre todo, en esa violencia que nunca debería de ser consustancial al amor y que, sin embargo, tan a menudo lo es. (Fuente Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Intensa, necesaria, breve, precisa, con una sensibilidad poética admirable, reflexiva, descarnada, un ejercicio de autocomprensión... En tiempos en los que la gente corre más que nunca, en los que es difícil encontrar a alguien que mire los acontecimientos a través de los ojos y no de una pantalla, en los que existe una obligación de estar presente en el mundo, en los que debes de estar constantemente al día y en los que, en el terreno de la literatura, cada vez más libros llevan como complemento la etiqueta "fast"; existe esperanza. Nadie dijo que fuera fácil, y menos entre tanta portada atractiva e historia que te vende la idea de "tensión hasta el último párrafo". Pero todavía existen editoriales (valientes y kamikazes al mismo tiempo), que lejos de obedecer las doctrinas de nuestro tiempo tan cambiante, apuestan por la calidad, en otras palabras, por rozar con los dedos la piel de los lectores. Todas y todos conocemos esta clase de libros. Cuesta encontrarlos en la librerías, normalmente no se encuentran en sus grandes escaparates, sino en las abarrotadas estanterías, junto a otros títulos. El lector común no los encontrará, ya que, muy a nuestro pesar, sólo se detiene frente al expositor que con el que se topa nada más entrar por la puerta de cualquier templo literario. Entre ellas puede haber algún texto excelente, sí, pero para avanzar de nivel, para no llevarte autenticas decepciones, para encontrar joyas que de verdad merecen la pena; debes pasar de largo, dirigirte a la estantería y repasar los lomos de cada uno de los libros. Sé que es una tarea compleja, que una o uno puede perderse entre la inmensidad y que en ocasiones dicha tarea puede resultar desesperante. Como buscar una aguja en un pajar. Pero sólo así se descubren los tesoros, esas historias que relucen entre sus humildes envoltorios estéticos, esas que, probablemente, acaben alojándose en tu memoria nada más finalizar su lectura. Eso sí, una advertencia, requieren tiempo, una involucración que va más allá de la propia trama, una necesaria digestión y finalmente una conclusión a partir de las reflexiones suscitadas. Ese y no otro fue el camino que seguí, casi sin darme cuenta, con La memoria del aire de Caroline Lamarche, la segunda novela que la joven editorial Tránsito publicó hace ahora unos meses.

   A veces la humildad es el elemento más importante a la hora de editar libros. Esta bien querer aspirar a más y pretender asaltar los cielos en cuanto se atisbe la más mínima oportunidad. No obstante, también se puede alcanzar la gloria, y lo más importante, el corazón de los lectores a base de escoger buenas historias, ofrecer una impecable traducción y por último abrigarlas de ediciones que, aunque no llamen la atención a primera vista, basta con echarle un vistazo a su interior para saber que merece la pena. Eso mismo fue lo que me llamó la atención de Tránsito editorial y la razón por la que decidí leer y reseñar la presente novela. Su combinación de historias la mar de apetecibles (algunas de ellas consiguen entrarte por los ojos como ese suculento postre al que es imposible resistirse) y unas portadas cuya sencillez es un ejemplo para muchas otras editoriales del panorama literario actual. Monocromáticas y collages más sugerentes que reflexivos, los cuales incentivan al lector más despierto a imaginar su significado. En el caso de La memoria del aire, la portada en si no nos ofrece muchas pistas (a pesar de su originalidad), algo que por el contrario si ofrece su título.

   La crítica de La memoria del aire podría abordarse desde distintos puntos de vista, pues a pesar de su extraordinaria brevedad (cuando el lector llega al final se queda con ganas de más a pesar del largo y pedregoso camino que ha recorrido desde su inicio hasta la última palabra), deja un poso para poder referirse a ella de muchas formas. La memoria del aire podría considerarse, en primer lugar, como una novela personalista y centrada por tanto, en ese subjetivismo en la literatura del que ahora somos testigos y que ha ido en aumento en los último años. Esa novelización del "yo" no deja de ser sintomática de una sociedad en la que cada vez damos más importancia al individualismo, y por consiguiente, a todo lo que eso afecta. Nuestra felicidad, nuestra tristeza, nuestra opinión, nuestra preocupación, nuestra desdicha, nuestra fortaleza... Nuestra vida en general. Pero la "literatura del yo" no muestra una historia en la que la o el protagonista, con X conflicto interno, se relaciona con una serie de personajes secundarios, sino que debería ofrecer una exploración, lo más exhaustiva y profunda posible, de ese agujero en el interior del corazón, el estómago o la cabeza del protagonista de la historia. Lejos de caer en topicazos o temas excesivamente manidos, Lamarche sumerge al lector ya no en una exploración, sino en una búsqueda, en un viaje, en un tren que desciende hasta el germen de todo. Y lo encuentra, ¡vaya si lo encuentra!, en lo que hasta hace unos años estaría completamente invisibilizado: una traumática y tóxica relación de pareja.

   Es en este punto donde, además de una oda al subjetivismo bien construido y justificado, deberíamos estar hablando de novela con tintes claramente autobiográficos. No es un secreto que muchas escritoras y escritores se han basado en su propia vida para escribir algunas de sus novelas más famosas y que a la larga han resultado trascendentales. De una relación amorosa con tintes platónicos surgió la Divina Comedia, uno de los textos más importantes de la literatura universal y que Dante dedicó única y exclusivamente a Beatriz, su amor, su inspiración, su luz, capaz de hacerle recorrer el Infierno, atravesar el Purgatorio para finalmente ascender al Paraíso donde poder, al fin, reencontrarse con ella. No es este el caso de Caroline Lamarche en La memoria del aire, pues si de algo es memoria este libro es de las oscuras sombras de una relación (por fortuna finalizada) y el recuerdo amargo de ella una vez transcurrido el tiempo. Por medio de brevísimos retales, Lamarche nos disecciona los recovecos de un amor brutal, violento, en donde la protagonista sufre todo tipo de descréditos, golpes y puñaladas contra su propia autoestima. Dividida en dos partes, la autora no duda en hablarnos en primer lugar (desde un estilo preciso pero enormemente poético) de aquel hombre con la justa frialdad que requiere esta reflexión a posteriori para luego, en segundo lugar, retornar a un recuerdo traumático de su pasado que vuelve con fuerza a su vida a raíz de esta terrible situación sentimental. Su lectura, como ya apuntaba al principio de la presente reseña, necesita tiempo, dedicación, detenerse unos instantes tras leer un capítulo, uno de los muchos testimonios que la autora vierte sobre los ojos del lector. Pero también, por si fuera poco, La memoria del aire necesita reposo, el necesario para que, una vez asentada y digerida toda la información, éste consiga extender sobre la mesa (o sobre el teclado del ordenador, según se mire) esa huella imborrable y eterna. Personalmente, la experiencia de encontrarme por vez primera con Lamarche y su literatura ha sido de entendimiento, de comprensión, e incluso de compañía. Jamás me he visto en la situación que la autora belga narra con tanta vehemencia y delicadeza. Ojalá no conozca nunca esa clase de miedo, cuyo olor a muerte y terror de seguro conseguirían estremecerme. De lo que sí estoy segura, por desgracia, es en el hecho de que muchas mujeres pueden haberse identificado con su protagonista.

   El amor romántico mata, lo dice Lamarche, lo digo yo y lo dicen infinidad de intelectuales y voces anónimas a las que la historia, de seguro, algún día pondrá en su lugar. Y es que desde bien pequeñitas se nos ha metido en la cabeza la idea de que los príncipes azules existen de verdad y que somos nosotras las que debemos ser rescatadas de los dragones (o lo que es lo mismo, de cualquier adversidad que se nos presente en la vida). Sin embargo, todavía es más interesante ver como la propia Lamarche, en un ejercicio de autocrítica y reflexión más allá de que los ojos ven, bucea, se sumerge, consiguiendo llegar hasta los mismos cimientos de la construcción del patriarcado universal. Observa cada una de las patas que lo sostienen, deteniéndose especialmente en una, la que lleva por nombre "culpa femenina". Y es que Lamarche tiene razón cuando en La memoria del aire dice que gran parte de la desigualdad entre hombres y mujeres se ha construido a base de minar la autoestima de la mujer haciéndole creer que la culpa de todo es suya. Así como el instinto de supervivencia aflora en cada uno de nosotros en el caso de necesidad, el de culpa surge de manera innata en el sexo femenino como si fuera algo normal, cuando en realidad no lo es. Por no hablar de, en relación con esto último, la creencia de que el hombre es el único capaz de hacer entrar en razón a la mujer cuando ésta niega esa culpa. "La sociedad es cómplice del hombre", ese debería ser el nombre de otra de las patas que con firmeza han sujetado siglos de salvaje patriarcado. La normalización de la superioridad del varón en todos los aspectos de la vida confirma a la propia Lamarche lo que ya se temía, que es necesaria y urgente implantar una perspectiva de género en los principales resortes de defensa jurídica, sanitaria y policial para afrontar ciertos procesos en igualdad de condiciones. Algo que, si echamos un vistazo a nuestra actualidad más acuciante, está lejos de ser una realidad.

   El rojo es el color protagonista de la presente portada, así como el de la sangre y como el de la capa de Caperucita Roja. Libro que, por cierto, acaba de ser retirado de la biblioteca escolar de un colegio de Barcelona por considerarse sexista según una noticia de la que ayer se hicieron eco incontables medios de comunicación de este país. El machismo está presente en muchos libros infantiles (en parte porque fueron escritos en épocas pasadas en las que éste estaba a la orden del día y estaba más aceptado). Por tanto, es un error pensar que sólo por leer La cenicienta, La sirenita o Los tres cerditos las niñas y los niños van a adquirir automáticamente comportamientos machistas. Si algo me ha enseñado la lectura de Lamarche ha sido a que, sí, los referentes culturales pueden influir sobre los comportamientos de las futuras generaciones pero... ¿Un padre o una madre no lo son más? ¿No puede el niño llegar a desarrollar comportamientos machistas a partir de lo que observe en el entorno familiar? ¿Y si el problema, en realidad, no son tanto los libros como una educación doméstica sesgada entre niños y niñas? Creer en príncipes azules no es bueno, pero tampoco lo es asumir que a ti te toca fregar los platos mientras tu hermano se sienta a ver la tele.

La memoria del aire: una historia de desgarro, evidencias, denuncia, autocomprensión, reflexión, necesaria lectura y debate... Las profundas heridas del amor romántico.

Frases o párrafos favoritos:

"Querida muerta, mantén los ojos cerrados si quieres, pero abre bien las orejas: aquel a quien amé durante siete años no consideró necesario comunicarle a su madre que yo existía, que era, como él decía, la mujer de su vida (...) Sin embargo, este hombre, el hombre de antes, que a partir de ahora llamaré, por simplificar, Deantes, Deantes, pues había acabado de conocer a toda mi familia."

Cortesía de Editorial Tránsito

martes, 9 de abril de 2019

RESEÑA: La hermosa burócrata.

LA HERMOSA BURÓCRATA

Título: La hermosa burócrata.

Autora: Helen Phillips (Colorado, 1983) actualmente vive en Nueva York, donde imparte clases en el Brooklyn College. La hermosa burócrata la situó a la vanguardia de la nueva generación de jóvenes narradores que está revolucionando el panorama literario estadounidense. Ha publicado también las colecciones de relatos And Yet They Were Happy (2011) y Some Possible Solutions (2016). Su obra ha sido merecedora de numerosas distinciones. (Fuente: Siruela).



Editorial: Siruela:

Idioma: inglés.

Traductor: Daniel de la Rubia.

Sinopsis: Si las perspectivas laborales no hubieran sido tan sombrías durante ese húmedo verano, es probable que Josephine no hubiera aceptado el puesto de administrativa en un edificio sin ventanas situado en la periferia. Su tarea consiste, exclusivamente, en introducir interminables series numéricas en la enigmática Base de Datos. Pero a medida que pasan los días y los inescrutables impresos llenos de cifras se van acumulando, Josephine empieza a sentirse cada vez más amenazada por el inquietante entorno: el zumbido de la ventilación, el color rosáceo de las paredes, el eco en los largos pasillos... Cuando su marido desaparece de improviso y la verdad sobre la naturaleza de su empleo comienza a perfilarse, su creciente malestar se transforma, ahora sí, en absoluto temor. (Fuente: Siruela).

Su lectura me ha parecido: extraña, misteriosa, con un arranque inolvidable, claustrofóbica, desconcertante, mejor no preguntar por su desenlace..."No es difícil acostumbrarse a todo, particularmente cuando se ve a los demás hacer lo mismo." Así se expresaba León Tolstoi en su famosísima y siempre reivindicada Anna Karenina. Y es que de un tiempo a esta parte, el ser humano ha sido consciente del poder alienador que las altas esferas ejercen sobre todas los aspectos, hasta del detalle más mínimo de nuestra cotidianeidad, pero también, de lo difícil que resulta desprenderse de él sin llevarse por delante gran parte de lo que, con esfuerzo, hemos conseguido construir. Algo que, con la gigantesca influencia de las nuevas tecnologías (en especial las que consiguen deprimirnos o activar nuestra euforia con tan sólo un "like"), es un esfuerzo cada vez más titánico. De ahí, en parte, la resignación, el "tragar con todo", la impotencia, el acostumbrarse a que las cosas son así y punto. Retomando las sabias palabras del escritor ruso, diremos que, a fin de cuentas, como el resto hace lo mismo, ¿yo por qué voy a ser menos? No vaya a ser que me meta en un problema y vea mi proyecto de vida truncado. Además, todo es aceptarlo y que el tiempo siga corriendo, rápido, veloz, sin sobresaltos, sin que se detenga con un golpe seco.  Esa filosofía del conformismo (esa palabra que en ocasiones tanto odio), explica gran parte de nuestros errores como sociedad, además de fomentar un pensamiento poco proclive a formular cualquier crítica. Sin embargo, cuando aplicamos esta misma filosofía al mundo del trabajo, entonces ésta saca sus fauces a relucir y las pasea para que todas y todos vean lo que les puede suceder si no cumplen con la política de la empresa. Y lo peor de todo es que, como dependemos de un salario a final de mes, acatamos todo lo que los echen con tal de aferrarnos a un empleo que, por muy horrible o mal pagado que esté, al fin y al cabo es trabajo. La precariedad, así como ese conformismo mal llevado, son los motivos que obligan a Josephine, protagonista de la novela que hoy reseñamos, a aceptar un puesto en el lugar menos inspirador y cerrado (literalmente) de cuantos la imaginación haya podido imaginar. La hermosa burócrata: una particular e indescriptible distopía sobre las consecuencias de la alienación.

     La historia de como La hermosa burócrata acabó en mis manos es bien sencilla y en línea con esa tradición literaria a la que, como lectora y fan absoluta, me he aferrado. Las distopías (subgénero dentro de la ciencia ficción) siempre me han entusiasmado, flipado y volado la cabeza con sus visiones de esos mundos futuros devastados y sujetos a regímenes totalitarios en los que nadie desearía vivir. Desde aquella primera y memorable lectura de 1984 de George Orwell, así como las posteriores de Un mundo feliz de Aldoux Huxley y Farenheit 451, no pude evitar caer rendida a sus pies. Me dieron tanto miedo su imaginación, me provocaron tantas reflexiones, en definitiva, me causaron tanta impresión que decidí, entre los años 2014 y 2015 poner punto y final a la carrera de Historia con un Trabajo Final de Grado relacionando dichas lecturas, entre otras, con su contexto, con la época en la que se habían escrito, que casualmente coincidía con el auge de los mayores regímenes totalitaristas de los que la humanidad ha sido testigo. ¿Serían una crítica a dichos sistemas políticos? ¿Y de estar en lo cierto, a cual lanzan sus puntiagudos dardos? ¿O más bien estamos no ante una feroz crítica, sino ante una descripción de algunos de ellos, ante su inspiración llevada a su máximo extremo? Todas esas preguntas, a las que más o menos conseguí encontrar respuesta, rondaban en mi cabeza cada vez que me adentraba, con gran entusiasmo, en el interior de una nueva distopía.

    Desde entonces, desde que descubrí a los que todo el mundo conoce como "padres" de la distopía del siglo XX, han sido muchas las que, con mayor o menor fortuna, han pasado por mis manos y por mis ojos. Sin embargo, cuando conseguí, tras años de espera y mucha paciencia (ya que por aquel entonces el libro estaba inexplicablemente descatalogado) meterme de lleno en la lectura de El cuento de la Criada, algo cambió en mi interior. Estaba leyendo una distopía, tenía muchas cosas en común con las escritas por los grandes del subgénero, sin embargo, el punto de vista era totalmente diferente. Aquella fue la primera vez que leí una distopía protagonizada por una mujer y narrada desde su punto de vista. Lejos de quedarse ahí el asunto, El cuento de la Criada también mostraba al lector una distopía horrible, para todos, pero especialmente para las mujeres (no hace falta que me explaye en los detalles ya que muchas y muchos habréis visto la serie, y si no la habéis visto, ya estáis tardando), las cuales son las principales víctimas de Gilead (Estados Unidos). Sin duda, la novela de Margaret Atwood marcó un antes y un después en mi incesante búsqueda de distopías literarias. Seguí leyendo a autores, pero mi interés hacia la mirada femenina aumentó considerablemente, sobre todo en los últimos años. De ahí que no me pudiera resistir a hacerme con un ejemplar de La hermosa burócrata. Una distopía que apuntaba maneras, cuya sinopsis había conseguido removerme por dentro y a la que se añadía una autora que, según la breve biografía de la solapa, estaba considerada como una de las mejores de su generación. Y sí, al principio fue bien, mejor que nunca. El problema llegó cuando, una vez me encaminaba a la recta final de su lectura, ésta acabó tornándose algo confusa.

   Si existiera un color para definir la lectura, así como la trama de la novela de Phillips, ese es el gris. Pero no en su versión marengo, tan sofisticada, sino en una gama más apagada y fría, como la rugosa pared de ese trozo de edificio mal derruido en medio de un descampado, como ese escalofrío que recorre nuestro cuerpo cuando colocamos un dedo sobre el cristal de la ventana en una tarde helada y lluviosa. Gris no significa simple, ni anodino, es la fusión del blanco y negro, el resultado de una simple mezcla que, si se aglutina, si se empasta, si se funde correctamente, puede deparar algo grandioso. Eso pensaba cuando me adentré en La hermosa burócrata, de hecho, esa sensación de estar ante algo verdaderamente potente y gris (muy gris) me mantuvo en vilo desde el mismo inicio de la novela. Tan memorable como estremecedor. Hacía tiempo que no leía algo tan seco, tan frío, tan directo y que al mismo tiempo me provocase infinidad de emociones.

