Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

viernes, 17 de enero de 2020

RESEÑA: Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío.

SIEMPRE LA MISMA NIEVE, Y SIEMPRE EL MISMO TÍO

Título: Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío.

Autora: Herta Müller (Nitzkydorf 1953), descendiente de suabos emigrados a Rumanía, es uno de los valores más sólidos de la literatura rumana en lengua alemana. Estudió Filología Germánica y Románica en la Universidad de Timisoara y se vio obligada a salir de su país por su relevante papel en defensa de los derechos de la minoría alemana. Desde 1987 vive en Berlín. Herta Müller, Premio Nobel de Literatura 2009, ha sido galardonada también con los premios Aspekte (1984), Ricarda Huch (1987), Roswitha von Gandersheim (1990), Franz Kafka (1999) y Würth (2006), entre otros. En 2015 le concedieron el Premio Heinrich-Böll. Es autora de El hombre es un gran faisán del mundo, En tierras bajas, La piel de zorro, Todo lo que tengo lo llevo conmigo, Hoy hubiera preferido no encontrarme a mi misma, El rey se inclina y mata, La bestia del corazón, Hambre y seda, En la trampa y Mi patria era una semilla de manzana. (Fuente: Editorial).


Editorial: Siruela.

Idioma: alemán.

Traductora: Isabel Díaz Adánez

Sinopsis: El discurso de agradecimiento que dio Herta Müller al recibir el Premio Nobel de 2009 comienza así: «La peripecia de una niña que cuida vacas en un valle hasta llegar aquí, hasta el Ayuntamiento de Estocolmo, es muy extraña». No hay textos que expliquen mejor que sus ensayos ese camino desde la aldea rumana hasta el mundo de la gran literatura. La obra de Herta Müller es una construcción rica y compleja que se nutre de sus experiencias, y como tal refleja la profunda sensibilidad de una autora que se ha posicionado con firmeza para defender sus ideales más allá de la esfera política, como una forma de concebir el mundo. En los textos que componen este libro habla de su niñez y de su juventud, relata la persecución que sufrió por parte de los servicios secretos, reflexiona sobre cuestiones de su propia escritura y comenta las lecturas de autores clave para ella por su faceta literaria o política. Una obra imprescindible y muy personal de una de las autoras más lúcidas e importantes de nuestros días. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido: sorprendente, muy interesante, en donde los elementos autobiográficos se filtran a través de formas pertenecientes a la ficción, lírica, sencilla, un descubrimiento, capital para conocer en profundidad la obra y la biografía de la Premio Nobel de Literatura... Cuando el lector se aproxima a una obra en concreto lo hace movida o movido por mil y un intereses. Es posible que haya dado con ese libro por recomendación de una persona cercana, por el boca a boca de las redes sociales - tan habitual en los tiempos que corren - o simplemente por el mero capricho de disfrutar de un buen texto. Los hay que leen obligados, cansados, por compromiso; pero también por afición, pasión o un particular interés intelectual. También existen los que, selectivamente, eligen sus lecturas en función de los gustos o apetencias que en ese momento saben que deben satisfacer, como quien come porque tiene el estómago vacío. Pueden guiarse a partir de los géneros en los que se sienten como peces en el agua, por esa autora o autor que les mantuvo en vilo hasta las tantas de la madrugada, por el interesante tema que dicho libro aborda críticamente o con precisión, o simplemente porque quieren matar el aburrimiento con una historia que no les haga pensar mucho; por lo que en este caso no todos las novelas o ensayos valen. Y por último, están los que siempre van más allá de las palabras escritas, los que se quedan horas y horas reflexionando sobre lo que acaban de leer, los que leen con un ojo siempre puesto en cuestiones como el contexto histórico, la vida de la escritora/or de turno o la visión que ésta o éste tiene sobre determinados debates y como éstos pueden o no encajar en el mundo que nos rodea. Oscilando entre categorías se halla una servidora. Hay momentos en los que, por A o por B, me apetece adentrarme en historias que abordan temas muy determinados, como de pronto me apetece algo más ligerito en épocas en las que siento que la cabeza me va a explotar. Sin embargo, siempre acabo haciéndome muchas preguntas, demasiadas tal vez, pero ninguna con menos valiosa que la anterior. ¿Qué habrá pensado al escribir esto? ¿En qué lugar suele trabajar? ¿Acompañará sus quebraderos de cabeza con un música de fondo? ¿Con una taza de café tal vez?¿O con algo más fuerte? ¿Cómo se le ocurrió eso? ¿Cuántas veces habrá sufrido el síndrome de la importora/or? ¿Lo habrá soñado? ¿Lo habrá escuchado furtivamente mientras caminaba por la calle o en el transporte público? ¿Cuánto tiempo le llevo la investigación?... Y lo más importante: ¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿En qué medida su vida ha marcado su literatura? Para estos y otros interrogantes del estilo tenemos libros como el que hoy tengo el placer de reseñar. Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío: la escritora tras el Premio Nobel de Literatura 2009.


   Lo reconozco. El título de este libro no puede ser más llamativo. Aún recuerdo la cara de prima que se me quedó la primera vez que vi este libro en una librería. No sabía qué pensar. ¿Era una broma o simplemente la autora tiene un don maravilloso para ponerle nombre a sus criaturas literarias? En cuanto pude, por fin, dedicarle tiempo y días a su lectura descubrí que así también se titula uno de los numerosos textos que componen el volumen, un escrito que, si bien es brillante, resume a la perfección su razón de ser en el panorama literario actual. Autora de importantes novelas, articulista, conferenciante y reconocida con algunos de los premios más importantes - incluyendo el Nobel - Herta Müller es una de las quince mujeres en recibir el máximo galardón de las letras a nivel internacional. Sin embargo, y antes de adentrarnos en la crítica propiamente dicha, debemos en primer lugar ahondar brevemente en la biografía de dicha escritora. Herta Müller nace en el año 1953 en Nitzkydorf, un pequeño pueblo situado al suroeste de Rumanía. Descendiente de inmigrantes suabos, Müller pertenecía a la minoría alemana asentada en la región desde hacía varios siglos. Nieta de un granjero cuyas tierras fueron expropiadas por el régimen comunista e hija de una madre deportada a la Unión Soviética en 1945 donde pasó cinco años en un campo de trabajo y de un padre camionero y exmiembro de las SS que curaba su cargo de conciencia aferrado a una botella de alcohol, Herta creció rodeada de silencios y numerosos tabúes entorno al pasado de su familia. Ya en la universidad, y tras haber aprendido rumano en la escuela, Müller acudía asiduamente a las reuniones de un grupo de escritores rumano-alemanes. Tiempo después, dichos encuentros acabaron conformando lo que se conoce como el círculo literario "Adam Müller-Guttembrunn" en el que Müller era la única mujer. Tras negarse a colaborar con el servicio secreto de la dictadura, Herta fue despedida de la fabrica en la que trabajaba como traductora técnica. Es entonces cuando las amenazas y los interrogatorios de la Securitate se sucedieron. Hasta tal punto llegó la situación que Müller tomó la decisión de exiliarse a Alemania Occidental junto a su marido y su madre. Una vez allí no cesó en su empeño por denunciar las atrocidades que el régimen de Cartaescu estaba cometiendo contra sus ciudadanos, una lucha que se prolongó más allá de la caída del muro de Berlín o la desmantelación de la URSS. En lo que a su carrera literaria se refiere, aunque desde bien pequeña manifestó un especial interés por las lenguas y la escritura, no fue hasta que comenzó a trabajar en la fábrica técnica de Tehnometal cuando empezó a escribir las primeras líneas de una extensa carrera literaria. En cuanto al tema principal de su obra, como no podía ser de otra forma, es la dictadura rumana y las terribles consecuencias en la población civil. La infancia, el desarraigo, el mundo rural, la pobreza, la segunda guerra mundial, la intolerancia, la corrupción o la inmigración son otras de las preocupaciones de Müller como autora. Debido a su activismo contra Cartaescu, y sobre todo a partir de la publicación de Tango opresivo en los años ochenta, se le prohibió publicar en Rumanía a pesar de que sus libros cosechaban gran éxito de público y crítica fuera de sus fronteras. Huelga decir que hasta que el régimen comunista rumano cayó, sus libros estuvieron prohibidos y censurados y que la concesión del Premio Nobel de Literatura en el 2009 provocó que millones de lectores al rededor del mundo se interesasen en aquel oscuro periodo de la historia.


   Una vez investigas un poco sobre su peculiar e interesante vida no puedes evitar a continuación querer conocer a esta autora más en profundidad a través de las diversas novelas que ha publicado. Y eso es precisamente lo que Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío provoca en el lector, la necesidad de seguir leyendo más y más. Tal vez, al no haber leído nada de Herta Müller antes de dar con el presente libro, la inquietud haya alcanzado unos niveles muy altos. Sin embargo, para quienes hayan ahondado en su producción literaria con anterioridad, este libro podrá aportar una mirada más amplia y complementaria. Desde un estilo depurado, sencillo y sin ocultar un lirismo que se podría considerar como su sello de identidad como escritora, Müller va desgranando algunos aspectos de su biografía a través de breves ensayos y artículos que podrían perfectamente pasar por relatos dada la implicación literaria de éstos. En ocasiones ni cuenta te das de que lo novelístico - en cuanto a las formas - invade lo real. Su sincera y osada pluma recorre el pasado nazi del patriarca de la familia, la traumática experiencia de su madre en un campo de trabajo, sus enriquecedoras reuniones en círculos intelectuales, el terror con el que tuvo que convivir al ser consciente de que la inteligencia rumana estaba tras sus pasos, sus dudas y opiniones acerca del noble arte de la escritura, su vida en Berlín, su mirada desde el exilio o algunos episodios concretos de su infancia. En ese sentido, resultan especialmente interesantes textos como "Cada palabra sabe del círculo vicioso" - el primero con el que el lector se topa nada más abrir el libro - o "Mucho cuerpo para tan poco motor" - testimonio único de la complicada relación con su padre -. Sin olvidarnos de sus constantes referencias a los autores que inspiran su obra tales como el filósofo rumano Cioran - exiliado en Francia - el poeta Oskar Pastor - constantemente idolatrado por Müller - o Theodor Kramer - autor judío muy poco conocido por el gran público - entre otros. Y por si fuera poco, Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío contiene tanto el discurso que la autora pronunció durante la ceremonia de entrega del Premio Nobel y las palabras que posteriormente dedicó durante la tradicional cena de los premiados. Ambos testimonios de incalculable valor tanto literario como histórico. Al igual que le sucedió a autores como Jorge Semprún (deportado al campo de concentración de Buchenwald y autor de, entre otros libros, El largo viaje), Primo Levy (también cautivo en el campo de concentración nazi de Monowice y cuyas experiencias plasmó sus memorias Si esto es un hombre y La tregua) o Aleksandr Solzhenitsyn (que tras pasar por varios campos de trabajo de la URSS escribió el voluminoso Archipiélago Gulag), la obra de Herta Müller podría ser apreciada y doblemente valorada. En primer lugar, desde lo puramente literario, y en segundo lugar desde su poderoso carácter testimonial acerca del horror del régimen comunista de Nicolae Ceaușescu en Rumanía. Dicho esto, y por ir concluyendo la presente reseña, podríamos definir a Müller, no sólo como una gran escritora, también como uno de esos personajes inquebrantables, que supo y sigue defendiendo sus ideas contrarias al poder hasta las últimas consecuencias y un ejemplo de la independencia del pensamiento intelectual frente a lo establecido. No sé si a vosotros os habrán entrado ganas de leer El hombre es un gran faisán del mundo o En tierras bajas - dos de sus más aclamadas novelas - tras haber leído esta crítica. Pero en lo que a mi respecta estoy deseando acercarme a la biblioteca de mi barrio para ver que libros tienen de ella. Si lecturas como esta incitan a la incontinencia intelectual, entonces es que Herta Müller ha conseguido su objetivo.

Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío: una historia de denuncia, de injusticia, de desigualdad, de confesiones personales, de discursos institucionales, de prestigio, de exilio, de terror, de literatura... Un libro que, tras su lectura, querréis volver a él.

Frases o párrafos favoritos:

"¿Llevas un pañuelo?, me preguntaba mi madre todas las mañanas en la puerta de casa, antes de salir a la calle. Yo no llevaba. Y, como no llevaba, tenía que volver a mi cuarto a coger un pañuelo. No lo llevaba ningún día, porque cada mañana esperaba la pregunta. El pañuelo era la prueba de que mi madre, por la mañana, me cuidaba. En las horas que seguían y para el resto de cosas del día ya tenía que arreglár­melas sola. La pregunta "¿Llevas un pañuelo?" era una mues­tra indirecta de cariño. Una muestra directa habría resultado embarazosa —eso no es cosa de campesinos—. El amor se disfrazaba de pregunta. Solo así se podía expresar en tono seco, como una orden, como cualquier instrucción sobre el trabajo. En tono hosco, incluso subrayaba la ternura. Todas las mañanas me encontraba delante de la puerta: una vez sin pañuelo y la segunda con pañuelo. Y entonces ya sí salía a la calle, como si llevando el pañuelo también se viniera mi madre conmigo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Ediciones Siruela

martes, 14 de enero de 2020

RESEÑA: Vozdevieja.

VOZDEVIEJA

Título: Vozdevieja.

Autora: Elisa Victoria (Sevilla, 1985). Por este orden y entre otras cosas, se ha dedicado a coleccionar muñecas Chabel, a vender pizzas y hamburguesas con gorra roja, a estudiar Filosofía y Magisterio Infantil y a escribir compulsivamente desde la pubertad como método eficaz de supervivencia. Ha publicado dos libros. El primero, Porn & Pains, salió en diciembre de 2013 gracias a Esto no es Berlín y fue reeditado en junio de 2017. El segundo, La sombra de los pinos, fue publicado en marzo de 2018 por la misma editorial. Ha colaborado en sitios como Tentaciones, Tribus Ocultas, El Estado Mental, Cáñamo, Vice, Playground, El Butano Popular, Primera Línea, diversos fanzines (Una buena barba, Clift, Orfidal, Yo no soy esa, Diario ultrasecreto de Honey, Fango) y antologías (Hijos de Mary Shelley, Erotismo desviado, La familia, Hijos de Sedna, Frankenstein resuturado, El Moyanito). Le encantan los cómics, los sintetizadores y chupar limones. Es capaz de comunicarse rápida y profundamente con los animales y los niños. Con los humanos adultos no tanto. Vozdevieja es su primera, y muy prometedora, novela. Fuente: Editorial.


Editorial: Blackie Books.

Idioma: español.

Sinopsis: Tiene nueve años. Su nombre es Marina, pero en el cole la llaman Vozdevieja. Este verano en Sevilla, el primero después de la Expo del 92, es tan largo y tan seco que ella no sabe si llorar o reír. Si quiere que todo cambie o que todo siga igual. Porque aún juega con muñecas Chabel pero ya mira revistas para adultos. Porque su madre está enferma y ella ya se imagina en un convento rodeada de huerfanitas. Porque todo el mundo, también su padre, insiste en desaparecer. Porque su mejor amiga es su abuela, quien le guisa, la peina, se deja cortar esas uñas como alacranes, le cuenta su amor por Felipe González, le dice tranquila, le enseña nuevos tacos, le cose vestidos de flores. Luego sale y esos vestidos le molestan tanto como si fueran de lija. Y aun así, Marina siempre tiene hambre: de vida, y de filetes empanados. Una voz única, tierna, lírica y divertidísima. Una primera novela tan inolvidable como la primera vez que te pasa algo importante.

