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martes, 18 de febrero de 2020

RESEÑA: La revolución de las flâneuses.

LA REVOLUCIÓN DE LAS FLANEUSES

Título: La revolución de las flâneuses.

Autora: Anna Mª Iglesia (1986) es licenciada en filología italiana y en teoría de la literatura y literatura comparada, y doctora por la Universidad de Barcelona con la tesis "La narrativa del espacio urbano y de sus prácticas. El París del siglo XIX y la flanerie". Periodista cultural, colabora con distintos medios - The Objective, El Confidencial, Letra Global, Turia, La esfera de Papel, Altair - donde escribe principalmente sobre literatura y el mundo editorial. Es redactora jefe de Librújula, donde se encarga tanto de la edición bimensual en papel como de la edición digital. Es lectora profesional, pero, sobre todo, lectora vocacional.


Editorial: Wunderkramer

Idioma: español.

Sinopsis: La imagen del flâneur recorriendo las calles del París del siglo XIX se ha convertido en un icono cultural. Pero, ¿y las flâneuses? Ellas también existieron, aunque fueran invisibilizadas o denostadas. Su voluntad de hacerse presentes en el espacio urbano y reclamar una voz propia abrió paso a una serie de derechos que aún hoy necesitamos consolidar: derecho a ocupar las calles; derecho a mirar sin ser vistas; derecho a no consumir ni ser consumidas; derecho a existir en solitario; derecho a la autoría. Este recorrido crítico por la historia de las flâneuses, que reúne a un nutrido grupo de escritoras, pensadoras y activistas, es de plena vigencia y se convierte en todo un manifiesto literario y feminista que reivindica el caminar como acto de insubordinación.

Su lectura me ha parecido: amena, profunda, amplia en lo que a ámbitos de estudio se refiere, breve en su extensión, con un mensaje directo y claro, de carácter didáctico, analítica, cosmopolita, revolucionaria, absolutamente inspiradora... Hace unos años asistí a un ciclo de conferencias organizadas por la UIMP en la ciudad de Santander. Dicha actividad formaba parte del máster de especialización en Historia Contemporánea que por aquel entonces estudiaba y cuyo objetivo era juntar a alumnos de las distintas universidades con la intención de que, durante una semana, pudiésemos intercambiar opiniones, debatir y asistir a las actividades que desde la dirección se ofrecían. Una de ellas consistió en una charla sobre historia urbana, tema aburrido por excelencia pero que, sin embargo, y a pesar de que el conferenciante se deshizo en obviedades varias, consiguió llamar mi atención.

   Desde el siglo XVIII las ciudades europeas han experimentado grandes cambios, todos ellos en consonancia con las exigencias sociales, económicas y políticas que emanaban de sus habitantes así como de las noticias que llegaba desde el otro lado de las almenas. Fueron precisamente ellas, las murallas, las primeras en sufrir estos cambios al demolerse en la mayoría de las urbes. Lo que antes servía para limitar su crecimiento y de excusa para establecer impuestos a quienes quisieran, por ejemplo, vender sus productos dentro de su jurisdicción, en el XIX carecían de un sentido práctico. Éstas ya no eran inmunes a los ataques del exterior - la evolución técnica de las máquinas de guerra fue notable - y por si fuera poco, al alcanzar en algunos lugares la desorbitada cifra de un millón de habitantes, se hizo absolutamente necesaria su demolición para dar lugar a nuevos barrios y a un cinturón fabril que cambiaría el paisaje de las ciudades para siempre. Los hacinamientos - causantes de la proliferación de graves enfermedades - y estrechos callejones tan habituales en época medieval y moderna daban paso a avenidas, ramblas, bulevares y a una planificación urbanística en cuadrícula - heredada de los romanos - que hizo más fácil el ordenamiento y distribución de los ciudadanos. La gente podía, por fin, pasear con total amplitud y contribuir, sin a penas darse cuenta, al nacimiento del ocio. Sin embargo, el conjunto - siempre el conjunto - englobaba tanto a hombres como a mujeres en esta conferencia además de que ni siquiera señaló la necesidad de investigar este campo de estudio desde una perspectiva de género. En ese momento me enfadé, pero demostré cobardía, ni siquiera fui capaz de intervenir para indicar su importancia dentro de la historia. Pasados los años y al madurar aquel recuerdo comprendí que, como es algo que la sociedad no ha asumido y naturalizado, es normal que ni siquiera se mencione o se obvie, de ahí el papel de educar en igualdad desde la mismísima cuna. Actualmente las mujeres pasean, corren, se dirigen a lugares, observan, toman apuntes, divagan, reflexionan, escrutan, debaten... Pero hubo un tiempo no tan lejano en el que todo lo mencionado no estaba bien visto y en el que la ciudad - de puertas para fuera - era un entorno hostil y discriminatorio para la mujer. Ensayos como el que hoy reseño nos conciencian de ese pasado, del carácter patriarcal de las ciudades y de como los argumentos intelectuales de Anna María Iglesia pueden tener su importancia en pleno siglo XXI. La revolución de las flâneuses: a la conquista feminista de la calle y de la esfera pública.