   Su premisa, la de una mujer (Josephine Anne Newbury) que tras mucho tiempo en dique seco (es decir, en el paro), accede a un empleo de todo menos alentador, no puede ser más actual. Si lo miramos con los ojos de quienes llevamos años y años luchando entre la precariedad y el desempleo, es muy probable que muchas y muchos acabemos identificándonos con los problemas e impresiones de Josephine. Sin ir más lejos, el primer capítulo podría reflejar a la perfección ese grado de despersonalización (llevado por supuesto al extremo) al que últimamente se está encaminando el mundo laboral. Josephine entra a trabajar en un lugar sombrío, austero, sin ventanas. El lector desconoce por completo quien le entrevista, no sabe si es un hombre, una mujer o incluso un robot. Para Josephine, y por supuesto para el que acaba leyendo esta novela, siempre será "La Persona con Mal Aliento". Al no haber ventanas, no hay ventilación ni luz que entre desde el exterior, por tanto, la autora nos sumerge en un entorno altamente claustrofóbico con el fin de que nos creamos constreñidos entre techo y pared, entre silla y mesa, entre empleada y labor. Sabemos en qué consiste el nuevo trabajo de Josephine, el cual no puede ser más desalentador. Una tarea tan monótona como meter conceptos en una base de datos aburre a cualquiera, destruye, desquicia... Pero ella sigue ahí, porque la situación no es buena, porque necesita trabajar, porque tiene sueños, porque comparte su vida con alguien a quien ama.

   Sin embargo, el detonante surge cuando, de forma totalmente inesperada, su marido, el amor de su vida, desaparece sin dejar rastro. Es entonces cuando el lector se encamina a una narración basada en un supuesto (para nada novedoso en literatura pero claramente interesante en el caso de La hermosa burócrata). ¿Podrá Josephine seguir en ese trabajo tras el abandono de su pareja? ¿Podrá pasar por alto sus sospechas acerca de los elementos que constantemente introduce en la abominable máquina? ¿Mantendrá su actitud dócil y sumisa ante "La Persona con Mal Aliento"? A esas y a más preguntas pretende responder Phillips en esta novela. No obstante, y a pesar de ese brutal arranque y esa manida pero interesante propuesta (dentro de las distopías literarias todavía quedan muchos frentes abiertos), la trama parece enredarse, hasta el punto de meterse en un callejón sin salida, en un jardín del que es complicado salir indemne. Algo que, en prejuicio del lector, la autora arregla de una forma un tanto abrupta, creando la sensación en el lector de que acaba de asistir a un enredo mayor. Tan extraño, tan incongruente, tan "no lo he pillado pero seguro que tiene su significado". Y no lo dudo, pero en esta ocasión, la idea que tenía Phillips en la cabeza, que de seguro que era buena, no acaba de plasmarse perfectamente sobre el papel.

   A pesar de este ligero descalabro en cuanto a su final, en general me ha parecido una propuesta  muy interesante y digna de ser apreciada tanto por los lectores como por el mundo intelectual. Ya que no son pocas las reflexiones que su lectura plantea entorno a como, dentro del sistema capitalista, concebimos la acción de trabajar o el hecho de tener un trabajo. "Trabajo" en todas sus concepciones posibles. Pero también, y es ahí donde encuentro la mayor virtud de esta novela, en el hecho de que, a pesar de que desde la editorial nos la venden como una distopía, en realidad, el lector que se adentra en ella no percibe esa sensación. Es más, parece que esté hablando del momento actual, de la realidad más acuciante, de la vida de todas aquellas personas que, como ganado, se meten en los autobuses o el metro para dirigirse a sus respectivos empleos sin más motivación que la de la subsistencia económica. Sin importar cual de infelices son haciendo su trabajo o si éste resulta más esclavo de lo que aparenta. Tras leer La hermosa burócrata y recorrer junto a Josephine cada uno de los extractos de ese sistema en el que se ve imbuida, una no puede evitar preguntarse si estamos ante una fantasía novelada o ante nuestra propia rutina, ante nuestra propia hipocresía respecto al conformismo o simplemente ante el futuro, hasta donde estaríamos dispuestos a llegar si el capitalismo más salvaje acaba construyendo edificios sin ventanas, autómatas frente a ordenadores o máquinas cuyo último fin el trabajador desconoce por completo.  La hermosa burócrata: una historia de alienación, presión, jerarquía, expectativas, fracasos, inquietudes aplastadas, monotonía, locura, tecnología... ¿Trabajo al servicio de quién?

Frases o párrafos favoritos:

"Experimentó un timorato instante de miedo cuando empujó la robusta puerta. Pero cuando ésta ser abrió, no saltó ninguna alarma y se encontró con una escalera donde reinaba el silencio. Los escalones de cemento se perdían hacia arriba y hacia abajo, son que fuera posible ver dónde terminaban."

Cortesía de Siruela

martes, 2 de abril de 2019

RESEÑA: Historias reales.

HISTORIAS REALES

Título: Historias reales.

Autora: Helen Garner (Geelong, Australia, 1942) allí creció hasta ingresar en la Universidad de Melbourne. Dio clases en diferentes institutos, pero en 1972 fue despedida por responder a las preguntas de sus alumnos sobre sexo. Garner comenzó entonces a trabajar como periodista. Es autora de una amplia producción literaria tanto de ficción como de no ficción. Su primera novela, Monkey Grip (1977), ganó el National Book Council de Australia y fue adaptada al cine en 1982. Desde entonces, Garner ha publicado varias novelas, cuentos cortos, ensayos y reportajes. La habitación de invitados (2008) es su último título de ficción y uno de sus libros más reconocidos. Entre sus obras de no ficción destacan The First Stone (1995), un controvertido reportaje sobre un caso de abuso sexual en la Universidad de Melbourne; Historias reales (1996; Libros del Asteroide, 2018) y La casa de los lamentos (2014). En 2006 Helen Garner recibió el primer Melbourne Prize for Literature en reconocimiento a su carrera. (Fuente: Libros del Asteroide).


Editorial: Libros del Asteroide.

Idioma: inglés.

Traductora: Cruz Rodríguez Juiz.

Sinopsis: Helen Garner visita un depósito de cadáveres y se va de crucero en un barco ruso; la despiden de un colegio por hablar de sexo con sus alumnos; asiste a un parto y a una boda; escribe sobre cumplir los cincuenta, sobre su familia y sobre el revuelo causado por uno de sus libros. Garner vive y observa, y luego lo cuenta con inteligencia y compasión. Sus piezas de no ficción, escritas originalmente para prensa, abarcan los más diversos temas: «siempre vendrá una idea a salvarme justo cuando esté a punto de sentarme ante el abismo de comenzar una novela». En todas ellas encontramos aquello que solo la auténtica literatura es capaz de darnos: trozos de vida. Helen Garner es una de las más importantes escritoras australianas contemporáneas; Historias reales reúne sus principales piezas de no ficción, reportajes y artículos seleccionados por la propia autora entre los más destacados de su dilatada carrera. (sinopsis editorial).

Su lectura me ha parecido: amena, vocacional, con personalidad, veraz, sincera, en ocasiones autobiográfica, perfecta para una desconexión temporal de todo lo que huela a ficción inverosímil... Es un hecho, en Jimena de la Almena llevamos una racha importante de autoras australianas cuyos libros han sido reseñados en este espacio de crítica y opinión a lo largo del pasado mes de marzo. La casualidad, de nuevo, ha querido que mis investigaciones semanales se dirijan a uno de los países más remotos y fascinantes de la tierra, cuya historia no hace sino sorprenderme a cada nuevo dato que descubro. Sin embargo, y en un último intento por toparme con algo excepcional, decidí indagar en su literatura, faceta poco conocida de un lugar en el que las playas paradisíacas y el agreste paisaje conviven de una forma casi mágica. Cual fue mi sorpresa que, tras mirar en la Wikipedia (página a la que siempre acudo en primer lugar para extraer fuentes primarias sin mayores dificultades, sí, las que aparecen citadas y en ocasiones con enlaces justo debajo de la información), pude comprobar que en ésta sólo se nombraba a una mujer, Anna Maria Bunn, autora de The Guardian: a tale, considerada por muchos como la primera novela escrita y publicada por una mujer australiana. ¿El resto? Todo hombres, incluyendo su único Premio Nobel de literatura, concedido a Patrick White en el año 1973. A continuación tecleé el nombre de "Anna Maria Bunn" en Google. La respuesta que me dio el buscador me hirvió la sangre pues, no sólo me topé con una página de Wikipedia en inglés dedicada solo y exclusivamente a ella (repito, tuve que teclear su nombre, no seguir un enlace desde "Literatura de Australia"), sino que además, otros nombres de australianas ilustres del mundo de las letras se sucedieron ante mis ojos. Rosa Campbell Praed, Matilda Jane Evans, Louisa Lawson, Ethel Pedley, Louise Mack, Mary Gaunt, Louisa Atkinson, Jennings Carmichael y por supuesto Barbara Baynton (considerada por muchos críticos como la gran innovadora y renovadora dentro del panorama literario australiano y cuya obra más importante reseñamos la semana pasada). La cuestión entonces es bien sencilla. Me parece estupendo que tengan, la inmensa mayoría de ellas, página propia en el mayor portal de búsqueda de información, pero, ¿no sería lógico que también estuviesen presentes, junto con sus colegas masculinos, en "Literatura en Australia"? En vistas de esta tremenda injusticia y en relación con la reseña que nos ocupa, me gustaría recalcar que, si no es por estas pioneras, muchas escritoras australianas que lo están dando todo hoy en día y cuyas novelas han llegado por fortuna a nuestras estanterías, no existirían. Como tampoco existirían mujeres que, como Helen Garner, persiguen la verdad a golpe de pluma y buen periodismo. Historias reales: la tranquilidad de lo verídico.


