Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

miércoles, 13 de abril de 2022

RESEÑA: Como cambia el mar.

 COMO CAMBIA EL MAR


Título: Como cambia el mar. 

Autora: Elizabeth Jane Howard (Londres 1923 - Suffolk 2014) escribió quince novelas que recibieron una extraordinaria acogida del público y crítica. Los cinco volúmenes de Crónica de los Cazalet, convertidos ya en un hito inexcusable dentro de las letras inglesas, fueron adaptados con gran éxito a la radio y la televisión por la BBC. La publicación del primer volumen de la saga, Los años ligeros, puso la piedra de toque de lo que se convertiría en un inmediato clásico contemporáneo y en la novela-río más importante escrita en Gran Bretaña desde Una danza para la música del tiempo, de Anthony Powell. En el año 2002, su autora fue nombrada Comandante de la Orden del Imperio Británico. 


Editorial: Siruela. 

Idioma original: inglés. 

Traductora: Raquel G. Rojas. 

Sinopsis: Catorce años después de su muerte, el recuerdo de su hija Sarah persigue aún al famoso dramaturgo Emmanuel Joyce y a su esposa Lillian. Acompañados siempre por Jimmy - el devoto representante de Emmanuel -, el matrimonio viaja continuamente de ciudad en ciudad, recurriendo a distintas estrategias para sobrellevar la pérdida: él seduce a todas sus secretarias y ella coloca las fotos de su hija en el tocador de cada nuevo hotel en el que se alojan. Hasta que, la víspera de su partida a Nueva York para seleccionar el reparto de su próximo montaje, un incidente con la última conquista del dramaturgo les obliga a encontrar de inmediato una sustituta. Cuando Alberta Young, hija de un clérigo de Dorset, llega a la entrevista con un ejemplar de Middlemarch bajo el brazo, las vidas de todos ellos no volverán a ser las mismas nunca más. 

Su lectura me ha parecido: ágil, ligera, elegante, hermosa en sus descripciones atmosféricas, con una capacidad de enganche marca de la casa, seductora, amable a pesar del sufrimiento de sus personajes, capaz de pasar del glamour a lo mundano sin mucho esfuerzo, con toques muy a lo F. Scott Fitzgerald... Hace unas semanas, para alegría de muchas y muchos, que los fans de las películas-novelas inglesas de época en las que se narran problemas de ricos en contraposición a los problemas de los que los cepillan, visten y alimentan en ese submundo dentro de enormes mansiones victorianas podemos disfrutar de Downton Abbey de nuevo. Ya sea con puntualidad, nunca mejor dicho, inglesa - sobre las 16:00h en TVE - o en diferido para quienes, como una servidora, no tenemos tiempo de descansar a esas horas frente al televisor en su correspondiente página web o canal gratuito de streaming. Y mira que un tiempo a esa parte accedo a dichos productos literarios y audiovisuales con cierto recelo, ya que cada vez me escama más esa imagen de los marqueses-condes-duques-nuevos ricos provistos de una excesiva amabilidad y gentileza que dista mucho de lo que en realidad sucedía en aquellas épocas históricas. No obstante, hay algo en ellas que siempre me acaba embaucando, sin llegar a convencer, pero sí a querer seguir la pista de la lady en sus infructuosos intentos por encontrar un buen marido, de ese criado mal encarado con oscuras intenciones o de esa doncella enamorada del ayuda de cámara que le saca como veinte años (algo que sinceramente, comentario random, no llegaré a entender). Y ese algo tiene que ver con un guion muy bien pensado, escrito e interpretado frente a las cámaras. Un texto que, a pesar de revestirlo de clase y rigor histórico, no está muy lejos de los melodramas de sobremesa que muchos nos hemos comido con patatas fritas. Adorándolos pegados al televisor si son medianamente decentes, usándolos como ruido ambiental mientras hacemos otras tareas si lo que nos narran no tiene sentido alguno o durmiéndolos si la cosa ya no se sostiene. Algunos de ellos los recomiendo encarecidamente para coger el sueño si quieres echarte una siesta. Como dirían las generaciones que nos antecedieron: mano de santo. Con esta resaca de tacitas, recibimientos multitudinarios al pie de la abadía  y líneas de guion que jamás pronunciarías en la vida real afronto la reseña de la presente novela. Escrita por un autora que, gracias a Las crónicas de los Cazalet - la madre de lo que Julian Fellowes llevó a la televisión británica allá por el 2010 - consiguió que me renganchara a un tipo de ficción que, a pesar de que lo extremadamente perturbador sea lo que bombeé mi sangre, también tengo hueco para una buena dosis de cortesía al más puro estilo british. Así que, bienvenido sea, aunque con notables diferencias al universo cazaletiano. Como cambia el mar: secretos, apariencias y tragedias familiares entre el champagne neoyorquino y el turquesa de la costa griega. 


Aunque yo me esperaba encontrarme aquel resquicio del estilo que hizo tan grande a la saga de Los Cazalet, lo cierto es que una servidora se sorprendió al toparse con algo más complejo, más maduro, más interesante a nivel de forma. La propia trama ya nos avanza el gran cambio: un dramaturgo mujeriego, una esposa que no supera la muerte de su hija, el drama que sobrevuela cada escena, una secretaria amable, un atormentado escritor, una glamurosa ciudad de los rascacielos, el paraíso mediterráneo a las faldas de los templos clásicos... Si bien es cierto que ese punto donde convergen el entretenimiento literario con el "salseo" está presente - si no no estaríamos hablando de Elizabeth Jane Howard - la verdadera sorpresa se hace patente desde dos aspectos fundamentales y que, como ya he comentado, la propia sinopsis nos sirve como preludio de esta gran ópera narrativa. Por un lado, tenemos la parte estilística con la que la autora ha venido a jugar con el lector, mostrando el gran potencial del que es poseedora, para envidia sana de quienes queremos dedicarnos al noble arte de la escritura. Alternando, no solo narradores, también los formatos a través de los cuales articulan su discurso y, en definitiva, su propio punto de vista de la historia. Mientras Lillian (la esposa) y Jimmy (el fiel ayudante) adoptan una íntima primera persona, Alberta (la secretaria) lo hace a través de larguísimas y detalladas cartas. Muy al contrario que Emmanuel (el marido) cuyas acciones, pensamientos y sentimientos se nos muestran desde un distante narrador omnisciente. Esto no solo eleva las expectativas en cuanto a experiencia lectora, sino que además aporta personalidad y profundidad a los personajes. Gracias a ello, podemos situarnos en la trama, así como ante las distintas psicologías que muestran cada uno de los personajes. Y al rededor de todos ellos: el trauma. La muerte de Sarah, esa hija cuya dolorosa ausencia que ha puesto patas arriba el matrimonio entre Emmanuel y Lillian, poniendo en evidencia la disparidad de opciones a la hora de asumir el duelo o enfrentarse a la terrible realidad que los azota, como las espumosas olas del Mar Egeo. Si Emmanuel apacigua la tristeza coleccionando amantes mientras prepara su próximo estreno teatral, Lillian no se despega de su recuerdo, llevando consigo fotos de Sarah allá donde van, pensando que dicha acción apaciguará su desazón. Este clima, por supuesto, acaba afectando tanto a Alberta - el ser de luz de la novela - y a Jimmy - cuya lealtad con Emmanuel se tornará crítica. Además de este armazón narrativo que le otorga una dimensión más amplia y profunda, el otro gran aspecto que varía respecto a lo que ya conocemos de la autora es precisamente ese cambio de escenarios. Abandonamos Brighton para meternos de lleno en lado más acaudalado y cosmopolita de la ciudad de Nueva York, así como en la belleza terrenal de un lugar como Hidra - donde encontramos la ambientación más ensoñadora y cálida - sin olvidarnos de un Londres que dista del descrito en la saga de Los Cazalet. Howard abre escenarios, amplía horizontes, hasta coquetear con lo mejor de Francis Scott Fitzgerald, especialmente cuando dejaba de lado la inclemencia de la gran urbe y se refugiaba en el sofocante Mediterráneo. Y es que la novela de Howard no hace sino recordarme a aquel matrimonio protagonista de Suave es la noche. Novela en la que, las noches de la Riviera Francesa amparan una crisis matrimonial agravada por desencuentros y la enfermedad. Cambia la Costa Azul por esa Grecia de columnas jónicas y pueblos de paredes de cal y obtienes como resultado una revisión pertinente de un clásico a reivindicar. No sé si la insaciable inquietud lectora me regalará un nuevo encuentro con una autora a la que le tengo que agradecer largas tardes de entretenimiento puro. Ojalá nuestros caminos se vuelvan a cruzar, aunque sea de forma breve. El mundo necesita historias que, a pesar de ahondar en la pérdida y en la desintegración matrimonial, nos regalen momentos de calma, sosiego y adicción a la palabra escrita. 

Como cambia el mar: una historia de tensiones, paisajes de ensueño, crisis creativas, pérdida, duelo, luz, desencuentros, inflexión, perspectivas... Elizabeth Jane Howard, más allá de los muros de Home Place, es una autentica delicia. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Estamos en Atenas, el aire es blanco y polvoriento, todas las carreteras parecen atestadas, hay edificios que se están construyendo, y el tráfico va o bien a toda velocidad o con una lentitud desesperante (...) El aire parece una cortina caliente que me cae sobre la cara, y me pregunto por qué quería venir aquí y cuando podremos dejar este sórdido caldo de calor, asfalto deslumbrante y cenizas de la Antigüedad, todo mezclado sin ningún criterio y cocido a fuego lento con nubes de polvo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Ediciones Siruela

sábado, 2 de abril de 2022

RESEÑA: Érase otra vez. Cuentos de hadas contemporáneos.

 ÉRASE OTRA VEZ

CUENTOS DE HADAS CONTEMPORÁNEOS


Título: Érase otra vez. Cuentos de hadas contemporáneos. 

Autora: Ana Llurba (Córdoba, Argentina, 1980). Ha publicado Este es el momento exacto en el que el tiempo empieza a correr (I Premio de poesía joven Antonio Colinas, 2015), La puerta del cielo (2018, novela), Constelaciones familiares (2020, cuentos) y Hemoderivadas (2022, novela). Licenciada en Letras Modernas por la UNC, Argentina, ha cursado el máster en la Teoría literaria y otro en Edición por la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente trabaja en el sector editorial, escribe para varios medios, coordina talleres de lectura y escritura, y vive enfrente de una estación de servicio en un barrio algo desangelado al noreste de Berlín. 


Editorial: WunderKammer. 

Idioma: español. 

Sinopsis: Pocas expresiones tienen el poder performativo de "Érase una vez...". Como una invocación mágica, esta frase inaugural nos invita a adentrarnos a los horizontes narrativos tan arquetípicos y previsibles, de los cuentos de hadas. Huérfanas maltratadas por madrastras y hermanastras. Princesas narcolépticas abusadas por sus príncipes. Seres anfibios que renuncian a sus dones naturales por amor. Hadas celosas que castigan con sus hechizos a reinos enteros. Princesas acosadas sexualmente por sus propios padres. Niñas que mueren de frío, mutiladas o devoradas por elegir el "camino equivocado". Estos son algunos de los temas de las versiones originales de los cuentos clásicos que han sido revisados a lo largo del siglo XX. En este ensayo, Ana Llurba traza un itinerario por las relecturas que se han realizado en la literatura, el arte y el cine, para abrir nuevas expectativas y proyecciones de futuro; algo más que finales alternativos para viejos comienzos. 

Su lectura me ha parecido: ameno, sencillo, crítico, con un palpable carácter divulgativo, reflexivo, bibliográficamente sólido - aunque con estos chaiers es inevitable pedir un poquito más - feminista, abierto en cuanto a sus horizontes intelectuales... No sé si lo he contado alguna vez - y si no es así, ojo, estamos ante la mayor primicia de este espacio de debate y opinión - pero el "nick name" o "pseudónimo blogger" que adopté durante una buena parte de mis inicios en este inestable, precario y noble terreno que es la crítica literaria se lo debo única y exclusivamente a Andrés Barba. Autor madrileño nacido en 1975 y que tiene en su haber novelas como Las manos pequeñas - de lo más deliciosamente perturbador que he leído en mucho tiempo - o República luminosa - al que le quiero hincar el ojo más pronto que tarde - ya me cautivó muchísimo antes de la existencia de este espacio. De hecho, se podría decir que sin ese personaje que inventó en aquel maravilloso cuento infantil titulado Historia de nadas, probablemente habría tirado por otros más convencionales, menos llamativos, más recurrentes tal vez. Pero no tan originales y con esa rima como lo es "Jimena de la Almena". Parece mentira pero, en su momento, fue uno de aquellos personajes de cuento con el que no esperabas toparte en un formato así. Una princesa, eso estaba claro, a la que, a pesar de encontrarnos en un rol bastante cuestionable en un primer momento - pasivo y a la espera de ese príncipe azul que la rescatara de la almena en la que vivía recluida - se nos revela como una niña que no quiere ser ni princesa ni llegar a reinar en algún momento. A ella lo que de verdad le pirraba era el futbol, jugar a la pelota, correr, meter un gol y celebrarlo como toca: recorriendo el campo de banda a banda en una nube de jolgorio. Cierto es que, aunque los estereotipos de amor romántico tóxicos se mantenían, no podía parar de pensar en el futbol como elemento disruptivo y a la vez de una interesante modernidad que tan bien acoplaba a la historia. De nuevo, valores y contravalores. Tenemos por un lado la perpetuidad del mito del caballero andante cuya única misión es liberar de las garras - en este caso de las de unos padres excesivamente estrictos - a su amada, al tiempo que aportamos un gesto que hoy podríamos definir como feminista al otorgar a la coprotagonista de unos gustos, hasta ahora, relacionados con un ámbito extraordinariamente masculinizado. Como veis, y aunque no pueda evitar en sonreír cada vez que recuerdo las imágenes y sensaciones que me provocó la lectura de dicho cuento en mi transición a la adolescencia, hasta en los relatos más contemporáneos o cercanos a nuestro tiempo - quiero pensar que más inclusivo, antirracista, antifascista y feminista - contienen trazas que nos obligan como lectores a replantearnos la sociedad en la que vivimos y, sobre todo, qué mensajes se han ido inculcando generación tras generación a través de inocentes niñas que caminan por el bosque, cestita en mano o de mujeres que solo se despiertan con el roce de los labios del hijo pródigo, aka el príncipe azul de turno. Érase otra vez: una nueva, y más terrorífica, vuelta de tuerca a los cuentos que te contaban cuando eras pequeña/o. 


A pesar de que, lo he comentado en más de una ocasión, la colección cahiers que con tanto mimo y criterio edita la editorial WunderKammer - si no la conocéis ya estás tardando en googlear y alucinar con su catálogo - busca iniciarnos más que instruirnos. Lo cierto es que con este cahier en particular (al que le siguieron otros igual de sugestivos como el de Esther Peñas y Juan Vico) una servidora ha visto recompensado su fanatismo lector en lo que a las revisitaciones realistas, sugestivas y con ese toque perturbador de los relatos de hadas infantiles se refiere. Ana Llurba - editora, redactora y autora de novelas que coquetean con lo fantástico y que Aristas Martínez ha editado para nuestro goce y disfrute - no ha sido ni la primera ni la única. De hecho, si hay una autora a la que debemos pleitesía y que merece ser nombrada en este preciso instante esa es Angela Carter quien, mucho antes de que Llurba y tantas otras escritoras reflexionaran o adaptaran cuentos clásicos a la más rabiosa de las actualidades, ya estremeció con su volumen de relatos La cámara sangrienta. En él, la autora inglesa revitalizó cuentos como La bella y la bestia, El gato con botas o La reina de las nieves otorgándoles una estética gótica y un mensaje más feministas tomando como inspiración el psicoanálisis y la obra del Marqués de Sade. Aunque tanto Angela Carter como otras diosas del Olimpo de la literatura de terror - la coetánea Shirley Jackson y otras más recientes de la talla de Mariana Enríquez, Giovanna Rivero o Carmen María Machado - aparezcan citadas en el presente ensayo, particularmente me ha interesado más el tema principal al rededor del que Llurba articula el breve ensayo. Y es que, como bien señala: a pesar de que estas historias mágicas y plagadas de fantasía provienen en su origen de fuentes anónimas, la versión que nos ha llegado a nuestros días ha sido la reescrita por una pluma masculina. Si recordamos las palabras de Virginia Woolf en las que opinaba aquello de que "tras un anónimo siempre se escondía el nombre de una mujer" contrasta enormemente con lo que autores como los famosos hermanos Grimm los cuales, en palabras de Angela Carter pretendieron establecer una cultura unitaria para el pueblo alemán a través de una reescritura de aquellos cuentos, muy influenciados por su formación como anticuarios medievalistas y por una misoginia estructural. Llurba rastrea aquellos primeras actualizaciones - en las que por supuesto la mujer sale siempre mal parada - el cambio cultural que se produce al irrumpir el concepto de "infancia" y su deriva literaria y cinematográfica posterior. Prestando enorme atención tanto a aquellas destrucciones interesadas del relato - ejemplificadas en el caso de la factoría Disney y en la consecuente edulcoración de dichos textos que distaban mucho de los entretenimientos versallescos de la época de Perrault - así como a las nuevas perspectivas que, como consecuencia de la cuarta ola feminista, han acabado por inundar nuestro imaginario popular. Desde la moderna bella durmiente de Ottessa Moshfegh en Mi año de descanso y relajación a las sirenas nada angelicales y hartas de ser explotadas sexualmente en un club de alterne de la película The Lure de la cineasta Angineszka Smocynska, pasando por esa caperucita roja sometida por una jauría de lobos - y lobas, no se nos olvide - bajo el paraguas de una distopía llamada Gilead que tan bien contó Margaret Atwood en los años 80 y que ha encontrado su hueco en la cultura pop del siglo XXI. Como ya he esgrimido, aunque los cahiers funcionen como productos literarios para abrir boca, Ana Llurba no solo me ha hecho salivar, sino que además a reafirmado mi interés por lo truculento, lo sórdido, lo desestabilizador. También en el ámbito más intelectual. Abriendo mentes y posibilidades para nuevas interpretaciones y futuras relecturas más allá de las que ahora mismo están teniendo lugar. Así que basta de elitismos absurdos. Que la literatura, hasta ahora, aparentemente más infantilizada - a conciencia - también nos puede enseñar historia, sociología, psicología. Que los cuentos nunca fueron amables. Que hasta hace cuatro días (hasta finales del siglo XIX concretamente) los hijos se tenían para suceder, ascender o trabajar.. Que la "infancia", como la "maternidad", no existía y, por tanto, era un mundo más peligroso, hostil, violento. Y más si eras una niña perdida en medio de un bosque, obligada a desempeñar trabajos adultos (incluso aquellos más sórdidos) o con un matrimonio acordado desde la cuna. Que no, que los padres no eran tan cariñosos, ni las madres tan amorosas. No, Disney no existía en la Edad Media, y la vida era más terrorífica. Aunque visto lo visto, en algunas cosas tampoco hemos cambiado mucho. 

Érase otra vez: un ensayo sobre arte, cine, literatura, vampiros, brujas, sirenas, princesas insumisas, barbas azules, terror, perversas moralejas, nuevos horizontes... Un libro que se atreve a mirar al pasado y al presente a través de la reescritura de su cultura literaria. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Érase otra vez, no para volver a contar lo mismo, sino para atisbar nuevos horizontes y nuevas mitologías más inclusivas y, ojalá, más emancipadoras."

Frases o párrafos favoritos: 

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de WunderKammer

sábado, 26 de marzo de 2022

RESEÑA: El poder del perro.

 EL PODER DEL PERRO


Título: El poder del perro. 

Autor: Thomas Savage (Salt Lake City, 1915 - Virginia Beach, 2003) creció en un rancho en las llanuras de Montana. Estudió escritura creativa en la Montana State College. En 1980 obtuvo la prestigiosa beca Guggenheim, trece años después de publicar El poder del perro, una obra maestra instantánea y uno de los exponentes más recientes de lo que ha venido a llamarse como Literatura del Oeste americano y recientemente adaptada al cine de la mano de la directora Jane Campion. Además de El poder del perro, Savage es autor de trece novelas, entre las que encontramos Línea de medianoche (1976), El paso (1944) o Lona Hanson (1948). Ésta última también fue llevada al cine y fue protagonizada por Rita Hayworth y William Holden. 


Editorial: Alianza Editorial. 

Idioma: inglés. 

Traductor: Eduardo Hojman. 

Sinopsis: Montana, 1924. Phil y George son hermanos y socios, copropietarios del rancho más grande del valle. Cabalgan juntos, transportando miles de cabezas de ganado, y siguen durmiendo en la habitación que habían tenido de niños, en las mismas camas de bronce. Phil es alto y anguloso, George rechoncho e imperturbable. Phil podría haber sido cualquier cosa que se propusiera, George es tranquilo y no tiene aficiones. A Phil le gusta provocar, George carece de sentido del humor, pero tiene ganas de amar y de ser amado. Cuando George se casa con Rose, una joven viuda, y la trae a vivir a la hacienda, Phil comienza una campaña implacable para destruirla. Pero los más débiles no siempre son quienes uno cree. 

Su lectura me ha parecido: abrasiva, sigilosa, asfixiante, perturbadora, gráfica, tensa, oscura, con unos personajes bien cimentados, retorcida... El western, género clásico donde los haya que inconscientemente hemos acabado por asociarlo al séptimo arte gracias a directores y actores muy concretos y ya indisociables de sus formas, también es literatura con mayúsculas. Desde sus orígenes en la Norteamérica de mediados de siglo XIX, al compás de los trascendentales acontecimientos históricos que estaban teniendo lugar en el país tanto a nivel político-geográfico (el "Destino manifiesto" y la "Tesis de la frontera") así como de carácter económico-social y belicoso (la conquista del Oeste, la repoblación, la fiebre del oro, las guerras indias y el consecuente destierro de los pueblos nativos a las reservas etc...), el western se ha nutrido de las historias que emanaban de dichas experiencias y testimonios resultantes. Tomando como textos fundadores los conocidos como "cuentos de la frontera" James Fenimore Cooper, escritor de novelas de aventuras históricas, ostenta el honor de ser el primer autor en inaugurar esta tradición literaria con sus cinco novelas recogidas bajo el título Los cuentos de Leatherstocking. Escapando al anonimato y convirtiendo los montes de los Apalaches en territorio western. Entre la década de 1850 a los primeros años del siglo XX el género vive su primera gran revolución, adaptándose a los nuevos tiempos y a las necesidades de los lectores gracias a las "Dime Novels". Tomando como ejemplo los famosos y populares "Penny Dreadfuls" británicos - recordemos, historietas publicadas por entregas en revistas o periódicos generalmente ancladas en el terror más sensacionalista y sanguinario - comenzaron a proliferar pequeñas publicaciones que, por diez centavos, hicieron las delicias de aquellas primeras generaciones de masas. Los hombres de la montaña, los colonos, los indios y los forajidos que actuaban fuera de la ley eran los personajes más repetidos. Y dentro de todos ellos, los más populares fueron los que se atrevieron a friccionar a partir de personajes reales como Bufalo Bill o Billy the Kid entre otros. En los años 30 del siglo XX las revistas pulp ayudaron a la expansión del género en Europa y Asia, además de la incipiente industria hollywoodiense que, en su edad dorada, alumbró las primeras películas mudas de un por aquel entonces desconocido John Ford. Sin embargo, no fue hasta los 60 cuando el western vivió su mayor cuota popularidad, tanto en ventas de novelas - las cuales habían ganado en calidad literaria - como visionados tanto en el cine como en la televisión. Y aunque durante las siguientes décadas el género entró en declive - debido, sobre todo, a la aceptación que alcanzó el policíaco en su revisión del noir - lo cierto es que nunca ha dejado de reinventarse sin renunciar, en parte, a ese apelativo de "literatura de quiosco" que tantos se han empeñado en convertir en un insulto dentro del mundo de la literatura. Al western van asociados nombres de escritores como Jack Schafer, Louis L´Amour, Lucke Short, Cormac McCarthy Clarence Mulford o nuestro Marcial Lafuente Estefanía. También de mujeres, menos por desgracia, como Dorothy M. Johnson - quien escribió ¡ojo! El árbol del ahorcado y El hombre que mató a Liberty Valance -, Elinore Pruitt Stewart o B.M. Boyer. Y por supuesto el de Thomas Savage, escritor criado en un rancho de Montana y fallecido en el 2003 que vuelve a estar de actualidad gracias a Jane Campion y la película por la que puede alzarse este domingo con el máximo galardón de la 94 edición de los premios Oscar. El poder del perro: el atípico y sibilino western queer. 


Dejando a un lado el film de Campion - aunque resulte inevitable dado el magnífico trabajo de adaptación - así como la impresionante interpretación de quien para mi debería arrebatarle el Oscar a Will Smith - Benedict Cumberbach, de Sherlock Holmes y Alan Turing a  Doctor Strange, y de ahí a un rudo vaquero digno sucesor de John Wayne - lo cierto es que El poder del perro, a nivel literario, es un western extraño. Y remarco lo de extraño porque, si bien en cuanto a su estructura y geografía es enormemente clásico, no lo es tanto en lo que a su contenido se refiere. Algo que, si observamos el contexto del autor, nos da una enorme pista del porqué de esta interesante decisión narrativa. Thomas Savage publica El poder del perro en 1967, década, la de los 60, marcada en Estados Unidos no solo por la Guerra de Vietnam, también por el ambiente contracultural que surgió en los márgenes hasta llegar a conquistar el espacio político y público de por aquellos años. Movimiento que, entre sus muchas aportaciones, reflexionó entorno a las libertades, incluyendo la sexual, sin ser excesivamente visionaria, pero sí avanzada para la época. Unas reivindicaciones que, en la novela de Savage, se cuelan desde un prisma más progresista al plantear un western clásico en el que la temática LGTBI quede expuesta, a pesar de las diferentes capas que el autor le agrega, en un primerísimo primer plano. Mucho antes de que Annie Porlux - autora del posfacio de la presente edición de Alianza - escribiera aquel relato para The New York Times titulado Brokeback Mountain que años más tarde adaptaría con gran éxito Ang Lee, Savage ya se atrevió a corromper la figura del tosco e impenetrable cowboy a base de matices, sutilezas y pequeños detalles colocados, como si de un attrezzo teatral se tratara, en un desconcertante segundo plano para, capítulos después, estamparlos en los ojos del lector. Aunque considero la película de Jane Campion - directora de El piano, una de mis películas favoritas - por momentos superior al texto que la inspira, no debemos desmerecer los diferentes puntos fuertes sobre los que El poder del perro (novela) se sustenta. Tales como la milimétrica construcción de sus personajes, especialmente las de los hermanos protagonistas - Phil y George - deliciosamente antagónicos, la de esa machacada Rose - desesperada ante el desprecio de su cuñado, quien se empeña en hacerles la vida imposible - o la de ese Peter - hijo de Rose - que, bajo su apariencia "débil" y siendo el blanco de todas las burlas homófobas, se esconde un astuto joven con un oscuro plan. De hecho, la gran sorpresa de la novela viene dada por ese plow twist - o giro busco en este caso - de la trama en sus últimas líneas. Un volantazo que hace replantearte el libro en su totalidad, otorgando sentido a la extrañeza inicial y concluyendo en una poderosísima reflexión entorno al terror que algunos hombres sienten al ver que su "masculinidad" - a la antigua usanza - ya no tiene cabida en este mundo, así como la relación de éstos con las peores caras de la misma. Este sugerente cambio de rumbo contrasta, por otro lado, con un estilo seco, a ratos árido y con numerosas descripciones bastante explícitas de lo que implica trabajar en un rancho. Un ejemplo de esto sería su impactante inicio, en el que se narra la castración de una res sin cortapisas. Cierto es que respeto la decisión del autor y entiendo que tras ello se esconde una razón de estilo que, es cierto, casa a la perfección con lo que nos quiere contar. Sin embargo, a título personal, lo del "despiece" se me ha atragantado. No me caracterizo precisamente por ser una lectora melindrosa - en todo este tiempo he leído libros bastante fuertecitos - pero esta vez no he conseguido sentirme cómoda con dichas escenas. En definitiva, y a pesar de la casquería, la novela de Savage merece un hueco en aquellos lectores de mente abierta que amen el western, los thrillers soterrados y, aviso de nuevo, las imágenes fuertecitas. Aunque aquí lo importante es observar como es posible desmontar el discurso heteropatriacal desde, hasta ahora, uno de los géneros tradicionalmente más testosterónicos de la literatura y del séptimo arte. Paradojas que, hoy por hoy, me dan la vida. 

El poder del perro: una historia de secretos, acosos, derribos, paisajes áridos, desollamientos, orientaciones sexuales reprimidas, masculinidades tóxicas quebradas, venganza, justicia "divina"... Seguiré leyendo westerns. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Puertas, puertas, puertas, puertas; cinco puertas exteriores en la casa. Rose conocía el sonido que hacía cada una de ellas al abrirse o cerrarse. La puerta trasera que usaba Phil dejaba entrar un fuerte viento, que hinchaba la alfombra y hacía que se retorciera como una serpiente. Una tarde, supo que Phil había entrado en la casa: caminaba con un paso rápido, ligero, muy arqueado, con sus pies más bien pequeños Ella lo oyó entrar en su dormitorio y cerrar la puerta. Protegida de sus pensamientos y emanaciones por esa puerta cerrada, se sentó y empezó a tocar; pero, cuando empezó a escuchar de manera crítica sus propias interpretaciones, oyó otro sonido, el del banjo de Phil, y de pronto se dio cuenta de que cuando ella practicaba él también tocaba. Hizo una pausa, mirando las teclas. El punteo del banjo también se detuvo. Cautelosamente empezó a tocar de nuevo. De nuevo, el banjo. Hizo una pausa; el banjo hizo una pausa. Entonces tuvo la sensación de que algo le trepaba por la nuca: él estaba tocando precisamente lo que estaba tocando ella... y mejor."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

lunes, 21 de marzo de 2022

RESEÑA: El Evangelio.

 EVANGELIO


Título: El Evangelio. 

Autora: Elisa Victoria (Sevilla, 1985). Por este orden y entre otras cosas, se ha dedicado a coleccionar muñecas Chabel, a vender pizzas y hamburguesas con gorra roja, a estudiar Filosofía y Magisterio Infantil y a escribir compulsivamente desde la pubertad como método eficaz de supervivencia. Ha publicado dos libros. El primero, Porn & Pains, salió en diciembre de 2013 gracias a Esto no es Berlín y fue reeditado en junio de 2017. El segundo, La sombra de los pinos, fue publicado en marzo de 2018 por la misma editorial. Ha colaborado en sitios como Tentaciones, Tribus Ocultas, El Estado Mental, Cáñamo, Vice, Playground, El Butano Popular, Primera Línea, diversos fanzines (Una buena barba, Clift, Orfidal, Yo no soy esa, Diario ultrasecreto de Honey, Fango) y antologías (Hijos de Mary Shelley, Erotismo desviado, La familia, Hijos de Sedna, Frankenstein resuturado, El Moyanito). Le encantan los cómics, los sintetizadores y chupar limones. Es capaz de comunicarse rápida y profundamente con los animales y los niños. Con los humanos adultos no tanto. Con Vozdevieja, su primera novela, consiguió gran éxito de público y crítica. Algo que le ha permitido ver publicados algunos de sus relatos en sendas antologías. Con El Evangelio y El quicio - novela ilustrada por Mireia Pérez - ha acabado por confirmarse como una de las grandes voces de este país. 



Editorial: Blackie Books. 

Idioma: español.

Sinopsis: Lali tiene que hacer prácticas de magisterio, pero olvida echar la instancia. Cuando descubre que le han asignado un colegio de monjas ya es demasiado tarde. Sin embargo tendrá que superar el miedo y aprender que también esos niños necesitan lo mejor de ella, que también el amor se desvanece, que también los adultos incumplen las promesas expedidas. 

Su lectura me ha parecido: amarga, retratista, con un humor triste que surge en el momento más inesperado, ágil, generacional, algo desangelada.... Cuando tuve noticias de la editorial Blackie Books ya me habían impactado sus famosísimas ediciones. Caracterizadas por una gruesa tapa dura, una robustez categórica y, sobre todo, unas portadas que ya pertenecen a la historia de la edición de este país. Yo los conocí con Amor de monstruo, una novela de terror freak escrita por Katherine Dunn muy a lo American Horror Story, muy a lo Tim Burton cuando su estilo no se había diluido al compás de los encargos, franquicias y films fallidos. Sinceramente, me alucinó, ya que por aquel entonces seguía muy apegada a lo insólito y a las historias donde cierta fantasía oscura conseguía colarse en la realidad más visceral, algo a lo que sigo estando ligada aunque los caminos que conducen a ello se hayan ampliado considerablemente. Después llego Mo Daviau y su Lena y Karl, novela que, literalmente, me voló la cabeza, convenciéndome una vez más de que, a la hora de abordar la ciencia ficción, todavía existen perspectivas inexploradas. Como aquella que Daviau consiguió al aunar los viajes en el tiempo con la melomanía más nostálgica, haciendo realidad el sueño de todo amante del rock, poder teletransportarte al concierto de tus sueños, de tu vida o a aquel en el que te hubiera gustado saltar, cantar a grito pelado y vibrar con cada canción sin importar que, por aquel entonces, tu existencia no estuviera ni siquiera programada. También, en uno de esos veranos tórridos, me llegó en su edición de bolsillo una barbaridad llamada Peyton Place de Grace Metalious que, en un cruce entre lo mejor de Patricia Highsmith y toda la tradición adscrita al gótico sureño norteamericano da como resultado la novela que dio lugar a series tan célebres como Melrose Place y Twin Peaks. Con ese pueblo en el que ve alterada su anodina existencia con pequeños e inquietantes sucesos, esa arquitectura ordenada y uniforme - una de las cosas que más yuyu me da, lo confieso -  y, sobre todo, esos vecinos a través de los que podemos vislumbrar un despiadado retrato de la sociedad estadounidense de los años 50. Como veis, parte de mi educación sentimental en lo que a literatura actual fantástico-terrorífica con toques cifi se la debo a Blackie, editorial que, más allá de estos tres inamovibles referentes, me ha permitido descubrir a autores como Juarma, Taylor Jenkis Reid, Desireé de Fez, Muriel Spark o la propia Elisa Victoria, cuya novela Vozdevieja se ha convertido en todo un referente de la literatura española actual. Algo que ha venido en parte a repetir en la novela que hoy tengo el placer de reseñaros que, aunque en mi caso no ha sido lo que esperaba, confirmamos la continuidad de una autora interesante y de un genuino estilo narrativo. El Evangelio: los problemas de la generación Millenial (o Z) entre docencia y crucifijos. 



Elisa Victoria, a través de sus escritos, derrocha talento, frescura, seguridad, además de una marcada personalidad literaria que la ha posicionado como una autora de extremos - la manida dualidad del "o la odias o la amas" - así como la asunción del calificativo, por parte de la prensa, de escritora "generacional". Algo que, en el caso de esto segundo, lo considero bastante cierto. Pero más allá de lo que puedan decir de ella los más populares tabloides de este país, lo cierto es que Victoria ha regresado con fuerza, con contundencia y, sobre todo, con una de las mejores ediciones que ha parido Blackie Books desde sus oficinas en Barcelona. Con ese negro sotana, esa tipografía dorada que entronca directamente con esas biblias de bolsillo (sin perder ese plus ceremonioso o solemne que siempre ha caracterizado a la institución desde tiempos inmemoriales) al tiempo que se acerca al público más teen, con ese relieve en forma de cruz, esas tijeras en el centro y, sobre todo, ese canto rosa obispo tan llamativo. Sin duda, Blackie Books ha tirado la casa por la ventana con la segunda novela de una de sus autoras estrella, echando el resto en una de las mejores campañas de marketing editorial con un diseño que - aunque sigo enamorada de la edición de Vozdevieja - no ha dejado indiferente a nadie. Dejando a un lado cuestiones más artísticas y empresariales (de las cuales en esta ocasión era muy difícil escapar) lo cierto es que El evangelio no ha cumplido del todo las expectativas con las que una servidora llegaba a su lectura. Aunque, y esto es importante, es necesario reconocer cierta evolución y asentamiento del universo "victoriano" - precariedad laboral, infancias bajo el paraguas de las abuelas/os, ausencia de la figura paterna, incertidumbre congénita, costumbrismo andaluz, humor escatológico, dramas y desaliento juvenil - en la presente novela. Si bien es cierto que me esperaba, como prometían algunas reseñas, una crítica despiadada al sistema educativo español actual y, muy especialmente, al que se ejerce en los colegios católicos - algo que, sinceramente, se queda en agua de borrajas - me he topado, como cierta compensación la confirmación de que tendremos Elisa Victoria para muchos años, más allá de si el libro sea bueno o malo. Volviendo a lo que comentaba al principio, la autora sevillana lleva con gran orgullo eso de considerarse una escritora del momento, del aquí, del ahora, sin olvidarse de los orígenes - Vozdevieja es un ejemplo - y con una desalentadora mirada hacia un futuro que no parece existir. Ejemplo de esto último es la relación que acaba estableciendo Lali (la pizzera-futura maestra a la que, por culpa de un descuido, acaban asignándole las prácticas en un colegio de monjas) con los niños y niñas a los que da clase. Criaturas educadas bajo la férrea batuta de la religión y un exhaustivo control sobre su comportamiento, trascendiendo más allá de lo puramente educativo. Miradas puras sobre las que Lali - alter ego de la propia Elisa Victoria - vierte una profunda reflexión entorno a su porvenir y las formas de lidiar con él desde una mirada triste, con ciertos momentos para el humor, aunque éste tamiza sobre el gran tema principal de la novela, que no es otro que la ausencia de expectativas. El Evangelio, en última instancia, más allá de su protagonista - con la que puedes empatizar más o menos - sus turnos en la pizzería, la relación con su familia, las prácticas y de las ideas preconcebidas sobre la educación en colegios católicos, de lo que te habla es de la oscuridad, del azabache. No el de la vestimenta de los curas, sino el de la incerteza, aquel al que por desgracia parecen habernos condenado a esa generación (mi generación) que tildan de ninis al tiempo que le exigen lo imposible para acceder, ya no a un trabajo, sino a una vida o a un espejismo de lo que nuestros progenitores consiguieron.

El Evangelio: una historia de conciencia, precariedad, educación justa y crítica, monjas de toda clase y condición, subtextos, alumnos imperfectos, hipocresía, pesadez vital.... El provocador artefacto de una autora cada vez más henchida y convencida de sus interesantes y efectivos recursos literarios. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Mundo maldito, llévame a mí si quieres que ya estoy podrida de todas formas pero no me chafes a Alberto, a Alberto déjamelo tranquilo dando saltos en su cada vestido de gato, déjamelo que haga dibujos, que plante árboles, que baile, que le ponga retos crueles, que se escape, que no se haga mayor como un cadáver dentro de un cuerpo grande con el que sea imposible volver a comunicarse, que no se queden sus huesitos arrojados en el interior de un tonto que monte un negocio vinculado con el diablo y se pase las jornadas firmando papeles y hablando con despotismo. No me pudras a este niño, mundo asqueroso, solo te pido eso, asústame a mí, enférmame, tortúrame, échame a una zanja y que nunca me encuentren, hazme daño a mí y a ese niño que nada lo vuelva malo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Blackie Books

sábado, 12 de marzo de 2022

RESEÑA: El palacio de hielo.

 EL PALACIO DE HIELO


Título: El palacio de hielo. 

Autor: Tarjei Vesaas (1897-1970) nació y creció a la orilla del lago Vinjevatn, en Noruega, rodeado de una idílica y solitaria naturaleza que influyó en toda su obra literaria. De carácter muy sensible, quedó marcado para siempre por la destrucción de la que fue testigo durante la Primer Guerra Mundial y la culpabilidad que sentía por haber decidido en su momento no hacerse cargo de la granja familiar. Entre sus estudios y el servicio militar encontró tiempo para seguir escribiendo novelas, poesía y teatro, y finalmente, en 1923, consiguió publicar Hijos de humanos, que le abrió definitivamente las puertas de su carrera literaria. Fue tres veces candidato al Nobel de Literatura y hoy es considerado uno de los mejores escritores noruegos del siglo XX. La literatura de Vesaas, con una aparente sencillez, rebosa simbolismo y poesía y conjuga a la perfección el paisaje noruego con la psicología de sus personajes. Es autor de novelas como El palacio de hielo (1963), Los pájaros (1957) y Los vientos (1953). 


Editorial: Trotalibros. 

Idioma original: noruego. 

Traductoras: Kristi Baggethun y Mª Asunción Lorenzo. 

Sinopsis: esta es la historia de dos niñas de once años que, aunque son muy diferentes, sienten una conexión muy especial desde el primer momento. Esta es la historia de una promesa y de un palacio de hielo con laberintos pasillos, inmensas salas y bosques encantados en su interior. Esa es la historia de Unn, que se adentra sola en el palacio de hielo y desaparece, y de Siss, que busca contra el tiempo y el olvido. 

Su lectura me ha parecido: envolvente, sutil, potente, con tintes mágicos, pausada pero no por ello aburrida, lírica, sobrecogedora... A veces tengo un sueño recurrente. Me veo a mi, quieta, abrigada hasta las cejas y en medio de un bosque nevado. El frío me paraliza. Muevo los dedos de las manos para que la sangre siga circulando, ya que en ese primer golpe de irrealidad, creo estar petrificada. El paisaje me es familiar. Siempre pienso que es el monte que rodea el pueblo de mi infancia, aquel por el que corrí y perturbé con gritos de júbilo mientras rodaba ladera abajo o al tiempo que las palmas de mis manos, enfundadas en unos llamativos guantes rojos, acariciaban el hielo convertido en un amorfo muñeco de nieve. Pero bien podría ser otro lugar, más lejano, Islandia tal vez. No es descabellado pensar que mis deseos viajeros se cuelen en mi subconsciente, como señal de que necesito salir de mi ciudad de sol y playa que, aunque la adoro, una siente que debe abandonarla al menos por unos días, semanas, meses si el dinero no fuera un problema. Comienza a nevar, los copos se posan en mis pestañas, creando una cortina de hielo entre molesta y hermosa. No estoy de foto, ni mucho menos, de hecho estoy deseando huir de allí. Adoro el frío, pero en mi recurrente ensoñación éste se convierte en mil agujas clavándose en mi blanca piel forrada de capas y más capas. Algo se mueve al fondo, no sé muy bien lo que puede ser, nunca he visto animales salvajes rondar entre los pinos de mi niñez, aunque las historias que se cuentan de generación en generación afirman todo lo contrario. Camino, por fin, en dirección hacia aquello misterioso, huidizo. Timidez embriagadora con aroma a tierra mojada que me empuja a averiguar su forma, esencia, carácter. Avanzo, temerosa, pero firme en mi inquietud. Me pierdo, el silbido del viento es relajante y las copas de los árboles, llenas, arden en deseos por descargar el exceso de nieve acumulada. Me fundo. No me importa. Creo estar a salvo, tranquila, como no lo he estado en mucho tiempo. Ya puede venir la ventisca del siglo y enterrarme bajo toneladas de pálido albor que a mi no me sacan de ese lugar, ni de ese letargo devenido en placer, aunque lo pesadillesco me agarrase con fuerza de los tobillos al principio de esta increíble historia. Lo confieso, las catedrales de hielo - o lo que es lo mismo, las novelas ambientadas en la estación más odiada - me han regalado grandes momentos lectores. Y es que son la ambientación perfecta, tanto si lo que pretendes es construir un relato costumbrista impregnado de gran amabilidad, como si lo que te calienta el alma es retorcer géneros para contar una historia de terror puro. O todo a la vez, ganando en empatía y complejidad narrativa. No, no estamos ante una novela que se caracterice precisamente por darte sustos de muerte, tampoco frente a una en la que lo enternecedor decaiga en cursilería melodramática. Aquí, el frío, viene por la ambientación, el carácter de sus habitantes y, sobre todo, por su peculiar geografía emocional encarnada en dos niñas que, sin duda, harán las delicias de toda aquella lectora o lector que sepa leer más allá de la sinopsis oficial. El palacio de hielo: la no tan gélida naturaleza del duelo. 


Desde la Noruega más misteriosa, rural y evocadora Tarjei Vesaas - recordemos, tres veces candidato al Nobel de Literatura y todo un referente en las letras escandinavas - nos trajo una historia de lo más interesante a nivel argumental y estilístico. La de dos niñas - Unn y Siss - que, sobre sus pequeños hombros, su autor descarga toda la trama y la emoción que ésta acumula en esas 198 páginas. De hecho son ellas, sus diferentes caracteres - una más popular y la otra más retraída - y el suceso que marca sus todavía cortas vidas son prácticamente la razón de ser de una obra, insisto, tan especial como los paisajes en los que Vesaas es capaz de introducirnos. Y es que la naturaleza, así como los cambios climatológicos que acompañan a las cuatro estaciones y sus consecuentes impactos sobre la misma, no solo vehiculan el devenir de los acontecimientos, también acompañan a la perfección las emociones que experimentan tanto los personajes como el propio lector al acercarse a ellas. En El palacio de hielo abundan las descripciones de dicho ecosistema cambiante, de ese lago cercano al pueblo - helado al principio de la novela que pronto amanecerá con una enorme capa de nieve, anunciando la llegada del crudo invierno - y, por supuesto, de esa cascada congelada y llena de estalactitas a la que el autor bautiza como el "palacio de hielo" (el otro gran personaje del libro) que, como si de una casa encantada gótica se tratase, hace las veces de morada del horror, así como de cofre donde guardar los secretos más inconfesables. La Premio Nobel de Literatura Doris Lessing se refirió precisamente a ese sigilo en su correspondiente reseña que escribió para The Independent en 1993, impresión para nada descabellada teniendo en cuenta la relación que ambas protagonistas establecen bajo los carámbanos de hielo. De unos comienzos algo accidentados en los que se establece una pequeña relación de poder en cuanto a la asunción de papeles (la líder y la sumisa) que puede recordarnos a las inmortales Lenú y Lila que tan bien Elena Ferrante retrató en La amiga estupenda, pasamos a algo más sutil, interesante y adulto como es la tristeza ante la pérdida. Porque, si algo es El palacio de hielo es una oda al duelo y al torrente de emociones que éste provoca, incluyendo ese pedregoso acantilado que hay que escalar hasta llegar a la cima de la recuperación, o de la aceptación, o del "convivir con ello". En este caso, para más fascinación, la poesía parece poseer la pluma de Vesaas, abordándolo desde la más pura de las elegancias, sin provocar la lágrima fácil, pero sí una sensación de amor por esa amistad y por Siss, sobre todo por Siss. La que permanece, la que espera, la que no ha desaparecido en el "palacio de hielo", la que no busca medio pueblo, la que, en última instancia, echa de menos a aquella tímida niña de once años llamada Unn por la que había comenzado a sentir atracción. Sin recrearse en lo morboso, Vesaas nos regala un relato atmosférico, cargado de afecto, ternura, ciertos toques de misterio y un halo de irrealidad constante - a veces parece que derive en una especie de cuento e hadas - que, aupado por una arquitectura agreste, unas protagonistas construidas desde el mimo más enternecedor y un palacio soñado para que, en la mente de cada lectora o lector, adquiera las formas que dicte su personal y desbordante imaginación. Y es que la literatura, en toda su grandeza, está no solo para trasladarnos a lugares inauditos, también para cultivar aquellos huertos que creíamos sembrados de conocimiento. 

El palacio de hielo: una historia de amor, amistad, vivencias traumáticas, caminos sombríos, nieve, paso del tiempo, heridas que sanan, infancia, aprendizaje... Larga vida a Tarjei Vesaas y a Trotalibros Editorial que, en tiempos de crisis y shocks mediáticos, consigue apaciguar nuestras volátiles curvas emocionales cargadas de sobreinformación, tragedias y demás sorpresas con clásicos a reivindicar. 

Frases o párrafos favoritos: 

"La oscuridad a los lados del camino. No tiene ni forma ni nombre, pero el que anda por ahí nota que aparece, que le persigue y le hace sentir arroyos corriendo corriéndole por la espalda."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Trotalibros Editorial