   Antes de adentrarnos en la reseña propiamente dicha, permítanme un mero apunte de carácter terminológico. Si por definición consideramos flâneur como esa figura masculina que  deambula por os callejones normalmente asociada con actividades artísticas como la pintura o la escritura, la flâneuse queda lejos de aquella injusta y lapidaria definición con la que el poeta Charles Baudelaire se refería a ellas. Para el autor de Las flores del mal, la flâneuse era efímera, aquella que transita por el empedrado suelo y desaparece, de pronto, sin dejar rastro. Esta imagen fantasmagórica es, paradójicamente, la que durante muchos años ha predominado tanto en el relato cultural predominante como en las distintas fuentes en las que se hace referencia a dicho término. Y lo recalco desde la más mordaz ironía pues lo que no se distingue, lo que no tiene forma corpórea, lo que parece desvanecerse tiende a no existir. Si los fantasmas no existen, las mujeres que hicieron de la acción de caminar una reivindicación política - a las cuales Baudelaire dotó de un carácter etéreo - tampoco. Curiosamente, en la sociedad en la que el término flâneuse adquiere un significado diferente (siglo XIX) se creía fervientemente en la presencia de espíritus, lo que dio lugar a una corriente esotérica - la cual también acabó influyendo en el arte, la música o a la literatura - muy fuerte que trajo consigo la proliferación de médiums, espiritistas, magos y demás profesiones mal vistas en tiempos pasados. Las sesiones de Ouija se hicieron tan populares como la ópera, el ballet o las novelettes de terror. Dicho esto, sería interesante poder contactar con el fantasma de una de aquellas flâneuses, aunque probablemente no nos guste lo que tenga que decirnos respecto a su ausencia en manuales de historia, filosofía, sociología, antropología, política, bellas artes o economía. Por qué sí, nuestras antepasadas tenían inquietudes muy diversas en numerosos campos del saber. Lástima que el patriarcado les pusiese - coloquialmente hablando - un "punto en la boca" e interpretase sus zancadas como mero entretenimiento para "lucirse". Porque esa es otra, para la sociedad del XIX - aunque en tiempos de Rousseau ya se hablaba de ello - la flâneuse salía a la calle con la única intención de ser observada, ya que las actividades importantes según su género se realizaban en el ámbito privado, entre la cocina y el cuarto de los niños, entre las relaciones conyugales y las obligaciones en el hogar. De ese modo, la presencia de la flâneuse en las calles era reducida a un objeto de consumo para la mirada masculina o del  flâneur. Convencionalismo que una serie de mujeres, a lo largo de varias generaciones, han contribuido a destruir y transformar.  


   En La revolución de las flâneuses Anna Mª Iglesia - filóloga italiana, doctora y periodista cultural - plantea en seis capítulos de sugerente título ("Derecho a ocupar las calles", "Espectadoras activas: derecho a mirar sin ser vistas", "La falsa Libertad del comercio: derecho a no consumir ni ser consumidas" "Viajeras y parias: derecho a existir solas", "Una identidad propia: derecho a la autoría" y "Caminar como forma de insubordinación") la dualidad entre las dos realidades a las que se enfrentaban las mujeres de mediados de siglo XIX. La de aceptar la tradición y situarse en un rol pasivo - el cual sería observado, narrado o ilustrado por el flâneur - o la de escapar de la mirada masculina y no conformarse con ser el objeto creativo (eufemísticamente llamado también "musa"). Las que optaron por la segunda opción lo manifestaron de dos modos: o identificarse como hombre (tal y como hizo, por ejemplo, George Sand en lo que a vestimenta se refiere) o directamente escapar de los cánones y estereotipos asociados al género femenino. Las flâneuses se autoexcluyeron - deliberadamente - del sistema y asumieron su condición de "parias" dentro de éste, como acto de rebeldía y de transformación. Para ellas, este sería el primer paso hacia la quiebra del orden social y la inclusión de las mujeres como creadoras, viajeras o espectadoras de su entorno, y por extensión, de la realidad de su tiempo. En este ensayo - de carácter didáctico y agradecidamente ameno - Iglesia repasa su historia. Desde la considerada como la primera flâneuse - vinculada a la prostitución y pagando un precio muy alto por adentrarse en lo público - la mujer trabajadora - que recorre la ciudad influida por unas necesidades económicas y un horario - la mujer burguesa - cuya percepción del paseo va ligada al ocio - o las intelectuales que llevaron su condición de flâneuses a cuestionar el orden social. Tirando de una amplia bibliografía, Iglesia resucita a Luisa Carnés, Emilia Pardo Bazán, Carmen de Burgos o a Flora Tristán entre otras autoras para citar algunas de las opiniones vertidas al respecto desde diferentes posiciones. Sin embargo, este libro no se entendería sin Una habitación propia de Virginia Woolf, y es que este clásico del feminismo es donde encontramos la verdadera conexión, la clave que nos hace entender el ensayo de Iglesia. Según Woolf, para conseguir llevar a cabo una actividad intelectual, la mujer debe tener dinero - independencia económica - y un cuarto propio en donde poder refugiarse. Iglesia va más allá al plantear y dotar de un carácter más universal a la figura de la flâneuse. Una vez tenemos nuestra habitación, ahora toca conquistar las calles, las plazas, los parques, los cafés, las avenidas... Porque los cambios sociales se consiguen estando, manifestándose y ejerciendo la ciudadanía en igualdad. Que los pasos no sean lúdicos ni una mera distracción, deben ser activos, trasgresores y sobre todo observadores. Seamos nosotras las que escribamos y rompamos el marco en el que se nos ha educado para reclamar mayor visibilidad. Eso mismo pensaban muchas mujeres en el XIX, algo que Iglesia pretende con éxito trasladar al presente.


   Mientras leía el presente libro no pude evitar acordarme de algunos nombres de mujer. Primero de Maruja Mallo y Margarita Manso que, junto con Salvador Dalí y Federico García Lorca protagonizaron un sonado escandalo para la época. En una entrevista para RTVE, la propia Mallo relató aquel acontecimiento con estas palabras: “Un día se nos ocurrió a Federico, a Dalí, a Margarita Manso y a mí quitarnos el sombrero porque decíamos que parecía que estábamos congestionando las ideas y, atravesando la Puerta del Sol, nos apedrearon llamándonos de todo”. A partir de ahí nació el grupo de Las Sinsombrero, mujeres pertenecientes a la generación del 27 que destacaron en disciplinas como la escritura, la pintura o la música. Fueron nuestras flâneuses patrias pero no las únicas. Otra gran mujer que tuve presente durante la lectura fue a Carmen de Burgos. Una figura por fortuna ahora cada vez más reivindicada y toda una pionera en el periodismo - fue una de las primeras corresponsales de guerra de la historia al cubrir la Guerra de Marruecos - que recorría las calles del Madrid de principios de siglo XX en busca de noticias o de inspiración para sus novelas, artículos y ensayos. Por desgracia, y a medida que avanzaba, otros nombres unidos a la tragedia asaltaron mi memoria. Como el de Laura Luelmo, aquella profesora de dibujo que fue raptada y asesinada mientras practicaba deporte al aire libre. Como el de Diana Quer, que murió tras ser previamente secuestrada en el camino de vuelta a casa después de pasar la noche con unas amistades en las fiestas de un conocido pueblo gallego. O como los de Toñi, Miriam y Desiré; más conocidas como "Las niñas de Alcasser" y cuyo caso puso en evidencia la carroña televisiva y la necesidad de un cambio en la ética periodística. Y como olvidarme de ella, la chica a la que cinco hombres violaron en un portal durante los Sanfermines de 2016, cuya valentía al denunciar y la posterior - aunque polémica en un primer momento - sentencia sentó un precedente y el debate entorno a la reforma del código penal. Probablemente jamás conozcamos su nombre, pero poco importa, su actitud fue y seguirá siendo un ejemplo para todas. Por último, y no menos importante, en mi retina todavía guardo las imágenes de las dos huelgas feministas a las que he asistido. Miles de mujeres clamamos por nuestros derechos, los ya consolidados y los que todavía, en pleno siglo XXI, aún siguen sin llegar. Imposible conocer todos sus rostros, pancartas, mensajes, consignas, lemas; aún así me acuerdo de la unión entre nosotras, se la atronadora sororidad y de esa marea morada que en España fue histórica. Aquellos 8 de marzo ocupamos masivamente las calles y caminamos, todas juntas, como forma de insubordinación y de protesta. Más que nunca fuimos  flâneuses , recogimos el testigo de nuestras antepasadas del siglo XIX y marchamos con paso firme. Caminar como acto político, justo lo que Anna María Iglesia propone en su ensayo, justo lo que nunca se nos debe olvidar. Por mucho que el fantasma de la ultraderecha nos quiera frenar, debemos seguir siendo paseantes incómodas.

La revolución de las flâneuses: historia, transversalidad, feminismo, universalidad, reflexiones, debates, perseverancia... Un ensayo imprescindible en toda biblioteca que se precie.


Frases o párrafos favoritos:

"Necesitamos ser, volver a ser, flâneuses. Debemos seguir siendo paseantes incómodas."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Wunderkramer

1 comentario:

  1. una fabulosa reseña de un ensayo muy interesante. Conocía un poco el caso de estas activistas del XIX, especialmente por haber leído a Baudelaire y haberme interesado por conocer a que se refería - a veces Internet es una herramienta muy importante para conocer cosas que no salen en los libros de texto.
    me ha gustado mucho tu reseña, es de una gran calidad y me ha hecho tener muchas ganas de hacerme con este excelente libro. Muchas gracias por descubrirnoslo y espero que la autora siga aportando cosas tan interesantes como estas.
    por cierto, ahora hay toda una "revolución" en lo que a pensar la ciudad se refiere, ya se habla de una ética de la ciudad, del urbanismo etc. y desde la perspectiva de la filosofía moral, muchas voces del feminismo, muchas españolas, están haciendo aportaciones interesantes en este campo.
    Una reseña excelente, como ya he dicho. Muy sugestiva e intelectual.

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