La historia de como el libro de Helen Garner llegó a mis manos surgió debido a una imperiosa necesidad, a una urgencia lectora, a una desesperada búsqueda de lecturas enmarcadas dentro de la no ficción. De toda la vida, y esto la gente que me conoce lo podrá afirmar, me he sentido atraída por la ficción. Al principio desde todas sus ramas (incluyendo la más abstracta y fantástica), para ir con el paso del tiempo especializándome (hubo una época que sólo leía historias con marcado tinte social) y finalmente volver a abrirme a aquellos géneros a los que un día les cerré la puerta (incluyendo al terror y a la ciencia ficción de corte distópico, hoy por hoy, dos de mis géneros literarios favoritos). Con la conocida como "no ficción" reconozco, me costó más hacerme a ella, y eso que estudié Historia, una de esas carreras en las que tienes la obligación de leer, sí o sí, muchos ensayos. Durante los años que duró mi experiencia universitaria alterné la ficción con la no ficción siempre que pude. De hecho, hubo épocas en las que me agobiaba tanto que, como si de una medicina se tratase, necesitaba reencontrarme, aunque fuera con unas pocas líneas, con algo inventado, imaginado, salido de la mente de la autora/or y que aunque su inspiración fuese, yo que sé, la vida de una familia de clase burguesa durante el contexto de la Primera Guerra Mundial, me hiciera pensar en ese periodo desde otra perspectiva. Desde la de querer estar ahí y desde la de "me tengo que estudiar este mismo tema para los exámenes de junio". Casualmente, por esa época me dio por leer el Hobbit (toda una proeza teniendo en cuenta lo relativamente negada que he sido para la literatura fantástica). Ironías del destino, una vez acabada la carrera fue cuando me picó el gusanillo por la no ficción y los ensayos de corte histórico (y si abordaban los sujetos de estudio desde una perspectiva de género mucho mejor), así como algunas fuentes históricas que durante la carrera ni se me hubiera pasado por la cabeza adentrarme en ellas. Suspenso en coherencia amigas y amigos. De entre todos aquellos libros que pasaron por mis manos, si hubo uno en concreto que provocase que, muchos años después, tenga las Historias reales de Helen Garner entre mis manos, ese es Voces de Chernóbil, de la periodista, escritora y Premio Nobel de Literatura Alexandra Alexiévich. Era periodismo, sí, pero desde una mirada descontaminada, veraz, directa, impactante, con la intención de hacer reflexionar al lector, en donde no existe lugar para la indiferencia. Y lo más importante, elaborado a partir de testimonios que, desde una precisión que sonrojaría a más de uno que se considera "historiador", son tratados como lo que son, testimonios de un hecho, sin censura, bien escogidos, bien presentados, tal cual fueron confesados a la propia Alexiévich. Expuestos al lector, quien en última instancia es el que debe opinar sobre ellos desde una mirada critica y conocedora de los hechos. Aquel libro me dejó tan impactada que, no sólo acabé leyendo más libros de Alexiévich, sino que busqué insistentemente otros ensayos o crónicas periodísticas similares. Fue durante esa exhaustiva odisea cuando, de pronto, Helen Garner se alzó ante mis ojos como una oportunidad de seguir ampliando mis miras en un momento de ligero desencanto con la ficción (los finales inverosímiles de mis últimas lecturas tuvieron la culpa). Gracias a Libros del Asteroide pude hacerme con un ejemplar, llevármelo de viaje a Soria, leerlo entre migas y torreznos y ponerle punto y final una ve regresé a casa con la convicción de que existe el buen periodismo.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que son dos las palabras que mejor definen lo que el lector se va encontrar una vez inicie la lectura de Historias reales: relato y verdad. En primer lugar, y a pesar de que el libro de Garner se compone de una serie de artículos periodísticos publicados en diferentes medios de comunicación, su presentación es puramente literaria, muy cercana precisamente al cuento o a la narración breve. Agrupados bajo cuatro títulos muy peculiares (El señor Tiarapu, Canta por la cena, La chaqueta violeta y De crucero) que a su vez actúan como una especie de capítulos, cualquiera pensaría que está ante un libro de relatos que ante una serie de pequeñas crónicas periodísticas. Además de la disposición de estos textos, ese carácter literario también se traslada a la forma que tiene Garner de abordar las noticias, casi siempre partiendo de anécdotas personales, acontecimientos que le han marcado significativamente o simplemente a colación de una noticia en particular y con una versatilidad que la pone a la altura de las y los grandes cronistas. A la vez que vas dejando atrás cada una de sus páginas, el lector tiene la sensación de que no está leyendo un artículo de opinión novelizado, sino una historia con recursos literarios al uso y todo. Me llama especialmente la atención que además de "rigurosa" y "precisa" una de las citas que acompaña la presente edición de Libros del Asteroide la califique su prosa como "seca" (la del Wall Street Journal), algo que particularmente no entiendo. Pues, bajo mi punto de vista, siempre sujeto a cualquier debate o discrepancia, creo que "seca" no es el mejor adjetivo para definir su prosa. Seco, creo, es cuando en un texto sueltas las frases no con la intención de producir belleza o harmonía, sino para crear más tensión para que la relación con el lector sea algo más distante. Sin embargo, en Historias reales se aprecia más una calidez y un claro intento de no alejar tanto éste de lo que se está leyendo. Y eso, queridísima Garner, se agradece. En segundo lugar, lo que diferencia este libro de muchos otros de su estilo es la potente verdad que emanan cada una de sus historias, cumpliendo de este modo una de las máximas del periodismo. Vivimos tiempos donde la llamada "máquina del fango" está a pleno rendimiento, y no solo en el terreno de las fake news. Un fenómeno que no hace más que viciar el ambiente y, como consecuencia, permitir la caída de la credibilidad en los medios de comunicación por parte de la sociedad. Por eso, que el lector habitual de ensayos o crónicas periodísticas se encuentre con un libro como Historias reales permite una vía por la que poder respirar aire puro, sin contaminación, sin peligro a caer en sensacionalismos o mentiras para favorecer a los intereses del poder. Podría, en el caso de los artículos, detenerme en cada uno de ellos. Decir que en el titulado ¿Por qué sólo le duele a las mujeres? aborda con un ligero toque de humor la falta de educación sexual femenina en los colegios e institutos, que en Un álbum de recortes sienta a sus cuatro hermanas a hablar sobre los trapos sucios de su propia familia, que en Canta por la cena aborda su curiosa experiencia en su primer festival literario al que asistió como escritora o que en Matar a Daniel trata de esclarecer los porqués de un terrible asesinato (sin duda, el texto más impactante). Podría pasear, lentamente, y hablaros de cada uno de ellos. Sin embargo, una de las virtudes de este texto en concreto y en general del buen libro de crónicas periodísticas es que no te lo cuenten demasiado. Saber lo justo y necesario. Así cuando te haces el animo y lo tomas entre tus manos mientras te acomodas en la cama a la luz de la lamparita, el primer contacto puede ser más intenso, y por tanto, menos prejuicioso.


En los últimos años los lectores hemos apreciado como cada vez más y más estanterías se llenan de textos calificados con el término anglosajón "non fiction". Esto no es una novedad, ya que a lo largo de la historia de la literatura, las modas han ido yendo y viniendo, y la apuesta por los ensayos de toda la vida, al igual que sucedía con otra clase de libros, irrumpía en el panorama editorial con una fuerza descomunal para, al cabo de unos meses, evaporarse de los escaparates de la librerías más importantes del mundo. Sin embargo, y a diferencia de otras ocasiones, la venta de ensayos se ha disparado, forzando la aparición de una lista paralela a la que todas y todos conocemos, esa que enumera de mayor a menor los libros más vendidos en el terreno de la ficción. Ahora, los lectores de todo el globo pueden consultar que libro de "non fiction" o "no ficción" es el que más gente se lleva a sus casas. Lo cual es un gran paso. No obstante, dentro de esta tendencia cada vez más ascendente (la cual podría explicarse debido al contexto en el que estamos inmersos, donde la televisión comienza a verse como un medio contaminado por los intereses políticos y económicos de quienes de verdad gobiernan sobre nuestras vidas), hay un subgénero que está tomando la delantera, el llamado y conocido como "true crime". Tan desarrollado por algunas series norteamericanas de corte policíaco, ahora parece trasladarse al papel para seguir ganando legiones y legiones de fieles seguidores. Pero, ¿en qué consiste entonces el "true crime"? Muy sencillo, consiste en la elaboración de un ensayo periodístico a partir de un suceso que, por A o por B, ha conmocionado o conmocionó en su momento a la sociedad de un determinado país. Y tal y como revela el propio nombre de este popular subgénero, este suceso debe haber sucedido de verdad, de lo contrario, estaríamos ante una novela de misterio policíaca de toda la vida. Aunque durante la época victoriana algunos autores coquetearon con él (base más o menos verídica para luego dar rienda suelta a su imaginación y siempre influenciados por el sensacionalismo de los Penny Dreadfuls), no fue hasta mediados de siglo XX cuando nos topamos con el que probablemente sea el "true crime" más famoso de la literatura. Por supuesto, estamos hablando de A sangre fría escrita por Thruman Capote en 1965. La historia de aquel injustificable y sangriento asesinato a una familia en el tranquilo pueblo de Holcomb (Kansas) sacudió la opinión pública, lanzó una feroz crítica contra el sistema judicial estadounidense y dio una lección de talento periodístico a toda la profesión. Opiniones contrastadas antes que morbo. Literatura antes que amarillismo. Testimonio antes que prejuzgar. Creó escuela, eso no cabe duda, Muchos de las y los periodistas que le sucedieron trataron de ponerse a su altura, algunos con gran éxito (el caso de Gay Talese, Thomas Wolffe o la ya mencionada Premio Nobel Svetlana Alexiévich) y desde sus distintas sensibilidades periodísticas. Sin embargo, la falta de nombres femeninos dentro de este popular subgénero dentro de la crónica periodística no dejaba de ser escandalosa hasta hace unos años. Tuvieron que llegar entonces periodistas como Helen Garner, entre otras, para que el mundo supiera que las mujeres también escribían sobre sucesos. Aunque en Historias reales apreciamos más facetas de su autora, Garner es una consumada autora de "true crime" que, lejos de convertirse en superventas, consiguen hacer reflexionar al lector sobre cuestiones verdaderamente incómodas. El periodismo es una valiosa fuente primaria, y Garner lo sabe, por eso sus escritos, pegados a la realidad más palpable, nos enternecen, nos indignan,  nos escuecen, nos duelen y por último nos estremecen. Historias reales: veintiocho crónicas cotidianas, extraordinarias, escalofriantes, reflexivas... Al fin y al cabo, veintiocho historias verídicas.

Frases o párrafos favoritos:

"Es de esos desconocidos que ves a veces en un lugar público con algo en su forma de comportarse que te dan ganas de abordarlos para decirles “Cuénteme la historia de su vida, por favor. Cuénteme todo lo que usted sabe y yo no”

Película/Canción: como no podía ser de otra manera, en esta ocasión, dejadme que os adjunte esta pieza tan divertida y original de Leroy Anderson. En mi cabeza siempre la he asociado con alguna escena en blanco y negro protagonizada por una intrépida o intrépido periodista.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide

viernes, 29 de marzo de 2019

RESEÑA: Juventud sin Dios.

JUVENTUD SIN DIOS

Título: Juventud sin Dios.

Autor: Ödön von Horváth (Rijeka, Croacia, 1901- París, 1938) El intelectual austríaco de origen húngaro Ödön von Horváth es considerado uno de los escritores en lengua alemana con una visión más lúcida de los acontecimientos políticos y sociales que llevaron a la sociedad alemana a la Segunda Guerra Mundial. Autores como Hermann Hesse, Thomas Mann, Joseph Roth y Peter Handke manifestaron admiración por su obra. En 1931 fue galardonado, junto con Erik Reger, con el Premio Kleist. En 1933, con la llegada de Hitler al poder en Alemania, se mudó a Viena y en 1938 a París, donde murió al caerle encima la rama de un árbol durante una tormenta eléctrica en la Avenida de los Campos Elíseos. (Fuente: Nórdica Libros).


Editorial: Nórdica libros.

Idioma: alemán.

Traductor: Isabel Hernández.

Sinopsis: "Al igual que hizo Michael Haneke muchos años después en La cinta blanca, Ödön von Horváth narra en esta prodigiosa novela los orígenes del nacionalsocialismo y cómo la semilla del mal ya estaba presente en los jóvenes y en su educación. El narrador de Juventud sin Dios es un joven profesor a quien el director del colegio le pide que no corrija a un alumno que afirma que los negros son infrahumanos, y le recuerda, además, que su obligación es «educar para la guerra». Los valores patrióticos se inculcan en una especie de campamento paramilitar en el que se producirá un crimen misterioso. Horváth escribió esta obra en el verano de 1937, exiliado en Henndorf, en las proximidades de Salzburgo, y se publicó ese mismo año, alcanzando rápidamente una gran popularidad, incluso en el extranjero, siendo traducida a diez idiomas en los dos años siguientes. Las referencias a la realidad del nazismo son el elemento central en una obra en la que el autor describe una curiosa mezcla de la Alemania nazi con la Austria prefascista." (Sinopsis editorial).

Su lectura me ha parecido: intrigante, ágil, inquietante, perversa, sorprendente, cero optimista, espeluznante... "Una crisis económica nunca trae nada bueno". Con estas palabras exactas sentenció la profesora de historia que tuve en cuarto de la ESO a raíz de una pregunta de un compañero o compañera (no recuerdo bien) mientras abordábamos las consecuencias del famoso crack del 29. Y no, no lo decía en relación a lo que el pueblo norteamericano sufriría tras una de las crisis más famosas y cinematográficas del capitalismo. En ese momento no le di tanta importancia, pero, al cabo de unos meses, cuando nos tocó enfrentarnos a la crudeza del Nazismo, supe entonces que aquellas palabras tenían más peso de lo que al principio me pareció. Si algo me ha enseñado la historia, tanto en mis años de estudiante de secundaria como posteriormente durante la carrera, es a pensar a largo plazo, a estar al día con lo que pasa en el mundo, a no quedarme con una sola opinión (de hecho, desde hace un tiempo que me he acostumbrado a ver las noticias del día en tres telediarios diferentes para desayunar, comer y cenar) para formarme un espíritu lo más crítico posible, pero sobre todo, a ser consciente de que la historia, muy a mi pesar, puede repetirse. Y esto, a día de hoy, no es un tópico o una frase bonita sin más sacada de cualquier página de citas célebres, por desgracia para todas/os es muy real. Y si no, que nos lo digan a nosotros, con el panorama que actualmente tenemos a nivel político, económico y social. Un caldo que a lo largo de todo este tiempo ha hervido a fuego lento y que ahora, a las puertas de las elecciones nacionales más inciertas de la historia de nuestro país, puede desbordar en cualquier momento. Tengo miedo, no lo voy a ocultar. Miedo de que las palabras de mi profesora del instituto (la más antipática e inspiradora que he tenido en mi vida) resuenen constantemente en mi cabeza cada vez que pongo la tele, de que esté siendo testigo de un discurso de odio y de desinformación que creía que la sociedad había superado, y lo más importante, tengo miedo de que, lecturas como la que hoy tengo el placer de reseñar, puedan estar teniendo lugar a mi lado. Juventud sin Dios: desenmascarando al Nazismo.


Las motivaciones que me llevaron a hacerme, gracias a Nórdica libros, con un ejemplar de Juventud sin Dios fueron en concreto dos. La primera, en parte, viene justificada por esa sobredosis que toda y todo futuro historiador experimenta cuando de pronto, un día, le hablan del Nazismo en el Instituto. En mi caso, para seros sincera, fue bastante heavy. Me obsesioné tanto, hasta el punto que, aquel mismo año, hice tres trabajos para tres asignaturas diferentes sobre esta temática. ¿El resultado? Llegué a los siguientes cursos siendo una experta en el tema, y a la carrera con la sensación que lo que había aprendido por el camino eran simplemente las migajas de lo que posteriormente descubriría en aquellas abarrotadas aulas. Luego, como es normal, vino el desencanto. Tanta sobredosis, sea de lo que sea, nunca es buena. Para después caer en el hastío (cosa que ahora me da mucha pena). Por fortuna, el Máster consiguió aportarme una mirada diferente, nuevas herramientas y sobre todo, nuevos nombres a los que poder acercarme relacionados con la etapa más oscura de la historia del país germano. La base entonces, estaba ahí, en continua formación, autoalimentándose y ampliándose a una velocidad, que si bien era pausada, su constancia, por el momento, no ha desaparecido. Además de esta razón, la segunda motivación que me impulsó fue, y gracias de nuevo a un profesor (uno de los más sabios, temidos e imponentes de la facultad), mi descubrimiento por la conocida como "época de entreguerras" o lo que es lo mismo, los años 20 y 30 del pasado siglo XX. Nunca pensé que aquellos años de desenfreno y posterior crisis económica diesen tanto de si, y menos descubrir que, un periodo tan corto de tiempo pudiese asentar las bases de lo que ocurrió después y que todas y todos conocemos. Eso me fascinó. Lejos de quedarse ahí la cosa, también descubrí las figuras de algunas de las y los intelectuales más potentes de Europa. ¡Y yo que hasta ese momento pensaba que la vanguardia literaria estaba en Estados Unidos con Scott Fitzgerald y compañía! ¡Que equivocada estaba! ¡Ojalá Herman Hesse, Emmy Henings, Leonhard Frank, Thomas Man y sobre todo Stefan Zweig hubiesen aparecido en mi vida antes! ¡La de noches que habría pasado en vela! ¡La de libros que habría descubierto! ¡La de historias maravillosas que abría devorado! La vida es la que es así, impredecible y en este sentido algo injusta. Sin embargo, y como es imposible (de momento) retroceder en el tiempo, dicha carencia la completo leyendo sus libros y descubriendo por el camino a otras y otros autores. De ese modo fue como conseguí dar con Ödön von Horváth, del que por supuesto jamás había escuchado hablar, y cuya biografía me resultó extraordinariamente breve y valiosa al mismo tiempo. Juventud sin Dios es, por el momento, el primer libro suyo que leo, y de verdad, espero que no sea el único.


En lo que a la reseña propiamente dicha se refiere, y saltándome todos los protocolos seguidos anteriormente, comenzaré por lo primero que ve el lector nada más toparse con la presente edición: su portada. En serio, desde aquí me gustaría felicitar a quien o a quienes hayan trabajado en el diseño de esta, así como a la mente brillante que tuvo la genial idea de escoger esa foto de las Juventudes Hitlerianas como carta de presentación. El objetivo es claro: contextualizar al lector y provocar inquietud. Dicho con palabras más coloquiales, dar yuyu. Lo del contexto queda claro nada más fijas la mirada en ella, pero, ese segundo golpe de efecto es magistral. Las miradas de esos dos niños que, uniformados, dirigen al lector consiguen cortar la respiración, helar la sangre, que éste se sienta incómodo. ¿Son de verdad niños alemanes bajo el Tercer Reich o por el contrario se han escapado de alguno de los pasajes de Los chicos del maíz? Pronto lo sabremos, mientras tanto, podemos asegurar a ciencia cierta que el objetivo se cumple con creces. Cuando el lector se adentra en Juventud sin Dios se encuentra, para su más grata sorpresa, con una narración ágil, dinámica, que va directa al grano, con unos capítulos realmente breves (alguno no alcanza las tres páginas), cuyos títulos rezuman una simpleza de manual pero que, sin embargo, jamás pierde la intención de la novela en su conjunto. Porque sí, queridas y queridos lectores, una novela de este calibre esconde ya no sólo una intención (la cual desgranaremos en el siguiente párrafo) sino que además, tal y como está narrada (desde un estremecedor pesimismo), Horváth nos conduce hacia una de esas reflexiones que impactan por su dureza y por estar, por desgracia, próximas a la realidad. La historia la hemos visto muchas veces reproducida tanto en la literatura y el cine. Juventud sin Dios narra, en una claustrofóbica y perpleja primera persona, la experiencia de un profesor de historia y geografía en un colegio masculino austríaco en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. En una de sus clases, el protagonista decide reprender a un alumno por un comentario racista sobre la inferioridad de los negros. A partir de ahí, la situación se complica para el profesor, siendo su actitud reprochada por profesores, padres, alumnos y miembros de la comunidad, además de ser testigo de como, poco a poco, la educación de los chicos y chicas del lugar se está redirigiendo hacia una paulatina militarización. Ante esta situación, el profesor se siente un incomprendido. Busca con desesperación a quien pueda entender lo que está sucediendo y dar respuesta a esos miedos que lo acosan. Y aunque le cuesta dar con ellos (ese otro Julio César y un párroco caído en desgracia), la cobardía y un necesario instinto de supervivencia comenzarán a apoderarse de él. El ambiente se vicia, el contexto es el que es, la despersonalización ha comenzado (ahora sus alumnos responden a iniciales no a nombres completos), la automatización, el lavado de cabeza y el adiestramiento (ya no moralmente, también físicamente) ha comenzado. Nunca es suficiente si lo que está por llegar es una nueva guerra más mortífera que la anterior. Este es el punto de partida, y entre clases y entrenamientos en las colonias durante las vacaciones de verano, el lector no sólo se nutre de párrafos que apuntan directos a nuestra memoria (algunos son para enmarcar) o de diálogos en donde la metáfora adquiere un toque terrorífico, también consigue de ser consciente de un comportamiento que tristemente repetimos casi a diario. Esos "yo paso", "me la suda" o ese "mirar hacia otro lado" nunca dolieron tanto como en Juventud sin Dios. Una sonora bofetada de realidad que nos despierta, de golpe y porrazo en una sociedad, desgraciadamente la actual, que en parte se ha nutrido de estos comportamientos. Pocas veces la escritura y la posterior publicación de una novela han estado más justificadas, tanto en el momento en el que ésta vio por primera vez la luz (nada más y nada menos que en el 1937, un año terrible para ser un intelectual de izquierdas en la Austria prefascista) como en el momento actual (en el que estamos siendo testigos de un espeluznante rebrote de las tendencias fascistas en Europa y Estados Unidos). Por último, y antes de pasar a la más que pertinente reflexión final, es posible, como ya he podido comprobar en muchas reseñas, que la de Horváth no sea una novela que satisfaga algunas expectativas. Sin embargo, dejadme deciros que Juventud sin Dios es sin lugar a dudas un documento histórico, una reliquia de un tiempo convulso que guarda más misterios de lo que aparenta. Así que sed pacientes y mantened los ojos bien abiertos. Palabra de historiadora.


La rama de un árbol le arrebató la vida a Ödön von Horváth mientras, bajo una intensa lluvia, paseaba por los Campos Elíseos en el año 1938. Muchos lamentaron entonces su muerte, incluyendo grandes personalidades de la cultura germana y austríaca. Y no era para menos, Horváth se iba de este mundo con tan solo treinta y siete años. Por fortuna para todos, durante su corta vida le dio tiempo a escribir, entre otros textos, el que hoy ocupa toda nuestra atención, cuya simpleza narrativa no enturbia una intencionalidad clara y universal. Todos hemos escuchado muchas veces que sin educación, el mundo es lugar menos seguro, o que la ignorancia crea monstruos. Pues francamente, no les falta razón, ya que ambas afirmaciones son totalmente ciertas. ¿Cuál es el problema entonces? Muy sencillo, que se hace muy poco o nada para favorecer el aprendizaje educativo, en otras palabras, que en el fondo, a unas ciertas élites no les interesa que las nuevas generaciones aprendan más de lo estrictamente necesario. Y no estamos hablando sólo de conocimientos generales, también de todas esas herramientas indispensables para desarrollar el espíritu crítico, eso tan incómodo que, si se emplea con inteligencia y agudeza, es capaz de sonrojar a hasta a la persona más poderosa del mundo. La historia, a lo largo de los siglos, ha demostrado que la educación, además de conocimiento, es poder, y por tanto, un  privilegio al alcance de muy pocos. Durante la Edad Media por ejemplo, las clases más desfavorecidas estaban privadas de toda opción de acceso a una educación superior, favoreciendo a una élite nobiliaria capaz de poder costearse unos estudios en las universidades más famosas de Europa. Hoy en día ese patrón está desfasado. Ya no hay una clase nobiliaria al uso, las mujeres pueden acceder libremente a la educación superior y no existe discriminación por sexo o raza al respecto. Y si bien todavía prevalece una brecha social entre clases, el derecho a la educación es universal. Con este panorama y con una de las generaciones mejor preparadas de la historia, ¿cómo es posible que existan partidos de ultraderecha? O lo más preocupante ¿por qué la gente les vota? La explicación a este paradójico fenómeno la encontramos en un clásico: "la gente ve demasiado la tele". Frase a la que le deberíamos añadir varias coletillas como: "y el ordenador", "y el móvil" "y Netflix"... Pues, según varios estudios, actualmente existe un porcentaje muy elevado de jóvenes que ya no consumen tanta televisión o directamente ya no la ven. ¿Es ese el problema? Pues sinceramente sí, entre otros, porque mientras mantienes los ojos pegados a la pantalla, por muy informado que crees estar, al final, resulta que no lo estás tanto. Eso es lo que consiguen las redes sociales, que además de ofrecerte la información personalizada (por tanto, sesgada) acabas quedándote con los titulares y no con el contenido de la misma. Y si a eso, además, le añadimos el poder de atracción de las grades plataformas digitales (capaces de conseguir que te tires todo un día haciéndote maratones de tu serie favorita), conseguimos la alienación total. Si algo nos enseña Horváth en Juventud sin Dios es a que con un poco de desinformación se puede conseguir que el humanismo quede aplastado por la irracionalidad del Nazismo. Traducido a nuestro tiempo:  que la gente pase de querer saber más sobre lo que pasa a su alrededor y que sólo le preocupe la calidad de las fotos de su teléfono móvil, el filtro Valencia o no perderse el último episodio de Juego de Tronos. La ignorancia crea monstruos, y si además se fomenta, éstos pueden acabar devorándonos a todos. Juventud sin Dios: una historia de paradojas, cobardía, fanatismo, intolerancia, supervivencia, enfrentamiento, desamparo, con un hilo de esperanza algo descorazonadora... La prueba de que el ser humano ha vuelto a tropezar con la misma piedra.

Frases o párrafos favoritos:

"Que estos críos rechacen todo lo que para mí es sagrado no me parece tan grave. Lo que resulta más grave es como lo rechazan, sin conocerlo. Y lo peor de todo es que no quieren conocerlo de ningún modo. Para ellos, pensar es odioso."

Película/Canción: al igual que hiciese Ödön von Horvath en 1937, en el terreno cinematográfico el director alemán Michael Haneke dirige y estrena en el año 2009 La cinta blanca. Una película que describe la vida en un pequeño pueblo de Alemania de principios de siglo XX en donde tienen lugar una serie de extraños sucesos. Al final, la cinta de Haneke no deja de ser una búsqueda de los orígenes de todo tipo de terrorismo, sea de naturaleza política o religiosa en vísperas de la Primera Guerra Mundial. De ahí que se compare tanto con la novela de Horváth. Por eso y porque es un peliculón, es de justicia que en esta ocasión adjuntase su correspondiente tráiler. Espero que os animéis a verla.

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Nórdica Libros

martes, 26 de marzo de 2019

RESEÑA: Estudios de lo salvaje.

ESTUDIOS DE LO SALVAJE

Título: Estudios de lo salvaje.

Autora: "Barbara Baynton (Scone, Australia 1857 - Melbourne, Australia 1929) No obstante, ella siempre sostuvo que había nacido cinco años después, en 1862, y no fue este el único dato biográfico que falsearía. Hasta sus nietos creyeron que había sido la hija ilegítima de dos irlandeses que se enamoraron en el barco que los llevaba a Australia, cuyos nombres eran distintos a los de sus verdaderos progenitores. También cambió la profesión de su padre e hizo que pasara de carpintero a terrateniente. Esta ficción se gestó cuando Baynton se trasladó a Sídney después de que su primer marido la abandonara con tres hijos a su cargo. En 1890, al día siguiente de haber obtenido el divorcio, se casó con su segundo marido, Thomas Baynton, con quien empezó una nueva vida. Su ascenso social fue inmediato, y pronto algunos de sus relatos comenzaron a ver la luz en la revista The Bulletin. Seis de ellos se reunirían en la antología Estudios de lo salvaje, publicada en Londres en 1902, en Gerald Duckworth and Company, después de que varios editores australianos la rechazaran por sus descripciones poco benévolas de las regiones del interior del país. No hay en sus textos el más mínimo rastro de orgullo nacional, como tampoco esa exaltación romántica por la vida de los habitantes de las zonas más despobladas, que empapaba la literatura australiana predominante en la década de 1890. Su segundo marido murió en 1904, y ella comenzó a invertir en bolsa y en antigüedades, lo que derivaría en una pasión por el mundo de las joyas que persistió hasta su muerte. Publicó Human Toll, su única novela, en 1907, y en 1917 vio la luz Cobbers, una nueva antología de relatos que añadía dos a los ya recogidos en Estudios de lo salvaje. Durante la Primera Guerra Mundial vivió en Inglaterra, y en 1921 se casó con su tercer marido, el barón Headley. A pesar de la brevedad de su producción literaria, la visión personalísima de Barbara Baynton ha sido reconocida como una de las más significativas de la creación literaria australiana. Murió en Melbourne, el 28 de mayo de 1929." (Fuente: Impedimenta).



Editorial: Impedimenta.

Idioma: inglés.

Traductora: Pilar Adón.

Sinopsis: "Una joven embarazada baja de un tren en una estación desierta para recorrer un camino inhóspito y salvaje. Una mujer se enfrenta a la soledad de su cabaña después de talar un árbol y ser derribada por una de las ramas, que la deja inmovilizada. Una madre ha de abandonar su casa para defenderse del ataque de un hombre, y huye con su hijo atado al pecho. Los relatos de Barbara Baynton sitúan a sus protagonistas en el paisaje indómito de las regiones australianas del interior, lejos de las ciudades, y las somete al aislamiento y los rigores de un entorno feroz que las obliga a luchar por su propia supervivencia día tras día, con la única compañía de sus perros. No hay ayuda, no hay miradas afables ni compasión en la naturaleza inexplorada a la que llegan los personajes de Baynton. Su único recurso es el de la resistencia, la obstinación e incluso la ira." (Sinopsis editorial). 

Su lectura me ha parecido: intensa, agreste, estremecedora, desmitificadora, cruda, brutal, sin margen para el buenísimo o la complacencia... Hace unos años vi la que para mi es una de las películas más hermosas, hostiles y feministas de la historia (por encima de mi adoradísima Thelma y Louise): El piano. Llevaba un tiempo arrastrando las ganas de ponerme con ella, y cuando por fin pude hacerlo, aquella tarde gris y aguantando un catarro de mil demonios, mis ojos no pudieron despegarse de la pantalla. Empezando por esos primeros y memorables acordes que aún suenan en mi cabeza y finalizando por esa escena en la que la protagonista (una magistral y honesta Holly Hunter), aún atada a su amado piano, levita en la inmensidad del océano pacífico, cual alga mecida por las caprichosas mareas del fondo marino. Más impresionante fue lo que, a continuación, sucede después, pues a pesar de que aquel instrumento ha formado parte de su vida desde niña, comprende que merece más la pena nadar, ascender y subir a la superficie. Morir junto a los recuerdos o abrazar una nueva vida en esa primera bocanada de aire. Aunque, sin duda, a parte del carisma de Anna Paquin (tan tierna como despiadada) lo que de verdad se me quedó grabado en la memoria fue ese viaje, esa toma de tierra, ese desembarco en una tierra, Nueva Zelanda, cuya naturaleza parecía abrumadora. Y digo parecía, porque, en los siguientes quince minutos la percepción del espectador gira 180 grados. No todo es tan bello ni tan idílico, y menos para una madre y una hija del XIX. Las imágenes de ellas siendo levantadas por rudos y maleducados marineros para evitar que sus espectaculares vestidos (con corsé y aros de acero incluidos) se mojasen es impresionante. Nunca una película, en ese sentido, expresó tan bien la oposición de dos mundos tan opuestos pero que, sin embargo, en esta ocasión están condenados a soportarse. Barro, sudor, humedad, charcos, lluvia... Pero precedido de una maravillosa playa en la que Jane Campion nos regala las escenas más memorables del film. Algo parecido sentí cuando, hace unas semanas, me adentré en los hostiles relatos de Barbara Baynton, en los que el lector está en la obligación de luchar en contra de esa idílica concepción para arrojarse a una realidad, la de la Australia más rural, hermosa, sí, pero sumamente peligrosa. Estudios de lo salvaje: género y supervivencia.


La historia de como esta colección de cuentos llegó a mis manos y a mi idolatrada estantería es bien sencilla. Aunque para seros más sincera, lo cierto es que, a pesar de que jamás había oído hablar de Barbara Baynton (así como de tantas y tantas otras escritoras por desgracia), sí que me apasiona, desde el punto de vista de la escritura incluso, todas aquellas historias de ambientación rural. Si para mi, la playa es el entorno en el que en mi imaginario como escritora tienen lugar los acontecimientos próximos al descubrimiento y el paso de la adolescencia a la madurez, el campo representa eso y algo más. Y ese algo más tiene mucho que ver con el hecho de que el mundo rural siempre se ha considerado la cuna de la tradición, del retorno, de los recuerdos, del ocaso de nuestras vidas... Pero también pueden ser entornos en los que la asfixia, el rechazo o la soledad pueden adquirir protagonismo. Una de las primeras autoras que leí en ese sentido fue a Edna O´Brien, una autora irlandesa cuya producción literaria de marcado carácter autobiográfico está orientada a un discurso realmente crítico con el mundo rural, en este caso del de los pueblos irlandeses de principios de siglo XX. Cuando, por ejemplo, finalizas la lectura de Un lugar pagano el lector acaba generando sentimientos encontrados. Por un lado, encuentras en sus palabras una rabiosa crítica a toda esa tradición inamovible que durante años la protagonista (alter ego de la propia O´Brien) tiene que soportar. Sin embargo, por otro lado, no puedes evitar que la curiosidad invada tu mente, hasta el punto de desear hacer las maletas y planificar unas vacaciones de verano en la Irlanda más profunda. Estas contradicciones, totalmente humanas, sostienen gran parte del sentido y finalidad de la literatura. Así mismo, y aunque ya he repetido en más de una ocasión mi total desagrado, debo reconocer que la descripción que Emily Brontë hace al inicio de su única novela es de las mejores que he leído. Esas impresionantes y ya icónicas fincas (Cumbres Borrascosas y los Tordos) elevándose sobre unas praderas que, lejos de mostrar una verdosa luz, su sequedad pone en situación al lector. No estamos ante una novela romántica sin más, sino ante algo más agresivo, apasionado, frío, como el viento que sin duda creemos resbalar por nuestras mejillas mientras contemplamos dicho paisaje. No debo olvidarme, si mi explicación pretende ser sincera, de esa maravilla de Picnic en Hanging Rock. Misterio a raudales, un delicioso toque gótico al más puro estilo british, un paisaje que oscila entre la espectacularidad y lo terrorífico y una autora, Joan Lindsay, jugando constantemente con la ambigüedad de su trama (todavía hay quien cree que los sucesos acaecidos aquel San Valentín de 1900 son ciertos). Desde esas obras, entre otras muchas, he ido ampliando mis conocimientos, mi inspiración y mi biblioteca con sendos títulos. Estudios sobre lo salvaje fue, en ese sentido, una de mis últimas incorporaciones, pensando que su lectura podría arrojar un toque de amplitud, un nuevo punto de vista, una mirada de la que poder extraer todo lo que a mi como lectora y escritora me interesa. Tras su correspondiente degustación lectora, saqué en claro dos conclusiones: la primera, que el campo puede matar, y la segunda, que Joan Lindsay le debe a Barbara Baynton mucho más que el compartir nacionalidad.


Como ya he comentado en numerosas ocasiones, reseñar relatos siempre entraña una cierta complicación. Ya no sólo en lo que al mayor o menor número de historias se refiere, sino también a la variedad temática que éstos puedan encerrar. El estilo es el mismo: depurado, limpio, ágil, pero sobre todo, ausente de complacencia o autocensura. Los cuentos que el lector se encuentra en Estudios de lo salvaje, son precisamente eso, pequeñas capsulas, breves tesoros que describen una época y situaciones a las que, por su crudeza y violencia, las mujeres no desearían enfrentarse jamás. Y digo mujeres porque son ellas las absolutas protagonistas de cada uno de ellos. Sin embargo, esto no exime a que los hombres del temor a padecer alguna de estas historias, aunque sea en sus peores pesadillas. El miedo no entiende de género, así es y debería serlo. No obstante, el que Barbara Baynton haya decidido, conscientemente quiero pensar, que sean mujeres las que protagonicen estos relatos tan hostiles y cero edulcorados, nos debería hacer pensar. Estamos a principios de siglo XX, siglo en el que el movimiento sufragista comienza a cobrar importancia y a extenderse por numerosos países. No debemos de olvidar que en Australia las mujeres pueden ejercer su derecho a voto nada más y nada menos que desde 1092, dieciséis años antes que en Reino Unido, veintinueve años antes que en España o cuarenta y dos años antes que en Francia. De este modo, Australia se convirtió, junto con Nueva Zelanda (país que había logrado aprobar el sufragio universal femenino en 1893 gracias a la lucha de la sufragista Kate Sheppard), en uno de los países pioneros en este ámbito. Casualmente, en el mismo año que tiene lugar tan importante conquista social, Estudios de lo salvaje es publicado por la editorial inglesa Gerald Duckworth and Company. Todo eso tras el rechazo unánime de varios editores australianos al considerar que sus descripciones del Bush (el interior de Australia) distaban mucho de ser benévolas. Es cierto, sus descripciones de la Australia más rural no dejan lugar a dudas, pero, ¿y si no era eso lo que de verdad les molestaba a los editores? ¿Y si la razón por la que rechazaron publicar los relatos en su país natal responde más a una cuestión puramente machista? ¿Y si lo que les escama no es su opinión sobre el Bush sino que sean mujeres las que se enfrentan a las adversidades del mundo rural? El azar quiso poner, aquel glorioso 1902, a una autora Australiana en el mapa, escritora que, con el tiempo, logró convertirse en una de las más importantes y fundamentales de la literatura en un país situado en los confines del mundo. En el relato "La compañera de Squaker" (mi favorito y el más brutal) vemos a una mujer talando árboles y sufrir un accidente como consecuencia. En "Billy Skywonkie" son las aborígenes australianas las que hacen frente a la hostilidad del medio y a la los abusos por parte de los hombres. Y en "Una iglesia en la maleza" es la sociedad, en este caso una comunidad alejada de todo elemento utópico, la que oprime a la mujer. No menos interesante, a pesar de ser uno de los más flojos del volumen, es "Mano tullida", el único relato protagonizado por un hombre pero en el que, sin embargo, podemos hallar una desnudez total respecto a estereotipos masculinos al conferirle a su personaje de un sentimiento de temor frente a lo desconocido. Mujeres que luchan contra las fuerzas de la naturaleza (con mejor o peor suerte) y hombres con una doble psicología (la de la cara más despiadada del patriarcado por un lado y la emocional por otro, enterrada bajo capas y capas de educación sexista). Eso es lo que nos encontramos en la obra de Baynton, además de los pilares fundamentales de una tradición literaria tan sólida que sus ecos llegaron hasta la mismísima Joan Lindsay. De hecho, Picnic en Hanging Rock podría considerarse, salvando las distancias, como la perfecta heredera de Estudios de lo salvaje al recoger y hacer propios esa imagen tan desmitificadora del campo con ese delicioso toque gótico que bien podemos apreciar en su relato "La soñadora", justo el que abre la presente edición. Como acabáis de comprobar, las distancias temporales son salvables en el momento en el que alguien consigue, con sus escritos, remover la conciencia de quien tiene abiertas las puertas al conocimiento y a la inspiración.


Reconozco que a la hora de ponerme a escribir este párrafo estuve a punto de centrarlo en hablar de su autora, de Barbara Baynton, cuya biografía es del todo desconcertante (su afición a falsear algunos datos de su pasado me dejó bastante perpleja). Sin embargo, y teniendo en cuenta algunas de las principales reflexiones que se agolparon en mi cabeza tras finalizar su lectura, me centraré en algo más importante, en hablar de la vida en el campo. Todas y todos tenemos en mente una imagen bastante idealizada de lo que es una jornada en el mundo rural. En parte, por culpa del turismo y esa visión tan bucólica que siempre nos han tratado de vender, porque sí, al final todo se reduce pura y exclusivamente a términos capitalistas. Cada vez que un pueblo sale por la tele, automáticamente destacamos las virtudes de vivir en el campo (aire puro, lejos del ajetreo, menos preocupaciones...), las cuales, por supuesto, son totalmente imaginadas. Incluso el turismo rural, cuya demanda ha ido creciendo de un tiempo a esta parte en adeptos, no se aproxima ni en sueños a la verdadera vida en el campo. Esta muy bien, eso no lo niego, alquilar una casa rural en ese pueblo perdido en medio de los Pirineos oscenses o en esa semi deshabitada aldea perdida entre campos de Castilla. Claro que es precioso. Sin embargo, tanto quien consume ese tipo de turismo debería ser consciente de que, en temporada baja, los pueblos son auténticos desiertos demográficos, así como lugares en los que la vida no es tan fácil. La falta de recursos (incluyendo en ocasiones los sanitarios), sumado a la ausencia de lugares de entretenimiento al uso (como por ejemplo un simple cine), las inclemencias meteorológicas que padecen algunos de ellos (sobre todo en el frío y largo invierno), las escasas conexiones, su geografía, su orografía, así como sus particularidades propias hacen de estos lugares entornos menos atractivos para aquellos que conciben el mundo rural como el paraíso. Por no hablar, por supuesto, del trabajo, que en muchas ocasiones está enfocado al trabajo de la tierra. En una época en la que se ha puesto de moda tener pequeños huertos urbanos en los balcones y en los barrios de las grandes ciudades en un intento por ser más ecologistas, a veces se nos olvida que, si no fuera por todos esos agricultores que trabajan de sol a sol labrando y sembrando la tierra, hoy no tendríamos ni frutas ni verduras en los supermercados. Pero más allá de esa estampa bucólica en la que las granjas se nos presentan como algo parecido a un parque de atracciones donde los animales campan a sus anchas, de lo que deberíamos estar hablando es de el papel de las mujeres en el mundo rural. Una figura que afortunadamente con el paso del tiempo ha pasado de ser esa figura invisible a reconocerse y a ampararse en asociaciones en favor de sus derechos dentro del sector primario. Quien conozca este mundo, en especial desde esa literatura rural tan popular en los últimos tiempos, se habrá dado cuenta de que éste relato es sesgado, ya que narra los acontecimientos o su realidad desde una perspectiva masculina cuando, en realidad, deberíamos estar hablando de más realidades. Pues, ¿no es igual de interesante lo que una campesina, una agricultora, una ganadera o una pastora nos puedan contar sobre su vida en el campo? Barbara Baynton no sólo fundó una corriente literaria cuya influencia en Australia es notable, sino que además, nos desmonta dos patrones. En primer lugar, al dibujar un paisaje del Bush más realista, lejos de esa lírica patriótica tan en boga en su época. Y en segundo lugar, al preferir que sea la mujer y no el hombre el que haga frente a la bestia, que no es otra que la propia naturaleza. Estudios de lo salvaje: seis historias de veracidad, tensión, hostilidad, paisajes perversos, violencia... Seis relatos de lo salvaje, pero también de destreza.

Frases o párrafos favoritos:

"La mujer llevaba la bolsa con el hacha, el mazo y las cuñas; el hombre, el cazo y las bolsas limpias de comida. La sierra la llevaban entre los dos, de modo que parecía que caminaban unidos por ella. La mujer era más alta que el hombre, y la firmeza de su cuerpo, tan distinto del que él, que caminaba con flojera, arrastrando los pies y dejando caer los hombros, hacía que la diferencia entre ambos resultara más evidente. Los hombres la llamaban "la compañera del Squeaker", y todos parecían estar de acuerdo en que no había mejor camarada de pelo largo con unas enaguas puestas. Las mujeres de los colonos agrícolas habían intentado retarla a que se pusiera unas ropas más femeninas, pero la compañera del Squeaker no les hizo ni caso, si es que llegó a escuchar siquiera lo que querían."

Película/Canción: como no podía ser de otra manera, y a pesar de que su trama nada tiene que ver a priori con Estudios de lo salvaje, me gustaría adjuntaros la pieza de BSO que me ha acompañado durante la redacción de la presente reseña. La de mi película favorita por cierto.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta