Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

RESEÑA: Dicen.

 DICEN 


Título: Dicen. 

Autora: Susana Sánchez Arins (Villagarcía de Arousa, Galicia, 1974). A pesar de haber nacido en un pueblo costero, la autora creció en O Foxo, una aldea que en 2018 contaba con tan sólo seis habitantes. Estudió Filologías Hispánica y Portuguesa en la USC y obtuvo el DEA en Literatura Comparada. En 2008 ganó el XXI Premio Nacional de Poesía Xosé María Pérez Parallé con la obra (de) construçom (Espiral Maior, 2009). Le siguieron los poemarios Aquiltadas (Estaleiro Editora) y A novia e o navio (Através Editora) en 2012. En 2015 publicó Seique (Através Editora) y en 2018 la plaquette poética Carne da minha carne (Editora Apario) y el libro de relatos Tu cantas e eu conto (Através Editora). La editorial Deconatus ha traducido y editado recientemente su obra Seique (Dicen) al español. 


Editorial: Deconatus. 

Idioma Original: Gallego. 

Traductor: Susana Sánchez Arins. 

Sinopsis: Dicen es una historia familiar real atravesada por la represión franquista. Cuenta aquello que no está registrado en actas notariales, ni en periódicos, ni en libros, ni en archivos provinciales. Cuenta el día a día de un silencio que se hizo largo, muy largo, y que nos ha condicionado hasta ahora. Dicen cuenta hechos reales en una red de voces acalladas durante generaciones. Dicen no está escrito desde la reflexión política, sino desde la justicia poética. Justicia poética es recordar a aquellos que tuvieron que construir una vida en medio de una situación inhumana y borraron su paso por la vida, los represores. Susana Sánchez Arins ha creado una narradora perspicaz, transparente y honesta que surge de la necesidad de redimir ese silencio. Y así nace un libro de secuencias que es novela, poema, ensayo y ninguna de esas formas a la vez. Dicen es la memoria histórica que necesitamos para entender los silencios que nos han configurado de manera inconsciente. 

Su lectura me ha parecido: cruda, poética, metafórica, experimental, breve, sincera, con un punto de fragilidad estremecedor, realista, cercana, fragmentaria y, sobre todo, muy necesaria... De entre la nebulosa en la que nos vemos inmersos como sociedad desde el mes de marzo - donde la crisis del coronavirus en España ocupa un lugar primordial en cualquier telediario que se precie - aparecen, muy de vez en cuando, pequeñas noticias que nos retrotraen a un pasado cercano, a ese que vivíamos con intensidad, apelotonados, de botellón, dándolo todo en la pista de baile, viajando como locos. Cuando las sonrisas aún no pertenecían al terreno de la intuición o los abrazos al de la prohibición. Notas de prensa que nos recuerdan que en este país, antes de que "el bicho" lo inundara todo, existían otros problemas, algunos tan transcendentales que hasta entroncan con nuestro pasado, el más oscuro, el mismo que se pretende restaurar, como si de una obra de arte dañada por años de maltrato se tratase, desde la memoria y el respeto. Ese que actualmente sigue siendo objeto de debate, estudio y de, por desgracia, furibundas detracciones que contribuyen a acelerar una inusitada escalada de la intolerancia, la violencia, la ignorancia y la injusticia. La Covid-19 ha dejado espacio para que la noticia sobre del posible riesgo a expolio del Pazo de Meirás por parte de la familia Franco - según las últimas informaciones se ha confirmado la contratación de medio centenar de camiones por parte de los nietos del dictador para llevar a cabo la "mudanza" - tuviese su minuto, literalmente, de protagonismo en los informativos del día 9 de noviembre. Y aunque la polémica viene de lejos, no fue hasta dicha fecha cuando supimos de la intención del estado de solicitar una orden judicial para poder entrar en el Pazo, analizar su estado y proceder a un minucioso inventario de todos los bienes patrimoniales y artísticos que se hayan en su interior para evitar, de este modo, la extracción de los más valiosos. De entre los muchos objetos susceptibles de sufrir un segundo expolio se encuentran la biblioteca de Emilia Pardo Bazán - quien lo mandó construir y donde escribió algunas de sus obras más importantes - pergaminos medievales, cuadros de Álvarez Sotomayor y Zuloaga y, por supuesto, las famosas estatuas de Isaac y Abraham del Maestro Mateo procedentes del Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela. Este caso, el de los litigios entre el gobierno y la familia Franco por la propiedad del Pazo de Meirás no deja de ser un ejemplo mas, la punta del iceberg bajo la que encontramos todo un legado de apropiaciones, compras fraudulentas, expropiaciones, encarcelamientos, sometimientos y asesinatos que caracterizaron lo que hoy conocemos como Franquismo. De lo particular - una aldea gallega a día de hoy prácticamente desaparecida - a lo general - una cruenta guerra civil y casi cuarenta años de dictadura - pasando por el relato de una generación marcada por dichos acontecimientos. De todo eso habla la novela de Seique, novela de Susana Sánchez Arins que la editorial Deconatus ha traducido y editado bajo el título de Dicen: memoria histórica a golpe de modernidad y estremecimiento.  


Tanto la Guerra Civil como la Dictadura Franquista han tenido su particular apogeo literario, sobre todo en los años 90 y a lo largo de lo que llevamos de siglo XXI. Dulce Chacón, Javier Cercas, Alberto Méndez Bora, Manuel Rivas, Julio Llamazares o Almudena Grandes son algunas de las autoras y autores que han basado parte de su producción literaria en este importante acontecimiento. Sin olvidar, por supuesto, a los clásicos patrios como Camilo José Cela, Ana María Matute, Ramón J. Sender, Manuel Chaves Nogales, Carmen Martín-Gaite, Arturo Barea, Elena Fortún o Josep Pla entre otros. Por no hablar, y ya con esto cierro la extensa lista, de dos ilustres escritores extranjeros que combatieron en la contienda y dieron buena cuenta de ello en textos como Campanas a media noche - de Ernest Hemingway - y Homenaje a Cataluña - de George Orwell -. La cantidad es enorme, tanto que en ocasiones pienso que, en lo que a ficción se refiere, se debería crear en las librerías una sección específica que aglutine todas las novelas ambientadas en la Batalla del Ebro, en la de Teruel, en la Desbandá de Málaga o en los bombardeos de la ciudad de Valencia, por citar algunos ejemplos. Hay que decir que no todas ellas gozan del ni del mismo prestigio ni de una calidad literaria que quite el hipo, por no decir que la inmensa mayoría se amolda a los cánones típicos del best seller español. Llegando por este motivo a cometerse verdaderas injusticias. Los ejemplos tal vez más sangrantes sean los de Alberto Méndez Bora y Elena Fortún. La segunda, por fortuna, está viviendo una reivindicación y una reedición de sus novelas infantiles y juveniles - la saga protagonizada por Celia, su heroína más famosa, es una descarnada crítica al modelo de niña y de mujer que el Franquismo acabó instaurando - y el primero es que directamente casi ni se menciona en los libros de texto cuando su colección de cuentos Los girasoles ciegos es, a mi juicio, lo mejor que se ha escrito al respecto. Dentro de este conglomerado de escritoras/es y de libros publicados, Susana Sánchez Arins vendría a representar un cambio, al menos en las formas, a la hora de presentar una historia ambientada en la Guerra Civil. Una modernidad que va más allá de su estilo descarnado y poético - su biografía literaria ya nos da pistas de lo importante que es para ella esto último - y que ahonda en las nuevas formas de conectar con el lector actual. Arins lleva hasta el extremo la idea de fragmentación, hasta el punto de prescindir de las mayúsculas al principio de cada párrafo, de cada frase antecedida por un punto. Como si quisiera trasladar al papel un testimonio captado por una grabadora. En el que la persona en cuestión habla, discurre, como un torrente, sin importar la ortografía, sólo el mensaje y la historia que nos está contando. De este modo, la forma prevalece sobre cualquier formalismo y el mensaje acaba recibiéndose con más impacto. Al principio, no lo voy a negar, choca, como cuando te adentras en las primeras páginas de Panza de burro - donde el habla canaria, los anglicismos mal pronunciados o lo quinqui impregnan el léxico de la novela - pero a medida que vas cogiendo el punto al texto y, sobre todo, si la novela es buena, la forma acaba en este caso ocupando un segundo plano en favor de lo que Arins nos quiere narrar. Que no es otra cosa que lo que ya sabemos y hemos leído pero a través de un canal muy distinto a lo que, desde nuestro sillón del conformismo, estamos acostumbrados como lectores. 


Como ya he comentado antes, la novela fragmentaria - creo que este es la mejor forma de referirse a ella - de Susana Sánchez Arins se contextualiza en dos acontecimientos clave en la historia más reciente de nuestro país: La Guerra Civil y la Postguerra. Sin olvidarnos de los constantes ecos, aquí es imposible hablar de flashbacks, a la vida y la sociedad anteriores al alzamiento pertenecientes al periodo de la Segunda República. A diferencia de muchas escritoras y escritores citados arriba, Arins ambienta parte de su novela en Portarís, una aldea muy concreta de la provincia de Pontevedra y de la que a día de hoy no constan datos demográficos desde el año 2016, por lo que es muy probable que se encuentre abandonada. Esta elección no es baladí, ya que el devenir de este pequeño núcleo de población se convierte en la metáfora perfecta para criticar la amnesia social frente a los crímenes del franquismo. En otras palabras, en esta novela la despoblación transcurre en paralelo al silencio y a la desmemoria forzosa de una época y de unas ideas. Situación que, como consecuencia, trae consigo un doloroso desconocimiento acerca de unos hechos acaecidos tiempo atrás, así como la desaparición de lo que un día fue Portarís. Además, lejos de quedarse en un retrato superficial, la autora hunde sus manos en el barro y en la memoria familiar para contar la historia de su tío abuelo Manuel García Sampayo, falangista, con un currículum sanguinario silenciado durante generaciones por la familia y que dio rienda suelta a su odio contra el que no pensara como él a sabiendas de saberse vencedor, y por tanto, parte de los que escriben la historia. De este modo, el "tío abuelo Manuel" se convirtió en uno de los represores más temidos de las Rías Baixas. Al retratar su figura y terrible legado, a pesar del mutismo familiar y las informaciones contradictorias que la autora encontraba en la ardua tarea de sacar a la luz todas y cada una de sus fechorías, lo que pretende Arins es superar no sólo el trauma colectivo, también el privado, el que ha acompañado a sus propios antepasados. Hablar de lo sucedido y de las salvajes represalias llevadas a cabo por dicho pariente para aliviar, cicatrizar, curar. Porque de nada sirve caminar hacia adelante si el pasado sigue pesando, como una losa, sobre los hombros de quien lo soporta. A colación con lo mencionado, la escritora aprovecha para resaltar el importante papel que juega la historia oral tanto en su labor de documentación como en la propia memoria de la Guerra Civil y la posterior represión. En especial el de las mujeres, las de su familia, las del pueblo, las de toda Galicia, las de toda España al fin y al cabo. Pues fueron ellas las que desde la sombra difundían las historias que posteriormente acababan contándose de generación en generación, convirtiéndose en las portadoras de lo sucedido. Arins recopila toda clase de testimonios: susurrados, en voz baja, enojados, plagados de significativos silencios, breves, largos, cascadas que descienden de nuevo tras una larga sequía. Todo ello para demostrar que, lo que ocurre de puertas para dentro, también puede convertirse en un sujeto político. Como historiadora sé que la oralidad no lo es todo en cualquier artículo, trabajo o libro sobre el tema. De hecho, siempre hay que apoyarlo con otro tipo de fuentes, las cuales no acaban restando importancia al relato, todo lo contrario, lo apoyan y refuerzan, si es que ese es nuestro objetivo intelectual como investigadoras/es. Sin embargo, en Dicen tienen su sentido, más allá de lo histórico si su intencionalidad oscila más hacia lo literario que a lo ensayístico aunque, eso sí, siempre bajo el paraguas del contexto. Por último, y no menos importante, señalar que esta novela está originariamente escrita en gallego, por lo que es palpable, a pesar de la traducción, un localismo y carácter particulares que contribuyen a una mayor diversidad dentro de un panorama literario con tendencia a lo convencional y a escribir las mismas historias de siempre. 

Dicen: una historia de memoria histórica, salvajismo, ruralidad, recuerdos fragmentarios, voces del pasado, atrevimiento estilístico... Una maravillosa rara avis entre tanta repetición. 

Frases o párrafos: 

"mi padre nació en 1949, al año de abolirse el estado de guerra. mi madre vino al mundo en 1952 y aún los maquis andaban por el monte, la guerra se aparecía remota, pero estaba ahí. y ahí continúa."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Deconatus

martes, 3 de noviembre de 2020

RESEÑA: La condesa sangrienta.

LA CONDESA SANGRIENTA

Título: La condesa sangrienta. 

Autora: Valentine Penrose (Mont-de-Marsan, Francia 1898- Chiddingly, Inglaterra 1978) hija de coronel, en 1925 contrae matrimonio con el fotógrafo, poeta y pintor inglés Roland Penrose, quien la introduce en el movimiento surrealista en Inglaterra. Ambos frecuentarán a los surrealistas parisienses como Paul Éluard, Max Ernst o Joan Miró. Sus primeros poemas aparecen publicados en 1926 en la revista Cuadernos del Sur. En 1936, atraída por la filosofía hinduista abandona a su marido para vivir en Ashram con la pintora Alice Rahon Paleen. A su regreso a Europa y tras la Segunda Guerra Mundial Penrose vivirá en Inglaterra y pasará largas estancias en Cataluña y Canarias. Además de su pequeña aparición en la película surrealista La edad de oro de Luis Buñuel, Penrose es conocida sobre todo por su producción poética, literaria y ensayística. En 1962 publica La condesa sangrienta, uno de sus textos más famosos, y que inspirará a la poeta argentina Alejandra Pizarnik para escribir su obra más importante. Así mismo, Penrose se interesó por otros personajes igual de inquietantes como Giles de Rais. 


Editorial: Wunderkammer. 

Idioma: francés. 

Traductor: María Teresa Gallego y María Isabel Reverte. 

Sinopsis: Esta es la historia real de Erzsébet Báthory, una condesa húngara del siglo XVI que fue apodada "la condesa sangrienta" o también "la alimaña". Mujer fascinante y de belleza magnética, su fijación por la juventud, la brujería y un sadismo fuera de toda medida la llevaron a convertirse en una de las mayores asesinas de la historia: más de seiscientas doncellas murieron torturadas y desangradas en sótanos de su castillo en Csejthe. Cuatro siglos después, la gran poeta surrealista Valentine Penrose sucumbió al hechizo de la Condesa y reconstruyó su vida en forma de novela, con un minuciosidad y un lirismo fuera de lo común. Por encima de todo enjuiciamiento, la autora logra transmitirnos con libertad y viveza las profundidades de un personaje maldito que ha trascendido la crónica negra para convertirse en mito. Quizá porque, tal y como afirma Penrose en el texto: "No nos fascina lo agradable, nos fascina lo insondable."

Su lectura me ha parecido: poética, terrorífica, adictiva, absorbente, fascinante, reflexiva, oscura, sangrienta, perversa, con una protagonista que trasciende lo histórico, magnética, con un interesante punto esotérico, intelectual, elegante, vampírica, el sueño de toda y todo escritor fascinado con las tinieblas del alma humana... Mi primer contacto con la historia fue a través de la divulgación. Esta revelación no es nueva - más de una vez lo he comentado en este espacio de crítica y debate - y además, no debería suscitar ningún tipo de controversia o escandalo, a pesar de que, en terrenos más academicistas escuchar hablar de una aproximación a la materia para todos los públicos parece dar alergia. Más allá de consideraciones puramente personales (potenciar el lado más divulgativo de la historia no denigra dicho saber sino que puede convertirse en el medio perfecto para captar futuros expertos en la materia) lo cierto es que fue una revista de dicho cariz la que me descubrió por vez primera la cara más siniestra del alma humana. Mi primer ejemplar de la Muy Historia - en cuyas páginas me sigo sumergiendo a día de hoy maravillada por su capacidad de conectar al lector con un contenido de lo más completo y accesible - versaba sobre los malos de la historia. Un paraguas temático bajo el que se resguardaban las figuras que a todas y a todos se nos vienen a la cabeza (Mussolini, Hitler, Stalin, Mao, Leopoldo de Bélgica, Franco y un larguísimo etcétera) así como otros personajes menos conocidos pero igualmente perturbadores por sus acciones moralmente reprochables. Recuerdo tres de aquellas personalidades con especial nitidez. La primera fue Giles de Rais, noble francés del siglo XV que luchó en la Guerra de los Cien Años. La leyenda, que no las fuentes históricas, aseguran que estaba secretamente enamorado de Juana de Arco, de hecho fue un supuesto rechazo por parte de la Doncella de Orleans lo que hizo que Gilles se recluyera en su castillo de Tiffauges y comenzara a secuestrar a niños para, tras violarlos, asesinarlos a sangre fría. No es de extrañar que siglos después de su muerte en la horca el escritor Charles Perrault se inspirara en él para escribir Barba Azul, uno de los relatos más vivos en el debate intelectual gracias a la siempre necesaria perspectiva de género. La segunda fue Ranavalona I, reina de Madagascar durante los años 1828 y 1861 y apodada la "Calígula femenina". Acusada de haber asesinado al menos 150 mil personas, Ranavalona se reveló como una gran estratega, con un amplio círculo de espías e implacable con los cristianos, así como con la etnia malgache (mayoritaria en la isla). A pesar de haber llevado su defensa de las tradiciones y creencias religiosas de su isla hasta las últimas consecuencias - sus enemigos perecían en ríos llenos de cocodrilos - Ranavalona murió en su cama, en paz, sin una sentencia que la condenase por sus crímenes. Sin embargo, fue Erzsébet Báthory la que consiguió que durante un tiempo me obsesionara su figura, apariencia, trascendencia histórica, contexto y, por supuesto, los asesinatos que cometió con la ayuda de una serie de personajes más oscuros todavía y los distintos elementos mágicos que rodearon dichos sucesos. De ahí que, en cuanto tuve noticias de la publicación de este texto, me adentrara en el bosque y en las mazmorras de Csejthe para conocerla mejor a través de una de las voces más poéticas que he leído últimamente. La condesa sangrienta: lo macabro hecho poesía. 


No hay cosa que más miedo me de - a parte de las alturas - que encontrarme con una araña reptando por cualquier superficie. Ya sea en medio del campo, sobre la antigua chimenea de la casa del pueblo, entre las sábanas, e incluso saliendo de detrás de una estantería llena de libros. Hace poco me topé con dos de ellas, justo en el portal de mi casa, en una esquina, mecidas en su invisible tela de araña. Me observaban quietas, pacientes, esperando el momento oportuno para descender y aflorar mis terrores más primitivos. Por eso, no es de extrañar que al principio recelase de la portada del presente libro editado por la magnífica editorial Wunderkammer. Grande, negra, espeluznante y además peluda. Mi peor pesadilla vamos. Sin embargo, y una vez superado el hecho de que dicho arácnido jamás saltaría del papel a mi cara, me adentré con verdadera devoción a su lectura. Al fin y al cabo me considero una entusiasta de la leyenda negra de la condesa. Tras haberme empapado de documentación de mayor o menor grado intelectual acerca del personaje histórico, así como de los sangrientos hechos que envolvieron su vida, el texto de Valentine Penrose vino a arrojar luz sobre una perspectiva nueva. Lejos de aclarar algunas lagunas de la historia que se cuenta a partir de la información existente, lo que hace Penrose es directamente ofrecer una aproximación inminentemente literaria. Al principio no conseguía encajarla en ningún género en concreto. ¿Es novela? ¿Es ensayo? ¿Es biografía? Finalmente y tras meditarlo mucho, creo que la respuesta no reside en la categorización ni en las etiquetas, sino en la capacidad de su autora para la hibridación del texto. Literatura que navega entre varios mares por los que siente predilección pero, al mismo tiempo, sigue su propio camino, sin decantarse por alguno de ellos, creando una deliciosa ambigüedad en la que el lector se empapará lejos de cualquier barrera que impida una mayor comprensión de la obra. La poesía inunda el relato desde el principio, otorgando mayor belleza y lirismo a una historia tenebrosa y sanguinolenta. Intuía que Penrose, al pertenecer al movimiento surrealista inglés y, sobre todo, al tener una interesante obra poética en su haber, podía conducir la historia por dichos derroteros. Lo que no me esperaba es que ésta se convirtiese en una impresionante masterclass de escritura creativa. Hasta el punto de haberse convertido en una de mis lecturas de cabecera en lo que a creación literaria se refiere. Es tal la sensibilidad que Penrose imprime en el texto, combinándolo con esa siniestralidad y los distintos elementos fantásticos (brujas, magia negra, vampirismo, rituales, leyendas de la Hungría medieval...), que el resultado entre realidad y esoterismo - del que su autora es una experta - resulta tan inquietante como hermoso. Y todo esto sin descuidar la bibliografía, los documentos y toda clase de información que su autora ha recabado para la redacción del presente libro. Reconozco que su lectura es abrumadora, repleta de información y de un tono tan perturbador que a veces necesitaba descansar y reflexionar para regresar a esa Erzsébet Báthory tan "penrosiana". Una condesa que, a ojos de la autora, es un personaje que camina, sigilosamente, pero firme, impulsiva, dejando tras de sí el intenso carmín de doncellas previamente torturadas. Penrose no emite juicios de valor, ni siquiera se cuestiona la veracidad o no de los hechos, simplemente actúa como espectadora y documentalista, introduciendo al lector en el contexto de la Hungría feudal al tiempo que describe la última y sádica ocurrencia de la condesa sangrienta. 


Antes de marcharme hasta la próxima reseña me gustaría plantear un debate entorno a la siguiente pregunta: ¿fueron ciertos los crímenes de los que se le hicieron responsable a Erzsébet Báthory? Aunque para hilar aún más fino el asunto, el interrogante sería ¿existieron de verdad o fue un complot de los nobles húngaros de su tiempo para apartarla del poder a la muerte de su marido? Si tenemos en cuenta los sucesivos artículos - tanto históricos, artísticos, políticos así como médicos - lo cierto es que muchos coinciden en señalar su inquietante personalidad deriva de una serie de factores plausibles pero no exentos de un cierto halo literario. El primero de ellos es la endogamia, muy habitual en las monarquías o en los linajes aristocráticos - no debemos olvidar que los padres de Erzsébet eran primos - lo que nos conduce al siguiente punto a tener en cuenta, sus supuestos problemas mentales y la epilepsia. Si bien es cierto que las prácticas endogámicas podían ser determinantes en el padecimiento de enfermedades, ataques de ira, apariencia raquítica (ejemplo de ello es sin duda Carlos II de España) respecto a Báthory no existen pruebas claras de ningún trastorno congénito por culpa de la unión de sus padres más allá de la leyenda negra vertida sobre su figura. Y aunque, casualidades de la vida, es descendiente directa del famoso Vlad Tepes - recordemos, Príncipe de Valaquia cuya crueldad inspiró a Bram Stocker para escribir Drácula - no podemos afirmar con rotundidad que Erzsébet hubiese heredado, como si de una maldición se tratara, la maldad de su antepasado. Lo que si parecen confirmar es que sí sufría de epilepsia (enfermedad que, por supuesto, no estaba ni tratada ni estudiada en el siglo XVI) al tiempo que era testigo, desde bien pequeña, de las numerosas torturas que sus padres ejercían contra sus criados. Tal vez fue eso y no una supuesta enfermedad mental lo que acabó forjando un cruel carácter y una inaudita insensibilidad respecto a la violencia. Hecho que no hizo sino acrecentarse en el momento en el que la casaron a los doce años con Frenec Nádasdy - primo también y apodado el Caballero Negro de Hungría por su afición a empalar enemigos en tiempos de guerra -. Ambos eran muy distintos, ella más instruida para la época y él un orgulloso analfabeto - pero compartían su afición por elaborar métodos de tortura cada vez más sofisticados y sanguinarios con los que castigar a sus criadas. Fue la súbita muerte de Frenec en pleno campo de batalla lo que provocó, según los expertos, el enriquecimiento por un lado y declive psicológico por otro de la propia Báthory. Es ahí donde entra lo que Valentine Penrose cuenta en su libro. Esa terrorífica reclusión, prácticas de brujería, sadismo, secuestros, doncellas de hierro, baños de sangre y todo eso con ayuda de Ficzkó - su más estrecho colaborador y que en el libro da mucho miedo - y de las brujas Dorotea, Helena y Prioska y Katryna. Cinco personajes cada cual más perturbador cuyas vidas acabaron en la picota o en la hoguera tras el juicio Bitcse (en el que se juzgó los crímenes tanto de la condesa como de los secuaces anteriormente nombrados). Pero, en toda esta historia falta comentar el papel que tuvieron los nobles de su tiempo que, al ver como Erzsébet Báthory se convertía a la muerte de su esposo en la señora feudal con más poder de toda Transilvania, no dudaron en instigar todo tipo de rebeldías y complots contra ella, aunque también hay que decir que Báthory no se quedaba atrás en la política de intrigas y espionaje. Las aspiraciones de la nobleza se vieron recompensadas en dicho juicio y, aunque por aquellos tiempos una ley impedía que una aristócrata fuese procesada, Erzsébet fue recluida en su castillo de Csejthe hasta que cuatro años después un guarda la encontró tirada, boca abajo y con el corazón tan frio como el hielo. Tras su muerte y los problemas que supuso su entierro - a día de hoy no se sabe a ciencia cierta donde descansan sus huesos - se prohibió hablar de ella en todo el país y se sellaron sus documentos durante más de un siglo. Verídico o no, lo cierto es que, de descubrirse la falsedad de las acusaciones - lo cual es muy poco probable que suceda - afirmaríamos con rotundidad que el mito surgido a posteriori se habría creado sobre las cenizas de una falsedad demasiado horrible para ser cierta pero igualmente atractiva desde el punto de vista de la creación literaria o artística. ¿Cuál es mi opinión? Que siga la investigación, que se encuentren los famosos diarios perdidos de la condesa (si es que alguna vez existieron) y, por supuesto, que se haga desde una perspectiva de género. Mientras tanto, nos quedará el terror, la leyenda y textos como el de Penrose, capaces de arrancarnos un escalofrío mientras observamos la copa rebosante de sangre a punto de ser ingerida. 

La condesa sangrienta: una historia de terror, cuchillos, mazmorras, doncellas enterradas en el huerto, traición, conspiraciones, brujas, leyendas medievales, ríos de sangre, deseos sexuales reprimidos, alienación, chantaje, belleza, poesía... El desconocido clásico del terror que ha vuelto para quedarse. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Un día trajeron desde muy lejos, desde una aldea situada más allá de Eger, cercana a los Grandes Cárpatos, donde moran los vampiros, donde las brujas pueblan las nubes, y a veces de cisnes, el cielo, a una muchacha de cuya belleza había trascendido la fama. Los juegos de espejos informaron, de castillo en castillo, de que se iba acercando. El viaje duró un mes: y, mientras otras estaban esperando desde hacía mucho su turno en los subterráneos de Csejthe, a ella la sacrificaron la misma noche que llegó."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de WunderKammer

miércoles, 28 de octubre de 2020

RESEÑA: Como si existiese el perdón.

 COMO SI EXISTIESE EL PERDÓN


Editorial: Las Afueras. 

Autora: Mariana Travacio (Argentina, 1967). Nació en Rosario, pasó su infancia en Brasil y actualmente reside en Buenos Aires. Es licenciada en Psicología por la Universidad de Buenos Aires donde se desempeñó como docente de la Cátedra de Psicología Forense. Es Magister en Escritura Creativa por la Universidad Nacional de Tres de Febrero y traductora de francés y portugués. Sus cuentos han recibido numerosos premios nacionales e internacionales y han sido publicados en revistas y antologías de Argentina, Uruguay, Brasil, Cuba, España y Estados Unidos. Es autora de los libros de relatos Cotidiano (2015) y Cenizas de Carnaval (2018) y de la novela Como si existiese el perdón (2016, Las Afueras, 2020).


Editorial: Las Afueras. 

Idioma: castellano. 

Sinopsis: Como si existiese el perdón es una historia de venganza y redención. Mariana nos conduce a través de un mundo desolado, que trae a la memoria las mejores páginas de Juan Rulfo, hasta un final inevitable que tiene sabor de venganza antigua. Inevitable decíamos, porque todos los personajes de esta historia parecen marcados por la fatalidad, pero también porque la autora no nos da la oportunidad de apartar la mirada de este libro duro y memorable, con un estilo tan desnudo y poético como los paisajes que describe. Un libro cargado de simbolismos, una historia que atrapa e impacta por su crudeza. Desde la primera página, el lector comprobará que tiene en la mano algo más que un western kafkiano o una nueva vuelta de tuerca a la literatura gauchesca. Esta novela es, sobre todo, una fábula moral sobre la naturaleza humana, la violencia y la justicia. 

Su lectura me ha parecido: breve, espectral, sobrio, demasiado escueto, furioso en ocasiones, poético, simbólico, polvoriento, que te lo lees de una sentada... "Gaucho" - como término - se utiliza para referirse a los habitantes característicos de las llanuras o zonas próximas de lugares como Argentina, Uruguay, Chile, Paraguay, Bolivia y una parte de Brasil. Aunque existen muchas controversias entorno al origen etimológico de la palabra, existen expertos que aseguran que podría derivar de "hachu" (vagabundo en quechua), del árabe "chaucho" (látigo utilizado en el arreo de los animales) o del portugués "garrucho" (instrumento para atrapar al ganado) entre otras hipótesis. Se identificaba por su condición de hábil jinete y por su vinculación con la proliferación de vacunos en las regiones rurales, siendo además partícipes de actividades económicas y culturales al rededor del consumo de carne y la industria del cuero. Así mismo, los gauchos - en su mayoría - a día de hoy son considerados iconos de la tradición y de las costumbres del campo. Repudiados antaño, una corriente historiográfica está empeñada, no sin razón, en poner a estos hombres  y mujeres (porque haberlas haylas) como símbolos de la liberación colonialista. De hecho, fueron muchos los que participaron de forma muy activa en los distintos procesos de independencia acaecidos en Sudamérica a principios del siglo XIX. Por no hablar de su rol protagónico en la historia del conocido como Cono Sur - recordemos, el área más austral del continente americano que comprende los países de Argentina, Chile y Uruguay - donde no sólo asentaron su forma de vida en las zonas menos pobladas, sino que además, lograron alcanzar cotas de poder e influencia nunca vistas en otros lugares de América Latina. A partir de 1852, los partidos políticos sustentados por los gauchos comienzan su particular declive, sobre todo en Argentina, quedando su presencia reducida al clientelismo y siendo sus tierras controladas por estancieros latifundistas. La introducción del alambrado de púa en 1860 fue, en última instancia, la último obstáculo que supuso la definitiva decadencia del gaucho tradicional al no poder desempeñar la trashumancia a la antigua usanza. Al calor del mito nació lo que conoce como Literatura Gauchesca en la que sobresalieron nombres como los de José Hernández - autor de Martín Fierro, un poema narrativo que muchos estudiosos señalan como texto fundacional y canónico - o Eduardo Gutiérrez - autor de Juan Moreira, una especie de Robin Hood argentino -. Los cuales no hicieron sino engrandecer su figura hasta equipararla a la de los cowboys norteamericanos, de hecho, no es de extrañar que en ocasiones, sobre todo en aquellas sucias e hiperrealistas películas del Espagueti Western, creamos ver algunos rasgos del gaucho argentino, uruguayo o chileno. ¿O fue al revés? O fue Sergio Leone, por citar un ejemplo, el que se empapó de esa influencia en un intento por alejarse de la idealización del western norteamericano. Dicho esto, preparen las provisiones, ensillen a sus caballos y recibamos al son de la guitarra a una nueva pluma que ha conseguido revitalizar el género a base de cruzar influencias tanto literarias como cinematográficas. Como si existiese el perdón: el western gauchesco que, en el fondo, estábamos deseando. 


Desde uno de esos inicios tan evocadores como asfixiantes, Mariana Travacio se mete en el bolsillo a los lectores en el momento en el que irrumpe, como si de una aparición fantasmagórica se tratase, un extraño personaje. Su presencia perturba a los protagonistas, a ese Manoel que narra esta historia y a Tano, una suerte de Sancho Panza más siniestro pero igualmente leal. Un espíritu que acabará reapareciendo en su doble, en ese mellizo que acabará por confundirse con el muerto, hasta el punto de no distinguirlos. Sin duda esta introducción del doppelganger - del que autores como Stevenson o Dostoievsky  o cineastas como Lynch usarían de forma magistral - ya nos da una pista de que, al contrario que Hernández o Gutiérrez (recordemos, padres del género gauchesco) Travacio prefiere cabalgar por otras tierras, optando por la transversalidad y potenciar la accesibilidad de una tradición literaria muy demasiado reduccionista. Si bien es cierto que la novela tiene sentido gracias a la profundización en uno de los grandes temas de la literatura universal - la venganza - la autora explora los distintos caminos que conducen a ella. Y en ese camino entran en conjugación recursos que mezclados entre sí ayudan a ensalzar una historia que, aunque corta en su extensión, deja un recuerdo en la memoria de quien se atreva a leerla. En primer lugar la magia - o el realismo mágico como comúnmente se le conoce - surge de forma natural de entre la arena del desierto, del polvo en suspensión, de esas botas con años de experiencia en sus suelas o en los mismos paisajes que los protagonistas recorren en su pretensión de llevar a cabo su particular vendetta. A priori podría parecer que Travacio ha optado por homenajear a Gabriel García Márquez desde una humildad supina, pero a medida que vamos metiéndonos en la historia y empapándonos del estilo de la escritora, descubrimos que su suciedad y esa constante presencia de símbolos son más cercanos a Juan Rulfo - otro de los grandes pero, por desgracia, menos recordado - que al autor colombiano. Con esto algunos pensarán que Travacio rebaja sus expectativas cuando, en mi más sincera opinión, lo que hace es tomar las enseñanzas de otro gran maestro para hacerlas suyas, a pesar de que, una vez dicho esto, no podamos evitar pensar en Pedro Páramo cada vez que Travacio hace gala de sus descripciones oníricas. En segundo lugar, la influencia del western es notable y de una abrumadora obviedad. No hay que olvidar que los distintos puntos en común entre los gauchos argentinos y los cowboys norteamericanos. Ya el propio título - Como si existiese el perdón - parece un homenaje explícito a aquellas cintas en las que la implacable mirada de Clint Eastwood conseguía ponernos alerta o en tensión. De hecho, muy lejos del extremo estiramiento del tiempo cinematográfico tan característico de dichas películas, Travacio construye su novela como disparos, con capítulos que a penas llegan a la media página y con contundentes escenas que mejoran y agilizan la trama. Por todo esto me atrevo a comparar más la novela de Travacio con esa vertiente literaria tan de quiosco - donde Marcial Lafuente Estefanía brilló entreteniendo con sus novelas del Oeste a la generación de nuestros abuelos - y de rápido consumo. Tal vez la intención de la autora fuese más autoral a la hora de revitalizar el género que el de parecerse, literariamente hablando, a Leone o a Corbucci. Más Rulfo o Michael Chabon y menos el hombre sin nombre. Eso sí, permitidme una sugerencia, si lo que queréis es vivir una experiencia inmersiva probad con Morricone dirigiendo la orquesta y Alessandroni silbando a lo lejos. Simplemente embriagador. 


Por último señalar dos aspectos primordiales: la visivilización de las mujeres gauchas y el viaje tanto físico como interior. El primero de ellos sin duda supone la que creo que es la verdadera revolución dentro de la literatura gauchesca más allá de las influencias externas a dicho género. Y es que hasta ahora las mujeres en las novelas protagonizadas por gauchos estaban relegadas a un segundo plano, por no decir que su presencia, en ocasiones, se reducía a mera anécdota, siendo el objeto - que no el sujeto - de espeluznantes trueques o de viles manipulaciones. Todo ello en detrimento de su autoestima y en refuerzo de la autoridad masculina. Sin embargo, en Como si existiese el perdón las gauchas toman un protagonismo inaudito, situándolas en un estadio similar al de los hombres en cuanto a profundidad psicológica y carácter. Su presencia, siempre marcada por un carácter mágico y extraordinario, puebla la novela de una originalidad exquisita. Ejemplos de ello son los personajes de Ramona, la mujer de Juancho, a la que llevan ofrendas porque concede milagros, Pepa, capaz de sanar cualquier herida, Miranda e Iris, personajes femeninos que nunca se muestran pero que el lector es capaz de imaginarse con rasgos de poderosas hechiceras u Ofelia, la madre de Lopete y que comparte gran parte de su enajenación mental silenciosa con el personaje shakespeariano. De hecho, Ofelia es precisamente de los personajes más interesantes de la novela precisamente por esas constantes conexiones hamletianas, con apariciones espectrales incluidas y rápidos episodios de violencia sangrienta de los que el propio dramaturgo inglés estaría muy orgulloso. Por otro lado, el segundo de ellos - lo referente al significado del viaje - no puede pasarse por alto dado su aproximación hacia el clasicismo. Como si existiese el perdón está llena de tropos literarios, desde esa venganza tan cercana a lo hamletiano a el miedo más subyugante partiendo de lo mágico, pasando por un intenso amor, en este caso por la familia. Pero es en la odisea que emprenden Manoel y Tano donde podemos apreciar una mayor impronta clásica, llegando en ocasiones a coquetear con la concepción Homérica, canónica a todas luces, que aún así sigue sirviendo de guía a las y los escritores de las generaciones más actuales y las que está por venir. De este modo, cada dificultad en el camino (polvo, lluvias torrenciales, calor infernal...) va directo a nuestros sentidos, apreciando esa punzada tan típica en el estómago que, sin embargo, indica la pericia de sus palabras. Cada parada en la ruta cobran protagonismos inesperados (la casa de Luisa se nos antoja la de Penélope en su habilidad tejiendo y en esa especie de Oasis que ambos personajes encuentran a su llegada). No obstante, el propósito no es noble, al contrario, el lector prevé una matanza sanguinolenta final de dicho trayecto. Nada que ver con lo que Homero nos describió al llegar a su adorada Ítaca. Pero dejadme que os diga que es en el "mientras tanto" donde los lectores pueden encontrarse cómodos, en ese cabalgar por las praderas, en esa superación de las adversidades, en los pensamientos que se cruzan, como una estrella fugaz, en la mente de Manoel o Tano. Un "mientras tanto" que, por supuesto, ansías sea eterno. 

Como si existiese el perdón: una historia de venganzas, sangre, fantasmas, desiertos, casas familiares, honor, honores que enmendar, mujeres cruciales, largos caminos... Una ráfaga de aire fresco en tiempos de limitaciones y deseos contenidos. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Allá donde vivíamos, venía el viento del norte. Era un viento de calor que nos cercaba hasta instalarse como un perro hambriento. Cuando nos tenía rodeados, dormíamos unas siestas interminables. Nos despertábamos cuando el sol se iba y el cielo quedaba con un resplandor que seguía levantando el olor de la tierra seca."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Las Afueras

martes, 20 de octubre de 2020

RESEÑA: Incienso.

 INCIENSO


Título: Incienso. 

Autora: Eileen Chang (1920-1995) nació en el seno de una familia de clase alta de Shanghái. Su madre fue una mujer moderna educada en Inglaterra; su padre un adicto al opio de ideas tradicionales. El matrimonio terminó en divorcio y Eileen quedaría bajo la custodia de su padre, hasta que los maltratos a los que éste la sometía la obligaron a irse a vivir con su madre. Tras la invasión japonesa en Hong Kong en 1941, en cuya universidad estudiaba literatura, volvió a la también ocupada Shanghái, donde empezó a publicar en revistas los cuentos y nouvelles que la convirtieron en una famosa escritora. En 1944 se casó con Hu Lancheng, un político que colaboraba con los japoneses y del que se divorciaría tres años después. La llegada de los comunistas al poder la llevaría a EEUU en 1955, donde moriría cuarenta años más tarde sin haber vuelto nunca a China. Durante sus años en EEUU, Chang dio clases en distintas universidades y continuó escribiendo ensayos, narrativa y guiones para películas rodadas en Hong Kong, durante el régimen comunista sus libros quedaron relegados en la China continental por motivos políticos. En los años noventa, coincidiendo con la apertura del régimen y el ascenso de una pujante clase media, su obra fue redescubierta con gran éxito. Entre sus libros destacan La jaula doradaLa rosa roja y la rosa blanca, Incienso, Un amor que destruye ciudades y Deseo y peligro (llevada al cine por el oscarizado director Ang Lee en 2007).


Editorial: Libros del Asteroide. 

Idioma: chino. 

Traductora: Anne-Hélène Suárez. 

Sinopsis: cuando Ge Weilong se presenta inesperadamente en casa de su tía, la señora Liang, para pedirle que la acoja y así poder proseguir con sus estudios en Hong Kong, no se imagina hasta qué punto ese encuentro cambiará su vida. La señora Liang le abrirá las puertas a un ambiente mundano, regido por la suntuosidad y la hipocresía, y Weilong tendrá que decidir si quiere formar parte de él. Así arranca la primera de las dos novelas cortas que contiene este volumen: un retrato esplendido de la decadente China colonial. Dos historias que, como apunta la narradora, se leen en el tiempo que tarda en arder un puñado de incienso. 

Su lectura me ha parecido: sorprendente, bella, que te deja con ganas de más, metafóricamente interesante, con unos personajes interesantes en su construcción - sobre todo en lo que se refiere al primer texto - una foto del Hong Kong anterior a la Segunda Guerra Mundial en todo su esplendor y convivencia colonial... Existe el dicho de "somos lo que comemos" o el de "dime qué comes y te diré como eres". Ambos son muy parecidos, por no decir que los dos conducen a la misma conclusión salida, casi, de los universos multicolores de Mister Wonderfull. Yo, sinceramente, soy más del de "enséñame tu librería y te diré quien eres". Cierto, me lo acabo de inventar, está visto que últimamente reboso imaginación, hasta en los terrenos más insospechados. Dejando a un lado las mamarrachadas de turno, lo cierto es que, si nos paramos todas y todos frente a nuestra librería - en otras palabras, nuestro templo cultural más personal y en ocasiones intransferible - descubriremos que abundan lecturas de autoras y autores estadounidenses, españoles o franceses entre otras muchas nacionalidades. En mi caso, las y los ingleses ganan por mayoría, aunque en los últimos años la literatura latinoamericana, la norteamericana y la procedente de países tanto del norte como del este de Europa han aumentado con el paso de los años. Al igual que el color, de un tono crema normalito a un negro cada vez más azabache. Por decirlo de alguna manera, así describo últimamente mi deriva hacia lo oscuro, siniestro, turbulento. Más allá de eso, lo que de verdad me preocupó fue descubrir la poca representación que tenía en los estantes de literatura procedente de países como Japón, Corea del Sur, Vietnam o China por citar algunos ejemplos. Es más, estoy convencida de que a vosotras y a vosotros también os sucede. Y no, esos libros de Haruki Murakami que tanto has releído no compensan el olvido sistémico más allá de las editoriales especializadas de turno (cuya labor pocas veces es reconocida). En lo que a China compete - ya que es el lugar de nacimiento de la autora del libro que pasaremos a continuación a reseñar - el lector de a pie sólo se acuerda de Confucio - algunos, por desgracia, gracias al chiste fácil que me niego en este espacio de crítica y opinión a reproducir - o de Sun Tzu y su Arte de la guerra - actualmente sigue siendo el libro chino más traducido y trascendente en occidente - y para de contar. Afortunadamente , y desde hace unos años, Libros del Asteroide ha ido arrojando luz sobre una de sus escritoras menos conocidas para el público generalista. Una pluma que describió como nadie la época precomunista - con sus virtudes y defectos - aunque fuese finalmente condenada al exilio por el régimen de Mao Tse Tung en el año 1955. A pesar de que en los últimos años su escritura se viese influenciada por las formas occidentales, sus textos anteriores a la década de los 50 aún consiguen acercarnos como nadie a una época histórica trascendental en la historia de china, a esa convivencia entre el tradicionalismo y la modernidad y, sobre todo, a sus aromas. Incienso: la sencillez luminosa, incluso antes de extinguirse la llama. 


Dividida en dos partes - Primer incensario y Segundo incensario - el libro de Eileen Chang asienta de alguna manera los parámetros literarios en los que la autora se va a desenvolver, como pez en el agua, a lo largo de toda su producción novelística. Ya lo vimos en Un amor que destruye ciudades (reseñada que podéis encontrar también en el blog) y lo volvemos a apreciar en Incienso, aunque con más lírica, menos contención y una aproximación más intensa al Hong Kong de entreguerras y previo al ascenso del Comunismo en China. Usando el símil del incienso, cuya fragancia se desprende tras la chispa provocada por una cerilla, Chang va poco a poco adentrando al lector en su mundo, desde una pasmosa sencillez y unas descripciones realmente embriagadoras. Llama especialmente la atención su forma de aproximarse a la cotidianeidad de las situaciones, así como la inclusión de una paleta de colores tan fascinante como abrumadora. A través de ellos, Chang nos describe un vestido, un plato de comida tradicional o una estancia con la misma facilidad con la que puede evocarnos la incomodidad, la pobreza, la envidia, el amor o la enemistad. Partiendo de los que todas y todos conocemos: azul intenso, rojo resplandeciente, esmeralda o amarillo crema. Pero también de otros completamente desconocidos para mí como el cardenillo - similar al turquesa y que se forma al rededor de objetos de cobre o latón por culpa de la humedad - otorgando, de este modo, mayor originalidad a ambos textos. Por otro lado, al igual que sucede, al parecer, en lo que conocemos de su corpus narrativo, Chang siente especial fijación por retratar, visibilizar y poner sobre la mesa como era la vida en el Hong Kong cosmopolita - rara vez observamos otra realidad que no sea esa - y en especial las relaciones entre sus habitantes y las influencias anglosajonas que, por culpa de la colonización, acabaron por implosionar en la cultura, sociedad y costumbres de un país, tradicionalmente, muy apegado a lo tradicional. En relación a esto último y como autora, Chang se posiciona de forma muy crítica en el Segundo Incensario, elaborando un relato lúcido y en el que se plantea una situación bastante comprometida. Seguidamente, ambos textos quedan irremediablemente marcados por otro de los grandes intereses de su autora: el de visibilizar la realidad de las mujeres chinas en este contexto tan determinante. Si en Primer Incensario el lector sigue los pasos de Ge Weilong - una joven que se debate entre ir a la escuela y después buscar un trabajo o llevar una vida cómoda estrechamente unida a los placeres - , en el Segundo Incensario es el estilo de vida colonialista y la falta de educación sexual en las mujeres lo que hará que, tras la boda de Roger y Susie, se desencadenen los inesperados acontecimientos. Si me tengo que quedar con uno, me inclinaría por el primero. Weilong es un personaje fascinante, el de la tía odioso pero al que no puedes evitar querer, esa aproximación a la vida acomodada (con tradiciones ancestrales y desdén a las doncellas incluidos) así como la reflexión final de Weilong - tan triste como comprensible si tenemos en cuenta el contexto en el que nació el relato - merecen un lugar destacado en mi memoria lectora. 


La vida de Eileen Chang - la cual hemos empezado a conocer gracias a la traducción de sus novelas al Español y a la encomiable labor de Libros del Asteroide de traerla por primera vez a las librerías de este país - parece no distanciarse mucho de las tramas de sus novelas. Ya desde sus primeros años de vida podemos captar una de sus influencias, al ser educada por una madre moderna y viajera y por un padre de ideas tradicionales y adicto al opio. Uno la maltrataba, la otra le dio la oportunidad de ver mundo una vez aquel matrimonio tocó a su fin. De ahí su preocupación por hacer hincapié en las problemáticas relaciones entre lo autóctono y las influencias extranjeras, entre una sociedad todavía anclada en valores reaccionarios a unas costumbres que, si bien arrasaron con parte de la idiosincrasia del país, para algunos supuso toda una fuente de inspiración. A los 23 años, que se dice pronto, Eileen Chang ya era toda una afamada escritora, sin embargo, dicho estatus no la libró de las duras críticas por parte de algunos colegas de profesión al ofrecer un estilo muy liviano y casi complaciente de la ocupación colonial. Época en la que, por cierto, muchos autores dejaron de escribir como protesta ante la invasión. Perdidamente enamorada de Hu Lancheng, hombre de dudosa reputación y ministro de propaganda del gobierno pro Japonés de Wuhan (sí, la mismísima Wuhan, no es una broma), Eileen Chang escribió sus obras más importantes al tiempo que tenía lugar la invasión nipona y los escarceos de su marido con otras mujeres. Divorciada de Lacheng - tras tres años de larga espera - vivió con incomodidad la llegada del comunismo a su país. De la noche a la mañana, Chang pasó de reputada escritora a una presencia incómoda para el régimen de Mao. No es de extrañar que tras la llegada del Maoísmo al poder, decidiese exiliarse a los Estados Unidos, lugar en el que ejerció como profesora en diferentes universidades y puso un pie en la industria hollywoodiense gracias a su talento como guionista. Sus textos, desde entonces, se vieron irremediablemente empapados del occidentalismo estadounidense pero jamás dejó de mirar más allá del océano Pacífico, más allá de la gran Muralla a ese país que literariamente tanto le aportó. El final de Eileen Chang fue triste, muriendo en Los Angeles en la década de los 90 sin haber podido volver a China, y aunque en los últimos tiempos se haya reivindicado, por fin, su literatura dentro del panorama literario de su tierra, eso no nos libra del amargor de saber que, de haber vivido un poco más, tal vez sus ojos hubieran sido testigos del éxito, tardío, pero éxito. La importancia de Chang, además del redescubrimiento de una autora desconocida traducida por vez primera al español, radica en su biografía, en sus ideas implícitas y en su valioso testimonio literario. ¿Os imagináis que hubiese cambiado de opinión? ¿Qué se hubiese unido a sus compañeros escritores y hubiese dejado de publicar durante la época colonial? A estas alturas se me antoja imposible. 

Incienso: dos historias de tradición, modernidad, independencia, tutelas, sofisticación, choque colonialista, relaciones de poder, domesticidad, interiores... La sinestesia hecha literatura. 

Frases o párrafos favoritos: 

"La calle era un caos de fuegos artificiales y petardos volando en cualquier dirección. La pareja tenía que hacerse a un lado cada dos por tres para evitar las cometas rojas y verdes (…) Frente a todo este gentío, toda esa luz, todas esas mercancías, se extendían, sombríos, el cielo y el mar - una desolación, un espanto sin límite - igual que su futuro."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide

lunes, 12 de octubre de 2020

RESEÑA: Documento 1.

 DOCUMENTO 1


Título: Documento 1. 

Autor: François Blais. Es un chico tímido, un intelectual amante de los videojuegos y la literatura de los siglos XVIII y XIX; un tipo normal, según él, pero un superhéroe, un underdog, según la crítica; un autor que vivía de la traducción y la escritura hasta que quiso comprarse una casa en el campo y, como las artes no eran compatibles con la angustia que le producía la hipoteca, se buscó un trabajo como empleado de mantenimiento en el centro comercial de al lado de su casa. François Blais es una de las voces contemporáneas más interesantes de la literatura de Quebec. Prolífico, tiene en su haber nueve novelas, donde circula siempre el mismo tipo de personajes aparentemente anodinos, marginales (trabajadores del Subway, adictos a Google Maps...), casi nihilistas, poco inclinados a interactuar con el resto de la humanidad, herederos de "nombres improbables extraídos de los anales de la literatura". François Blais está considerado un superhéroe clandestino de la escritura francófona. Documento 1, que se publicó en francés en 2013 con gran éxito de crítica, es su primera aparición en las librerías de nuestro país. 


Editorial: Barrett. 

Idioma: francés. 

Traductora: Luisa Lucuix. 

Sinopsis: Tess y Jude, dos jóvenes que comparten piso en una pequeña ciudad de Quebec, pasan sus horas muertas viajando con Google Maps, descubriendo los nombres más curiosos de ciudades de EEUU y las historias que hay detrás de ellos. Un buen día deciden emprender un viaje real a una localidad perdida que les ha llamado la atención: Bird-in-Hand (Pájaro en mano), pero para emprender ese viaje necesitan dos cosas, dinero y un coche. No se les ocurre una idea mejor que pedir una de las subvenciones que el Ministerio de Cultura otorga a los artistas para escribir un libro. 

Su lectura me ha parecido: divertida, directa, ligera, extraña, con unos personajes que rozan lo apático, triste, acertada, memorable... Surrealismo, confusión, como estar inmersa en una película apocalíptica. Esas que te tragas a las cuatro de la tarde mientras calientas con tu culo el hueco del sofá, esas que por lo general no te crees y acabas durmiéndolas hasta que el rugido de tu estómago te avisa de que es la hora de meterte un Colacao con galletas entre pecho y espalda. Pero entonces pasa y de la noche a la mañana no puedes salir de tu casa porque hay un virus campando a sus anchas sesgando la vida de tus vecinos. Te acojonas, compras toneladas de papel higiénico, no puedes esquivar la sugestión. Entras en pánico ante cada estornudo, carraspeo o leve dolor de garganta. Tanto que le pides a tus convivientes que ni se te acerquen, aunque sea para proponerte hacer pan casero juntos, aunque sea para ver la enésima serie de Netflix. Aún así, todavía conservas un pequeño resquicio de esperanza. "Sólo son quince días" piensas mientras haces planes en tu cabeza. "¿Dónde me voy esta Semana Santa?" "¿No suspenderán las procesiones verdad?" "¿Es verdad que las Fallas se aplazan al verano?" Pasan esos quince días, y otros quince, y quince más. Es un no parar. Entonces tú, que eres una lectora empedernida, repelente en algunos aspectos - estás al día de todo, te sabes los nombres de todos y lo sabes todo del mundillo - decides desempolvar todos aquellos libros cuya trama transcurre dentro del hogar. Poco te importa el género, como si es de terror, como si es una novela de Stephen King en la que su protagonista se dedica a asesinar a quienes no llevan la mascarilla puesta por la calle. A estas alturas del panorama ya no te sorprende nada. La casualidad hace que de entre todas esas historias claustrofóbicas o en las que abundan idealizadas odas al microondas de la cocina te topas con un tal François Blais. No te suena, jamás lo has oído mencionar, pero la sinopsis y su colorida portada - la viva imagen de la cuarentena pero sin aplausos de por medio y con gente paseando libremente por la calle - acaban convenciéndote. Ya es abril, sabes desde hace unas semanas que no va a haber Feria del Libro, así que te consuelas leyendo la novela de François Blais sentada en el balcón, rodeada de plantas y con el olor a tabaco del vecino descendiendo desde el sexto. Una carcajada, un suspiro, un capítulo más devorado. Así hasta que te das cuenta de que todo lo mencionado anteriormente es mentira - salvo alguna cosa - y que la literatura, sólo la literatura, es capaz de salvarnos en los peores momentos, justo lo que consiguió François Blais, sus desesperanzados protagonistas y la poca inventiva que todavía conservo. Documento 1: metaliteratura, precariedad, un sueño y Google Maps. 


Para las y los lectores poco convencionales, que se pasan durante horas buscando ese libro que - no tiene porque ser una novedad de reciente publicación - les vuele la tapa de los sesos o que, simplemente, les permita vivir unas aventuras de cariz épico, Documento 1 será su desesperación que no perdición. Porque, si bien es cierto que podríamos enmarcarlo en esa categoría literaria en la que entrarían las autenticas rarezas y delicatessen novelísticas, en la novela de François Blais no pasan grandes cosas, ni se desatan tramas que te hacen estar pegada al texto durante horas, ni un desarrollo extremadamente profundo de los personajes que lo habitan. Aquí, para empezar, casi no salimos del piso de alquiler en el que conviven Tess y Jude - maravillosa referencia, por cierto, a dos de los personajes más importantes de la literatura de Thomas Hardy - dos jóvenes apáticos, tristes, sosos y aparentemente conformistas. Y remarco lo de "aparentemente" porque el gran cambio de la novela se produce a partir de esa pequeña evolución (por no decir minúscula) en la que, un poco hastiados de pasarse horas viajando a través de Google Maps, toman la decisión de desvirtualizar uno de sus lugares favoritos: Bird-in-Hand. De ahogar su tiempo libre tras una dura jornada vendiendo bocadillos en el SubWay descubriendo los pueblos con los nombres más raros de EEUU a tomar la iniciativa, aunque sea de una desgana crónica, para emprender por fin el viaje que tanto han anhelado en sus sueños cibernéticos. El problema viene cuando ni un empleo en el SubWay te permite reunir el dinero suficiente como para irte de vacaciones, de ahí que se les ocurra, casi a la desesperada, pedir una subvención al estado para escribir una novela y usar el dinero para poder marcharse por fin. Todo ello sin tener ni pajotera idea de como se escribe una novela. Tess, en ese sentido y en aras de una sinceridad tan abrumadora como inquietante a partes iguales, llega incluso a dirigirse al lector, como si de una actriz mirando a la cámara se tratase, para confesarle lo evidente, que ella de literatura y de juntar palabras sobre el papel no entiende, y mucho menos los manuales, los cuales le producen más de un dolor de cabeza. Jude, por su parte y al igual que Tess, no dudan en aprovecharse del dinero público y de un pobre escritor (enamorado de Tess) que les presta su nombre para que pidan la ayuda económica. 


La novela, descrita así, puede parecer un verdadero tostón, pero en realidad - y sobre todo en el momento tan excepcional en el que la leí - encierra una serie de virtudes que han acabado por inclinar la balanza. En primer lugar, una constante sensación claustrofóbica pero cómoda para el lector. ¿Quién no se ha sentido encerrado y a la vez a salvo en el propio hogar? Últimamente la mayoría de personas que habitamos en este mundo, pero antes de la pandemia, esa paradoja ya se daba y en el tiempo prepandémico en el que se mueven Tess y Jude, aunque ahora nos parezca irreal y un documento casi arqueológico de la vida antes del desastre. En segundo lugar, Documento 1 contiene la pareja de personajes más aburrida, parca, triste y deliciosamente aburrida que he tenido el placer de conocer a través de la literatura. Con empleos de mierda, con salarios de mierda y pisos de mierda; ambos pertenecen a la que ya se conoce como la "Generación Perdida" del siglo XXI, imbuidos en un capitalismo salvaje que casi no les deja respirar, o lo que es lo mismo, aspirar a algo más que pasarse su vida atendiendo a desagradecidos clientes en la franquicia de comida rápida de turno. Dos jóvenes que, a pesar de las circunstancias, disfrutan a su manera de las aficiones más extrañas, como la de hacer turismo virtual. Eso les pirra, pero también se convierte en su terrible consuelo. Si no podemos viajar por falta de pasta, siempre nos quedará el Google Maps. En tercer lugar, a raíz de esto último, el halo de tristeza que impregna la novela es constante. Una tristeza crónica, fruto de las consecuencias de la crisis económica y la falta de expectativas tanto laborales como personales, que no sólo afecta a Tess y a Jude, también a todo lo que los rodea. Convirtiendo su día a día en un campo de minas que ambos se han negado volver a atravesar por miedo a hacerse daño de nuevo, adoptando un irritante conformismo frente a una valentía que les precipitaría a un pozo sin fondo. No todo es desazón en esta novela, ya que en cuarto lugar, el pequeño rayo de esperanza se abre cuando deciden estafar para poder, al menos por un mes, abandonar su anodina existencia. Y con él llega el humor. Un humor muy irónico y descacharrante que funciona a la perfección y que cobra especial genialidad en el momento en el que aparece este escritor que decide venderse por amor a Tess, aunque existan atisbos de correspondencia. Pero es que también hay escenas tronchantes antes de todo eso, cuando elaboran la surrealista lista de pueblos con nombres raros de Estados Unidos, cuando descubren la belleza de Bird-in-Hand (su destino soñado), cuando Tess le suelta a Jude que son infelices y éste le llama gótica, la monotonía del SubWay o hasta en los momentos de distensión, de no hacer nada, también como lector te ríes. François Blais consigue que tanto Tess como Jude parezcan dos animalillos de sobra adaptados a su medio - casa, casa y más casa - que al sacarlos de su hábitat natural, al atreverse a emigrar, cambiar de aires, se sientan completamente extraños, fuera de lugar, como si la novedad no fuese con ellos. Algo que se puede apreciar, por ejemplo, en su memorable final. En última instancia, hacía años que no leía una novela con un carácter metaliterario tan potente que, más allá de tomar prestados los nombres de sus protagonistas del universo hardyano, el libro va también de como escribir una novela, de sus dificultades y de la desesperación de estos dos seres tan fuera de onda por ceñirse a los manuales que han encontrado en la biblioteca. Tras leer Documento 1 a la futura o futuro escritor se le quitan todas esas ínfulas de superioridad, y al que es muy dado a criticar a los escritores - a los cuales suele referirse como "muertos de hambre" - por fin se le podrá la mejilla roja de la merecida bofetada. Para acabar, simplemente decir que, a pesar de que durante el confinamiento muchas y muchos descubrimos las bondades y desventajas de no salir de casa en casi tres meses, es triste pensar que antes de todo esto ya existía la precariedad, el desempleo, la desmotivación y, por supuesto, millones de personas pegándose el viaje padre a Hawái, París, Nueva York o Tokio. Sin moverse de casa, eso sí. 

Documento 1: una historia de aficiones extrañas, internet, pobreza, chantajes, amores no correspondidos, tristeza, humor, sueños imposibles de cumplir sin fraudes de por medio... El no viaje al rededor del globo terráqueo desde la comodidad del sofá, de la cama o del balcón selvático. 

Frases o párrafos favoritos: 

"No es por hacerme la interesante, pero pienso que Jude y yo somos unos infelices. Tener ganas de largarse es sin duda el síntoma más común de la infelicidad. Es típico del desgraciado obtuso pensar que de verdad se puede cambiar el mal de sitio, imaginarse que la felicidad está ahí fuera; lo de querer empezar de nuevo y poner el contador a cero, marcharse para encontrarse mejor y ese tipo de estupideces. ("Y viviremos como príncipes . Y criaremos conejos. ¡´Enga, George! Cuenta lo que vamos a tener en la huerta lo de las jaulas de los conejos y lo de la lluvia en invierno y la estufa, y lo espesa que es la nata que se forma sobre la leche que casi no se puede cortar. Cuéntamelo todo, George"). De acuerdo, en nuestro caso no podemos hablar realmente de un nuevo comienzo, porque lo único que queremos es pasar un mes en Bird-in-Hand, pero a nosotros nos basta con esto, visto que solo somos un poquito infelices. Todo lo que somos, lo somos un poquito. Cuando le dije eso a Jude ("¡Me parece que somos infelices tío!"), se me rio en toda la cara, de verdad, y me llamo gótica."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Editorial Barrett