Su lectura me ha parecido: tierna, cercana, fluida, fresca, espontanea, muy alejada del retrato de la infancia blanca tradicional, ocasionalmente perturbadora, castiza, con unos personajes (en especial la protagonista) que consiguen tocarte el corazón, poco concreta en algunos pasajes, nostalgia en estado puro... Antes de meterme de lleno a criticar y a hablaros de la que considero una de las mejores lecturas del año que hace unas semanas hemos dejado atrás, me gustaría comunicaros que, ahora sí que sí, una servidora ha vuelto con todas las ganas del mundo para seguir escribiendo las reseñas literarias de esos libros que me han acompañado y siguen acompañándome allá donde voy. Dicho esto, no sería justo empezar la reseña de esta novela - una de las grandes sorpresas del año - sin comentar que, por primera vez en mucho tiempo, como lectora me he permitido salir un poco de mi área de confort. Esa en la que inconscientemente, y no sé muy bien por qué, ignoraba aquellos libros escritos por autoras y autores jóvenes de nacionalidad española. Durante mucho tiempo mi cabeza estuvo en los clásicos (sobre todo en ciertos clásicos), en determinados géneros (los cuales cualquiera que eche un vistazo por este espacio y las redes sociales sabrá a cuales me estoy refiriendo), en el ensayo (especialmente de temática feminista o histórica) y sobre todo en realizar un rescate de todas esas autoras que, desde mi punto de vista, consideraba que merecen más atención de la que en su momento se les prestó. Y sigo en ello, nunca dejaré de nutrirme de todas estas lecturas ni de seguir ampliando mi conocimiento respecto algunas temáticas y pensamientos. Así como continuar poniendo sobre la mesa la ficción y la no ficción de escritoras olvidadas por la historia. Sin embargo, necesitaba urgentemente escuchar a las voces de mi generación, o al menos a las que hablasen de los problemas, sentimientos y debates varios que tanto nos importan y preocupan. Ese interés despertó a la vez que conseguía, después de mucho tiempo, reilusionarme con la escritura, con la escritura de mis propios textos, que aunque no ocupen más de una hoja, para mi simbolizan un logro, una explosión con la que ansiaba desde hacía años. Desde entonces, y siempre que tuve ocasión, no dudé en hacerme con una buena cantidad de libros escritos por en su inmensa mayoría autoras nacidas en los años 80 y 90 del pasado siglo o que, habiendo nacido en décadas anteriores, no pierden la perspectiva de los tiempos que corren. Y aunque si bien es cierto que el género en el que estoy encajando mis microrelatos se encuentre en las antípodas de estas novelas en lo que a género literario se refiere, si que me han permitido situarme como autora, reflexionar sobre la cronología más acuciante o regresar a infancias y adolescencias con las que de alguna forma pueda, por fin, empatizar con lo que se está narrando. En el caso que hoy nos ocupa una servidora no era consciente de lo que sucedía a su alrededor, ya que la novela que tengo el placer de reseñar transcurre en el año en el que nací, 1993, el año de las niñas de Alcasser, de la reelección de Felipe González, de una de las peores recesiones económicas, de la Macarena y del bajón tras Los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla. Precisamente en el seco verano sevillano de 1993 situamos a Marina, a su madre, a su abuela, y por supuesto, a la autora de la presente novela. Vozdevieja: un tragicómico retrato de niñez a golpe de nostalgia noventera.


   El que Vozdevieja, durante los meses que duró la campaña de promoción editorial, estuviese respaldado e incluso recomendado por Elivira Lindo - una de las autoras más importantes de este país y que precisamente gran parte de su producción literaria tiene su razón de ser en esa aproximación a la infancia desde una perspectiva cercana al público juvenil - no es una mera casualidad, sino un anticipo de lo que el lector se va a encontrar en el interior de Vozdevieja. Y es que la mirada tierna y ocurrente propia de esa etapa vital está muy presente, algo que, por supuesto, recuerda a los personajes más entrañables de la autora gaditana de nacimiento y madrileña de adopción como el inolvidable y siempre inquebrantable Manolito Gafotas. Sin embargo, la gran diferencia entre la saga de Lindo y la novela de Elisa Victoria es que, en esa aparente apacible infancia, la autora incide en la otra cara de la moneda, en esa oscuridad que todo núcleo familiar posee y que bajo el paraguas de la hipocresía se trata de ocultar para que la luz del sol no ose si quiera rozarla. Por supuesto esta no es una historia de secretos familiares, ni de historias terroríficas acontecidas en el ámbito privado. Vozdevieja está planteada como una novela-radiografía en la que, por un lado, Victoria nos cuenta como era la sociedad española de 1993 y por el otro nos adentra, sin morbo o autocompasión, en las imperfecciones de la vida doméstica, en los claroscuros de una familia que, como tantas en este país, tiene disfuncionalidades. Empezando por esto último, comenzaremos hablando de Marina, absoluta y rotunda protagonista de la novela. Una niña sevillana de tan sólo nueve años de edad a la que poco a poco iremos conociendo, hasta el punto de que, a medida que avancemos en la historia, queramos abrazarla, consolarla o participar en alguno de sus juegos y ocurrencias varias. Marina pasa gran parte de su tiempo con su abuela, su madre la tuvo en un momento en el que no se sentía preparada y ahora se encuentra sumida en una depresión, tenemos a un padre ausente, al novio de la madre el cual intenta, sin mucho éxito, reemplazarlo de alguna manera. Y por si fuera poco estamos ante el primer verano antes de que empiece las clases en un nuevo colegio de monjas después de tantas mudanzas.  Es en este entorno de la periferia Sevillana, en esos barrios obreros de ladrillos rojos, en esas plazas ardientes al calor del agosto andaluz, en esos coloridos y carcomidos futbolines y en esas tardes de aburrimiento - sí, en los 90 aún nos aburríamos - mirando lo que ponían en la tele donde situamos a Marina y su cotidianeidad.

   Un aspecto que juega muy a favor de este libro, como ya he comentado antes, es esa aproximación a lo innombrable, a esos "tabúes" pertenecientes al ámbito doméstico sin dramatismos de ningún tipo y desde una mirada curiosa, pícara y deliciosamente tierna. Marina no vive ajena a la realidad de su entorno familiar, sino que ella misma es una espectadora más de las virtudes y las imperfecciones de sus seres queridos. Especialmente memorables son sus conversaciones con su abuela - el otro gran personaje de la novela - mientras la acompaña al baño y observa como hace pis, pero también sus juegos en los que las muñecas se restriegan, las siestas de su madre en bragas, los comics para adultos que Marina lee a escondidas o la violencia que subyace entre los niños del barrio. Lejos de mostrar la imagen de infancia blanca perfecta, Elisa Victoria coge lo impúdico y te lo pone ante los ojos del lector y ante los ojos de una niña de nueve años, a través de los cuales veremos como normal todo ese desorden cotidiano que protagoniza cada uno de los días de aquel largo verano de 1993. A partir de ahí, Elisa Victoria se permite el lujo de introducir temas de reflexión tan necesarios como la curiosidad por el sexo - por el cual Marina se interesa precozmente - la mentira infantil, las historias familiares, la enfermedad, el rechazo, la soledad, la diferencia generacional o el miedo a no encajar. Todo eso desde la perspectiva de una niña con el don innato de la curiosidad, la picardía y la cálida voz de quien desea que le traten como una adulta y no como una niña, de quien teme al fin del verano mientras se baña en la playa de Marbella junto a su abuela, de quien odia que se refieran a ella despectivamente como "vozdevieja".


   Por otro lado, Vozdevieja trasciende más allá de la individualidad de Marina y de su retrato único y desprejuiciado de la infancia, sino que Elisa Victoria eleva a su protagonista a la categoría de doble testigo. Primero de la realidad que la rodea en lo privado y segundo de la sociedad castiza y humilde a la que pertenece. En ese sentido, en lo literario se podría comparar con lo que Miguel Delibes hizo en El príncipe destronado al situar a Moncho - ese niño celoso de su hermana pequeña - entre dos mundos: entre el de la historia que acontece y el del contexto de una familia adinerada en el Madrid de los últimos años de la dictadura franquista. Y en lo audiovisual, Carlitos en Cuéntame es el narrador de su propia historia familiar a lo largo de décadas y décadas de la historia más reciente de España y al mismo tiempo se alza como la voz de toda una generación que, al igual que él, también ha vivido directa o indirectamente los sucesivos acontecimientos históricos que se muestran en la serie. En el caso de Vozdevieja, Elisa Victoria nos conduce por las calles de la periferia sevillana, nos sumerge en el salado aroma del mar Marbellí, en los chiringuitos de playa atestados de gente, en esos balcones llenos de ropa interior, en esos bancos donde antaño la gente quedaba para hablar sin tener un móvil entre las manos, en esos parques en los que los niños se pasaban toda la tarde jugando al pilla-pilla o a la gallinita ciega. Y por supuesto en las mentes de los vecinos, en el socialismo de Felipe González, en la desazón por la crisis económica, en sus mundanas preocupaciones o en el fantasma de la Expo, un eufórico espejismo del que a día de hoy quedan los recuerdos, las infraestructuras y el llamado "cementerio de Curros". De lo particular a lo colectivo. De la anécdota a lo trascendente. Entre esos mundos se mueve Marina - claramente el alter ego de la propia Elisa Victoria - aderezado con infinidad de referencias a la cultura de los años 90. Desde dibujos animados como Bola de Dragón o Sailor Moon a series como Los Vigilantes de la playa, Salvados por la campana o Melrose Place pasando por la música de Diana Ross o James Brown, las meriendas cargadas de calorías como el Bollycao y sin olvidarnos de los comentarios hacia Carmen Sevilla presentando el Telecupón. Tal vez sea esta la única pega que le pondría a esta novela en su conjunto, el divagar y recrearse demasiado en todos estos guiños a la época que, por muy simpáticos o efectivos que resulten - no todos los revivals televisivos y novelísticos de décadas como los 80 y 90 del pasado siglo no son siempre buenos o necesarios - a veces corren el riesgo de que la tensión narrativa se rompa, viniéndose abajo la novela entera. Por fortuna, y aunque si que había veces en los que la historia rozaba el límite de la inconcreción, Elisa Victoria sale airosa de su primera incursión en la narrativa con tintes realistas. De hecho, dados sus inicios en géneros más experimentales, es de aplaudir el hecho de que haya sido capaz de escribir un silce of life tan particular, personal, cálido, tragicómico y entrañable. Dicho esto, le auguro una carrera enormemente prometedora y larga a la autora sevillana y por supuesto, cruzo los dedos por una posible adaptación cinematográfica, porque la novela tiene potencial visual y no sería descabellada la idea de guionizarla ahora que los 90 vuelven a provocarnos la lagrimilla de la nostalgia.

   Vozdevieja: una historia de infancia, mentiras, juegos en la calle, conversaciones entre abuela y nieta, enfermedad, despertares precoces, comics, muñecas Chabel, picardía, aprendizaje... Una novela generacional con aspiraciones transversales.

Frases o párrafos favoritos:

"Ella sabe que no he nacido para ser su hija y yo sé que ella no podía sentirse más lejos de estar preparada para ser madre cuando parió. Estamos aquí por casualidad, resistiendo las tentaciones como un favor de la una para la otra. Es muy duro. Mi casa es un escondrijo lleno de fugitivos."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Blackie Books.

lunes, 16 de diciembre de 2019

RESEÑA: Cosas que no quiero saber.

COSAS QUE NO QUIERO SABER

Título: Cosas que no quiero saber.

Autora: Deborah Levy (Johannesburgo, 1959) es novelista, dramaturga y poeta británica. Es autora de seis novelas: Beautiful Mutants (1986), Swallowing Geography (1993), The Unloved (1994), Billy Girl (1996), Nadando a casa (2015), y Leche caliente (2018). Nadando a la casa fue finalista del Man Brooker Prize y del Jewish Quarterly Wingate Prize en 2012, y Leche caliente fue seleccionada para el Man Booker Prize y el Goldsmiths Prize en 2016. Deborah Levy es también autora de una colección de cuentos, Black Vodka (2013), finalista del BBC International Short Story Award y del Frank O´Connor International Short Story. Ha escrito para la Royal Shakespeare Company y para la BBC. Cosas que no quiero saber es la primera parte de su "autobiografía en construcción", seguida por El coste de vivir. Cerrará este tríptico un último volumen de próxima publicación.


Editorial: Literatura Random House.

Idioma: inglés.

Traductora: Cruz Rodríguez Juiz.

Sinopsis: Deborah Levy arranca estas memorias recordando la etapa de su vida en que rompía a llorar cuando subía unas escaleras mecánicas. Ese movimiento inocuo la llevaba a rincones de su memoria a los que no quería volver. Son esos recuerdos los que forman Cosas que no quiero saber, el inicio de su "autobiografía en construcción". Esta primera parte de lo que será un tríptico sobre la condición de ser mujer nace como respuesta al ensayo "Por qué escribo", de George Orwell. Sin embargo, Levy no viene a dar respuestas. Viene a abrir interrogantes que deja flotando en una atmósfera formada por toda la fuerza poética de su escritura. Su magia no es otra que la de las conexiones impredecibles de la memoria: el primer mordisco a un albaricoque la traslada a la salida de sus hijos de la escuela, observando a las otras madres, "jóvenes convertidas en sombras de lo que habían sido"; el llanto de una mujer le devuelve la nieve cayendo sobre su padre en el Johannesburgo del apartheid, poco antes de ser encarcelado; el olor del curry la lleva a su adolescencia en Londres, escribiendo en servilletas de bares y soñando con una habitación propia. Leer a Levy es querer entrar en sus recuerdos y dejarse llevar por la calma y el aplomo de quien ha aprendido todo lo que sabe (y todo lo que no querría saber) a fuerza de buscar su propia voz.

Su lectura me ha parecido:

   Ágil, breve, visual, con un lenguaje para nada complejo pero capaz de hacernos reflexionar, autobiográfico, personal, abierta, oportuna para quienes quieran ganarse la vida con la escritura (especialmente las mujeres), necesario para su autora, con un punto catártico, fugaz testimonio de una época... En un panorama literario como el actual, plagado de autoficción sin duda fomentada por la imperante cultura del "yoismo", es de agradecer que, de vez en cuando, aparezcan libros en los que no se combinen hechos reales con invenciones de la escritora o escritor de turno y que aporten un poco de aire fresco a un mercado cada vez más saturado de personalismos innecesarios. Sé que es simplificar demasiado este popular género, pero son muchos años reseñando historias en las que no sabes si lo que se está contando es cierto o no, y aunque he de reconocer que puede funcionar en ciertos géneros como el terror, la novela social o los que tengan pinceladas de crónica periodística, nadie puede negarme que ante esta marabunta de títulos el lector corra despavorido. Como Indiana Jones escapando de la gran bola de piedra en a primera entrega de la saga. Sin embargo, como acabo de comentar, no todo es autoficción, y es de buenos ser agradecidos cuando de pronto llega a nuestras manos un libro que, en medio del fenómeno de turno, se eleva rompiendo costuras y definiéndose como "autobiografía en construcción". El término, como habréis comprobado, no tiene mucho misterio. Aún así, la combinación de ambas palabras - "autobiografía", es decir, episodios reales de la vida de la persona que escribe y "construcción", lo que viene a significar que dicho texto jamás estará completo - son el resultado de una intención, un debate o tal vez del inicio de un nuevo género literario. Es todavía muy pronto para ponernos a divagar o a lanzar argumentos que respalden esta teoría, por lo que de momento, lo que una servidora va a hacer es centrarse y sacarle el máximo partido a este fenómeno editorial incluido, ya era hora, dentro de lo que podríamos denominar como "no ficción" a pesar de que su autora, de la que hablaremos largo y tendido, ha navegado por las relativamente calmadas aguas de la novela y el relato. Cosas que no quiero saber: apartheid, Mallorca y George Orwell como vertebradores de la primera memoria.


Deborah Levy - autora de la presente "autobiografía en construcción" - es una de las escritoras más presentes en el panorama literario actual. De la escasa información que se desprende de una de las solapas interiores del presente libro, destacaríamos su polifacético talento - el cual le ha llevado a escribir tanto novela, teatro así como relato - la cantidad de premios que ha ganado a lo largo de su carrera - entre ellos el prestigioso Man Booker Prize - y que ha escrito para nada más y nada menos que para la Royal Shakespeare Company y para la BBC. Sin duda, todo un señor currículum. No obstante, y como cabía de esperar, Deborah Levy no es sólo esa brevísima reseña, sino que como todo ser humano, lleva una mochila de vida y experiencia cargada sobre sus hombros, la cual, ha creído conveniente narrar a través de sus peculiares memorias. Y resalto lo de "peculiares" porque, al contrario de lo que habitualmente asociamos con el género biográfico (tochos importantes, encuadernación de tapa dura y con un estilo terriblemente farragoso) esta primera entrega titulada Cosas que no quiero saber sólo tiene 136 páginas. Sí, habéis leído bien, 136 páginas en las que Levy aborda algunos episodios de su vida en clave íntima, intelectual y en relación con su trabajo como escritora. ¿Son 136 un número demasiado escaso de páginas? En este caso, y al contrario de lo que he podido ir husmeando por internet, para nada. La razón debemos encontrarla tanto en el planteamiento de esta biografía en construcción, que como bien hemos dicho presuponemos que habrán en total tres volúmenes, y por supuesto en que Deborah Levy, a pesar de su trayectoria, no pretende hacer de sus memorias un tratado, ni poner su vida a la altura de los grandes e ilustres personajes de la historia. En ese sentido, y es de agradecer, Levy es más humilde. A lo que, por otro lado, cabría añadir que es muy probable que, a pesar de que estas memorias estén planteadas en tres libros, Levy sienta la necesidad de escribir un ejemplar más. De no ser así ¿qué sentido tendría el término "en construcción"?


   Planteada como un tríptico sobre la condición de la mujer - a la par que una aproximación a la figura de la autora - Levy inicia estas memorias respondiendo al mismísimo George Orwell en su conocido ensayo Por qué escribo. Una replica algo pretenciosa pero que, sin duda, todos los que escribimos hemos querido redactar. ¿Por qué escribo? Esa es la pregunta que Levy se hace a sí misma y al mismo tiempo sirve como punto de partida para lo que el lector va a leer a continuación. Articulada a partir de los cuatro motivos que el escritor británico de origen indio desgrana en el citado ensayo, Levy divide esta primera parte de sus memorias en cuarto partes, o lo que es lo mismo, en cuatro motivos que la han llevado a escribir a saber: puro egoísmo, entusiasmo estético, impulso histórico y propósito político. Siendo cada uno de ellos el paraguas bajo el cual se narrarán algunos episodios de su vida. En "Puro egoísmo", viajamos a Mallorca, lugar que Levy escoge como lugar de retiro temporal para buscar un respiro ya que, como ella dice, sigue llorando mientras sube las escaleras mecánicas. A priori parece una frivolidad, una tontería, pero si nos paramos a pensar detenidamente en este episodio real inevitablemente se nos vienen a la cabeza esos momentos en los que nos hemos sorprendido llorando en el lugar más insospechado. Sin ir más lejos, ayer, mientras veía una obra de un festival de navidad extraescolar no pude evitar soltar una lagrima. Y eso que no conocía a ninguna de las niñas y niños que actuaban en ella. Si la memoria no me falla también he llorado en trayectos de tren, en viajes en bus, en el baño de la facultad, alguna noche mientras intentaba dormirme y estoy convencida que estas navidades no voy a poder esquivarlas. El que se acabe una década me excita y me pone triste al mismo tiempo. Sobre todo porque cumplo veintisiete, el carnet de la biblioteca de humanidades va a caducar, soy incapaz de acabar lo que escribo y siento que los esfuerzos no son siempre sinónimo de recompensas. No lloré cuando leí este episodio de Deborah Levy, pero sí la entendí. En él también se nos habla de lo que ella denomina "suburbio de la feminidad", sobre los problemas de la maternidad y reflexiona entorno a si las mujeres deberían - parafraseando a un director polaco que aconseja a uno de sus alumnos - no hablar más alto sino con el derecho a expresar un deseo. ¿Cuántas veces se me ha aconsejado que no hable tan alto? ¿Cuántas veces me han mandado callar justo cuando estaba dando mi opinión o disculpándome por algo que había hecho mal? ¿Cuántas han sido las ocasiones en las que he tenido que hablar más alto para que se me escuchase entre un grupo de gente? Y por último ¿cuántas veces he expresado un deseo? Últimamente pocas.

   En "Impulso histórico" - mi parte favorita - Levy regresa a su infancia en la Sudáfrica del Apartheid. Una sociedad segregada en la que de pequeña es testigo de la detención de su padre por ser miembro del ANC (al cual perteneció también Nelson Mandela y que abogaba por otorgar el voto a los africanos negros y mestizos, además de acabar con el sistema de discriminación y que otorgaba el poder exclusivamente a la minoría blanca). Durante estas páginas, las más memorables, conocemos a Melissa, la responsable de otorgarle a Levy la confianza suficiente para hacer algo tan sencillo como hablar, simplemente hablar, trasladar las palabras que escribía en sus cuadernos en sonidos fonéticos para así expresar sus inquietudes y verdaderas opiniones. Según la autora este es el "impulso histórico" que le lanzó de lleno a la escritura, y no, como cabría esperar, los acontecimientos históricos que rodearon a esta historia de amistad. Seguidamente, en "Puro egoísmo", Levy nos traslada al Londres de su adolescencia, en plena efervescencia política y cultural, un Londres gris en el que, sin embargo, la autora experimenta su etapa más prolífera en cuanto a sesiones de creación literaria y habito lector. Particularmente emotivo es el momento en el que nos cuenta como el Curry es el olor con el que asociará siempre a dicha ciudad y como escribía hasta en servilletas de papel mientras soñaba con tener, como Virginia Woolf, su cuarto propio. Ahí no he podido, una vez más, sentirme identificada con esa vitalidad creativa de los 15 años y con esa constancia que hoy se me antoja demasiado lejana. Por aquel entonces me sentaba, enchufaba el ordenador y no me levantaba hasta que no hubiese escrito un numero considerable de páginas. Luego la historia no valía un pimiento, pero yo me sentía bien haciéndolo, como si rellenase de dicha un hueco importante en mi cerebro. No ansiaba un cuarto propio, ni siquiera sabía de la existencia de Woolf, pero sí comprensión, apoyo y algo de tranquilidad. Actualmente el bache es importante, tanto que a veces pienso en tirar la toalla, pero supongo que todo se reduce a etapas vitales y que hay que superarlas de la mejor forma posible. Tanto si existe la fórmula mágica como si no.

   Por último en "Entusiasmo estético" viajamos de nuevo a Mallorca - símbolo del autoconocimiento y la necesaria desconexión - para que el lector observe como, la mujer que paseaba su tristeza por centros comerciales atestados de gente, hoy se ha fortalecido a medida que ha ido asimilando vivencias y experiencias de su vida privada que antes prefería no contar, no compartir, no saber. Al final, además de una breve autobiografía narrada con una prosa muy especial, lo que nos queda es una investigación, la experimentación  y la constatación de como cuando tomamos decisiones que rompen con lo que hemos sido, o lo que hemos vivido. Cuando mandamos a tomar por saco todos esos trabajos, las comodidades y esas personas que ya no nos proporcionan la misma felicidad que antes. Cuando arriesgamos, nos movemos fuera de nuestra aérea de confort o cuando decidimos de la noche a la mañana cambiar de vida nos asaltan inquietudes, preguntas e inseguridades extrañas y nuevas. Es entonces cuando, paradójicamente, nos sentimos más cerca de la mujer que llora en las escaleras mecánicas que de cualquier otra mujer a su alrededor. No sé si esta "autobiografía en construcción" trascenderá como sí lo han hecho otros textos similares (como el Mientras escribo de Stephen King o Vivir para contarla de Gabriel García Márquez) de lo que sí estoy segura es de que este volumen llegó en el momento más propicio para salvarme, una vez más, de los nubarrones y los truenos llamados inseguridad. La literatura no cura, pero sí nos abraza en momentos de incertidumbre.

  Cosas que no quiero saber: una historia de autoconciencia, autodescubrimiento, memoria, coraje, verdad, literatura, escritura, impulsos, egoísmos, estética, entusiasmo, pasión, flaqueza... El inicio del viaje de una escritora en el momento más álgido de su carrera.  

Frases o párrafos favoritos:

“No alcanzaba a oírla, pero sabía que sus palabras tenían que ver con decir las cosas en voz alta, admitir las cosas que deseaba, estar en el mundo y no dejarme vencer por él”.

¡Un saludo y a seguir leyendo!

martes, 10 de diciembre de 2019

RESEÑA: La juguetería mágica.

LA JUGUETERÍA MÁGICA

Título: La juguetería mágica.

Autora: Angela Carter (Eastbourne 1940-Londres 1992). A causa de la guerra, fue evacuada cuando a penas era un bebe junto con su abuela a Yorkshire, donde sufrió de anorexia durante la mayor parte de sus años de adolescencia. Empezó a trabajar como periodista en Croydon Courier siguiendo los pasos de su padre y se graduó en Literatura Inglesa por la Universidad de Bristol. En 1960 se casó con Paul Carter. Tras nueve años de matrimonio, después de ganar el Premio Somerset Maugham con su novela Varias percepciones (con la que aprendió lo que era ser mujer y se radicalizó), abandonó a su esposo y se fue a Tokio, donde vivió durante dos años. Su experiencia japonesa sería inmortalizada en 1974 en Fuegos de artificio: nueve relatos profanos, así como en su novela El doctor Hoffman y las infernales máquinas de deseo, que publicaría en 1972. A la vuelta de Japón, pasó unos años enseñando en varias universidades de Europa, Australia y Estados Unidos. En 1977 se casó con Mark Pearce, con el que tuvo su único hijo. Carter es autora de varias novelas, entre las que destacan La juguetería mágica, Héroes y villanos, La pasión de la nueva Eva o Noche en el circo, por la que recibió el James Tait Black Memorial Prize. Así como de algunos notables volúmenes de relatos como La cámara sangrienta o En compañía de lobos. Entre 1990 y 1992 recopiló para la editorial Virago una colección de relatos tradicionales protagonizados por mujeres que, bajo el título Cuentos de Hadas de Angela Carter, se convirtió en uno de los más duraderos longsellers de la editorial. Falleció en 1992 en Londres a la edad de 51 años sin llegar a completar su último proyecto literario, la continuación de Jane Eyre. Hoy en día su nombre se incluye entre los escritores británicos más importantes posteriores a 1945.


Editorial: Sexto Piso.

Idioma: inglés.

Traductor: Carlos Peralta.

Sinopsis: Una noche, Melanie camina por el jardín con el vestido de boda de su madre y, a la mañana siguiente, todo su mundo se ha hecho añicos. Así de simple, así de inconcebible. Melanie y sus dos hermanos pequeños se verán obligados a mudarse a Londres, a casa de tío Philip, un huraño y genial fabricante de juguetes que vive con su esposa Margaret –una mujer «frágil como una flor prensada», muda desde el día de su boda– y los dos extravagantes hermanos de ésta. Tras una infancia idílica en la casa familiar, Melanie se ve ahora confinada en un entorno opresivo y delirante, lleno de artilugios y mecanismos creados por su tío, inquietante personaje acostumbrado a tratar a las personas como si fueran otros de sus títeres. La atmósfera gótica, la prosa exquisita y los guiños traviesos e iconoclastas que han convertido a Carter en una de las autoras británicas más reconocidas del siglo xx hacen de La juguetería mágica un clásico imprescindible sobre el rito de paso de la adolescencia a la madurez, el despertar a la sexualidad y la rebeldía femenina, que generación tras generación es redescubierto por lectores en todo el mundo.

Su lectura me ha parecido:

   Misteriosa, oscura, retorcida, drástica, sórdida, opresiva, malévola, en la que asistimos al vital aprendizaje de su protagonista, digno ejemplo de como se pueden trasgredir las normas y los tabúes desde la literatura de terror... Cuando Angela Carter llegó a mi estantería - y por consiguiente a mi vida - me hallaba en una incesante búsqueda de literatura escrita por mujeres, especialmente de autoras que, tanto en el pasado como la actualidad, se atrevieron a sumergirse en el género más interesante y odiado a partes iguales por el gran público: el terror. Sea porque se nos han inculcado desde bien pequeños algunos de los miedos más universales que existen (y otros más particulares a consecuencia de vivencias personales) o porque simplemente, y de una forma completamente irracional, tendemos a desprestigiar lo que no se adscribe al canon literario tradicional, considerando a la literatura de miedo como un género menor, de masas, de frikis, de gente que no está bien de la cabeza, que no aporta nada al lector. Tanto es así que hasta hace unos años sinceramente creía que Stephen King - a quien llevo admirando desde aquel agosto de mi adolescencia en el que me leí Misery - era el único autor que escribía terror a juzgar por su indudable presencia en los estantes de cualquier librería del mundo, dejando al resto ya no en un segundo, sino en un tercer o cuarto plano. Está claro que voy a seguir leyendo al señor King, sólo por haber sido capaz de crear un microcosmos y una mitología terrorífica al rededor de Maine (su lugar de nacimiento) y de reflejar o en ocasiones anticipar los principales terrores de la sociedad del siglo XXI, pero es importante no negar la existencia de otros escritores y otras escritoras que se pusieron manos a la obra con el género otorgándole mayor originalidad desde nuevos puntos de vista o rescatando tópicos del género para darles una vuelta de tuerca. Cuando Angela Carter llegó a mis manos fue por colaboración editorial, como tantas otras veces, pero fue ella - y no las hermanas Brontë - la que me hizo amar el terror gótico. Y aunque a mi queridísimo Henry James le debo el descubrimiento, fue esta autora inglesa la que me llevó por terrenos inexplorados a través de sus perturbadores y sangrientos cuentos hacia reflexiones tan actuales al rededor de temas como el feminismo, el racismo o la violencia de género. Hoy vuelvo a ella, con la misma ilusión del primer día pero con la sensación de haber subido un peldaño más en mi inconcluso viaje de descubrimiento y aprendizaje. La juguetería mágica: la madurez y el despertar sexual entre títeres, violencia y personajes sin voz.


   Acostumbrada a hacernos pasar miedo desde el relato - tanto corto como largo - Angela Carter también cultivó el género novelístico con gran intensidad. Ejemplo de ello fue la publicación en 1967 - coincidiendo de pleno con la segunda ola feminista y a las puertas de Mayo del 68 y del inicio de la contracultura -  de La juguetería mágica. Una novela cuya historia, en apariencia, no nos es desconocida, ya que a lo largo de la historia de la literatura han sido muchas las autoras y los autores que la han reproducido. Melanie - absoluta e icónica protagonista del libro - descubre, como revelan las magistrales primeras líneas, que era de carne y hueso. En este punto - permítame el atrevimiento - es imprescindible señalar, aunque sea brevemente, la importancia de los inicios de cualquier texto literario. El arranque debe ser, a mi juicio, sugerente, o cuanto menos impactante, contundente o que nos ofrezca pistas de cual va a ser el tema al rededor del que va a girar la novela. Y en este caso, Angela Carter opta por presentarnos, de la manera más simple, evocadora y hasta definitoria al personaje de Melanie. En otras palabras, que Carter ya te está diciendo que Melanie es la inocencia en estado puro, que es un alma limpia, que hasta ese momento probablemente haya vivido entre algodones y rodeada de amor. Si hasta la escena en la que el lector la observa paseando por el jardín con el vestido de novia de su madre puesto ya nos hace un guiño, no sólo a la célebre novela de Willkie Collins, también a un aura fantasmagórica que nos anticipará lo que está a punto de ocurrir a continuación. Que poco me desvié y que gran evolución la que esta joven acaba experimentando en el momento en el que su existencia se trunca, cuando se ve de la noche a la mañana sin padres y de camino a Londres junto a sus hermanos para instalarse en casa de sus tíos. Rodeada de muñecas, marionetas y artilugios de toda clase, Melanie tendrá que convivir con su tío Philip - un desagradable y abominable fabricante de juguetes - su mujer Margaret - muda y atemorizada por culpa de su marido - y Finn y Francie - los extravagantes e inquietantes hermanos de Margaret -. De una idílica infancia caminando sobre nubes de algodón de azúcar, Melanie y sus hermanos entrarán de lleno en la asfixia de una tienda plagada de ojos sin vida e inquilinos a los que ésta se les escapa por momentos. Tanto Jonathon (aficionado a las maquetas de los barcos) y Victoria (el personaje más entrañable de la novela) se adaptarán rápidamente a la nueva situación. Sin embargo, Melanie no conseguirá ver aquel lugar como su nuevo hogar, a pesar de la complicidad que nace entre Margaret y ella, a pesar del apoyo de Finn - claramente enamorado de ella - y a pesar de las palabras de Francie - cuya voz está a punto de apagarse - logran convencerla de lo contrario. Tío Philip es un tirano que trata a todos como si fueran títeres a su servicio , y eso no la hará cambiar de opinión.



   Además de un claro homenaje a los mejores relatos góticos, La juguetería mágica es una novela de iniciación, de aprendizaje, de superación, del paso de una adolescencia edulcorada a una temprana y brutal madurez en medio de una cotidianeidad que la protagonista, en un principio, se niega a aceptar. La novela en sí tiene un ritmo muy lento, ya que la autora ha considerado fundamental introducir poco a poco al lector en la dinámica en la que se va a mover en las próximas 241 páginas. Y aunque si bien es cierto que al común de los mortales puede que les aburra esta estrategia (ya que hay capítulos en los que sientes que no pasa absolutamente nada) los amantes del terror lo verán como un ejercicio magistral de ambientación y de inmersión. Una técnica muy usada por este tipo de literatura es el conseguir que quien se adentre en sus páginas se empape lo máximo posible de la historia, hasta llegar a empatizar con algunos de los personajes. De este modo el golpe - porque siempre hay un golpe - puede ser demoledor, algo que la novela de miedo busca constantemente. Está en su esencia, en su razón de ser. Por otro lado, tal vez lo más interesante de La juguetería mágica es las pequeñas, pero necesarias, perlas reflexivas que Angela Carter va dejando por el camino. Unas capsulas que, al abrirlas, el lector se topa con importantes críticas feministas hacia el patriarcado de la época, y por extensión, al que ha tenido lugar a lo largo de todas las épocas de la historia. A través de los pequeños gestos cotidianos, del día a día, somos conscientes de como hasta en el más mínimo detalle se puede apreciar la violencia y la desigualdad entre hombres y mujeres. En ese sentido, me resulta especialmente importante a la par que simbólico el personaje de Margaret. Desde el punto de vista de la crítica feminista, Margaret evidencia las consecuencias más extremas de la cultura patriarcal, así como el silencio al que se somete diariamente a las mujeres. Su repentina mudez - porque antes tuvo voz - se debe única y exclusivamente al temor que siente hacia el despreciable Philip, el cual lleva desde el mismo momento de su boda machacándola y haciéndole sentir cada vez más pequeña. Desde la trilogía Claus y Lucas no había encontrado a un personaje que me repugnase e interesase al mismo tiempo desde el punto de vista literario, y el tío Philip, la viva representación del mal en esta novela, se ha acercado bastante, aunque sin llegar a superarla, a esa terrible abuela de la que tantas veces os he hablado. En medio de este lugar de ensueño - ¿a quién no le gustaban las jugueterías de pequeño? - y paradójicamente también de maldad - los juguetes como representación de la inacción y el silencio velado - Melanie es el personaje feminista que con opiniones y sobre todo con voz propia tratará de escapar de ese infierno y de enfrentarse a su tío. Pero para ello deberá despojarse de todo comportamiento infantil y valorar su autoestima tras un proceso de autodescubrimiento, a nivel tanto sexual como personal. En estas últimas líneas, y tras haber leído concienzudamente la presente reseña, debemos preguntarnos si Angela Carter - quien nunca ocultó su feminismo - ha querido representar en esta novela la metáfora de la liberación de la mujer tomando a Melanie como referencia en contraposición con la sórdida tienda de juguetes. Si la respuesta es afirmativa, entonces mi tesis de que la literatura de terror es una de las mejores vías de denuncia y crítica social de su tiempo - en este caso, a la de mediados de siglo XX - queda completamente demostrada. Ahora sólo queda que la mujer o la niña que se adentre en La juguetería mágica - título que por supuesto lleva al engaño - y se vea reflejada tanto en Melanie como en Margaret, sea capaz de abrir la puerta y escapar de ese infierno en forma de casa de muñecas, marioneta o peluche de opaca mirada.

  La juguetería mágica: una historia de miedos, cambios radicales, adaptación, rebeldía, autoaprendizaje, madurez, teatros del horror, lucha feminista... Un tesoro más en esta ardua labor de recuperación y puesta en valor de una de las grandes maestras del terror gótico.

Frases o párrafos favoritos:

"Desnuda de una manera nueva y definitiva, como si se hubiese despojado también de la piel y no llevara nada fuera de la desnudez esencial del esqueleto. La carne de sus dedos casi la sorprendía; hasta podría haberse quitado las manos como guantes, quedándose sólo con los huesos."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso Editorial

lunes, 2 de diciembre de 2019

RESEÑA: El coloquio de las perras.

EL COLOQUIO DE LAS PERRAS

Título: El coloquio de las perras.

Autora: Luna Miguel (Alcalá de Henares 1990) vive en Barcelona, donde trabaja como periodista y editora. Es columnista en Eldiario.es, aunque algunos de sus artículos han aparecido también en Público, El País, S Moda, Nylon, La Vanguardia, Quimera, Tierra Adentro o El Cultural. Entre 2014 y 2018 fue redactora y editora de PlayGround Books, donde empezó a analizar, visibilizar y homenajear a escritoras olvidadas y silenciadas por el canon. Junto con Antonio J. Rodríguez, está a cargo del catálogo de Caballo de Troya en 2019 y 2020, un sello de Penguin Random House destinado a descubrir nuevas voces en español. Como escritora ha publicado los libros de poesía Estar enfermo (2010), Poetry is not dead (2010), La tumba del marinero (2013), Los estómagos (2015) y El arrecife de las sirenas (2017). Varias selecciones de estas obras se han traducido y publicado en más de una docena de lenguas. Además, es autora del cuento Exhumación (2010); de los ensayos El dedo. Breves apuntes sobre la masturbación femenina (2016) y El coloquio de las perras (2019), del libro infantil Hazme volar (2019), y de la novela El funeral de Lolita (2018). Miguel también ha coordinado algunas antologías de poesía joven como Tenían veinte años y estaban locos (2011), Sangrantes (2012) y Vomit (2013). Actualmente se encuentra escribiendo su segunda novela, Conejitos, así como el libro de poemas Poesía masculina. (Fuente: Editorial).


Editorial: Capitán Swing.

Idioma: español.

Sinopsis: recuperando el título de un pequeño cuento con el que la puertorriqueña Rosario Ferré analizó la misoginia literaria en los años noventa, El coloquio de las perras pretende ser un homenaje a las escritoras hispanohablantes que sortearon todo tipo de obstáculos para hacer su literatura. Desde populares figuras como Elena Garro, Gabriela Mistral o Alejandra Pizarnik hasta otras más desconocidas como Alcira Soust Scaffo, Agustina González López o María Emilia Cornejo, la periodista y poeta Luna Miguel entabla una conversación llena de ladridos con una docena de mujeres, con la voluntad de que sus obras sean leídas y reivindicadas, y tal vez con la esperanza de que la egoísta y peligrosa raza del «escritor macho» quede de una vez por todas extinguida. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Interesante, crítica, inminentemente divulgativa, feminista, poco profunda en su conjunto, concisa, no tan reposada como me gustaría, a pesar de todo, necesaria, apremiante, urgente... "El boom latinoamericano fue totalmente machista", así de categórica se mostró la escritora chilena Alejandra Costamagna - famosa sobre todo por sus narraciones cortas - en una entrevista. Es una declaración muy fuerte como para no estar respaldada con datos o evidencias de algún tipo, las cuales pronto quedan patentes ante nuestros ojos con tan sólo una pequeña búsqueda en google. Cuando tecleas "autoras latinoamericanas siglo XX" el resultado no puede ser más desalentador. Borges, Cortázar, Paz, Bioy Casares, Benedetti, García Márquez, Onetti, Fuentes, Asturias... La lista es larga, muy larga, tanto que la o el interesado podría pasarse horas descubriendo los aspectos más importantes de la literatura de estos autores. Sí, he dicho autores, pues la ausencia de sus compañeras, ya no sólo en los libros de texto, también en los manuales y estudios académicos es sencillamente vergonzosa. Hacía tiempo que no me topaba con un agujero, ¿qué digo agujero? Un profundo socavón en el que se ha decidido arrojar y cubrir de tierra el legado de todas esas mujeres que, con su talento, contribuyeron a engrandecer la literatura latinoamericana en su época de mayor esplendor internacional. Afortunadamente, y en tiempos de feminismo globalizado, actualmente existen autoras que han recogido el mensaje, las demandas sociales, para transformarlas o bien en literatura o bien en rescates bibliográficos que en muchos casos bien merecerían mayor reconocimiento por parte de la crítica y de los lectores. Dentro de este segundo grupo nos topamos con un nombre propio, el de la madrileña Luna Miguel, más conocida por su faceta en el campo de la poesía que en los últimos años ha escalado en popularidad como la espuma en el panorama literario de nuestro español gracias a la publicación de su primera novela - El funeral de Lolita - por su constante activismo feminista tanto en redes sociales como en cada uno de los artículos que han visto la luz en diversos medios de comunicación, y sobre todo, por su extraordinaria labor de editora - junto a Antonio J. Rodríguez - al frente de Caballo de Troya. En este sentido nunca le agradeceré lo suficiente el haber apostado por una línea millenial y por haberme descubierto a autoras tan interesantes a la vez que dispares como Marina L. Ruidoms, Anna Pacheco y Aixa de la Cruz. Sin duda, la trayectoria de Miguel va en ascenso. A la espera de conocer los nuevos títulos de Caballo de Troya tras las Navidades, con la vista puesta en otros proyectos literarios que se asoman en el horizonte de la autora y con la publicación del breve ensayo que hoy tengo el placer de reseñar, parece que vamos a tener Luna Miguel para rato. El coloquio de las perras: divulgación y justicia.

Elena Garro (1916-1998)

   La crítica del presente libro - de tan sólo 165 páginas - se articula al rededor de las palabras que han contribuido a cerrar el anterior párrafo: divulgación y justicia. De hecho, se podría decir que ambas son los planetas al rededor de los cuales orbitan los intereses de la propia autora. Tal y como comenta Luna en el prólogo - cuyo primer epígrafe titulado "Escribo esto con un poco de prisa" resume a la perfección el carácter del presente ensayo - redactó El coloquio de las perras en tan sólo tres meses inundada por la urgencia de reconocer, de una vez por todas, la presencia de mujeres en el boom de la literatura latinoamericana que tuvo lugar a mediados de siglo XX (con ecos notorios y más que sonados de popularidad en las correspondientes siguientes décadas). Sin duda una actitud intachable y que merece toda mi admiración al respecto. No obstante, como amante de la lectura e historiadora, he de confesar que me ha sabido a poco. Reconozco que lo que esperaba encontrar en el interior de El coloquio de las perras me ha sorprendido por varias razones que poco a poco iré desgranando en esta entrada, pero también se me ha quedado corto en cuanto a contenido y tal vez mayor maduración de la idea. Esta muy bien escribir un ensayo en el que se visibilice a todas esas importantes autoras, eso no lo discuto, pero tal vez si el proyecto hubiese reposado más, si Luna Miguel hubiese dedicado más tiempo, si esa prisa se hubiese controlado probablemente estaríamos ante un texto de mayor trascendencia bibliográfica. El coloquio de las perras no pretende, por tanto, sentar cátedra ni servir como estudio pormenorizado de un tema en concreto, sino servir como trampolín, como lanzadera, como primer contacto del lector con la historia de estas autoras ignoradas. Por tanto estamos moviéndonos en un terreno tan fundamental y al mismo tiempo tan desprestigiado por el mundo académico: la divulgación. Sé que lo mejor, en cualquier disciplina del saber, sería acudir a las fuentes primarias y a esos estudios que, de alguna forma u otra, son fundamentales para entender X problema o campo de estudio. Y como sé - lo digo por experiencia - que eso en la mayoría de ocasiones es casi imposible o una verdadera odisea, la buena divulgación debe actuar a modo de puente, para que los lectores puedan transitar entre el conocimiento más generalista y el más especializado. Sin divulgación, por ejemplo, yo no habría tomado la decisión de estudiar la carrera de Historia, como tampoco interesarme por ciertos mecanismos intrínsecos en la literatura que considero fundamentales para aproximarse al estudio del pasado. Así que menos desprestigiarla, sobre todo desde los privilegiados sillones de los despachos universitarios, y más apoyarla con publicaciones de calidad y no con proyectos que una y otra vez ahondan en lo mismo sin la valentía de asumir ciertos riesgos. Porque es muy fácil hablar del Nazismo - en el campo de la historia - o de Octavio Paz - en el de la literatura -. Pero cuesta más, por ejemplo, dedicar un monográfico a las víctimas del colectivo LGBTI supervivientes o víctimas de los campos de concentración, o en el campo de lo literario, hablar de como Elena Garro casi deja de escribir por culpa de los celos de Octavio Paz hacia su talento literario. En ese sentido, Luna Miguel hace un gran trabajo divulgativo al presentarnos ese mapa de escritoras a la sombra de los grandes cuando, en realidad, ellas podían perfectamente posicionarse a su misma altura o incluso doblarla.

Eunice Odio (1919-1974)

   El coloquio de las perras - además de servir como una iniciación y un empuje para seguir investigando - tiene una estructura muy marcada. Con un prologo iniciático y que nos pone inmediatamente en situación, seguido de una serie de capítulos monográficos - cada uno de ellos dedicado a una autora diferente - tras los cuales la autora incluye una serie de cartas en las que da las gracias a cada una de ellas por motivos muy diferentes. Centrándonos en los capítulos en cuestión, decir que la brevedad con la que Miguel aborda los aspectos más interesantes y significativos de la vida de las autoras desde la brevedad - justificada como ya hemos comentado en el anterior párrafo por la imperiosa necesidad de denunciar la injusticia cuanto antes - lo cual hace más digestiva su lectura. Sin recrearse en el morbo, la autora nos desgrana las características de su olvidada obra, así como puntos biográficos que ayudan a comprender mejor no sólo su personalidad sino el por qué de su silencio académico. Alejandra Pizarnik - sin duda debido a mi pasión por la literatura de terror - es la única autora que se nombra en el libro de la que había leído algo, en concreto La condesa sangrienta. A Gabriela Mistral y a Aurora Bernárdez las conozco, más a la primera que a la segunda, pero todavía no me he puesto a descubrir su producción literaria. De Elena Garro, Rosario Ferré, Pita Amor, Alcira Soust Scaffo, Agustina González, María Emilia Conejo, Eunice Odio, Mavel Moreno y Victoria Santa Cruz, por desgracia, nada sabía. Ni de los libros que habían escrito, ni de los poemas que parieron sus plumas, ni de sus apasionantes - y breves en algunos casos - vidas, ni de su relación con sus colegas o maridos escritores, ni de su importancia a nivel pionero. Luna Miguel es la culpable de que, tras haber leído El coloquio de las perras, tenga una larga lista de nombres y obras por descubrir, especialmente las de Odio, Ferré y Garro. Debo reconocer que ha sido esta última la que más me ha llamado la atención por, según palabras de la propia Miguel, tratarse de la madre del realismo mágico. De ser así, ya pueden los académicos hacer un hueco en el olimpo de la literatura latinoamericana del siglo XX, justo al lado de Gabriel García Márquez, para que Elena Garro y Los recuerdos del porvenir estén en el lugar que les corresponde desde 1963. Casualidades de la vida, cuatro años antes de que el autor colombiano escribiese Cien años de soledad.

Alejandra Pizarnik (1936-1972)

   Leyendo a Luna Miguel me quedan claras dos cosas. La primera, la de cambiar de una vez por todas el canon establecido para dar voz y palabra a todas esas escritoras ignoradas por la historia de la literatura universal, es una obviedad que, sin embargo, no parece entusiasmar a la élite intelectual. El polvo o la humedad son algunos de los enemigos más peligrosos de los libros, y al igual que contribuimos a proteger y a limpiar aquellos que amamos - en su mayoría escritos por hombres - ¿por qué no pasar un trapo por aquellas obras desconocidas para el gran publico firmadas con nombre de mujer? ¿Por qué no conservarlas en las mismas condiciones? ¿Por qué no rescatarlas del cajón desastre para colocarlas en primera fila? ¿Por qué no estudiar sus relatos, novelas, poemas o ensayos? ¿Por qué no hacerlo desde una perspectiva de género? ¿Por qué no contribuir a seguir ahogándolas con nuestras propias manos? La respuesta a todas esas preguntas se contesta sola o con la lectura - y correspondiente documentación - del presente texto. Y la segunda, el sueño de que, como bien hace Miguel al final de cada capítulo, cualquier escritora o escritor, en un futuro, pueda darles las gracias a través de cartas por haberles servido de referentes literarios en su ilimitado camino de crecimiento creativo. Si bien es cierto que algunas de sus cartas - las de Luna Miguel - tienen una carga extraordinariamente personal, demasiado tal vez, éstas me han hecho creer que esta utopía puede tener lugar en un futuro, espero, no tan lejano. Un futuro en el que la igualdad entre hombres y mujeres sea total gracias a la empatía, la escucha, la admiración mutua y el respeto.

   El coloquio de las perras: una historia de olvido, discriminación, talentos enterrados, poesía, novela, relato, biografía, divulgación, recuperación, actos de justicia... Un ensayo donde las autoras escriben, opinan, reflexionan, ladran.

Párrafos o frases favoritas:

"Miro los libros acumulados sobre el escritorio durante estos días de verano en los que me dispongo a cerrar El coloquio de las perras y de pronto entiendo el vínculo. Un pálpito. Solo un pálpito de comprender al fin la necesidad femenina de escribir nuestros nombres."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Capitán Swing