Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

miércoles, 27 de enero de 2021

RESEÑA: El Diablo sabe mi nombre.

 EL DIABLO SABE MI NOMBRE


Título: El Diablo sabe mi nombre. 

Autora: Jacinta Escudos (El Salvador, 1961). Escribe novela, cuento, crónica y ensayo. Se alzó ganadora del los X Juegos Florales de El Salvador 2001, rama cuento, con el libro Crónicas para sentimentales, y del Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo (2003) con su novela A-B-Sudario. Sus textos se han traducido al inglés, alemán y francés. Aparece en numerosas antologías de América Latina, Estados Unidos y Europa. Ha vivido en Alemania, Costa Rica y Nicaragua. Desde 2010 vive de nuevo en El Salvador, donde imparte talleres literarios. Desde hace once años escribe su columna quincenal "Gabinete Galigari" en el periódico La Prensa Gráfica. Así mismo, se puede acceder a dichas columnas y otros trabajos de la autora a través de su página web jescudos.com. 


Editorial: Consonni. 

Idioma: castellano. 

Sinopsis: Estos cuentos crean un universo propio donde todo está permitido: transformaciones, realidades paralelas, desdoblamientos, antropofagia, mutaciones. Los cuentos que conforman El Diablo sabe mi nombre son muy distintos entre sí, pero tienen dos aspectos en común. Por un lado, la transgresión, el deseo de traspasar una frontera, normalmente imposible, ya sea la frontera entre el sexo masculino y el femenino, entre seres humanos y animales, entre la locura y la cordura o entre la vida y la muerte. Por otro lado, lo onírico. De los 14 relatos, más de la mitad fueron sueños que la autora tuvo y que transformó en cuentos sin pretender hacer una lectura racional de los mismos, dejando hablar a la oscuridad y explorando aquellas zonas profundas que no comprendemos plenamente. Su carácter fantástico los hilvana como libro. A pesar de encontrar en este volumen un profundo disgusto por el ser humano que destruye el medio ambiente y, sobre todo, una notoria rebeldía contra los roles impuestos a hombres y mujeres, los cuentos presentan en la gran mayoría de los casos a personajes que hacen algo para cambiar su suerte. 

Su lectura me ha parecido: directa, certera, breve, envolvente, fantástica, oscura, bella en sus devaneos oníricos, natural, terrorífica por momentos... Cuando pensamos en literatura latinoamericana la primera palabra que se nos viene a la cabeza es "boom". Y no es para menos ya que, olvidándose casi siempre de unos antecedentes muy interesantes en los siglos XVII y XIX, en la mayoría de veces nombres como los de Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Juan Rulfo, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa o Juan Carlos Onetti se acumulan en los discursos, estudios, tesis doctorales, coloquios y demás soportes etéreos o físicos. No obstante, y a pesar de que a día de hoy muchos de ellos siguen siendo figuras inamovibles dentro del canon, los lectores, así como la intelectualidad, está asistiendo a la irrupción, como si de un terremoto se tratase, de toda una serie de escritoras (en su más amplia mayoría) que están reformulando o directamente transformando de arriba abajo el panorama literario de algunos de los países sudamericanos con mayor tradición en estas lides. En ese sentido, asistimos a dos fenómenos: el de la reivindicación y puesta en valor - sobre todo de las coetáneas al "boom" como Elena Garro, Rosario Ferrer o Gabriela Mistral entre otras - y el de la aparición de toda una generación de autoras que, haciendo suyos géneros literarios hasta ese momento muy europeos o norteamericanos - especialmente el terror y la fantasía - y adaptándolos a la realidad político-social de sus respectivos países, han conseguido cimentar voces propias muy personales y extraordinariamente potentes. En los últimos años nombres como los de Mariana Enríquez (Argentina), Fernanda Melchor (México), Mónica Ojeda (Ecuador), Fernanda Trías (Uruguay), Gabriela Weiner (Perú) o la reciente merecedora del Premio Alfaguara de Novela Pilar Quintana (Colombia) no dejan de regalarnos grandes obras para leer, reflexionar y en algunos casos elevarlas a los altares de la literatura actual. No obstante, de nuevo, los grandes nombres eclipsan otros. Igual no de la misma envergadura mediática y de éxito editorial pero cuyas manos han escrito pequeñas gemas a tener en cuenta, sobre todo en este mundo cambiante y sumido en el poder devorador del capitalismo más atroz. Jacinta Escudos, procedente de uno de los países considerados "periféricos" en lo que a las letras se refiere - El Salvador - es el ejemplo perfecto de que a veces, si se quiere conocer el fenómeno en su máxima expresión, hay que alejarse un poco de Argentina, México o Colombia para adentrarse en literaturas que, si bien son menos conocidas, sus hitos están a la altura del Gótico andino de Mónica Ojeda, del terror subyugante de Mariana Enríquez o la descarnada crítica social de Fernanda Melchor. El diablo sabe mi nombre: la fantasía onírica hecha relato. 


Según el escritor Philip K. Dick la diferencia entre un relato corto y una novela reside en la capacidad de la escritora o escritor para la síntesis. Si bien en una novela, policíaca por ejemplo, ahondaría en la figura del criminal (desde una profunda perspectiva psicológica), así como en procurar la sucesión de una serie de elementos que obliguen al lector a empatizar con el protagonista, en el relato simplemente se abordaría el crimen, sin mucha recreación y con un desenlace capaz de descolocar la mente de quien se adentre en él. El golpe, en resumidas cuentas, debe ser rápido, seco y certero. Después ya es tarea de la autora o autor de turno el proveer de una personalidad propia tanto en estilo como en desenlace. Los hay, en esto del arduo arte de escribir finales, que acaban abruptamente, que hilvanan las costuras a la perfección, que por el contrario dejan la puerta abierta a que el lector piense lo que quiera y hasta los que, simplemente, concluyen cuando la acción principal y no da más de si. Poner punto y final a un relato no es tarea fácil, y menos aún cuando éste casi no llega a las tres páginas. Todo tiene que estar muy medido, constreñido, usar las palabras adecuadas para que todo quede patas arriba en unas pocas frases. De ahí que, a pesar de encontrarnos ante unos relatos con cierta tendencia a la recreación y a la abstracción, los de Jacinta Escudos sorprenden por sus desenlaces que, a pesar de cerrarse como un candado, dejan en el lector un necesario poso de reflexión. El Diablo sabe mi nombre se compone de catorce relatos, todos ellos de extraordinaria brevedad, que pivotan al rededor de dos sugerentes temas: la necesidad de transformación en un ente diferente, ya sea ser humano o animal, y el reino del subconsciente. En primer lugar, el deseo por parte de Escudos de traspasar la frontera de lo imposible es patente. De hecho, a medida que me acostumbraba y me empapaba de su forma de narrar, tenía la sensación de que la naturalidad se imponía sobre lo inenarrable. Y es que Escudos, como buena escritora de género fantástico, consigue que te creas y asimiles la metamorfosis más loca o un acto de antropofagia - fuera de los códigos del presente género, totalmente aberrante -  con sorprendente normalidad. Y es que en el mundo de lo inexplicable todo tiene cabida. En el que una persona pueda encontrarse con su propio cadáver en (Muerto al lado de mí mismo), en el que desde una mirada simbolista la posesión sexual se alcance literalmente a bocados (Fetiche de un naufragio) o en el que la tensión entre un gato y su ama, con su correspondiente intercambio de roles, provoque una transformación humano-felina (El placer). Respecto al catálogo de animales, el bestiario es inmenso: monos, insectos, caballos... Mis favoritos, los que tienen un cocodrilo y unas serpientes como protagonistas. El primero, por esa la mutación de niña/mujer en cocodrilo y su mutilación como metáfora de la necesidad de revelarse contra los poderes ancestrales y las tradiciones más arraigadas. Y el segundo, por una Medusa alejada de cualquier estereotipo grotesco, patriarcal o desquiciante, enfrentada a la persona que vive en su interior y al dolor al que le somete la Gorgona. Una mujer al fin y al cabo que se lamenta por su aciago destino mientras, las serpientes, no dejan de crecer en su cabellera. 


Sin duda uno de los aspectos que más llaman la atención del presente volumen de relatos, además del uso de los sueños como material y base de muchas de las historias que puedes encontrar en su interior, es la abrumadora presencia del amor físico, el erotismo y la sensualidad en cada uno de ellos. Hacía tiempo que no me topaba con una lectura tan sensitiva, tan corporal, tan de piel con piel. De esas que no buscan, dicho vulgarmente, "ponerte cachonda/o", sino retorcer el imaginario existente para presentarte algo nuevo. A ratos perturbadora, oscura, hasta rozar el terror. Pero hermosa en su conjunto. Aquí no sólo encontramos relatos cuyo eje gira entorno a la consumación del acto sexual - como Memoria de Siam o el cuento que da nombre al libro - también al rededor del propio goce, ya sea desde un estado original o a través de una mágica transformación - como es el caso de Cabeza de serpientes -. Hasta un acto tan risible como el masticar comida, en el imaginario literario de Jacinta Escudos, puede esconder lascivia y grandes dosis de placer. En contraposición a esta ensoñación algo pesadillesca - pensaba constantemente en los personajes de El jardín de las delicias del Bosco a la hora de ponerles cuerpo y rostro a los personajes que desfilaban ante mis ojos - a lo largo de su lectura sobrevuela un halo de pesimismo. Y es que, además de hacernos viajar a rincones inexplorados de nuestra imaginación a través de lo inexplicable, Escudos ha querido transmitirnos sus preocupaciones respecto lo peor que anida en el ser humano y su injusta relación con el medio ambiente. Aquí las mujeres se revelan contra lo que se espera de ellas. Y lo hacen a través de la metamorfosis, de su evolución a otro ente diferente al concebido en su origen. Ya sea hombre, pájaro, gato o cocodrilo; cualquier futuro es mejor que el de ser mujer. Sobre todo por el sometimiento, el silencio que se impone sobre sus cuerdas vocales o el riesgo a castración - física o espiritual - por medio de una ablación sexual concreta o la prohibición de hacer palpable su sexualidad al considerarlo un acto provocativo o directamente brujería. La preocupación es evidente, más allá de la simbología atribuida y del carácter misantrópico que algunos han querido ver. De ahí la importancia del formato - relato corto en este caso - para transmitir las inquietudes que a la autora en este caso no dejan de golpear en su cabeza. Inquietudes vertidas con un lirismo contenido que abstrae, absorbe, embriaga. Como ese perfume sin estrenar. Como ese pastel de la infancia. Como esa película que no queremos que acabe por miedo a despertar en un mundo donde lo tangible, lo audible o lo visible duele. 

El Diablo sabe mi nombre: catorce relatos de fantasía, terror, erotismo, mitología, mujeres con cuerpo de animal, animales con cuerpo de hombres, estómagos insaciables, imaginación, sueños... La literatura, una vez más, libre de encorsetamientos y asfixias. 

Frases o párrafos favoritos: 

    "Yo nací para ser serpiente. 
     El cabello, mi voz, el filo de mis ojos. Todo lo indicaba.
    Y entonces me deformé. Salió un cuerpo femenino que nada me agradaba, que en todo me estorbaba, que no daba más que problemas. 
    El cabello quedó. El cabello. Y tal fue la fuerza de mis pensamientos, tan cerca de mi alma, mi cerebro, que los cabellos fueron lo que yo no pude. 
    Fueron serpientes."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Consonni

martes, 19 de enero de 2021

RESEÑA: Berg.

 BERG


Título: Berg. 

Autora: Ann Quin (Brighton 1936-1973). En 1964 publicó su primera novela, Berg, a la que siguieron Three, en 1966, Passages, en 1969 y Tripticks en 1972. Procedente de una familia de clase obrera, fue una figura destacada dentro del movimiento de escritores experimentales británicos de la década de 1960. Poco después de la publicación de Berg, fue galardonada con la beca H.D. Lawrence y vivió dos años en Estados Unidos; allí entró en contacto con grupos hippies y experimentó con numerosas drogas. Después pasó un tiempo en Irlanda y Suecia, donde fue internada en un hospital psiquiátrico. De vuelta a Reino Unido, con una salud mental deteriorada, trabajó como secretaria. Las altas dosis de litio que se suministraba a diario mermaron sin duda su capacidad creativa, por lo que trató de reducirlas. Volvió a Brighton para estar con su madre y allí, una tarde de agosto de 1973, un pescador la vio quitándose la ropa y metiéndose desnuda en el mar. Una semana después se encontró su cuerpo en la costa. 


Editorial: Malas Tierras. 

Idioma original: inglés. 

Sinopsis: "Un hombre llamado Berg, que cambió su nombre por Greb, llegó a una ciudad costera con la intención de matar a su padre." Con esta frase comienza la aclamada primera novela de Ann Quin, cuya obra se ha comparado con la de Samuel Beckett o Nathalie Sarraute. Alistair Berg, un hombre de mediana edad y personalidad obsesiva, descubre el paradero de su padre, del que hacía años que no tenía noticias pero que nunca ha dejado de estar presente en los comentarios de una madre sobreprotectora. Sin revelar su identidad, Berg alquila una habitación contigua a la que su padre comparte con Judith, una mujer mucho más joven que él con la que mantiene una relación bañada en alcohol y salpicada de discusiones. Así, en medio de una espiral de seducción y violencia, Berg tratará de llevar a cabo su propósito enfrentándose a unos personajes secundarios - un gato, un periquito, un muñeco de ventrílocuo y una madre omnipresente - tan absurdos como el humor con el que Quin configura esta obra maestra de la narrativa de vanguardia. 

Su lectura me ha parecido: retorcida, perturbadora, con unos personajes que caminan entre la cordura y la locura, voyeur, divertida (a su manera), compleja, desasosegante, exigente, idónea en tiempos de avasallamiento editorial... Cuando todas y todos estuvimos encerrados entre las paredes que conformaban nuestras Manderleys particulares - lo sé, me puede mi pasión por las novelas de Daphne du Maurier - observábamos, apesadumbrados, como negocios de toda la vida bajaban la persiana para siempre. Lo cual, a los letra heridos nos preocupó enormemente dado que, tras esa carnicería cuyos dueños parecían haber fundado el barrio, esa cafetería en la que te llevas tomando ese delicioso chocolate con churros desde que tienes uso de razón o esa reliquia atemporal llamada "paquetería", podía ser el fin también de esa librería céntrica, de privilegiado enclave que lleva abierta desde antes de la Guerra Civil. Las editoriales, en un esfuerzo sin precedentes, comenzaron a dinamizar sus canales de comunicación, avanzando en algunos casos, todas esas novedades que por culpa de la Covid-19 no iban a encontrar lectores hasta que se levantasen las restricciones. Portadas bellísimas, grosores apetitosos e historias, por entonces, huérfanas de ávidos lectores que las supieran apreciar. Entre la incertidumbre y el temor a la desaparición de sellos muy queridos, así como de los templos que se encargan de custodiarlos y venderlos, convivimos durante meses hasta que, un buen día, pudimos salir a la calle. Primero fueron las más pequeñas, en las que los aforos eran fácilmente controlables - lo cual favoreció a todas aquellas librerías de barrio que aguardaban pacientemente su apertura - y a medida que iban pasando los meses, en consonancia con una política de desescalada no exenta de polémica, fueron abriendo el resto, hasta llegar a las grandes superficies. Los tiburones mediáticos estaban listos para comerse a los más humildes, o al menos a seguir intentándolo. Poco a poco las estanterías, recubiertas de una tela de polvo durante los meses de confinamiento, comenzaron a acoger las novedades más acuciantes. El proceso fue rápido, demasiado tal vez, como si las editoriales quisiesen librarse por fin de aquellos títulos guardados en almacenes tras pasar por imprenta. Por fin dejarían de ser fantasmas, pesadillas, recuerdos de un mal sueño para convertirse en preciados tesoros literarios. Sin embargo, los grandes grupos, así como los omnipresentes autores de siempre comenzaron a ganar más y más terreno, desplazando a todos aquellos que, desde una valentía digna de reconocimiento, decidieron apostar por clásicos - universales o contemporáneos - voces nuevas dentro de nuestro panorama literario, así como épicos rescates - con sus correspondientes traducciones - en un intento por acercar al lector historias en los márgenes, alejadas de lo comercial, con gran impronta estilística. La novela que hoy reposa sobre mis manos de nuevo es un claro ejemplo de ello. Llegó en el verano del 2020, cuando las mascarillas se hicieron obligatorias y la mayoría de novedades editoriales se habían quemado a la velocidad del rayo. Cuando todos deseábamos redescubrir nuestro país al tiempo que la literatura seguía recordándonos que, por muchas protecciones que tomásemos, seguíamos estando expuestos al virus del momento y a otra clase de enfermedades como el resentimiento o la venganza; ambas muy presentes en el libro. Berg: el secreto mejor guardado de la literatura británica. 


El Londres de la década de los 60 era una ciudad abierta, vibrante, deseosa de superar las secuelas que la Segunda Guerra Mundial había dejado en su paisaje físico y social. Un lugar donde acudían todos los jóvenes venidos de cualquier parte del país en busca de libertad, ambición y hambre creativa. Cualquier trabajo, por simple que fuera, les daba para cortar dependencias familiares - ahora mismo esto es casi imposible - y mudarse a la gran urbe para vivir, cuanto más lejos mejor, de lo que hasta ese momento había sido su existencia. La revolución juvenil estaba en auge, al igual que el LSD, los roqueros, los primeros hippies y la música Jazz. No es de extrañar que, al rededor de estos nuevos estilos de música, así como de los inicios de lo que años más tarde se conocerá como contracultura, surgieran numerosos grupos de intelectuales que buscasen precisamente eso, desquitarse de las antiguas formas para innovar a a través de disciplinas tan diversas como la literatura, el teatro o el cine por ejemplo. Ann Quin, autora de la presente novela, fue una de aquellas jóvenes integrantes del Swinging London. Procedente de Brighton, tradicional retiro de la jet set inglesa de principios de siglo XX y en la década de los 60 paraíso vacacional para la creciente clase media británica, Quin pronto destacó como una de las escritoras más potentes y subversivas del panorama literario inglés. Todo ello gracias a la publicación, a los 28 años de edad, de Berg, una de las óperas primas más impresionantes que he leído en años. Su trama es bien sencilla: Greb, en realidad llamado Berg, es un vendedor de tónicos capilares, obsesivo y que todavía vive con una madre extraordinariamente sobreprotectora (rayando el delirio) que, en aras de cumplir con su particular vendetta - buscar a su padre para matarlo - se enreda en una serie de situaciones de las que difícilmente puede escapar. A priori, si nos atenemos a la breve sinopsis que aquí os planteo, puede parecer el típico Thriller Policial de palo. Pero lo que de verdad encontramos en Berg es precisamente una sátira tanto al género policiaco por un lado como de las tragedias clásicas de la antigua Grecia por otro. Si, en primer lugar, en una novela protagonizada por Sherlock Holmes, por citar el ejemplo más clásico, la trama gira entorno a un misterio por resolver, en el libro de Quin el misterio parece estar resuelto y además no parece consumarse. Y en segundo lugar, si en las obras de teatro de Sófocles o Esquilo los personajes hayan la redención a través de las desgracias que sufren por su justo castigo a las malas acciones cometidas, en Berg, a pesar del sufrimiento de los protagonistas, la autora les niega su trascendencia y cualquier posibilidad de enmendar los errores perpetrados. Todo es sorpresivo en Berg, desde esa inversión de lo tradicional - en cuanto a géneros literarios se refiere - a esa intención inminentemente experimental - mezclando los pensamientos alucinógenos de Greb-Berg con unos párrafos de oscura belleza - pasando por los diversos elementos surrealistas que aparecen a lo largo de la novela - el muñeco ventrílocuo que siempre acompaña a la madre del protagonista - así como los más grotescos - ojos de cristal, la taxidermia, ese tabique que cruje o las manchas de extrañas formas que hay en la pared -. Pero sobre todo ello, lo que a mi juicio (siempre subjetivo y muy personal) hace de esta novela una experiencia lectora única: lo autobiográfico entre lo irreal. 


Si nos quedásemos en la superficie de la crítica, nos referiríamos a Berg como una novela experimental a muchos niveles, además de poseer uno de los inicios más potentes de cuantos existan en la literatura - lo cual es absolutamente cierto -. No obstante, debemos sumergirnos en sus profundidades, bucearlo, explorarlo, para descubrir que Berg (lejos de ser una lectura que por su estilo exige un plus de exigencia al lector) es la propia historia de su autora, o al menos de algunos retazos de su vida antes de la escritura del presente texto. Para empezar, y a pesar de que no se especifica en ningún momento, los lectores han acabado por enmarcar la trama en Brighton. Una ciudad en temporada baja tras el verano y en la que, precisamente, nació Ann Quin en el año 1936. Siguiendo este rastro autobiográfico, como si de las miguitas de pan de Hansel y Gretel se tratasen, nos percatamos de las similitudes entre el protagonista (ese Berg oculto bajo el nombre de Greb) y la propia autora. Ambos surgidos de entornos humildes, ambos con conflictos e inquietudes internas comunes, ambos marcados, por un lado, por la férrea presencia materna, y por el otro, por la ausencia del padre. Obviamente Ann Quin llevó ambos aspectos hasta el límite de lo perturbador y lo moralmente reprochable. En el caso de la madre, Edith, retratándola como una mujer dolida por el abandono de su marido e invadida por una especie de sobreprotección casi enfermiza respecto al personaje de Greb-Berg. Como si se transformara en una de las arañas de Louise Bourgeois cada vez que la independencia de su hijo, y por tanto, la temida soledad acechan en el horizonte. De hecho, es tal el poder que ejerce Edith sobre su hijo que, una vez asumida su precaria independencia, éste no consigue quitarse su rostro, sus costumbres y palabras de la cabeza. Respecto al padre, el protagonista lo encuentra alcoholizado, deambulado por los muelles del puerto y conviviendo con Judith, su joven amante, con quien discute a todas horas. En un intento por llevar a cabo su venganza, como consecuencia de los años de abandono paterno, Greb-Berg se instalará en un una habitación pegada a la de los dos amantes. Es allí donde, a través de un endeble tabique y cierto voyerismo, irá escuchando sus conversaciones y retrasando el plan inicial a la espera de seguir descifrando lo que sucede al otro lado, entre gritos y caricias, entre cristales rotos y gemidos. Las críticas de su tiempo señalaron la falta de realismo en su relato si su intención, como acabamos de apuntar, era de hablar de sí misma a través de un personaje inventado. Sin embargo, y contrariando a dichas plumas, sostengo que el estilo empleado (ya sea más tangible o más irreal) es totalmente aceptable siempre que el mensaje llegue a buen puerto. Y es que más allá de todos los ornamentos y la historia en la que Greb-Berg se va enredando él solo, Berg cuenta, en última instancia la dura experiencia de crecer sin padre en la Inglaterra de postguerra, una Inglaterra que buscaba sanar las heridas, al igual que sus habitantes, sumidos en una depresión posbélica con sabor a patata cocida. Dicho esto, sólo me queda aplaudir a las editoriales Malas Tierras y a Underwod - ambas unieron fuerzas para reeditarlo de la mejor forma posible - y animaros a traspasar el umbral de las novedades para husmear en la estantería. A lo mejor salváis un libro del peligro de ser olvidado. 

Berg: una historia de obsesión, malévolos planes, sexo, intriga, amor materno, sátira, humor negrísimo, ausencia, decrepitud... La exigencia nunca trajo mejor recompensa. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Un hombre llamado Berg, que cambió su nombre por Greb, llegó a una ciudad costera con la intención de matar a su padre."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Malas Tierras

jueves, 14 de enero de 2021

RESEÑA: Vestidas de azul. Análisis social y cinematográfico de la mujer transexual en los años de la Transición Española.

 VESTIDAS DE AZUL

ANALISIS SOCIAL Y CINEMATOGRÁFICO DE LA MUJER TRANSEXUAL EN LOS AÑOS DE LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA


Título: Vestidas de azul. Análisis social y cinematográfico de la mujer transexual en los años de la Transición Española. 

Autora: Valeria Vegas (Valencia, 1985) es licenciada en Comunicación Audiovisual. Desde el año 2015 escribe en medios como Vanity Fair, Shangay, Lecturas y Jot Down, entre otros. Es autora de los libros Grandes actrices del cine español (2015) y Ni puta ni santa. Las memorias de la Veneno (20016), biografía de Cristina Ortiz, mujer transexual y controvertido personaje televisivo de los años 90. Ha dirigido Manolita, la Chen de Arcos, galardonado como mejor documental español en el festival LesGaiCineMad 2016 y que recoge el testimonio y vivencias de la primera madre transexual que logró adoptar en España. Vestidas de azul. Análisis social y cinematográfico de la mujer transexual en los años de la Transición Española (2019) y Libérate. La cultura LGTBQ que abrió camino en España (2020) son sus últimos ensayos publicados. 


Editorial: Dos Bigotes. 

Idioma: español.

Sinopsis: Vestida de azul de Antonio Giménez-Rico fue el primer documental español protagonizado por seis mujeres transexuales que se estrenó en salas comerciales. Hoy, 35 años después y con la perspectiva que da el paso del tiempo, la periodista Valeria Vegas analiza cómo los medios y el cine abordaban la transexualidad en una época verdaderamente hostil para un colectivo tan expuesto como minoritario. A través de las circunstancias que rodearon a Eva, Loren, Tamara, Josette, Nacha y Renée, la autora indaga en aspectos como la prostitución, el espectáculo, la exclusión social o las leyes opresoras. Sus vidas son también las de otras muchas mujeres para las que no siempre la democracia fue sinónimo de libertad. 

Su lectura me ha parecido: amena, interesante, exhaustivamente documentada, plagada de sororidad trans, minuciosa, cinematográfica, importante en cuanto a su valor testimonial, necesaria para estos tiempos y los venideros... Hace unas semanas tuve el privilegio de asistir a la exposición Des/orden Moral. Arte y sexualidad en la Europa de entreguerras en el IVAM (Institut Valencià d´Art Modern). Un paseo a través de la pintura, el cine, la fotografía, el dibujo, la escultura, la literatura y demás soportes artísticos que sin duda quedará alojado para siempre en mi memoria. A lo largo de todo el recorrido entre paredes oscuras, proyecciones en penumbra y cortinas rojas - y siempre con un ojo puesto en las flechas del suelo, una consecuencia más de la pandemia de la Covid-19 - las imágenes saltaban del lienzo para colarse en un imaginario que, aunque existente, no siempre ha conseguido colarse en nuestra cultura popular. La prostitución desfigurada y grotesca a través de los ojos de Otto Dix - veterano de la Primera Guerra Mundial al que el Nazismo le colocó la etiqueta de "artista degenerado" - las revistas porno de los años 20 y 30 - la desnudez de los cuerpos, tanto el masculino como el femenino, aún me sigue sorprendiendo - fragmentos de una primera película de temática homosexual rodada en el Berlín de la crisis económica y los cabarets - cuyo director fue un defensor de los derechos de la comunidad LGTBI en un momento en el que la sororidad del colectivo se reducía al ostracismo de la clandestinidad - la transexualidad - con los retratos que la pintora Gerda Wegener le hizo a su marido Einar Wegener, posteriormente conocida como Lili Elbe, siendo la primera persona trans en someterse a una operación de cambio de sexo a principios de siglo XX - así como la presencia de textos y fotografías de algunos de los iconos más importantes de la comunidad - como Virginia Woolf, Federico Grcía Lorca, Josephine Baker u Oscar Wilde entre otros -. Por supuesto, la exposición también incluía un apartado dedicado a las ideologías totalitarias y a como éstas acabaron por socavar aún más la clandestinidad o tirar por tierra la ligera visibilidad que ésta tenía en tiempos anteriores a su llegada en los años 30. Allí no podían faltar ni un fragmento del documental El triunfo de la voluntad, algunas esculturas del busto de Mussolini, imágenes de los numerosos monumentos que se levantaron a lo largo y ancho de la Unión Soviética glorificando el cuerpo del trabajador y, por supuesto, instantáneas más patrias. Esas en las que asistimos a una clase de costura de la Sección Femenina, a una fiesta donde las mujeres alzan el brazo jubilosas sin importar sus connotaciones fascistas y a un fastuoso Domingo de Ramos. Cuesta creer que entre doctrina franquista y señoras de luto y mantilla pudieran existir otras realidades más diversas, plurales, libres. Alejadas de esa España blanco y negro que, además de pasar hambre, castigaba la disidencia a golpe de tortura, cárcel o muerte. Y sí, las hubo, al principio escondidas, por miedo a las represalias, pero poco a poco, a medida que menguaba la salud del dictador, las voces ocultas comenzaron a hablar, a hacerse notar, a protestar. Sin embargo, no fue hasta hace cuatro días cuando, por fin, podemos acceder al conocimiento de sus vidas y experiencias. A la realidad de las mujeres trans de hace treinta y siete años en un país donde, a pesar de que la democracia daba sus primeros pasos, todavía seguían sufriendo el desprecio institucional y social. Vestidas de azul: un testimonio de trascendencia intergeneracional.  


Durante el invierno de 1984 se proyectó en los cines españoles un documental que bajo el título Vestida de azul venía a contar la historia de seis mujeres transexuales para, en el fondo, retratar unas condiciones, una situación y una época en la que, a pesar de los avances políticos-sociales, todavía se seguía discriminando por el simple hecho de sentirte mujer aún habiendo nacido varón. Hecho al que, si añadimos la confusión de términos y la desinformación imperante - ante esa falta de visibilidad - hacía de la vida de Eva, Loren, Tamara, Josette, Nacha y Renée un camino plagado de obstáculos. Seguramente su director, Antonio Gómez-Rico, jamás imaginó que el que fuera su documental más polémico en su momento fuese objeto de estudio, análisis y crítica extra cinematográfica por parte de Valeria Vegas. Una de las periodistas más en alza en este país gracias, en parte, a la publicación de las memorias de La Veneno en el año 2006. Popularidad que explotaría en el pasado 2020 con la adaptación en forma de serie de dicho libro por parte de los directores Javier Ambrossi y Javier Calvo, así como la presencia, dentro de la ficción, de un personaje inspirado en la propia Valeria con el que, no sólo asistimos a su relación con Cristina Ortiz y al proceso de escritura del texto, sino que además somos testigos de su propio descubrimiento, autoconciencia y transición de hombre a mujer. Eventos seriéfilos a parte, lo cierto es que una accede a una lectura así con las expectativas por las nubes, y no solo por quien lo firma, también por la complejidad del tema que se aborda en última instancia. Y sí, las expectativas se cumplen, hasta rebasar incluso. Si la o el lector no conoce este documental en concreto, tiene poca idea de cine español - y mucho menos desde el plano de la no ficción - o desconoce gran parte de la historia de la cultura y la comunidad LGTBI en España no pasa absolutamente nada. El carácter divulgativo que Vegas imprime en cada uno de los capítulos, su adecuada ordenación (prestando mucha atención a los antecedentes, coqueteando de este modo con el ensayo histórico), su disertación puramente cinematográfica (desprendiéndose de tecnicismos propios para que la lectura no resulte un autentico peñazo), su basto conocimiento sobre el cine español, de la Transición Española y de la comunidad LGTBI en esos años, su propia experiencia como mujer trans, las entrevistas, así como la bibliografía que podemos encontrar al final de su lectura hacen de Vestidas de azul - entiéndase el pertinente cambio del título - un texto no sólo interesante a nivel intelectual, también único en su concepción. Porque si por algo destaca el presente ensayo es por su pretensión a la hora de traspasar la pantalla, de ir más allá, de crear un nuevo relato al rededor de estas mujeres trans otorgándoles una necesaria visibilidad anteriormente negada. Un ejercicio de documentación y de análisis exhaustivo para iniciar un recorrido, a través del cual, el lector comprenderá que derechos y representación no siempre van de la mano. Un camino en el que sí, hemos cambiado, hemos avanzado, pero en el que un peligro llamado extrema derecha pretende tornar a esas realidades agazapadas, atemorizadas. 


Todo en Vestidas de azul sorprende. Desde esa falta de sororidad en el colectivo - en esa época ni siquiera existía la idea de colectivo como tal - hasta la ostentación como respuesta a los comentarios denigrantes o como mecanismo para suplir las carencias emocionales, pasando por las historias personales de cada una de las protagonistas que Gómez-Rico filmó en su día a día y en un conversatorio en el Palacio de Cristal de Madrid. A través de la pluma de Valeria Vegas vamos conociendo poco a poco sus agitadas biografías. Como la de Loren, la más mayor, quien estuvo encarcelada en Carabanchel. O la de Renée, peluquera de profesión y cuya familia, en el momento en el que se estrenó el film, no sabía de su vida como mujer. O la de Tamara, la gitana, maltratada por su familia debido a su condición que, sin embargo, encontró la felicidad de la mano de la actuación imitando a Lola Flores o a Isabel Pantoja. O la de Eva, en su momento bailarina de striptease e imitadora de Lina Morgan. Pero, sin duda, y sin desmerecer al resto de historias, como lectora que acaba de descubrir la existencia de estas mujeres, me quedo con las de Nacha y Josette. Únicas supervivientes de las seis que protagonizaron el documental y que, en el caso de la segunda, sí accedió a hablar con Valeria Vegas durante el proceso de documentación. Como bien se desprende en la pertinente entrevista, la cual podemos encontrar en las últimas páginas del ensayo, Josette llegó a casarse aún sabiendo su verdadera identidad de género e identidad sexual. Algo que, como se ve en el film, su mujer le echa en cara. Su caso ejemplifica muy bien la confusión entorno a la palabra "travesti", la cual en su momento se usaba para hablar tanto de las mujeres transgénero así como de transformistas. Todo se metía en el mismo saco, fruto sin duda de la desinformación y el poco conocimiento respecto a su propia condición. Por su parte, Nacha - cuyo testimonio lo conocemos a través de su hermana - nos habla de una vida dedicada al ejercicio de la prostitución ante la falta de oportunidades laborales para las mujeres trans, una lacra que, por cierto, actualmente seguimos arrastrando. La película se estrenó, pasó por el Festival de San Sebastián, la sociedad de su tiempo le añadió la etiqueta "maldita" y poco a poco los nombres de Loren, Nacha, Josette, Tamara, Eva y Renée se fueron diluyendo en los márgenes de una historia que, todavía, no les había prestado la atención que merecían. Por eso libros como el de Valeria Vegas resultan de gran importancia ya que, como si de una operación de socorrismo se tratara, reaniman y devuelven a la vida a una serie de personajes anónimos que, tras un prolongado olvido, se alzan pletóricos, orgullosos de que su legado, por fin, inspire a las generaciones venideras. 

Vestidas de azul: una historia de lucha, reivindicación, ignorancia, discriminación, bajos fondos, visibilidad, representación, existencia, supervivencia... Un ensayo cuyos pasajes deberían estar presentes en más de un libro de historia. 

Frases o párrafos favoritos: 

"No cabe duda que, en estas últimas cuatro décadas, España ha avanzado legislativa, jurídica e incluso éticamente en lo que a medios de comunicación se refiere. Puede que haya sido una revolución lenta, que hizo que ni tan siquiera la pudiesen vislumbrar algunas de las protagonistas de Vestida de azul y sus compañeras de generación, pero que en definitiva ha supuesto una realidad frente a lo que parecía utopía."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Dos Bigotes

martes, 22 de diciembre de 2020

RESEÑA: Un tiempo nuevo. Cónicas de los Cazalet.

 UN TIEMPO NUEVO

CRÓNICAS DE LOS CAZALET


Título: Un tiempo nuevo. Crónicas de los Cazalet. 

Autora: Elizabeth Jane Howard (Londres 1923 - Suffolk 2014) escribió quince novelas que recibieron una extraordinaria acogida del público y crítica. Los cinco volúmenes de Crónica de los Cazalet, convertidos ya en un hito inexcusable dentro de las letras inglesas, fueron adaptados con gran éxito a la radio y la televisión por la BBC. La publicación del primer volumen de la saga, Los años ligeros, puso la piedra de toque de lo que se convertiría en un inmediato clásico contemporáneo y en la novela-río más importante escrita en Gran Bretaña desde Una danza para la música del tiempo, de Anthony Powell. En el año 2002, su autora fue nombrada Comandante de la Orden del Imperio Británico. 


Editorial: Siruela. 

Idioma original: inglés. 

Traductor: Celia Montolío. 

Sinopsis: Estamos en 1945, la guerra ha terminado. El momento, tan anhelado por los Cazalet, ha llegado finalmente, pero una Inglaterra atormentada por las privaciones y la desintegración del Imperio ensombrece la emoción por la noticia. En Home Place, la Navidad tendrá este año un sabor agridulce: el de la luminosa promesa de una nueva era, el de la añoranza de una época que no habrá de volver. La convivencia forzada toca a su fin y la recobrada libertad obliga a que cada uno elija su propio camino. Y en esa difícil reorganización, los chicos llevan ya pantalón largo, las niñas se han convertido en mujeres, las parejas separadas por las armas luchan por recomponerse, mientras que aquellas que durante el conflicto permanecieron unidas tal vez deban ahora reconocer su fracaso... Un futuro incierto, una pátina de melancolía que parece recubrir todas las cosas y, sin embargo, también ese esperanzador viento que reaviva la confianza en un nuevo tiempo. 

Su lectura me ha parecido: ágil, sin perder el ritmo, igual de interesante, con una mayor empatía hacia los personajes, esperanzador, tal vez el volumen más intenso de toda la saga... Hay veces que una lectura llega a tus manos y pasa, no hasta el punto de usar la muletilla "sin pena ni gloria", pero sí con la sensación de que has quemado una etapa más, un volumen más antes de culminar con el esperado final. Algo que, para bien o para mal, ocurre en casi todas las sagas literarias. Sin embargo, para mi sorpresa, la cuarta entrega de las Crónicas de los Cazalet, con el paso de los meses, se ha ido revelando como una lectura más próxima a nuestro tiempo que muchas de las que ahora copan las estanterías por tratar temas relacionados con la pandemia que actualmente se cierne sobre nuestras cabezas, bolsillos y deseos frustrados. Como si de una maravillosa casualidad se tratase, la novela de Elizabeth Jane Howard centra las aventuras y desventuras de una de las familias más famosas de la literatura británica en un contexto muy concreto que invita a establecer pertinentes paralelismos. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, Inglaterra amaneció eufórica. Muchos fueron los que se lanzaron a las calles, corearon el himno y mostraron, con pecho henchido, lo orgullosos que se sentían de pertenecer a su país. Sin embargo, a su alrededor, las secuelas de los bombardeos todavía persistían en forma de esqueletos de ladrillo, piedra y hierro donde antes habían viviendas, escuelas o aquellos primeros centros comerciales. Paisaje al que se añadiría una profunda crisis económica, moral y de subsistencia que retrasó unos cuantos años la plena recuperación. Por no hablar de que, en el lejano horizonte, comenzaba a vislumbrarse un pequeño tornado, imparable, cargado de nuevas ideas, dispuesto a trastocar de arriba a bajo la vida de no sólo a los británicos, también la del resto del mundo. No puedo evitar pensar que, aunque no estemos en este punto - ni siquiera nos podemos sentir con el derecho a levantarnos orgullosos tal y como está el panorama - sí que podemos apreciar una luz, muy pequeña, al final del túnel mientras que, rodeados todavía de los efectos de la pandemia, tratamos de asimilar de golpe y porrazo todos los cambios (muchos de ellos inesperados) que ésta ha traído consigo. Sé que comparar la crisis de la Covid-19 con la Segunda Guerra Mundial es una absoluta locura, por no hablar de anacronismo severo. Sin embargo, quiero pensar que, salvando las distancias, en unos meses o en un año - ojalá - estaremos precisamente en ese punto. En ese instante en el que podremos gritar "victoria" pero rodeados aún de las secuelas económicas, políticas, sociales y hasta psicológicas que ésta ha dejado tras de si. Pero hasta que eso llegue queda mucho tiempo, espacio que, a las puertas de la Navidad, deberíamos rellenar con responsabilidad y lecturas como la que hoy os traigo. Repito, sorprendentemente la más próxima a nuestras actuales emociones. Un tiempo nuevo: la incertidumbre, las nuevas generaciones y la reconstrucción familiar. 


Si en la anterior entrega asistimos a uno de los finales más abiertos, dejando a la familia Cazalet - a los que con el paso de los años les he acabado cogiendo cariño - en los estragos de la Segunda Guerra Mundial, Un tiempo nuevo (tal y como anticipa su propio título) nos sitúa en el momento en el que se pone punto y final a dicho conflicto bélico, a siete años de cruentos enfrentamientos, y sobre todo, al mayor genocidio acontecido en suelo Europeo hasta ese momento. Londres y la euforia tras la guerra protagonizan unas primeras páginas realmente intensas, hasta el punto de que la autora logra a través de su pluma que el propio lector se contagie del sentimiento de unión, del gentío, de los ríos de gente inundando las principales plazas y de ese patriotismo tan común en el pueblo británico cuando la adversidad se antepone a la positividad. Sin embargo, no es ahí donde encontramos a los Cazalet, sino en la ya famosa mansión de Home Place, frente a la agitada costa de Brighton. Un hogar afectado por la contienda que, si Confusión vimos como ésta se transformaba en un improvisado hospital así como en un lugar de almacenaje de víveres, ahora recobra poco a poco su esencia, esa pizca de sofisticación que tanto nos enamoró en el primer libro de la saga. Un tiempo nuevo es la historia de un hogar, pero también de sus habitantes que, forzados o no por las circunstancias, se han visto obligados a convivir durante los años más aciagos del conflicto, alejados de las bombas que asolaban a la capital pero sin escapar de la tragedia y de los desastres de cualquier contienda. Tal vez esta cuarta entrega de la Saga de los Cazalet sea, precisamente, la más emotiva. De hecho, cuando rememoro su lectura sólo me vienen a la cabeza las palabras "emoción" y "esperanza". En primera instancia, la emotividad de su lectura viene dada por una mayor familiaridad con cada uno de los personajes. Los vas conociendo más, ya tienes a tus favoritos, a los que te caen mal, los que desearías que les fueran mejor las cosas, los que directamente tirarías por un puente (aunque en este caso a tanto no llego) y tras un intenso suspenso en las vidas de cada uno de los miembros de esta extensa familia - con el Brigada y la Duquesita a la cabeza - es hora de que cada uno recomponga su vida o inicie la senda de su propio camino. Habrá quien lo tendrá más fácil, otros no tanto y quienes, ante su valentía y atrevimiento a la hora de afrontar los cambios que depara el futuro más inmediato, aplaudes sin dudarlo. Unos se adaptarán mejor, otros con mayor dificultad y otros, como los más mayores - esa generación que protagonizó las dos primeras entregas - los observarán con cierto escepticismo. Si algo llama la atención de Un tiempo nuevo es el hecho de que asistimos a una mayor presencia de los personajes masculinos en la trama. Si en Confusión eran ellas las protagonistas, en esta entrega serán ellos los que protagonicen los conflictos más notorios. La rima con los tiempos en los que se ambienta la novela es más que evidente, pasamos de una época en la que las mujeres ganaron protagonismo y peso - en parte gracias a que los hombres fueron a combatir al frente y fueron ellas las que asumieron sus trabajos en los pueblos y ciudades - a una en la que lo masculino retorna y los modelos de familia tradicional de entonces se anclan en la sociedad. En lo que a cuestiones de estilo se refiere, Howard no pierde ni el pulso, ni el sosiego cuando toca, ni la intriga cuando la historia lo exige. Al fin y al cabo, estamos ante una de las reinas del "salseo" British del siglo XX. 


Últimamente en internet - y sobre todo en las redes sociales - no paro de leer reflexiones y demás opiniones respecto a dos temas literarios. El primero de ellos es el de todos los años: las múltiples listas de los mejores libros del 2020. Recordemos, el año de la pandemia, del confinamiento, de las mascarillas, el gel, las distancias de seguridad, los aforos, los cierres perimetrales, de fronteras, de abrazos contenidos, de besos en la distancia, de videollamadas, de visivilización de la precariedad laboral, del paro, de la soledad, de la frustración, de la muerte... En definitiva un año para olvidar en el que, paradójicamente y en lo que a literatura se refiere, se han publicado y leído libros realmente buenos, de esos que sorprendentemente no te esperas encontrar en las listas más valoradas. Por otro lado, en segundo lugar, últimamente veo y leo a muchos lectores con la necesidad de leer novelas amenas, divertidas, entretenidas, cuyo tema principal no sea un dramón, ligeras... En otras palabras una novela "feel good" de toda la vida. De hecho son el tipo de libros más preguntados en librerías, los más solicitados, comprados, regalados y leídos; sobre todo en las fechas en las que estamos. Este fenómeno no es casual, ya que llevamos un añito de aupa y - a pesar de que todavía existen masoquistas literarios en el mundo, entre los que se encuentra una servidora - la mayoría de letra heridos no quiere ni sufrir, ni comerse la cabeza con una sesuda reflexión, ni asistir a dramones de lágrima fácil. Lo que quieren es despejarse, que le cuenten historias divertidas, capaces de distraerles, hacerles reír o evadirles de una realidad que parece haber superado a la ficción. Nada de política, economía, antropología, terror o de ciencia ficción (y menos aún si son distopías o si en su sinopsis contiene la palabra "pandemia", "virus mortal" o "desabastecimiento"). Cuanto menos quebraderos de cabeza mejor. Jane Austen, a finales de siglo XVIII, era la reina del "feel good" Georgiana en este caso. De esas historias plagadas de salseo amoroso que todavía consiguen que te quedes anclado al sofá o a la cama durante horas. Novelas en las que el drama cobraba proporciones exageradas y casi cómicas, en donde los problemas de las clases más pudientes de la época se ridiculizaban y en donde las mujeres se alzaban como las grandes y complejas protagonistas que eran. Libros que, en última instancia, invitaban a que pasase la luz a través del cristal. Justo lo que Elizabeth Jane Howard, dos siglos después, consiguió con su famosa saga. Una suerte de Comedia Humana adaptada a la idiosincrasia británica, con su justa dosis de humor, enredos varios y esperanza, mucha esperanza. Esa segunda palabra que revoloteaba en mi cabeza mientras escribía la presente reseña. Porque es precisamente eso, y no otra cosa, lo que mucha gente necesita, esperanza. Esperanza en que todo esto pase y que volvamos, gracias a varias vacunas, a eso que había ante de marzo. Y si no lo conseguimos del todo, al menos que podamos acariciarlo con la yema de nuestros dedos, suavemente, sintiéndonos igualmente vencedores, como los ingleses tras la "V" de Churchill, como nosotros cuando la aguja traspase la piel. 

Un tiempo nuevo: una historia de cambios, resistencias, ímpetus, vidas que echan a andar, puertas que se abren, puertas que se cierran... Una magnífica preparación para el colofón final que, esperemos, sea memorable. 


Frases o párrafos favoritos: 

"Aunque la guerra había terminado, daba la sensación de que era la última Navidad de la guerra, y en ciertos aspectos no fue muy distinta. Todavía era difícil conseguir comida, aunque Archie se las apañó para traer dos lomos de salmón ahumado, pero con veinte comensales (Simon trajo a un amigo de la universidad que no dijo ni pío salvo para hablar de Mozart) ni si quiera con eso bastó. Estaban todos menos Louise, que se había ido a Hatton, y Teddy y su esposa, que aún no habían vuelto de Estados Unidos. A los niños más mayores los mandaron en bloque a dormir a Mill Farm, con Rachel y Sid a la cabeza, pero a las horas de las comidas, a excepción del desayuno, la familia entera convergía en Home Place."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Siruela

lunes, 14 de diciembre de 2020

RESEÑA: Kuessipan.

 KUESSIPAN


Título: Kuessipan. 

Autora: Joan Fontaine (Uashat, Canadá, 1987) es una escritora canadiense perteneciente a la nación algoquiana innu. Nacida en la reserva de Uashat, con siete años se trasladó junto a su madre a la ciudad de Quebec, donde terminó su formación, realizó estudios universitarios de creación literaria y actualmente vive junto con su hijo. Ha publicado dos novelas: Kuessipan, que tuvo un gran impacto, con una mención al Premio de los Cinco Continentes de Francofonía, y Manikanetish, inspirada en sus alumnos adolescentes de la reserva de Uashat. Es coodirectora de la antología literaria de las Primeras Naciones Tracer un chemin: Meshkanatsheu. Fue una de las "mujeres del año" de la edición quebequesa de Elle y "revelación del año" de la revista especializada Les Libraires. 


Editorial: Pepitas de Calabaza. 

Idioma original: francés. 

Traductora: Lucia Lucuix

Sinopsis: Kuessipan evoca la vida cotidiana en la reserva innu de Uashat. Con una escritura altamente poética, luminosa, de una sensibilidad muy femenina y con un componente reivindicativo exento de cualquier tipo de cólera, Naomi Fontaine habla de lugares, de rostros conocidos y amados. De cazadores nómadas. De pescadores nostálgicos. De vidas al rededor de una bahía que refleja las cosas de la tierra. De liebres. Del pan tradicional. De rituales. De tambores de piel de caribú. De niños que crecen. De ancianos que se reúnen para recordar el pasado. De salmones. De abetos. De barreras invisibles e invisibles. De placeres efímeros. Del alcohol que todo lo mata. De viajes en tren. Y, sobre todo, de la certeza de que la vida es un conjunto de piezas que hay que ensamblar para que surja la magia. 

Su lectura me ha parecido: cruda, intensa, de lectura pausada, fragmentaria, dura en su desnudez, bella en sus vaivenes poéticos, ligeramente reivindicativa, como congelada en el tiempo... Este año, más que nunca, las ganas de marcharme a un lugar solitario han aumentado. Un sitio en el que el bosque quedase a pocos kilómetros. En donde los frondosos senderos se abrieran ante mí como mágicos pasillos sacados del cuento más hermoso. Donde el agua formara un espejo cuando el invierno azotase con toda su rabia. Donde las hojas cristalizasen, las piedras temblaran y las chimeneas humearan. Un lugar donde la tierra creciera, dejando al descubierto una paleta de colores que los urbanitas desconocen por completo. Con esos tonos anaranjados, verdes, ocres y violetas cuando la primavera decide abrir la puerta. A veces me despierto con la humedad del campo pegada a la nariz en una de las muchas alucinaciones somnolientas, esas que no consigues probar su veracidad o falsedad, esas que tanto deseas en el fondo pero que se escapan, como dientes de león, entre tus manos. Sorbes el café, frente a ti, la ventana te ofrece un campo de hormigón armado. Pero tú ansías ver un manto mojado, la lluvia resbalarse por entre las hojas y los atisbos de una incipiente niebla. Un fantasmagórico paisaje que, en lugar de atemorizarte, inunda de regocijo una tarde de escritura altamente productiva. Mi Cumbres borrascosas ideal, sin Heathcliff y sin todo el melodrama, sería algo parecido a las Highlands escocesas o las Hébridas. Esas islas en el fin del mundo, aisladas de cualquier peligro, problema, temor. Con el faro que tan bien describió Virginia Woof en una de sus más logradas novelas como guía y las rocas de Storr arañando el grisáceo cielo. Así son los sueños, bonitos, perfectos, idealizados hasta la extenuación. A la hora de cogerlos de la mano, bajarlos a la tierra, sumergirlos en las aguas del barreño y observar la aplastante soledad que te rodea, de pronto ya no ves con malos ojos las vistas al patio interior o al descampado inundado tras la tromba de agua. Nada como un buen baño de realidad para entender que los lugares más fríos, remotos y con tradiciones aún entroncadas con un pasado tan remoto como las leyendas que pueblan su imaginario no están exentos de su lado menos atractivo y áspero. El turismo y el capitalismo nos han educado así y tal vez, sobre todo en los tiempos que corren, ya va siendo hora de volver a atrás y deshacer lo aprendido para ofrecer una perspectiva más realista y, por supuesto, con el conocimiento de la realidad y del día a día de quienes habitan dichas zonas. En esta reseña no os voy a hablar ni de las Orcadas, ni de la isla de Skye, sino de algo menos conocido: la reserva de Uashat. Un pedacito de tierra canadiense donde cazadores nómadas e instrumentos antiquísimos conviven con una cotidianeidad bañada por el poco reconocimiento, la nieve, la depresión y los sueños de quienes sólo desean prosperar fuera de sus invisibles muros. Kuessipan: una canción helada, un testimonio ardiente. 


Al asomarse por vez primera a esta novela fragmentaria - de una libertad estructural alucinante y que ya va siendo habitual en la literatura en general - una tiene la sensación de estar viviendo un autentico privilegio al alcance de muy pocos. Es como si la propia Naomi Fontaine - autora del libro - no pusiera resistencias a la llegada de inquietos lectores al lugar de donde proceden sus más profundas raíces, pero con una importante advertencia previa. Para que éste sea consciente de que lo que está a punto de leer no es la imagen más idílica ni de la nieve, ni del frío, y por supuesto, ajena a cualquier tipo de blanqueamiento de la situación de su comunidad dentro del grandísimo país como es Canadá. Sin embargo, lo que te encuentras nada más lees la primera página es poesía, denuncia también, pero sobre todo poesía, encerrada en un témpano de hielo, pero lírica al fin y al cabo. Su estructura en pequeños párrafos (algunos de ellos no llegan a ocupar la página entera) narrándote en cada uno de ellos la cotidianeidad o pequeñas historias ambientadas en Uashat - reserva innu situada en Quebec y a la cual pertenece la escritora - ayuda a que los recursos propios del verso fluyan de manera ágil a ojos del lector. Sintiéndose, por un lado, abrumado ante las emociones que Fontaine es capaz de transmitir a través de un magistral talento para la ambientación y la condensación de lo mejor y lo peor del alma humana, y por otro tristeza, impotencia, una pelota de lana en el estómago. En Kuessipan, Fontaine no busca la lágrima fácil - aunque algunos de sus relatos bien podrían merecerlas - sino una emoción en pequeñito, íntima, pero cuyo carácter trascendental acaba provocando un torrente de sensaciones gratificantes en el lector. La dualidad modernidad-tradición están muy presentes en la novela, hasta el punto de que considero que ese y no otro es el verdadero vehículo del texto, lo que lo engrandece, en otras palabras, su razón de ser. Rimando, de este modo, con una de las corrientes literarias de más actualidad. En los últimos años ha acontecido una especie de boom de lo que se conoce como "literatura rural" o "ruralismo literario". Movimiento literario que, aunque por desgracia ha acabado derivando en una moda que no ha hecho sino banalizar o tirar por tierra la grandeza estilística de los primeros libros, ha conseguido revitalizar temas que creíamos arcaicos o superados como la vida en el pueblo, el trabajo en el campo, la idea de ruralidad, lo determinante de los orígenes, el éxodo (esta vez a la inversa, de las ciudades al campo), las relaciones intergeneracionales (en especial con los abuelos) y evidentemente la reivindicación de estos lugares no sin su correspondiente baño de realidad y crítica a las costumbres más intolerables. En otras palabras, y por poner como referencia a nuestro país: los Delibes de la generación Millenial. Respecto a Naomi Fontaine, si bien por edad correspondería de pleno con esta nueva ornada, en cuanto a estilo se aleja del costumbrismo casi cañí - al que aquí le hemos puesto un altar desde el punto de vista tanto literario como cinematográfico - para ahondar en la introspección, en la fragilidad y en lo inquebrantable, como ese hielo que no parece derretirse, como esos tambores de caribú, como esas leyendas que sobreviven al paso de los siglos, como esos ancianos que, nostálgicos de tiempos pasados, se niegan a abandonar las costumbres de su pueblo, las cuales la metrópoli trató en su momento de arrebatarles. En Kuessipan los niños maduran demasiado pronto, las adolescentes se quedan embarazadas antes de la mayoría de edad, los cazadores aún son nómadas, los árboles parecen conversar con los humanos, la depresión inunda la mente de quienes no soportan vivir allí y la soledad se torna en la compañía más desasosegante. Como veis, nada que ver con lo nuestro, con ese carácter extrovertido, el color o el sello "typical spanish" pero, al mismo tiempo, entroncados en lo que no se ve o no queremos ver. 


Lejos de una mirada autocompasiva o extremadamente beligerante, Naomi Fontaine - a pesar de ser ella misma una escritora indígena nativa de la reserva de Uashat - ha decidido enfocar su Kuessipan hacia, en primer lugar, la desmitificación de la vida en lugares como el que la vio nacer, mostrando su realidad desde la más absoluta franqueza (no exenta de una exquisita poesía, como ya hemos comentado), y en segundo lugar, homenajear todo aquello que hace único a Uashat. Su texto parece congelado en el tiempo, tanto en su brevedad como en su intencionalidad expositiva, en unos recuerdos de niña y adolescente, en historias verídicas o procedentes de la imaginación cuyo deshielo sólo compete al lector de turno. Para ella, el legado de su pueblo es universal: desde las manos hundidas en la masa de pan hasta los secretos que esconde la bahía, pasando por los muchos rituales o el pequeño riachuelo congelado por el frío. A su vez, Kuessipan se alza como una novela altamente política, en su implícita crítica, no tanto al colonialismo o a la pérdida de la identidad, como a esos hombres y mujeres perdidos, habitantes de un mundo cada vez más cambiante, rápido, globalizado que busca la renovación constante antes que la pausa. Una disociación que se critica a través de la inexistencia o fracaso del Mito del Buen Salvaje. De este modo Naomi Fontaine ofrece una panorámica en la que asistimos a una idea caduca del romanticismo nómada frente a una supervivencia cada vez más desesperada. Como si estos hombres y mujeres viviesen en una capsula temporal y al mismo tiempo en una realidad que les impide día a día ejercer sus trabajos - por muy rudimentarios, duros o desfasados en tecnología que sean - o incluso manifestar su identidad cultural. No debemos olvidar que los Innus fueron los primeros pobladores de Canadá y que de un tiempo a esta parte, son los principales afectados laboralmente, políticamente, económicamente y hasta psicológicamente de las consecuencias adversas de la reubicación. Porque todo sea dicho, a los Innus, al igual que tantas y tantas tribus indias de Norteamérica, fueron invadidos por los colonos - en este caso Franceses - en algunos casos masacrados y posteriormente expulsados de sus tierras ancestrales para vivir en reservas alejadas de sus lugares de origen. De hecho, dadas estas circunstancias, no me extraña que en muchos de estos lugares la depresión y el alcoholismo estén casi a la orden del día. Al mismo tiempo que existe esta frustración como comunidad, también podemos observar como los problemas de la globalización afectan más si cabe a su forma de vida, como el paulatino declive de la pesca y la caza tal y como las habían ejercido tradicionalmente, así como los efectos de la contaminación y un exacerbado ocio hacia el nido, sobre todo por parte de los más jóvenes o de los que quieren escapar de ese microcosmos antes de darse a la bebida para evadirse de su desgracia. Sin embargo, en todo paisaje helado el sol acaba saliendo, aunque sea tras los blancos tejados, rebotando en los lagos, entrando por puertas y ventanas. En definitiva, que la ternura se antepone a la dureza de la vida, o eso es lo que Naomi Fontaine quiere que extraigamos de Kuessipan. No es un mensaje extraído del último best seller de autoayuda, tampoco una frase motivadora con la que podemos toparnos en redes sociales. Simplemente es una pequeña esperanza, un reconocimiento un bello optimismo que el observador - o lector - más inteligente podrá hallar en el lugar más deprimente. En el invierno más crudo, asfixiante, expectante al surgimiento de una nueva primavera. 

Kuessipan: una historia de identidad, tradición, cazadores, ancianos contadores de historias, botellines de cerveza, existencias desorientadas, paso del tiempo, amistades, maternidades, cabañas en medio del hielo... Un libro para masticarlo, digerirlo, pensarlo y repensarlo. 

Frases o párrafos favoritos: 

    "Los recalcitrantes se cierran en banda, se enfrentan a la autoridad. Su combate: criar a la carne, educarla para que se conviertan en hombres, en mujeres, en una nación que se les parezca, que no dominará, que subsistirá, que vivirá. 
    El anciano de piel blanca se ha vestido con sus plumas y sus ropas de colores. Se ha puesto sus mocasines. lo que hace de él un indio. Pipa en mano, irá a parlamentar con el jefe del Estado." 

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Pepitas de Calabaza