Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

miércoles, 23 de junio de 2021

RESEÑA: Ninguno de nosotros volverá.

 NINGUNO DE NOSOTROS VOLVERÁ


Título: Ninguno de nosotros volverá. 

Autora: Charlotte Delbo (Vigneaux-sur-Seine 1913 - París, 1985). Hija de emigrantes italianos a los diecisiete comenzó a trabajar como secretaria en la capital francesa. En 1932 se adhirió a las Juventudes comunistas, y dos años más tarde conoció a Georges Dudach, muy activo en el seno del partido, con el que se casó en 1936. Un año más tarde, se convirtió en la secretaria de Louis Jouvet, entonces director del Thêatre de l´Athénnée. El 2 de marzo de 1942, Charlotte y su marido fueron arrestados por las brigadas especiales de la policía francesa. Delbo fue encarcelada en La Santé, donde vio a Dudach por última vez el 23 de mayo, el mismo día que fue fusilado. Fue trasladada a Auschwitz-Birkenau el 24 de enero de 1943 en un convoy con otras doscientas treinta mujeres, la mayoría miembros, como ella, de la Resistencia. A principios de 1944 fue trasladada de nuevo, esta vez al campo de Ravensbrück, y en abril de 1945 fue liberada, después de veintisiete meses de cautiverio. De las doscientas treinta mujeres del convoy que llegó a Auschwitz, regresaron cuarenta y nueve. Unos meses después, mientras se recuperaba en un sanatorio suizo, Delbo comenzó a escribir Ninguno de nosotros volverá, que se convertiría, veinticinco años más tarde, en el primer volumen de la trilogía Auschwitz y después. En 1947, comenzó a trabajar para la ONU en Ginebra y vivió en Suiza doce años. A su regreso a París trabajó como asistente del filósofo Henri Lefebvre, a quien había conocido en 1932. Allí falleció a los setenta y dos años. 

Editorial: Libros del Asteroide. 

Idioma: francés. 

Traductora: Regina López Muñoz. 

Sinopsis: en 1942, Charlotte Delbo fue detenida en París y encarcelada por pertenecer a la Resistencia francesa y, en 1943, deportada al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau junto con doscientas treinta presas francesas, de las que solo sobrevivieron cuarenta y nueve. El presente volumen recoge los dos primeros libris de su elogiada trilogía Auschwitz y después, en los que relata esa experiencia. Delbo reconstruye su recuerdo a partir de breves y poéticas estampas de la vida y de muerte, y lo hace en gran medida desde una voz colectiva femenina, la de todas las cautivas que, pese hacer sido desposeídas de su identidad, supieron sostenerse las unas a las otras. A partir de esa particular mirada, la autora logra encontrar palabras para lo inefable e ir todavía más allá, creando belleza donde no podía haberla. Uno de los testimonios más emotivos y necesarios de la literatura concentracionaria, a la altura de los de Primo Levi o Elie Wiesel. Sin duda, una obra maestra literaria. 

Su lectura me ha parecido: dolorosa, escalofriante, realista, trágica, impecable, insospechadamente poética, impactante, monumental, un testimonio que el feminismo del siglo XXI debería leer con igual o mayor avidez... Llevamos dos años duros. Lo sé. Venimos de un 2020 que se las pintaba glorioso. Con aquella publicidad emulando la locura y el desenfreno de los famosos años 20 del siglo pasado que comenzó a emitirse en las Navidades del 2019. Todos estábamos eufóricos. Una nueva década se abría ante nosotros. Parecíamos haber dejado atrás los peores años de nuestra vida. Aquellos ahogados entre precariedad, paro e inestabilidad económica. En otras palabras, nos creímos los amos del mundo. Por eso el golpe dolió tanto. Una violenta patada en un estómago henchido de optimismo que acabó explotando, salpicando cada rincón del lugar en el que, a partir de ese momento, se convertiría en nuestra particular cárcel de oro. Una catarsis emocional que arrastramos durante semanas, meses, por los pasillos revestidos de gotelé, por esa cocina que redescubrimos - algunos con pasión y otros con cierto hastío - o por ese pequeño balconcito - si es que tuviste suerte de comprar o alquilar un piso con unas vistas que no fueran al deslunado grisáceo y atestado de ropa interior tendida - al que pronto convertimos en nuestro particular oasis. A fuera, el silencio reinaba, aunque los ecos de colapso y muerte que procedían de los hospitales eran cada vez más fuertes, desesperados, desgarradores. Unos aplausos a las ocho de la tarde nos hermanaban - hubo quien descubrió que tenía vecinos majos justo en el edificio de enfrente - pero no nos evadían de la tragedia, cuya proximidad nos atormentaba, apretando aún más el nudo formado en nuestra barriga a principios de marzo. La tristeza (esto es así, y quien no quiera verlo es que de verdad está hecho de piedra en lugar de piel humana) comenzó a instaurarse en nuestras vidas, como una compañera más, caminando a nuestro lado, sin darnos tregua, como si de ella dependiera cada compartimento de nuestra cotidianeidad. En mi caso, y os voy a ser sincera, me da la sensación de que se ha tornado crónica. De que ha ascendido un nivel, como en el Candy Crush, pero sin toda esa gama de colores fluorescentes que dañan el entendimiento y la vista. Una invisible pesadilla que, sumada a otras cuestiones de índole personal, a veces acaba por sumirme en un estado de apatía y con la lágrima al borde del llanto. Por eso, y porque sé que no soy la única que sufre esta especie de desazón pandémica, no me apetecía mucho leer Literatura Concentracionaria. Una suerte de masoquismo intelectual y más en los tiempos que corren. En los que tratamos de huir de todo aquello que nos apene, acongoje o simplemente nos haga reflexionar más de la cuenta. Y sobre todo, donde la muerte - salvando las distancias, por supuesto - es omnipresente. Comprenderéis que no quería echar más leña al fuego, más desazón sobre el desconsuelo acumulado. Pero la historia nos interpela, así como los testimonios que surgen de ella. Los cuales, por muy terroríficos que sean, están ahí para iluminar nuestro conocimiento, rellenar de saber aquellas lagunas que otros, por desgracia, se empeñan en desecar. Y a eso, chicas/os, jamás debemos darle la espalda. Ninguno de nosotros volverá: la noche que no cesa. 


Estamos en 1945 en la habitación de un sanatorio suizo. Me imagino la luz, a pesar del gélido paisaje, atravesando, inclemente, el cristal de la ventana. Salpicando de claroscuros el rostro de Charlotte Delbo, una de las pocas supervivientes de aquel convoy de doscientas mujeres hacinadas que llegó a Auschwitz-Birkenau en el invierno de 1943. ¿Su delito? Haber luchado contra el nazismo desde la clandestinidad y conocer a gran parte de los líderes de la conocida como Resistencia francesa. Ella se salvó, la liberaron, regresó, tuvo la oportunidad de sanar sus heridas físicas y mentales; no como algunas de sus compañeras, cuyos cuerpos acabaron apilados en montañas de cadáveres, abandonados en medio de la nieve, gaseados o convertidos en un negro humo que se podía ver a varios kilómetros a la redonda. Creo que el día que decidió, mientras trataba de asimilar todo lo sufrido, empuñar la pluma para escribir el inicio de su famosa trilogía, recordó todo esto. Segundos más tarde - los cuales se extendieron a lo largo de varios años - buscó las palabras más certeras, aunque doliesen, para dotar de literatura (sin recursos enormemente rimbombantes o que condujesen a una frivolidad poco deseada en este caso) el dolor de las palizas, de los días sin probar bocado, de las torturas, en definitiva, de la muerte que la rodeaba en su terrorífica cotidianeidad. Así me imagino a Charlotte, una mujer herida, por dentro y por fuera, haciendo un esfuerzo enorme por contar la verdad, su verdad, de lo acontecido en los campos de concentración y de exterminio de la Alemania Nazi. Sin embargo, como resultado, Delbo nos legó el que es considerado como uno de los primeros testimonios de lo que más adelante pasó a llamarse Literatura Concentracionaria. Un una semilla literaria que acabaría por devenir en género propio a medida que los supervivientes fueron escribiendo sus vivencias. De entre los más conocidos no podemos dejar de citar los de Primo Levi, Elie Wiesel, Ramón J. Sender o el de Leo Classen - éste último de gran actualidad por su reciente reimpresión y por tratarse de uno de los primeros testimonios del "triangulo rosa", o lo que es lo mismo, de un hombre homosexual enviado a un campo de concentración por dicho motivo - . Sin embargo, el de Charlotte Delbo destaca, no solo por su pronta publicación, también por tratase de uno de los primeros testimonios femeninos en estas lides. A partir de entonces se abrió la veda, con la aparición de la trilogía Auschwitz y después, a que otras mujeres víctimas del nazismo pudiesen alzar la voz. La lista es enorme: Violeta Friedman, Ruth Klüger, Helga Weiss, Anise-Postel Vinay, Edith Bruck, Germaine Tillon u Odette Elina entre otras muchas. La experiencia femenina acababa de irrumpir, entre tanto testimonio de varón, para evidenciar que la violencia ejercida sí distinguía por sexos. Tal y como nos lo cuenta, desde un estremecedor estilo, la propia Charlotte Delbo. 


En la presente edición de Libros del Asteroide - con nueva traducción por parte de Regina López Muñoz - se recogen las dos primeras entregas de la trilogía a saber Ninguno de nosotros volverá (la cual da nombre al título bajo el que se ha decidido publicar ambos textos) y Un conocimiento inútil. Su tercera entrega, La mesura dels dies, por el momento está traducida y publicada en lengua catalana por la importante editorial Club Editor. Por lo que, en la presente reseña, solo podemos hablar de las primeras dos entregas, ambas correspondientes a su llegada, la experiencia en los campos de concentración y la posterior liberación en un glorioso capítulo titulado "La mañana de la libertad". Todo ello, como ya hemos comentado en el anterior párrafo, desde una mirada única que, entre otras cosas, nos revela como fue el cautiverio de millones de mujeres por aquellos horribles años. Las imágenes que la página devuelve son verdaderamente terroríficas. Desde la mujer a la que le rapan varias veces la cabeza a las salvajes torturas cometidas por las guardianas del campo, pasando por la falta de enseres de higiene íntima femenina, el cadáver como manjar para las ratas, la esterilización, los perros entrenados para morder a los prisioneros si estos se resentían de su tarea, el sonido del silbato como preludio de la muerte... Así hasta que el lector no puede más y necesita reposar la lectura durante unos días antes de atreverse a sumergirse en ella de nuevo. En el campo de concentración también se dan paradojas, como la de aquella prisionera que decide acortar el camisón de rayas - la coquetería no está reñida con el cautiverio concluye la autora tras una poderosa reflexión entorno a la perdida de identidad en aquellos lugares - o como la de la propia Delbo al encenderse un cigarrillo con un mechero perteneciente a una SS el día de la liberación. Así como momentos que en algunos casos salvan a las prisioneras de caer en en la depresión o el suicidio, como el hallazgo de un ejemplar de El misántropo de Molière que decidieron en el mismo barracón representarla durante dos horas y cuyos pasajes no dudaban en recitar antes de apagar las luces. Constituyendo uno de las pocas bocanadas de oxigeno, de aire, de liberación dentro del más absoluto terror. A fuera, la gente cae fulminada sobre el barro o la nieve, dentro, dos horas de magia, que les hacían resistir a pesar de que los efectos del cansancio, las palizas y la desnutrición eran cada vez más acuciantes en su cuerpo y en su salud mental. Sorprende, en última instancia pero no por ello menos importante, el juego estilístico que Delbo emplea para contar su testimonio. En lugar de una primera persona a camino entre la fragilidad y una actitud inquebrantable a pesar de todo, aquí encontramos segundas personas perfectamente construidas que aparecen, inesperadamente, a lo largo del libro. Párrafos más extensos de carácter más oral, microrrelatos que actúan como pequeños golpes de efecto visuales - algunos de ellos consiguen helarte la sangre - e incluso poesía, versos que evocan lugares, sensaciones y huecos que solo la memoria puede llenar. Todo esto, en conjunto, ensalza no solo su lectura, sino su originalidad dentro del género. Demostrando que hasta del horror más insoportable se puede hacer literatura sin desvirtuar o emborronar el relato y su trascendental importancia para la historia. Charlotte Delbo es una superviviente más de la peor cara del Nazismo, de las pocas que regresaron de aquel hacinado trayecto. Y como tantas otras, quiso dejar constancia de lo sufrido entre barracones, comandantes de las SS y esqueléticos cadáveres. Sin embargo, a diferencia de muchos de los textos escritos y publicados desde entonces, Delbo no se conformó con verter palabras cual río descontrolado, quiso hallar las palabras adecuadas, un formato más híbrido y otorgar un protagonismo inusitado a las mujeres prisioneras. Una perspectiva de género que, en los tiempos que corren, deberíamos tener en cuenta a la hora de abordar dicho periodo tanto si lo que se pretende es enseñar en un instituto como armar una investigación de carácter histórico. Así como, si estamos ante una lectora/or corriente, saciar su apetito intelectual y teñir, un poco más, su mirada hacia un morado cada vez más intenso. 

Ninguno de nosotros volverá: una historia de horror, supervivencia, violencia, sororidad femenina... Un ejercicio de memoria y literatura digno de estudio y reivindicación en tiempos de defensa democrática contra los neofascismos europeos que, en pleno siglo XXI, pretenden que caminemos hacia atrás. 

Frases o párrafos favoritos: 

"La chimenea humea. El cielo está bajo. El humo vaga por el campo y pesa y nos envuelve y es el olor de la carne que arde". 

"Yo no pensaba en nada. No miraba nada. No sentía nada. Era un esqueleto de frío con el fríos soplando a través de todos esos abismos que forman las costillas de un esqueleto."

"Las que están tumbadas ahí, en la nieve, son nuestras compañeras de ayer. Ayer estaban de pie durante el reencuentro (...) Iban a trabajar, se arrastraban en dirección hacia las ciénagas. Ayer tenían hambre. Tenían piojos, se rascaban. Ayer se engullían la sopa pésima. Tenían diarrea y les pegaban. Ayer sufrían. Ayer deseaban morir. Ahora están ahí, cadáveres desnudos sobre la nieve."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide

martes, 8 de junio de 2021

RESEÑA: Una chica es una cosa a medio hacer.

 UNA CHICA ES UNA COSA A MEDIO HACER


Título: Una chica es una cosa a medio hacer. 

Autora: Eimerar McBride (Liverpool, 1975) se mudó a Irlanda cuando tenía tres años. Creció en Tubbercurry, vivio en los condados de Sligo y de Mayo, y finalmente se mudó a los diecisiete años a Londres, donde estudió en el Drama Centre. A la muerte de su hermano, hizo un viaje a Rusia y comenzó a escribir. La intimidad que estableció con el lenguaje le condujo a una revelación y recuperó el gaélico como lengua literaria. Una chica es una cosa a medio hacer representa su debut literario y fue escrita en tan solo seis meses, cuando Eimear McBride contaba veintisiete años de edad. Tras casi una década sin encontrar editor, la novela apareció en un pequeño sello independiente inglés, Galley Beggar, y constituyó una de las mayores sorpresas de la temporada editorial inglesa, alzándose con el premio Desmond Elliot, el Baileys Women´s Prize for Fiction, el Kerry Group Irish Novel of the Year y el Geoffrey Faber Memorial Prize. Más tarde se publicaría en Estados Unidos, de la mano de la prestigiosa editorial Coffe House Press, hasta ser fichada por Faber & Faber. Su segunda novela, The Lesser Bohemians (2016), se hizo con el premio James Tait Black Memorial Prize, y fue selecionada para los premios Goldsmith y RSL Encore. En 2020 ha publicado su tercera novela, Strange Hotel. Ha prologado libros de la destacada escritora y poeta rusa Anna Ajmatóva y de la irlandesa Edna O´Brien, y es colaboradora habital en medios como The Guardian, TLS y The New Stataesman. Actualmente vive en Norwich junto a su marido y su hija. 


Editorial: Impedimenta. 

Idioma original: gaélico. 

Traductor: Rubén Martín Giráldez. 

Sinopsis: una novela deslumbrante sobre los pensamientos, el despertar sexual y la incomodidad de una chica irlandesa que se precipita hacia la edad adulta, mientras se dirige continuamente a un "tú": su hermano menor, gravemente enfermo. El trauma de la enfermedad recorre el texto con brutal detalle, y el tono desafiante y la atmósfera angustiosa, debido a la fe católica inquebrantable de su madre, se funden para alumbrar una manera de relacionarse con el mundo poderosa y extrema. Un relato feroz que no nos habla del vivir, sino del sobrevivir. 

Su lectura me ha parecido: densa, abrumadora, a ratos dolorosa, violenta, extrañamente original en las formas, outsider, desestructurada (o desmembrada), rota, un torrente oral en busca de impacto... A lo largo de todo este tiempo han sido muchas las novelas leídas. Es tal el número de ficciones que han pasado por mis manos, reposado en cualquier parte de mi casa - incluso en los lugares más insospechados - y que han acabado encontrando su hueco, como si de un privilegio se tratara, en mi adorada estantería que es imposible fijar una cifra concreta. Sé que no soy la única, aunque haya quien se sorprenda de mi voraz apetito lector, glotón desde la adolescencia y que he acabado perfeccionando hasta convertirme en una suerte de gourmet literaria. Hace tiempo que para mi no todo vale, ni siquiera aquella saga de entregas policíacas nórdicas que con gran apetito engullía como si de Donuts se tratasen o aquella novela histórica, una de las que acabó por convencerme que estudiar Historia y no Derecho, era la mejor de las opciones, que degusté apasionadamente, tanto que acabé gastando el propio papel de tanto releer las mismas páginas una y otra vez. Ahora, aunque muy de vez en cuando aún me sorprendo observándolos con cierta nostalgia o acudiendo a aquellos pasajes que en su momento tanto me aportaron, son otras lecturas las que han acabado formando mi corpus, mi estructura, mi razón de ser como escritora en continuo aprendizaje y como lectora incapaz de negar la sofisticación de la palabra. Los ojos me hacen chiribitas con aquella trama que, aunque típica, me conduzca por caminos nunca antes transitados. Con ese lenguaje rico sin ser pretencioso, gustoso en lugar de rimbombante, dulce pero sin pasarse con el azúcar. Con ese paisaje henchido de belleza que se rompe llenándose de suciedad y desasosiego. Con esos diálogos que te transportan de la carcajada más estridente al borde de los párpados empapados. Con esos personajes, o ese personaje, tan carismático en lo excesivo pero también en lo intimista, los dos extremos me valen. Y sobre todo, con la última cucharada, con ese botón del pantalón desabrochado, las ganas de repetir a sabiendas de que ha sido toda una experiencia intelectual. Respecto a la novela de la que hoy tengo el placer de hablaros costó hincarle el cubierto, demasiado tal vez, como si de un filete de solomillo excesivamente hecho se tratase. Para después dejarme fluir, en su acidez y amargura, entre sus muchos matices sensoriales. Dejando muy claro, a pesar de todo, que hay que seguir la pista a su autora, Eimear McBride, aunque solo sea para comprobar si seguirá por esta atrevida estela o, por el contrario, sucumbirá a formas más convencionales. Una chica es una cosa a medio hacer: enfermedad, carne, infancia robada y Dios. 


Una historia ambientada en la Irlanda más rural, en la que el catolicismo todavía sigue rigiendo la vida de sus habitantes más allá de cualquier cuestionamiento ateísta o moral, donde asistimos a la historia de una protagonista a la que arrebatan, de golpe y porrazo, la inocencia de los trece años, a su correspondiente huida, a las secuelas del trauma y, por si fuera poco, con uno de los títulos más perturbadores y originales que he visto en años. Yo no sé vosotros pero poco tardé en hacerme con él, así como abrirlo por la primera página. El susto vino en el primer párrafo, cuando me topé con palabras sueltas, frases extremadamente cortas y puntos seguidos que, con rabia, parecían escupir sobre la cara del lector. Y sin embargo, llenos de poesía, como si a pesar del pequeño tropiezo, aún existiese algo de esperanza en el texto. De hecho, no pude evitar sentir, en última instancia, que estaba ante una novela que me recordaba a aquellos primeros escritos de adolescencia. Cuando tiendes a enfatizar una acción o cualquier sentimiento a través de la forma, como si la máxima de "cuanto más cortas sean las frases mejor" sirviese para todos los textos. La ternura, entonces, se apoderó de mi. Sin embargo, a esas primeras líneas les siguieron las demás y la novela continuaba con el mismo estilo, acentuándolo más, como si del momento cumbre de una Ópera se tratara, conforme se aproximaba al final. Estaba dentro, vaya si lo estaba, pero para mi gusto la fórmula empleada - tan valiente como arriesgada - acaba resultando un agitado maridaje entre densidad, sorpresa y necesidad de reposar la lectura por miedo a desear tirar la toalla. A pesar de todo, y esto hay que comentarlo, el ejercicio literario que Eimear McBride lleva a cabo en Una chica es una cosa a medio hacer es brutal, a la altura de aquellas plumas curtidas en trabajo, años de práctica y cierto don que solo se le concede a unos pocos. Cuesta creer que la autora británica - aunque de corazón irlandés - tardase tan solo seis meses en escribirla ya que, todo en ella, es superlativo. Esa fragmentación (bella y cruda al mismo tiempo), esa sensación de inconexión (como si te estuviese contando mil cosas y una al mismo tiempo) y, sobre todo, esa ausencia de sintaxis (ante la que cualquier lector inexperto hubiera pedido socorro a gritos) confieren al texto una originalidad digna de aplaudirse, aunque también el peligro de no ser comprendida por el gran público. De hecho, creo que el mayor error es precisamente ese, el de no advertir de que Eimear McBride juega en otra liga, en una superior a las formas del Best Seller. Pensad que se la ha llegado a comparar tanto en tradición como en escritura con nada más y nada menos que James Joyce y Edna O´Brien. Dos titanes, a su manera, de la literatura Irlandesa, que poco tienen que ver el uno con el otro - sobre todo si tenemos en cuenta que Joyce directamente es la liga en mayúsculas - pero que, sin embargo, han sabido, al igual que McBride dejar patentes sus sellos personalísimos, así como de su visión de Irlanda muy cercana a la contemporaneidad de los propios autores. Si no avisas, si no alertas de la complejidad de la misma, el batacazo puede ser memorable. Por suerte, en mi caso no fue tan aparatoso. Pero pudo haberlo sido de no haber existido una trama lo suficientemente potente como para que el lector no lo abandonase a la primera de cambio. Ahogado en la plomiza lluvia y el verdoso paisaje irlandés. 

Si hemos dicho que la revolución - por emplear un término más o menos conveniente - se produce en la forma de contarnos la historia, el contenido no puede ser más clásico, aunque positivamente osado también teniendo en cuenta lo que se está narrando. No hay que pasar por alto que a McBride le costó diez años encontrar una editorial que se atreviese a publicar la presente novela. Quiero pensar que el envoltorio no convencería a muchos editores, sin embargo, me apuesto lo que sea a que el narrar un tema tan delicado como el abuso sexual en la infancia, además de ofrecer una visión pésima y crítica del fervor católico, no sentaría muy bien a una Irlanda que, aún en los años 70, seguía - y sigue - muy apegada a algunas de sus tradiciones más arraigadas. El éxito posterior una vez hallada la editorial - independiente, por supuesto - que puso los medios para que ésta viera la luz resulta un acto de verdadera justicia poética, pero también de que los tiempos estaban cambiando, al igual que la sociedad, la cual ya no estaba dispuesta a callar según que ciertos comportamientos hasta entonces asumidos, ocultados y que teñían de impunidad a los verdaderos culpables. En Una chica es una cosa a medio hacer sabemos que estamos en Irlanda - primero en un pueblo y más tarde en una ciudad universitaria - pero desconocemos el nombre de éstas, al igual que el nombre bajo el que responden los personajes. Tampoco sabemos exactamente en que tiempo espacio temporal nos encontramos, la sola presencia de un Walkman en un pasaje en el que la autora tiene doce años nos hace una idea de que nos movemos entre mediados o finales de los 80. Esta difusa ambientación nos sumerge en un entorno que, aunque real, parece contener elementos propios de la ficción, en este caso, de la visión que tiene la propia McBride de su tierra de adopción, que no de nacimiento. Aún así, pronto aparecen los problemas endémicos que nos atan a la tierra, aquellos que supuran entre los poros de la piel, aquellos ante los cuales, en la presente novela, su autora nos convierte en incómodos personajes. Aquí el machismo grita, es lacerante y se hace presente de la forma más cruel posible, en este caso, a partir de la violación de la protagonista por parte de un familiar. Pero es que en el libro tenemos la constante presencia de la sombra del catolicismo, y de esa madre fanática, cruel y con un a tendencia a la autovictimización, cubriendo los rostros de quienes a su lado se encuentran. La crueldad es manifiesta en lo familiar, escolar, filial y hasta en lo psicológico; provocando una inestabilidad tanto en la imagen como en las palabras. Lo único que parece sostener a la protagonista, aunque ello implique estar cerca de quien la violó, en medio de tanta maldad es, paradójicamente la enfermedad, la de su hermano mayor - un tumor cerebral que irrumpe siendo aún un bebé y cuyas secuelas son patentes - único receptor de sus desahogos, ya que es a él a quien va dirigido el texto, así nos lo deja claro McBride prácticamente desde el minuto uno. Al igual que nuestra herida protagonista, en esta novela todos están, como reza el título a medio hacer, dañados por las vicisitudes de la vida o las conductas totalmente condenables amparadas siempre por una sociedad machista y tradicional que no duda en dar alas, aunque ello implique mayor sufrimiento. El padre ausente, la madre violenta, el hijo enfermo, los familiares retorcidos o la propia narradora, cuyo desamparo nos hace compadecernos de ella, querer defenderla durante su horrible adolescencia, evitar la violación, ese traumático e infernal despertar sexual que tan bien se describe en la novela. A todos les falta algo, como a la mayoría de los seres humanos: amor, afecto, reconocimiento, educación, sexo, dinero, alimento que llevarse a la boca... Un pedacito de alma sesgada que McBride, desde la originalidad estilística, ha querido mostrárnosla en su expresión más horrible. Muchas son las novelas que abordan infancias de verdadero cuento de terror pero pocas, muy pocas, consiguen hacerlo con personalidad y un arrojo casi suicida. 

Una chica es una cosa a medio hacer: una historia de enfermedad, confesiones entrecortadas, poesía, dolor insoportable, violación, inocencia robada, huidas, palizas, praderas por las que correr campo a través, lágrimas en los ojos, desmembramientos... Para Eimear McBride el infierno, al contrario que nuestro admirado Dante Alighieri, está en el camino que une la habitación de invitados con el cuarto de los niños. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Dentro de mí. Pasándome de largo. Él. Duele. Pasado mi pecho apretados los dientes apretados mis pulmones apretados mi cerebro apretado aplastar mi sangre sabiendo adónde ir mi corazón para cuando bien puede pasar el tema. Hacer que. Me haga. Y le doy (...) Soy un amasijo de sangre y vergüenza."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta

martes, 1 de junio de 2021

RESEÑA: Sanguínea.

 SANGUÍNEA


Título: Sanguínea. 

Autora: Gabriela Ponce (Quito, 1977) es escritora, directora de teatro y profesora de artes escénicas en la Universidad San Francisco de Quito. Ha publicado el libro de cuentos Antropofagias (2015, Premio del Ministerio de Cultura de Ecuador), el monólogo Cama, entro de una antología teatral Penumbra (2016) y la obra de teatro Lugar (2017, Premio Gallegos Lara). Sus cuentos han aparecido en varias antologías nacionales e internacionales. Forma parte del consejo editorial de la revista digital Sycorax, dedicada a la reflexión y a la crítica cultural. Es parte del colectivo Mitómana/Artes Escénicas y cofundadora de Casa Mitómana, invernadero cultural. Como escritora, directora y productora, ha llevado a escena las siguientes obras teatrales: Tazas Rosas de Té (2016, Premio Dramaturgia Inédita de la Fundación Teatro Nacional Sucre y Premio Francisco Tobar García del Municipio de Quito); Esas Putas Asesinas, adaptación para la escena del cuento de Roberto Bolaño (2015); Caída, Hemisferio Cero (2014). Su obra de teatro Entrada en la Pérdida (2013) ganó el premio internacional Escritura de las Diferencias y fue escenificada en Cuba y publicada en Francia. En el año 2020 publicó Sanguínea, su primera novela que ha sido recientemente adaptada al teatro en el año 2021. 


Editorial: Candaya. 

Idioma: español. 

Sinopsis: en un entorno de naturaleza agreste y en relaciones salvajes, la protagonista de Sanguínea entre y sale de cavernas y cuerpos, de espacios fantasmales habitados o deshabitados, de vínculos atravesados por la pérdida, la negación del futuro y la esperanza. Sanguínea es el registro del flujo de conciencia y de una crisis íntima: la historia de una mujer que se desliza sobre unos patines por caminos abruptos y trata de enfrentar una deriva amorosa, una inesperada e imposible maternidad y el más doloroso de los desprendimientos. Pero Sanguínea también es una novela sobre la resistencia. De resistencia del cuerpo contra el cuerpo. Una novela de revelaciones turbadoras. Una novela que grita. 

Su lectura me ha parecido: sugestiva, poética, con toques eróticos, íntima, salvaje en lo que al entorno se refiere, corporal, extrema, como un incesante torrente... Nos horroriza la sangre. O al menos a la menstrual. Aquella que mancha bragas y compresas durante unos días al mes. Esa que, cuando llega por primera vez, es sinónimo de acceso a la adultez cuando tan solo eres un niña que no entiende lo que está pasando. La misma que hace que te den calambres en las piernas y sientas miles de bombas estallar en la parte baja del vientre. La que te afanas por ocultar, desde bien temprano, en el colegio, para que nadie sepa que te ha bajado por miedo a posibles burlas. Mismo modus operandi que no dudas en reproducir más allá de la mayoría de edad, en la universidad, en el trabajo, mientras tomas unas cervezas con tus amigos en el bar de siempre. Está tan interiorizado el esconder, como si de un anillo robado se tratara, el tampón en el bolsillo de tu vaquero que parece que hayamos nacido con eso, con una sensación de vergüenza azotándonos sin piedad cada vez que el rojo tiñe la sábana de la cama. Así, a modo de cuadro abstracto sobre lienzo blanco recién estrenado. Hay algo poético en la menstruación, de hecho, no será ni la primera ni la última pieza lírica que lea dedicada al tema, sobre todo de un tiempo a esta parte. Sin embargo, hay quien también ve algo asqueroso, horrible, indigno de ser fotografiado, mencionado o simplemente mostrado en televisión. De ahí que la regla sea azul clarito, y no escarlata, en los incontables anuncios que nos tragamos entre película de sobremesa y programa de actualidad. Publicidad que hemos engullido sin nosotras quererlo, donde las modelos saltan a la comba o hacen el pino, donde la sangre cían se vierte sobre la compresa a cuenta gotas para luego evaporarse - como si nunca hubiese existido - y por supuesto, donde la palabra "tabú" sobrevuela en su patriarcal retórica. Sí, sabemos que son coloridas historias que venden productos destinados a la higiene personal de las mujeres durante el periodo, pero, a pesar de ello, todavía seguimos evitando el tema y tratándolo como si fuera algo innombrable, como el malo de Harry Potter, aquello que está ahí, desde que el mundo es mundo, y a la vez nos afanamos por ocultar - incluso nosotras mismas - bajo términos carentes de profundidad y desprovistos de su crudo realismo. Definir a la novela que hoy tengo el placer de reseñar como un libro sobre la regla  sería completamente injusto. Es cierto que ésta tiene su particular y necesario protagonismo, pero Gabriela Ponce ha compuesto un retablo de temas mucho más amplio, sinuoso, delicado y brutal. Sanguínea: el cuerpo de la mujer como reflexión y campo de batalla. 


Gabriela Ponce, autora de la presente novela, es directora de teatro y profesora de artes escénicas. Un detalle biográfico y profesional que, aunque llamativo, puede pasar desapercibido para el lector menos experimentado y que poco o nada le importe las posibles influencias en la obra de cualquier escritora escritor. Sin embargo, en el caso de Ponce, este aspecto se convierte en algo significativo dado que en Sanguínea la presencia de lo escénico y, sobre todo, de lo físico, es notoria y palpable. Si hay algo que sorprende de la novela es precisamente su concepción teatral dentro de lo estrictamente narrativo. Aquí no hay acotaciones, ni descripciones de las acciones que ejecuta cada personaje, ni una estructura típica que nos haga pensar que estamos ante un texto para ser representado. No obstante, Ponce coloca al cuerpo - de la protagonista y por extensión el de todas las mujeres - en el centro de la obra, del montaje, de lo literario. Como punto cardinal a partir del que salen, como si de disparos se tratasen, reflexiones entorno a lo que éste es capaz de albergar, expulsar, supurar, mostrar. Al igual que una pieza de danza contemporánea - de hecho, no paraban de venirme imágenes de alguno de los muchos montajes escénicos a los que he asistido en calidad de espectadora - Sanguínea discurre, se tambalea, se encabrita, como un caballo desbocado en medio de un prado, en soledad. Su grito es sonoro, resuena sobre el escenario, al igual que los golpes de los brincos y movimientos que la actriz efectúa para goce y disfrute. Su cuerpo, como ya hemos dicho, epicentro del todo, rebosa de emociones imprimidas por la pluma, o dicho de otra forma, por una clara intención de rendir tributo a lo que se puede tocar, acariciar, besar, chupar. Hallando, entre tanto dolor - porque, como bien describe Ponce, el cuerpo sufre - una suerte de belleza sumamente intensa, que no idealizada. Y es tan real que muchas mujeres podemos identificarnos en ello, hasta el punto de debatir entorno a los deseos femeninos en la era del consentimiento, en los marcos feministas que, a pesar de reaccionarias proclamas, resultan enormemente liberadores. A pesar de estar leyendo párrafos de prosa fina y cuasi sensual, no es descabellado imaginarse, por unos instantes, a una intérprete llevar sobre las tablas lo que en ella se narra. Tanto en una declamación a viva voz como a partir de un lenguaje corporal igual de impactante. 


Sanguínea narra la historia de una mujer, una narradora omnipresente que, tras romper con su marido, intenta salir adelante en una huida desesperada hacia adelante siendo ella misma. Lo hace como quiere, como puede, como le nace de dentro. Y en ese tránsito se entrega al cuerpo, al lado salvaje de este, sin cortarse un pelo a la hora de experimentar, fundiéndose con un paraje de naturaleza indómita, entregándose a otros cuerpos - desde el plano sexual y social - en un intento por conocerse, autodescubrirse para, en última instancia, salvarse de lo que no quiere llegar a ser. En un monólogo tan fluido como incesante - como la sangre que recorre nuestro cuerpo - la protagonista nos parapeta frente a una especie de diario íntimo, frente a una confesión torrencial, como la incapacidad de controlar los pensamientos propios, tan vertiginosa como hermosa. A partir de aquí, Ponce da rienda suelta a su creatividad y a su faceta más escénica para mostrarnos escenas impactantes, icónicas, más allá de lo que a la protagonista se le pasa por la cabeza en su abrumador discurso. Dando la sensación de que éstas, por muy narrativas que sean, son capaces de traspasar el papel. En cuanto al contenido, Ponce huye de cualquier conservadurismo al hablarnos de temas altamente sensibles para una mente más cerrada, compacta, intolerante en la mayoría de los casos. Aquí el embarazo tiene una faz azabache que poco tiene que ver con lo que siempre nos han inculcado, incluso de niñas, sobre lo que significa tener a una personita habitando en tu vientre. En la novela la menstruación se ve, se toca, se huele. Un acto de tangibilidad revolucionario que busca una clara visibilización, así como de una concienciación social al respecto. Por fin la sangre es roja y se vierte sobre los muslos blanquecinos, formando ríos, venas a la vista, a plena luz del día, gritando, ordenando ser observadas, sobre todo por los ojos más puritanos. Aquí también hay abandono deseado, renuncia consciente de la maternidad, proponiendo otros modelos igual de válidos, además de una necesidad del derecho a abortar. Tema de intermitente actualidad en los medios de comunicación que, sin embargo, está presente en nuestra palpable realidad. Todo en Sanguínea es sensorial: la casa-cueva, la adopción (otro de los grandes temas del libro), el aprendizaje, los afectos, los duelos íntimos. También el cuerpo: fluidos, sangre, vómitos, semen, lágrimas, leche materna. Y por supuesto lo que provocan: dolor, ardor, deseo, insatisfacción, gula, frío... Todo ello, sin caer en lo ordinario, en comunión y ausencia de cualquier tabú. Como veis, Ponce no se guarda nada en este lírico ejercicio literario ejecutado con mano maestra. Valiente y necesario que busca, al fin y al cabo, que todas y cada una de nosotras dejemos de actuar como si la reprobación fuese nuestra madre y la vergüenza nuestro padre. 

Sanguínea: una historia de liberación, búsqueda, dolor, placer, erotismo, bravío, aprendizaje... De un cuerpo que sufre, llora y sangra; pero que también se eriza y se corre de placer. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Y así va cubriendo nuestros cuerpos la noche de un halo de intimidad en medio del cual ambos nos quedamos dormidos: él, ebrio, yo, con una náusea que me despierta cada tanto y me hace correr por trozos de hielo para meterme en la boca."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Editorial Candaya

sábado, 22 de mayo de 2021

RESEÑA: Parentesco.

 PARENTESCO


Título: Parentesco. 

Autora: Octavia E. Butler (Pasadena, Estados Unidos, 1947 - Lake Forest Park, Estados Unidos, 2006). La apodada como "la gran dama de la ciencia ficción" vivió su infancia en un barrio interracial, siendo criada por su abuela y su madre y devorando cada revista sobre dicho género que caía en sus manos. Años más tarde ingresó en la California State University, la cual abandonó para comenzar a estudiar Escritura Creativa en la Universidad de los Ángeles llegando a recibir su título de profesora asociada en Artes en 1968 en el Pasadena Community College. Así mismo, también estudió en el Screenwriter´s Guild Open Door Program y en el Clarion Sciencie Writer´s Workshop, donde asistió a clase con el maestro de la ciencia ficción Harlan Ellison. Su primera historia, Crossover, fue publicada en la antología Clarion de 1971. Pattermaster, su primer a novela, fue el primer volumen de una serie de cinco entregas - Mind of my mind (1997), Survivor (1978), Wild Seed (1980) y Clay´s Ark (1984) -. Con la publicación de Parentesco en 1979, Butler logró mantenerse como escritora a tiempo completo y al fin el reconocimiento a su obra. Butler también es autora de la trilogía Xenogenesis, de La parábola del sembrador (1993) así como de una colección de cuentos cortos publicados bajo el título Hijo de sangre y otras historias (1995). Ha ganado algunos de los premios más prestigiosos que reconocen las obras de ciencia ficción, entre ellos el Premio Locus, el Premio Hugo, el Premio Nébula o el Premio Science Fiction Chronicle. 


Editorial: Capitán Swing. 

Idioma: inglés. 

Traductora: Amelia Pérez Villar. 

Sinopsis: Dana, una joven negra es de repente e inexplicablemente transportada desde su hogar en la California de la década de 1970 hasta la Maryland de mediados de siglo XIX, en plena Guerra Civil. Mientras viaja en el tiempo entre ambos mundos, uno en el que es una mujer libre y otro en el que forma parte de su propia y complicada historia familiar en una plantación del sur, se enreda aterradoramente en la vida de Rufus, un conflictivo esclavista que es a la vez un antepasado de Dana, y en las vidas de muchas personas que están esclavizadas por él.

Su lectura me ha parecido: original, clásica desde lo estilístico, tremendamente imaginativa en la trama, muy crítica, fascinante en su tratamiento de los personajes - especialmente los femeninos - ágil, reflexiva, inquietante, desgarradora por momentos, totalmente pertinente en los tiempos que corren... Harriet Tubman, nacida a mediados de 1820 en Maryland. Hija de esclavos que, tras sufrir humillaciones, trabajos forzados, insultos, palizas - incluyendo un golpe en la cabeza con una pesa de un kilogramo que le provocó desmayos, mareos y episodios epilépticos de por vida - y ante la posibilidad de ser separada de su familia, escapó en dos ocasiones de la plantación, siendo la segunda de ellas la definitiva. Obligada a viajar de noche, debido a la peligrosidad del camino, y guiada por la Estrella Polar, caminó más de noventa millas hasta llegar a Pensilvania, uno de los estados abolicionistas más importantes de la época. A partir de ese momento, Harriet se dedicó a rescatar esclavos de las plantaciones a través de la ruta conocida como Ferrocarril Subterráneo, jugándose la vida y bajo los apodos de "Moisés" o "General" para esconder su verdadera identidad. Tras la Guerra Civil - donde se convirtió en la primera mujer en liderar un asalto armado - siguió luchando por la abolición de la esclavitud, así como por el derecho al voto femenino. Rosa Parks,1913, natural de Alabama, por aquel entonces, uno de los estados con la política segregacionista más extrema del país. Costurera de profesión, el mundo entero la conoció por su negativa a levantarse ante las insistencias de un conductor de autobús para que cediese su sitio a un hombre blanco. Cuando la policía le preguntó por qué no se levantaba, Parks respondió con otra pregunta: "¿Por qué todos ustedes están empujándonos por todos lados?". Acusada de perturbación del orden público, Parks fue arrestada y multada con un cargo de 14 dólares. En respuesta a su encarcelamiento, Martin Luther King - un pastor bautista relativamente desconocido en ese momento - condujo la protesta de autobuses públicos de Montgomery instando a la población afroamericana a no subirse en en autobuses y a transportarse por sus propios medios. La protesta de 382 días concluyó con el fin de la segregación racial en el transporte público, así como en otros ámbitos de la vida cotidiana en Estados Unidos. De este modo, Rosa Parks no solo inició una carrera política vinculada al Partido Demócrata en favor de los derechos de los afroamericanos, también se convirtió en un símbolo de lucha pacífica que ha perdurado hasta nuestros días. Alicia Garza (Okland, 1981), Patrisse Cullors (Los Angeles, 1984) y Opal Tomei (Phoenix, 1984). Socióloga, filósofa e historiadora y experta en comunicación respectivamente. Tres mujeres de la generación de los ochenta, un contexto en el que la población afroamericana había consolidado algunos de los derechos fundamentales más importantes. Sin embargo, las tres frecuentaron o formaron parte de diferentes grupos activistas antirracistas, afrofeministas o de reivindicación LGTBI ante la certeza de que aún quedaba - y queda - mucho camino que recorrer al respecto. Ante la absolución de Geroge Zimmerman - responsable de vigilancia comunitaria - por la muerte del adolescente de 17 años Trayvon Martin en el año 2013, las tres fundaron el movimiento Black Lives Matter. Movimiento que traspasó las esferas de Twitter y de los hastags hasta convertirse en todo un clamor popular y mundial en las calles, siendo especialmente activo tras el fallecimiento de George Floyd a manos de un policía el pasado 2020. Cinco mujeres, tres contextos diferentes, pero todas atravesadas por una realidad: la discriminación de la comunidad afroamericana que, lejos de haberse superado, todavía seguimos hablando de racismo institucionalizado más allá de la proliferación y auge de la extrema derecha en el país durante los últimos años. De ahí que, para entender lo que está sucediendo, así como para librarnos de todos los prejuicios raciales que pueda sustentar erróneamente, acudo a los ensayos, pero también a la ficción, a novelas como la que hoy tengo el placer de reseñar. Parentesco: esclavitud, memoria histórica y viajes en el tiempo. 



"Mujer, negra, escritora y, por si fuera poco, de Ciencia Ficción." Eso mismo debieron pensar muchos - sí, en masculino, ya que el género estaba en los años 60 y 70 copado mayoritariamente por hombres blancos - puristas al observar como Octavia Butler se llevaba los premios más importantes - incluyendo el Hugo y el Nébula - de la Ciencia Ficción novelada. En un momento en el que autores como Ray Bradbury, Stanislav Lem e Isaac Asimov parecían intocables, siendo sus libros los que de alguna forma marcaban el patrón a seguir por las nuevas generaciones, de pronto, irrumpe Butler con igual o mayor talento que sus antecesores y con unas ideas que estaban llamadas a revolucionar la Ciencia Ficción tal y como se conocía entonces. Octavia Butler pertenece a la conocida como "Nueva Ola" en la que, a pesar de estar encabezada por Philip K. Dick - autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? que Ridley Scott adaptaría al cine bajo el título de Blade Runner - fueron muchas las mujeres que comenzaron a ganar peso en un género tan masculino. Ursula K. le Guin, Johana Russ, Sheri S. Tepper, Margaret Atwood o Alice B. Sheldon entre otras muchas pusieron los cimientos para que, en la actualidad, las mujeres no sean consideradas bichos raros por escribir sobre sociedades distópicas, viajes espaciales o ficción especulativa. Librándolas de prejuicios y supuestos a la hora de juzgar su capacidad para imaginar otros mundos posibles. Sin perder ni un ápice de la tradición dentro del género, Butler coge las enseñanzas recibidas (tanto de sus lecturas de infancia y juventud como de lo aprendido durante su etapa universitaria) y lo conduce a terrenos hasta entonces inexplorados. Porque sí, Parentesco es una novela sobre viajes en el tiempo, eso es cierto y en ese sentido su inspiración no puede ser más clásica. Así como su estilo, rápido, directo, con muchos diálogos, con unos personajes enormemente funcionales. Bebiendo en ese sentido también de aquellos relatos que aparecían en las revistas de Ciencia Ficción que tanto consumía Butler de pequeña. Pero entonces, la trama se convierte en el principal elemento de la novela, una trama que la escritora trufó de temas, debates, críticas y reflexiones que, hasta ese momento, nadie había osado introducirlas en el género. Cuestiones como el Afrofeminismo o Feminismo Negro - tan en boga en los años 70 gracias a Angela Davis, Audre Lorde o Bell Hooks entre otras activistas - que busca poner sobre la mesa la interseccionalidad del movimiento feminista, el propio racismo aún presente en los Estados Unidos - señalando a los culpables de su asimilación social - así como la importancia de la historia (y la memoria sobre todo) como motor del cambio y el avance de los derechos y libertades de la comunidad afroamericana. Porque sin historia no hay recuerdos, y sin recuerdos - saber lo que pasó para analizar sus causas y consecuencias - es muy difícil seguir adelante. De este modo y en un ejercicio literario soberbio Octavia Butler reinventa la ciencia ficción desde el feminismo trasversal - otorgando gran protagonismo a las mujeres negras - asentando las bases de lo que posteriormente se conocerá como Afrofuturismo - estética literaria y cultural que también tiene, por citar un ejemplo, la película Black Panther - además de proporcionarnos una pertinente llamada de atención desde los años 70 (década en la que se publicó) a toda esa gente que piensa que el racismo es un problema del pasado. 


Centrándonos en la obra propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Parentesco nos presenta a Dana, un personaje memorable donde los haya que sirve tanto como motor de la historia como catalizador de todos los planteamientos y reflexiones que la autora vierte en la novela. Dana, una joven novelista, vive con su novio Kevin, que también es escritor en la California de los años 70. Su relación resulta incómoda, tanto para sus respectivas familias como para el resto de gente ya que, a pesar de que las cosas parecen haber cambiado, todavía resulta escandaloso que una mujer negra y un hombre blanco se enamoren y quieran vivir en pareja. Aún así su unión es fuerte, bien avenida y, aunque han tenido que trabajar mucho para dedicarse profesionalmente a lo que les apasiona y el color de sus respectivas pieles parece resultar un problema para la sociedad que los rodea, ellos deciden apostar el uno por el otro y superar cualquier adversidad. Un día, Dana sufre un mareo que le transporta a una plantación de Maryland - lugar al que llegaron desde África los primeros hombres y mujeres que posteriormente serían esclavizados - hacia 1815. Allí, en este primer viaje en el tiempo, salva a un niño pelirrojo llamado Rufus sin ser consciente de la importancia de dicho acto. Dana regresa inmediatamente al presente, pero los continuos mareos hacen que cada vez le sea más difícil regresar a él. Es entonces cuando Kevin decide acompañarla en sus viajes, en los cuales ambos descubrirán que Rufus, el niño que Dana no dejó que muriese, además de ser hijo del propietario de la plantación, es antepasado de la propia protagonista. Descubriendo que en su linaje se mezcló la sangre de blancos y negros. Dicho esto, Dana toma como "misión" preservar la vida de su antepasado, a pesar del dilema moral y paradoja que se da - debe proteger a un familiar que a su vez se convertirá en la mano ejecutora de latigazos y demás abusos hacia los suyos - así como moverse entre los propios esclavos para no ser descubierta, algo que no le será fácil debido a su instruida educación. Esta circunstancia hará que los roles entre Kevin - quien se infiltra entre los esclavistas para pasar desapercibido - y la propia Dana cambien, así como su entendimiento como pareja. Dentro de esta novela de personajes sobresale, como no, el de Dana, la enorme protagonista que Butler crea como catalizador de, no solo la acción que está teniendo lugar, también las reflexiones que la autora vierte sobre ella. Tampoco debemos pasar por alto a Rufus que, pese a convertirse en un ser despreciable como pocos, se eleva como el contrapunto perfecto de la novela. Así mismo, Parentesco se nutre de ricos personajes secundarios, como Alice, otra mujer de poderosa impronta dentro de la trama. Además de una clara intención de rescatar y reivindicar personajes femeninos reales de la época tales como la ya mencionada Harriet Tubman o Sojourner Truth (feminista y abolicionista, se convirtió en la primera mujer negra en ganar un juicio contra un hombre blanco en su lucha por recuperar a su hijo). Y es que, como ya he dicho al principio de la reseña, Butler persigue tres objetivos claros. El primero de ellos, la renovación de los parámetros de la ciencia ficción, acercándola a otras realidades y miradas que no fuesen la blanca y heteropatriarcal. Segundo, en relación con este último, dar más protagonismo a las mujeres dentro del género, otorgándoles papeles protagónicos potentes y ausentes de estereotipos. Y por último, y creo que más importante, mostrar al lector como un problema histórico - el racismo hacia la población negra - sigue estando, por desgracia, no solo de actualidad, sino que, por si fuera poco, intrínsecamente unido al sistema capitalista que ha dominado Estados Unidos - con su respectiva evolución, claro está - desde hace siglos. Un carácter instructivo que, más allá del estilo empleado y de contener momentos de gran dureza, acaba por impregnar toda la historia. Dejando muy claro cual es el problema, cual es su origen, la urgencia de ponerle remedio al problema y, por supuesto, evidenciar lo poco que ha cambiado la sociedad estadounidense al respecto. 

Parentesco: una historia de desigualdad, violencia, viajes temporales, injusticia, Afrofeminismo, esclavitud, vigencia, pertinentes debates... La novela que debería leerse en cada instituto y en cada casa. En Estados Unidos y en cualquier otro país del mundo. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Yo era, probablemente, el peor guardián que podía tener: una negra cuidando de él en una sociedad que considera a los negros seres infrahumanos, una mujer en una sociedad que trataba a las mujeres como si fueran eternamente niñas". 

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Capitán Swing

miércoles, 12 de mayo de 2021

RESEÑA: La ladrona de fruta.

 LA LADRONA DE FRUTA


Título: La ladrona de fruta. 

Autor: Peter Handke (Griffen, Austria, 1942). Premio Nobel de Literatura 2019, es todo un clásico contemporáneo de la literatura en lengua alemana. Su medio centenar de novelas, ensayos y obras de teatro tienen en común la angustia de la soledad y la incomunicación, con un estilo original que nunca renuncia a la creación cerebral. También ha escrito algunos guiones cinematográficos para Wim Wenders y dirigió la película La mujer zurda, basada en una novela homónima. Entre los numerosos numerosos premios que ha recibido a lo largo de su carrera es de destacar el Georg Büchner, equivalente al Cervantes de las letras alemanas. Handke también es autor de Contra el sueño profundo, La tarde de un escritor, Carta breve para un largo adiós, Desgracia impeorable, El miedo del portero al penalty o La noche de Morava entre otros


Editorial: Alianza Editorial. 

Idioma: alemán. 

Sinopsis: Alexia, a la que todos llaman "la ladrona de fruta" va a emprender una "Expedición-de-una-sola-mujer" por la Picardía francesa en busca de su madre. Antes de partir, su padre le da algunos consejos para el camino. Pero el relato se inicia con Alexia, sino con el narrador, que parte un día de agosto de la "bahía de nadie": ¿para qué?, ¿para observar a "la ladrona de fruta"?, ¿para acompañarla en silencio? No: para dar fe de sus experiencias y aventuras en su viaje iniciático. 

Su lectura me ha parecido: densa, meta literaria, actual, pesimista, crítica, cálida, detallista, abrumadora en su lenguaje así como en datos, épica desde lo contemporáneo, reflexiva, un viaje (explícita e implícitamente) … En su híbrido ensayo la también Premio Nobel de Literatura Olga Tockarczuk - cuyo nombre sonó junto al del autor que ocupa la presente reseña delante del solemne portón dorado y frente a una nube de periodistas procedentes de medio mundo - hacía una pertinente distinción. Para la autora polaca lo volátil, lo móvil, en definitiva, lo errante, es civilizado según nuestra propia concepción europeísta y etnocentrista. Mientras que lo directo, ese lugar que se fija en el mapa para ir por el motivo que sea, se antoja más una conquista que cualquier otra acción. Los turistas invaden, llenan monumentos, dejan dinero en la ciudad y se van. Un poco como los bárbaros (o lo que desde una posición, de nuevo, no exenta de prejuicios consideramos como tal) al efectuar sus incursiones de conquista. Porque sí, los turistas conquistan, en una época concreta del año, pero a diferencia de los pueblos que acabaron por tomar Roma - por citar un ejemplo - o bien no vuelven nunca más o repiten, en sus ansias por seguir atesorando recuerdos, vivencias, instantáneas que ilustrarán los álbumes familiares del primer estante de la biblioteca del comedor. Siguiendo la opinión de Tockarczuk el verdadero viaje sería el no planificado, el que se emprende no por placer sino por conocimiento, el que supone un ejercicio de autodescubrimiento, el que no sigue la corriente - o el que escapa de las vías de turismo más tradicionales - y, por supuesto, el que no atiende a coherencia, horarios, necesidades generalizadas o plazos. Si bien es cierto que, para emprender una travesía como la que Tockarczuk nos expone en Los errantes, tendríamos que haber superado las trabas que el capitalismo más salvaje nos pone y, tener un nivel económico lo suficientemente solvente y, por supuesto, que la sociedad en general viese con buenos ojos otras opciones menos planificadas y más austeras (y no solo a nivel material). Dicho esto, fue una casualidad casi prodigiosa el toparme con esta conexión entre la escritora polaca - famosa por su literatura a caballo entre la crítica ecologista y un realismo mágico propio - y el autor austríaco de apellido casi cinéfilo - lo sé, Handke y Haneke no se parecen en nada, pero en mi cabeza parece ser que sí - de polémicas y despreciables declaraciones - sus opiniones negacionistas acerca del genocidio de Sreberinca causaron bastante revuelo - de innumerables  galardones literarios - incluyendo el Nobel de Literatura del año 2019 - y de una producción literaria larga y potente. Esta, mi primera incursión en su universo novelístico, os aseguro, no será la ultima. La ladrona de fruta: viaje iniciático, observación y la Picardía francesa. 


Este libro no es lo que parece. Eso os lo comento ya de antemano. Ni siquiera la brevísima sinopsis que nos encontramos en la contraportada refleja el mamotreto literario al que debe enfrentarse el lector si su objetivo es hincarle el diente para saciar cualquier apetito placentero o intelectual. Handke no es un escritor fácil, de hecho, está en las antípodas de lo que podríamos considerar literatura del montón. Handke viene de lo incómodo, de una posición de insumisión célebre dentro del conjunto literario europeo, de la experimentación, así como de un frontal rechazo a cualquier servidumbre de carácter comercial que implicase una traición a sus propios valores, y por tanto, a su propia forma de escribir y de concebir la literatura. Aún así y a pesar de sus polémicas opiniones de carácter político - de las cuales he citado un ejemplo en el primer párrafo - eso no ha evitado recibir en la última década aquellos galardones que acaban por engrandecer o condenar la carrera de un escritor. Esto no quiere decir, repito, que ser Premio Nobel sea sinónimo de escritor de difícil comprensión (de hecho, otras y otros galardonados se han caracterizado por poseer un estilo más accesible para el gran público tales como Svetlana Alexiévich, Alice Munro, Patrick Modiano o Kazuo Ishiguro entre otros) pero en el caso de Peter Handke hay que informarse previamente, aunque sea a través de reseñas u opiniones varias - hasta en caliente diría yo -, no vaya a ser que pensemos que nos vamos a topar con la típica historia veraniega para entretenernos sin pensar mucho cuando (y aunque lo estival está muy presente) es mucho más. Sí, La ladrona de fruta se ambienta en la estacijón más calurosa. Sí, el lector será testigo del viaje que emprende Alexia - cuyo apodo da título a la presente novela y confieso que me encanta - a lo largo de tres días en los que recorrerá parte del territorio francés hasta llegar a la Picardía. Y sí, existe un objetivo, el de encontrarse con su madre además de suponer una especie de viaje iniciático, de un acceso a la madurez desde la juventud. Pero, La ladrona de fruta es eso y mucho más. Podríamos pensar, antes de adentrarnos en sus páginas, que Alexia será la que lleve la voz cantante, la que nos guíe a través de las ciudades y pueblos que deja a su paso, que conoceremos su historia a través de sus pensamientos. Sin embargo, la sinopsis nos da la clave de que esto no va a ser tan fácil. Que es probable que disfrutemos de la novela, pero que el camino será largo, algo denso e introspectivo, muy introspectivo. Para empezar, Alexia - alias la ladrona de fruta - resulta ser el personaje más llamativo de cuantos se encuentra el verdadero narrador, quien parte de un lugar desconocido y la acompaña, en silencio, sin estridencias, observando sus pasos, decisiones, lugares por los que pasan. Todo para dar fe de su recorrido, del viaje que emprende y que, al mismo tiempo, le sirve a él de reflexión interna como viajante, escritor, intelectual y persona que le importa el contexto que tiene lugar a su alrededor. ¿Veis como no era simplemente un libro sobre unas vacaciones soñadas entre cobertizos, ríos y atalayas medievales?


Dividida en dos partes, La ladrona de fruta se presenta como una especie de continuación de una novela anterior - Por la sierra de Gredos (2002) y de la cual no entraré a hablar - y en la que al parecer hay un cambio de papeles. Si en Por la sierra de Gredos la historia giraba entorno a una madre en busca de su hija, en La ladrona de fruta es una hija la que emprende el viaje para encontrarse con su madre. Una odisea que, como ya he anticipado en el anterior párrafo, tiene un profundo poso de autodescubrimiento y confecciona el marco perfecto para que su autor, Peter Handke, exponga reflexiones entorno al conocimiento, la vida en general, el errante caminar - de ahí la conexión con Tockarczuck - los males de la sociedad actual así como sus reflexiones desde su posición de intelectual y escritor. Con un detallismo casi exhaustivo, Handke detalla los preparativos para el viaje del narrador - su alter ego - así como su condición de outsider social. Más adelante, vemos como éste va anunciando la aparición de Alexia hasta que finalmente se encuentran en un pueblo. A partir de ese momento, el narrador sigue los pasos de la ladrona de fruta en su viaje de "expedición-de-una-sola-mujer" por una tierra salpicada de castillos y arquitectura medieval. Es en ese momento en el que el narrador se echa a un lado para otorgarle cierto protagonismo, que no todo, a Alexia en su particular odisea. Dicho esto, observamos como Peter Handke, en palabras de la traductora Ana Montané, trata en La ladrona de fruta de redefinir, o de actualizar, el género de las epopeyas medievales. Aquellos textos que en prosa o en verso buscan narrar las aventuras del protagonista, un caballero y a menudo acompañado de un escudero, en la búsqueda de un objetivo concreto. Que la novela transcurra en la Picardía francesa - famosa por sus fortalezas góticas e impresionantes construcciones de la Plena y Baja Edad Media - ya nos sumerge en el mismo paisaje (aunque restaurado y visto con los ojos de alguien que habita el siglo XXI). Por no hablar del sentido del viaje, más allá de las reflexiones entorno a si se debería o no perseguir una motivación para emprenderlo, y ese joven que aparece en el tramo final, convirtiéndose en ese "escudero" contemporáneo que le faltaba a la historia. Aquí el caballero andante - tan celebrado y popularizado unos siglos después por Miguel de Cervantes - es en realidad una mujer decidida, fuerte y que está dispuesta a llevar a cabo su empresa. Por otro lado, Handke nos adentra en senderos poco transitados dentro de la literatura de viajes donde emergen los debates más candentes de la sociedad actual, así como su visión más deprimente: la indefensión de los inmigrantes ante la injusticia que se comete contra ellos, una población cada vez más "empantallada" o la vulneración de los espacios naturales. De este modo, lo que parecía un viaje al interior de Francia se convierte en un viaje al interior de la mente del escritor. Una cabeza en plena ebullición, en busca de una historia, de la inspiración, de aquello que haga fluir la tinta de la pluma. Algo que Peter Handke parece encontrar en Alexia, en la literatura medieval - especialmente la del escritor alemán Wolfrang von Eschenbach - y en la certeza de que, observando (ojo a las pormenorizadas descripciones de la novela) conseguirá culminar su obra magna. 

La ladrona de fruta: una historia de etapas, paisajes de otro tiempo, adalides, aprendizajes, iniciación, fascinación, deambular, acontecimientos insustanciales que acaban marcando un antes y un después... Una vuelta de tuerca contemporánea a uno de los géneros literarios más antiguos de la historia. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Y, además, el fuego, también preparado ya hacía raro, ardía, crepitaba, crujía, chisporroteaba y rugía en la chimenea, que, de nuevo, no era ni demasiado pequeña ni demasiado grande, tenía justo las proporciones adecuadas para esta noche. ¿Un fuego de chimenea en verano? ¿Y qué? ¿no estaba la mesa, que no era de ébano, o de mármol, pero tampoco de contrachapado o de plástico, puesta, no con porcelana de Limoges y cristal de..., pero tampoco con... ?: todo eso, como solo en las historias antiguas, muy antiguas. "¿Solo?" ¿Entonces eso quería decir: que a diferencia de en la vida, en realidad? ¡No! También en la vida sucedían cosas así, de vez en cuando y justo en el momento adecuado, y también en la realidad; lo real de la realidad."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial